Andrea Freire
16 Nov 2008
Carla Blue
Impecable. De andares, de labia. Un conquistador de almas huérfanas de acción. Ni una arruga cabezota, ni un mal gesto. A Julio le parieron chulo, rechulo, y morirá con sus botines negrísimos, de punta, en una única dirección: el éxito; acribillando las baldosas del Ministerio. Un traje brillante, tieso, gris; espejo del alma, vende su condición de chico listo. El pelo bien echado para atrás: negro carbón, sin tintes, con testura, crujiente, con onditas que dibujan los detalles de una corta y perfecta cabellera, da cuerpo a una seguridad ácida, a veces insoportable.
Una carcajada para todo; para bien y para mal. Julio contagia de fanfarronería los pasillos estrechos y los techos altos de un lugar aburrido y meticuloso. El estruendo hace daño a los oídos de los que odian el grito socarrón de un veterano. Pesa mucho el tedio, y la rutina poderosa invade las vidas tristonas de los autómatas infelices.
Todos saben que las sonrisas son una mentira a rabiar, un cristalito que se coloca en la parte antipática del rostro para disimular. Los saludos forzados, los “buenos días” hipócritas que revientan las mañanas administrativas, sólo desprenden podredumbre humana.
Los suelos pulidos reflejan el control, la marcha rápida de cientos de funcionarios, la frustración y los planes que hicieron otros para uno mismo. La limpieza extrema, el olor a oficina, a tránsito, a papel concentrado, recrean una vida laboriosa, impersonal y marchita; casi inerte, emoción de piedra.
Detrás de esos muros descansan otras paredes; más libres, menos impuestas. La calle se deja querer y revienta las ataduras de los insípidos que trepan por despachos y corbatas. Julio lanza el maletín al Citröen C4, se desabrocha el primer botón de la camisa y respira profundamente, tres veces.
Es lunes, toca piano, gimnasia rítmica y alemán. Julio espera a las puertas de una de las academias más caras de Madrid. Clara sale con una sonrisa de oreja a oreja. Ha sacado un sobresaliente en alemán. Julio resopla, sonríe y advierte a su hija que se ponga el cinturón. La niña obedece. Y un día, y otro día.
En La Lunera se bebe bien y la diversión no pasa de puntillas: se palpa, se contagia. El escenario se abre a los que quieren una noche vividora. Luces de colores y una luna gigante presidiendo un suelo resbaladizo.
“¡Carla Blue!” Grita el señor de patillas. Y de repente, una musa sale de las cortinas de purpurina, con plumas, maquillaje multicolor y pestañas, que como toboganes, hechiza a los que esperan con lascivia detrás de su copa. Se mueve con exageración, provocando; los taconazos que le elevan por encima de la realidad teclean con ritmo a Meredith Brooks, mientras la peluca roja, de rizos abiertos, se desliza por su espalda despejada.
La falda corta ajustada deja ver unas medias de rejilla divinas. Unos guantes azules perfilan un brazo atlético, largo; que van saliendo del cuerpo con sensualidad.
Y la noche se derrite a Carla Blue. Aplausos, gritos de estupor y silbidos profundos, que envuelven reverencias a la reina de La Lunera.
“¡Otra vuelta, guapa, otra vuelta!” Y la drag queen más elegante levanta los brazos, dedicando un giro perfecto a un público completamente encandilado.
Es tarde, La Lunera se vació de voces. Descansa el glamour. Enciende un cigarro, se abrocha el primer botón de la camisa y tararea la melodía que Clara siempre canta en el coche, de vuelta a casa, después de alemán.
31 Oct 2008
Farruquito no mola
El esfuerzo no se premia, ni ser honrado, ni bueno, ni educado, ni respetuoso, ni legal. Vamos, que no se lleva trabajar con pico y pala, y además ser buena gente. Ahora si uno se salta la ley le pagan, le felicitan, y hasta le consuelan.
No hay más que ver la portada que se gastó Farruquito hace unas semanas en el dominical del El País. De vergüenza. Se me pusieron los pelos como escarpias. De un vistazo divisé la super foto y me di cuenta de que le habían dedicado un homenaje. A un hombre que, sin carné de conducir, atropelló a un peatón, costándole la vida. Ha cumplido condena, pero el "bailaor" o como quieran llamarlo casi lo ha vivido de manera exótica, y hasta le ha servido para realzar su trayectoria profesional. Lo narra como el héroe superviviente que resurge herido, pero victorioso, después de la batalla.
La imagen del éxito revolotea por las mentes lectoras, espectadoras, callejeras; y el pensamiento se trastoca, vendiéndose a unas leyes frívolas, consumidoras y letales.
¿A quién estamos aplaudiendo? Si Farruquito fuera un don nadie, sería un ex presidiario, un excluido y un ex de la sociedad. Pero si ese "don" tiene dinero, fama y un punto morboso, el premio es gordo, muy gordo.
Lo de Julián Muñoz está cortado por el mismo patrón, sólo espero no verle en la portada de alguna revista de reconocido prestigio, y no me refiero al Hola.
De momento se están pegando las teles por tener la voz y la cara dura de este mangante. Ha salido de la cárcel como un señor, con aplausos y saludos efusivos. Y es que ni el Cordobés en una tarde de gloria.
Ahora bien, lo que más les preocupa a los medios de comunicación es si se va a ver con Isabel Pantoja. Atrás quedaron el delito, la trama, el desastre, la humillación, la ruina marbellí.
Peinado con un kilo de gomina barata, un gesto discreto y un bigote inconfundible le hacen tremendamente atractivo para las cadenas rapiñas, que sin pizca de ética, campan por la audiencia, acusándola de que "tiene lo que se merece". No, no es que nos lo merezcamos; es que están creando una agenda a la medida de unos pocos roquefelers, que interesa, una serpiente interminable que aprieta el sentido común, la cordura.
Suma y sigue. Otra tal Violeta Santader vendió sus "circunstancias personales", mientras el hombre que defendió su integridad se debate entre la vida y la muerte. Además de criticar la acción de su salvador, defiende a su agresor, y para remate cobra por ello una suculenta suma de dinero. Eso sí, requetepuesta y requetedivina. Tele 5 pagó una pasta a esta impresentable para contar una serie de despropósitos que dejaron a la cadena a la altura del betún. ¿Cómo es posible que le dieran la palabra a esta mujer? Eso tiene un nombre: sinvergüenza. Casi más Tele 5 que la protagonista en sí.
Así que, a ver quién es el valiente que explica a los chavales que para ganar dinero hay que trabajar duro, esforzarse; porque a la primera de cambio te pueden atajar con un ejemplito de estos y fulminar una brillante exposición, repleta de buenas intenciones.
"El famoso se convierte en un modelo social", explica la periodista Margarita Riviere, "¿para qué estudiar o trabajar si un programa de televisión ofrece el acceso directo a lo que nuestro mundo ha entronizado como el gran premio?"
Farruquito no mola
El esfuerzo no se premia, ni ser honrado, ni bueno, ni educado, ni respetuoso, ni legal. Vamos, que no se lleva trabajar con pico y pala, y además ser buena gente. Ahora si uno se salta la ley le pagan, le felicitan, y hasta le consuelan.
No hay más que ver la portada que se gastó Farruquito hace unas semanas en el dominical del El País. De vergüenza. Se me pusieron los pelos como escarpias. De un vistazo divisé la super foto y me di cuenta de que le habían dedicado un homenaje. A un hombre que, sin carné de conducir, atropelló a un peatón, costándole la vida. Ha cumplido condena, pero el "bailaor" o como quieran llamarlo casi lo ha vivido de manera exótica, y hasta le ha servido para realzar su trayectoria profesional. Lo narra como el héroe superviviente que resurge herido, pero victorioso, después de la batalla.
La imagen del éxito revolotea por las mentes lectoras, espectadoras, callejeras; y el pensamiento se trastoca, vendiéndose a unas leyes frívolas, consumidoras y letales.
¿A quién estamos aplaudiendo? Si Farruquito fuera un don nadie, sería un ex presidiario, un excluido y un ex de la sociedad. Pero si ese "don" tiene dinero, fama y un punto morboso, el premio es gordo, muy gordo.
Lo de Julián Muñoz está cortado por el mismo patrón, sólo espero no verle en la portada de alguna revista de reconocido prestigio, y no me refiero al Hola.
De momento se están pegando las teles por tener la voz y la cara dura de este mangante. Ha salido de la cárcel como un señor, con aplausos y saludos efusivos. Y es que ni el Cordobés en una tarde de gloria.
Ahora bien, lo que más les preocupa a los medios de comunicación es si se va a ver con Isabel Pantoja. Atrás quedaron el delito, la trama, el desastre, la humillación, la ruina marbellí.
Peinado con un kilo de gomina barata, un gesto discreto y un bigote inconfundible le hacen tremendamente atractivo para las cadenas rapiñas, que sin pizca de ética, campan por la audiencia, acusándola de que "tiene lo que se merece". No, no es que nos lo merezcamos; es que están creando una agenda a la medida de unos pocos roquefelers, que interesa, una serpiente interminable que aprieta el sentido común, la cordura.
Suma y sigue. Otra tal Violeta Santader vendió sus "circunstancias personales", mientras el hombre que defendió su integridad se debate entre la vida y la muerte. Además de criticar la acción de su salvador, defiende a su agresor, y para remate cobra por ello una suculenta suma de dinero. Eso sí, requetepuesta y requetedivina. Tele 5 pagó una pasta a esta impresentable para contar una serie de despropósitos que dejaron a la cadena a la altura del betún. ¿Cómo es posible que le dieran la palabra a esta mujer? Eso tiene un nombre: sinvergüenza. Casi más Tele 5 que la protagonista en sí.
Así que, a ver quién es el valiente que explica a los chavales que para ganar dinero hay que trabajar duro, esforzarse; porque a la primera de cambio te pueden atajar con un ejemplito de estos y fulminar una brillante exposición, repleta de buenas intenciones.
"El famoso se convierte en un modelo social", explica la periodista Margarita Riviere, "¿para qué estudiar o trabajar si un programa de televisión ofrece el acceso directo a lo que nuestro mundo ha entronizado como el gran premio?"
12 Oct 2008
Dignamente
Nunca antes había pensado en la eutanasia. Era algo de lo que jamás discutía, ni hablaba. Casi un tabú, un asunto de otros, un debate lejano. Evitaba, huía. No quería tentar a la suerte.
Sin embargo, la suerte que tenía encumbrada bajó para darme un capón y abrir en mi cabeza una conversación que tenía pendiente.
Son las 8,30 de un viernes de octubre. Mi padre está muriéndose en la cama de un hospital. El cáncer nos ha derrotado. Ahora puedo pronunciar la palabra cabrona, pero ha tenido que pasar 1 año y 8 meses. Un tiempo en el que poco a poco hemos acompañado al hombre más extraordinario hacia un final fatídico y anunciado, aunque difícil de imaginar.
Está enganchado a un bote de morfina, envuelto en papel de plata. Dice la enfermera que es porque no le puede dar la luz. Va cayendo lentamente, directo a la vena. Un máquina controla la dosis. Y le duerme. Le ha dormido, ya, sin retorno.
Hace un semana consentimos al médico la sedación. Los dolores eran indescriptibles. Sin poder caminar, ni hablar, desde hace un año, el sudor de los últimos días delataba un agudo malestar, imposible, penetrante.
Siete días agónicos y precipitados nos llevan a una carrera de fondo, donde sólo hay vencidos. Ayer le doblaron la dosis de morfina. Respira con dificultad. Una mascarilla con oxígeno le da todo el aliento que necesita.
En estos momentos sí pienso en la muerte dulce, inconsciente. En cerrar una vida plena, con dignidad. En la posibilidad de descansar para siempre.
Y la confusión se disipa cuando veo a mi padre dormido en vida, y todo el sufrimiento que lleva acumulado.
Acaba de entrar mi tío por la puerta de la habitación, mi hermana está leyendo algunos pasajes del libro de Santa Gema, dedicándole oraciones cortas, contundentes.
Nuestra espera, nuestra compañía es un homenaje a un hombre que ha merecido siempre todo lo mejor, todo lo bueno.
La enfermedad le ha ganado la vida, una naturaleza que prometía ser centenaria.
Pocas personas llegan a conectar con nuestro sufrimiento. Demasiada compasión, pero los sentimientos que sellan la dedicación plena de mi madre son casi imposibles de entender. Mucha intimidad concentrada.
Entra la enfermera con la máquina que mide las constantes vitales. Otra le sube la cama. Dice que así va a respirar mejor. Vaya contradicción. Le coloca la bolsita con Buscapina. La claridad entra por la ventana, lo alumbra todo.
Algunos nos dicen que ahora tenemos que cuidar a mi madre. Dios mío, llevamos haciéndolo casi 2 años; de forma constante.
El médico nos ha dicho que le quedan unas horas de vida. La espera es angustiosa, temida, pero a la vez inevitable. Sabemos que duerme en paz, que está tranquilo. No sufre.
La dignidad es lo que más nos importa. A lo largo de estos meses su deterioro físico ha sido asombroso. Aunque nosotros hemos normalizado la situación, el dolor y la pena nos han ido comiendo el tiempo y la intensidad de los segundos se podía tocar con los dedos.
Él siempre sonreía. A pesar de la impotencia, el dolor y la discapacidad. Pero con dignidad, absolutamente digno.
En la habitación no hemos dejado entrar a nadie ajeno a la familia. No era amigo de visitas, ni de vecinos y vecinas cotillas e imprudentes. Tampoco le verán cuando su alma escape de esta prisión. Nosotras le recordaremos como el hombre fuerte, sabio y generoso que siempre ha sido. Y sobre todo, la despedida será digna, como su vida. Sin compasión, sin especulaciones, sin comentarios ruidosos. En fin, dignamente.
Ya no sé qué decirle. Le he dicho tantas cosas. Le ha dado tantos besos. Le he cogido de la mano en tantas ocasiones.
Una nube campa sobre nuestras circunstancias, la nebulosa nos protege.
El duelo comenzó hace ya mucho tiempo. Los recuerdos se disparan, sucesivamente, como somníferos. Y calman un poco el sufrimiento. El estado de alerta cierra el estómago y el sueño. El cansancio viene y va, aturdido, aturdiendo.
Tenemos el amor, su amor, la siembra que con tanto empeño cuidó. Los frutos; dulces, grandes, sabrosos. Un trabajador nato: responsable, ordenado y perfeccionista. Un amor.
Y aquí estamos sus mujeres, para continuar su proyecto, para seguir sembrando sus semillas maravillosas. Dignamente.
20 Sep 2008
Dientes de león
El olor a fruta le volvía loco. Era casi una enfermedad, una adicción, una paranoia afrutada, dulce y pringosa que le pisaba la vida.
Su preferida; el melón de rayas intermitentes. Piel de sapo, le dicen en el puesto cuando Joan señala con timidez, casi con vergüenza, el verde picudo. Lo rodea con los dedos, acariciándolo, y lo introduce en la cesta de mimbre dorado, manoseada por los años.
Se ata con decisión la chaqueta de punto gordo, bien prieta la visera y unos pantalones un pelín cortos que delatan unos calcetines de mercadillo relucientes.
Acelgas, zanahorias, melocotones y ciruelas. El melón al fondo de la cesta y un camino cuesta arriba que le saca los colores. Pesa mucho la compra, y las charlatanas indeseables y la soledad terrenal.
En San Julián la lluvia cae fuerte y el agua corre loca por la cuesta más profunda. A Joan le huelen las manos a verde jardín. Sus árboles sacuden las últimas gotas y las flores silvestres le dan la cara, entregadas. Borracho de aromas, cierra los ojos y se deja llevar por los pinos íntimos. La hiedra se excita con las margaritas salvajes y las amapolas recién nacidas sonríen al hombre más hortícola.
Su mundo secreto se rinde a las inquietudes entrañables, a los detalles milagrosos. Las puertas metálicas encierran los encantos de una naturaleza demasiado personal para ser compartida. Pequeño paraíso. Nadie lo ha visto por dentro. Se quedaron en la cáscara de lo inédito.
La casa vigila los colores campestres, la hierba alta. Con grandes tijeras, Joan retoca los arbustos que han crecido con el tiempo. Se deja querer por la selva que desafía su hogar de madera.
Eligió un verde oscuro, salpicado con tonos primaverales; rosas, morados y un amarillo chillón. En fin, son los dientes de león, su flor favorita, los que salpican el terreno viciado por la humedad y el tallo tierno.
Joan no tiene miedo a escuchar lo que piensa. Mientras las cotorras se meten con su vida, elegida libremente, él permanece feliz en su burbuja natural, confortable, hermosa, olorosa.
Sopla las semillas de la planta fetiche y millones de puntitos agraciados, fértiles, caen despacio sobre el manto irregular de la pradera privada, la de Joan. Su casa.
Por la mañana, recoge los dientes de león con esmero. Rodea la cintura de las plantas con una cuerdecita marrón y los coloca sobre la mesa de la cocina, en un jarrón transparente, algo chato; y otros montones sobre la cama, el lavabo, la estantería del salón.
Y ensimismado contempla las flores amarillas, como si a través de los pétalos finos atravesara el tiempo, y volviera a corretear por la ladera, con Mario, para caer sobre cientos de milanos.
31 Jul 2008
Ojos de mar
Uno, dos, tres, cuatro, hasta ocho golpes de cadera. Rosalía revienta el parqué a taconazo limpio. Finitos, triángulos de plástico que penetran en la madera con fuerza de chica decidida. La cintura desnuda pasea sinuosa por la bachata, el regetton, la salsa, el merengue; con una seguridad asombrosa, mientras los aprendices exahustos suspiran al compás de las vueltas coquetas, pícaras, exultantes de su diosa bailona. Rosalía muestra lo mejor de su personalidad latina, quemando las tardes en la escuela de su padre. Un hombre serio de puertas para fuera, un huracán por dentro que contrasta con el chisporroteo de sus camaradas: viscerales, charlatanes, besucones.
Dadi abre las puertas al sediento de ritmo. Y le ofrece los licores más caros, más exclusivos. Sólo él conoce bien este mundo pasional, entregado al instante, al colmo de lo estrictamente personal; porque el sentimiento que prospera es pura vida, la de uno mismo.
Rosalía ríe, alegremente respira, y con tacto firme, repasa la anatomía de un compañero que sigue, paso a paso, unos pies condenados a ser libres.
"Ay, esa princesa del Cabo Loco", grita Eric, el más chiflado, y el equipo de música se rinde a la más bella.
Recortes de periódico decoran la sala amarillenta, machacada por el vicio, y los sonidos más adictivos. El viento entra por una rendija mal nacida y alborota los papeles. La luz se estrella contra el suelo gastado y el polvo salta por encima, deseando otro zapatazo.
Rosalía se recrea en las canciones, en los movimientos. Apasionada con la misión que más vida le ha regalado, demuestra en cada gesto su condición de buena gente. Atrás quedan los amores derribados, que renacen en las vueltas rápidas. Así la soledad se soporta con menos esfuerzo.
Denis, el camarero del Califa, recuerda su aroma a mar. El primer día que pisó el suelo del pub se marchitó la tristeza. Y el azulito claro lo invadió todo.
Aparcaron la Vespa en la farola, sus ojos clavaron la buena suerte y un morenazo rodeó la cintura de Rosalía. Denis lo cuenta entre suspiros, ignorado y derrotado por un amor monoplaza. El padre le sonríe, es lo único que puede hacer por su alma.
El corazón de Rosalía late rápido y los sentimientos se apoderan de la magia de unos pies perfectos. Otro amor quemado. Ahora es Denis quien sonríe, pero sabe que la amistad juega en su contra.
Rosalía le toca la cara, le susurra algo al oído, se coloca las gafas, recoge el bastón y sale por la puerta del Califa con una alegría profunda.
Denis continúa secando los vasos. En el Cabo Loco dan los últimos retoques a los pasos peor dados y la tarde se apaga con su marcha.
Los ojos de Rosalía ven lo que el baile colorea en cada estribillo. Y los sentidos se rifan en las coreografías. Sólo hay que dejarse llevar. "Adiós, muchachos", y el aire fresco mueve su falda traviesa, mientras la calle abre sus arterias.
11 Jul 2008
Marco ya no pasea
Sube de vez en cuando al 3º A y deja una flor en el felpudo. Al día siguiente recoge los pétalos arrugados Rosa, la de la limpieza. Marco no saluda en la escalera, tampoco lo hace en el barrio, ni cuando compra el pan. Es silencioso, tímido. Dicen que tuvo algún amigo hace muchos años, cuando jugaba a futbito de tarde en tarde. Ahora le pesan los kilos, los grados de alcohol y los recuerdos. Su madre abre la puerta con el mismo silencio que encierra Marco, prepara la comida, hace la cama y sale a las doce en punto del portal con una bolsa enorme de ropa sucia. Vive solo, vive al día y las noches las pasa en vela, soportando el pasado y los vicios sin salir de su habitación. Nadie puede mirarle a los ojos. Las gafas de sol crean un muro entre su mirada y la vida de los otros.
Una mañana baja las escaleras contento. Una medio sonrisa y pequeños saltos que delatan entusiasmo. Orgulloso, con las manos en el bolsillo, tararea una canción de Bon Jovi mientras sigue bajando peldaños. Como si hubiera cumplido con alguien, Marco arrastra la mano por el último tramo de barandilla con una seguridad bárbara y sale escopetado a la calle. Dos días después Rosa, encuentra una cesta de peras maduras delante del 3º A.
Le fastidia el olor a comida y el ruido de cacerolas. Muchas veces indignado aporrea la puerta del 1º. "Tus humos suben a mi piso y haces mucho ruido con los cacharros", replica con rabia Marco a la vecina de abajo. Julia, con los ojos como platos, no encuentra explicación a la furia de Marco.
Es incomprendido por Julia y también por el resto de vecinos, que contienen la respiración cada vez que pasan por delante de su puerta. Miedo, desconfianza, un fatal desencuentro. Su madre baja la guardia y justifica cada acto de su hijo. "¿Qué queréis que haga?", termina diciendo con un hilo de voz. Pero su hijo es arisco y nunca abre la puerta: ni a conocidos, ni a desconocidos. A nadie. La música estrepitosa enciende las siestas del albañil y la guerra está servida. Marco sigue sin responder al timbre y el obrero del bajo A aprieta los dientes acordándose de su madre.
En el 3º A hay un sobre debajo del felpudo que huele a colonia. Rosa lo abre -se asegura de que está sola en el descansillo- y empieza a leer para sí misma.
Es una declaración de amor: "Querida Isabel...". Se lo mete en el bolso de la bata y sigue fregando. Silencio en el nº 4 de San Blas. Un oso de peluche con un gran lazo rojo custodia, una semana después, la misma puerta. Rosa lo levanta, pasa el cepillo, y vuelve a depositar el regalo en el suelo. Toca el timbre. Parece que no hay nadie. Lo vuelve a hacer sonar. Nadie abre la puerta. Saca un trapo húmedo y limpia la barandilla.
Marco no trabaja. Antes sí lo hacía, en un supermercado. De esto hace mucho tiempo, cuando se le veía pasear con una muchacha todas las tardes. Ahora es distinto. Ya no pasea. Una anciana con tacones y pañuelo en la cabeza mete la llave en el 3º A. De repente, Lola, la vecina de enfrente, la recibe con dos sonoros besos: "¡Cuánto tiempo, qué alegría!". Y la anciana deja de golpe la pequeña maleta para contestar con un simple gracias. Agustina es viuda. Vive sola desde 1983. Nunca recibe visitas y menos declaraciones de amor.
Quizás alguien dejó el deseo en otra época y quiere recuperarlo en este mismo instante. Marco escribe una postal de Navidad: "Querida Isabel, con todo mi amor, te deseo lo mejor para estas fiestas... pronto nuestros padres se conocerán y estaremos juntos toda la vida. Espero que te gusten mis presentes..." Pero Marco ya no pasea.
01 Jul 2008
Yo, forastera
Es como si me conocieran de toda la vida. Un par de meses que parecen años y una cercanía absolutamente humana. La naturaleza en todas sus manifestaciones convence, sobre todo en las distancias cortas.
He recorrido otras tierras, otras gentes y otras canciones. Éstas son distintas, suenan diferente. Poco amiga de las celebraciones, de la muchedumbre, del jolgorio popular, Soria me ha abierto las venas del sentir callejero. Y he conocido historias para contar, vidas hechas con retazos, y hombres y mujeres que, por supuesto, ya se han quedado colgados y colgadas en mi percha personal.
Reconozco que recitar una sanjuanera es para gargantas con alma, que llevan años interiorizando un sentimiento común, profundo y con denominación de origen. Es imposible seguir la estela, con credibilidad y entrega, a pies juntillas. Y es que una por mucho que se esfuerce sólo llega a comprender el esquema, porque las tripas de la tradición o se llevan muy adentro, o amigo, ponerse al día es complicado.
Entré una tarde por una de las puertas de Soria y aquello me recordó a mi pueblo. Inmediatamente reviví un millón de emociones. El Catapán. Y las charangas me reconfortaron. Mi mente comenzó a hacer fotos. Y me quedé con las risas, la música, el barullo, el fervor, la ilusión y el orgullo de pertener a un territorio. Recogí los recuerdos que fueron despertando en cada nota y los guardé en el bolsillo de la nostalgia, por si las moscas. Y en ese momento me sentí como en casa.
Después de unas fiestas que se resisten al adiós, la ciudad se despereza y la rutina descubre un terremoto difícil de olvidar.
Desde fuera se respira paz. Cruzo la Alameda y un microcosmos se apodera de la mañana. Un fotógrafo descarga sus fotos en el portátil. Un abuelo, manos atrás, visera apuntando al camino abierto, regala una tranquilidad envidiable. Pasos cortos. Respiración profunda.
Una señora con la mirada perdida, descansa, medita, y se entrega a la sombra con fe. Los barrenderos recogen la cosecha canalla y las ardillas corretean. Se persiguen, suben y bajan del árbol contentas. Chillan. Llaman la atención de los madrugadores que vuelven a entregar su confianza en el parque.
Soria me ha dado una segunda oportunidad. Y sus gentes, su patrimonio humano, me están ofreciendo sin querer un cariño serigrafiado. Un poso que paulatinamente está conquistando mi punto de vista.
Abro la ventana y veo un edificio de colores. Unos gemelos chinos toman la merienda, una familia dominicana charla de forma distendida, burlando al calor, y algunos hindúes se preparan para el tajo. Pronto hay que abrir el negocio.
Es asombroso, por otra parte, contemplar la fusión del románico con el rostro contemporáneo de una ciudad cambiante. A veces pienso que si Machado levantara la cabeza se pasaría al verso libre. El pasado, el presente y el futuro dibujan un perfecto mosaico soriano, donde se trenzan bien prietas las culturas, la generosidad y la convivencia.
28 Jun 2008
Saca la lengua
Le arde la punta de la lengua, pero el dolor le recuerda la hazaña, la valentía, lo echado pa'lante que es. Siempre dispuesto a ser bueno para algunas cosas; un hijo de perra para otras. Rai no se anda con chiquitas. Siente la vida al filo de la muerte y su conciencia no vale nada, o casi nada. Ha desafiado a unos progenitores demasiado desintegrados por el disparate de un mal viaje. La mentira del amor les redujo a peluches y Rai ya no ha vuelto a ser como antes.
Toboganes infinitos, escondites, chopos que servían de escudos juguetones, manos cálidas y lágrimas amortiguadas por un pañuelo a cuadros, recién lavado y con un olor a plancha delicioso. Ya nada ha vuelto a ser como antes.
A lo mejor en la infancia el menos es más; pero pasan los años y la mentira se estrella, la realidad se desnuda y la mierda ahoga los momentos brillantes de una época frágil, sigilosa, dispersa.
Rai es alto, muy alto; algo desgarbado. Rubito, nada angelical. Pantalones anchos, arrastrados, llevados con gracia, como danzantes sin cuerpo. La delgadez le puede y la chulería y la coraza que frena sus andares de chico malo. Un tatuaje le recorre la nuca con elegancia. Provoca respeto, miedo, quizás distancia; metros y metros de separación entre su alma y la idea que el mundo pintó para él. Un borrón difícil de corregir.
Saca la lengua y el espejo le devuelve una de cal y otra de arena. A veces no entiende los caprichos de su propia identidad. No sabe muy bien por qué ha taladrado su lengua, pero era algo que tenía que hacer. Se lo debía a la pandilla. Siempre probando, siempre demostrando. Siempre cabreado.
Camina solo. A veces pasea con Vicky, su amiga con derecho a roce. Al menos eso piensan; la realidad es que es la única que le ha visto sangrar por dentro.
Le tiemblan las piernas cuando le miran a los ojos. No está acostumbrado a mantener la mirada. Nunca se le dio bien dar la cara. Se refugia en el cabello lacio; en los párpados cabizbajos; en la mala ostia, cronificada, heredada, enquistada.
Saca la lengua. Vicky ríe. La tarde se rinde al piercing, al caradura, a una relación con futuro incierto, pero intensamente propia. Y Rai se ríe con dolor, y Vicky le contesta sacando la lengua. Otra noche. Repaso por Malasaña. Pasota por dentro y por fuera. El amanecer ciega los besos. Y ya nada volverá a ser como antes.
23 Jun 2008
Estrellita
Con la cabeza bien alta y el pecho erguido, Raquel recorre la calle más contaminada de Madrid. Sucio el asfalto, patea la acera desconchada, mientras el verano tórrido reblandece un maquillaje demasiado barato. Pisa fuerte, con zapatos blancos de tacones de aguja, a veces rojos y en las noches de fiesta, negros, negrísimos, de brillo mortal. Sin medias en invierno, teclea las baldosas con un brío sureño que tiembla la urbe. La falda bien corta, ceñida al cuerpo y sin miedo a hacer el ridículo, porque ella es la dueña del qué dirán.
Los hombres repasan su anatomía con descaro. Ella ni se sonroja, ni se molesta; sólo deja que ocurra, mientras las otras lanzan dardos de derrota sobre su escote. Y la rabia se apodera de unas del montón que nunca podrán ser como ella. Lo sabe y lo subraya cada vez que lanza media melena al viento, desafiante.
Llora cuando nadie la ve, en la habitación nublada de la pensión Julia Sánchez. Allí nadie conoce su historia, nadie pregunta. En la maleta se respira demasiada sinceridad, recuerdos que le golpean la cabeza cuando duda de su nombre, pero cuando la incertidumbre se apodera de las noches, desvalija el pasado rápidamente para no perder el norte. Y se encuentra.
Se ríe siempre, delante y detrás del espejo, sobre todo cuando hay ojos señalándola. Una mueca falsa para no rendirse a la crudeza de la vida. Y en falso va cicatrizando la herida de la mala suerte. De los que fue dejando, de los que nunca conocerán sus apellidos. “Hice lo que tuve que hacer”, repite una y otra vez. Recorre los retratos, suspira y los aprieta con la goma elástica hasta que inmoviliza el taco de fotos. Vuelta a la maleta. La única prueba de que un día no fue lo que enseña ahora.
Reza cada noche. El único vestigio infantil que no ha perdido con la experiencia perra de la vida. Relaja su ira y fortalece levemente el espíritu, trillado por la soledad y la desidia.
Cuando sale de la pensión, directa a la avenida, aprieta los dientes, clava las uñas extralargas en el bolso y jura para sus adentros que algún día el destino le brindará una segunda oportunidad, pero la dureza de la jornada desmorona cada noche sus promesas más íntimas.
“¡Estrellita!, ¡Estrellita!, mira que caracola, si te la colocas en el oído escucharás el mar”. Y de repente, Raquel responde a la voz con una mirada tierna, inocente. Desea con todas sus fuerzas escuchar las olas. Pero se da cuenta, después de pensar en voz alta, que ya nadie conoce a Estrellita.
Sobre este blog
Andrea Freire
Ana Pérez Villa
Me llamo Ana y vivo... en Valladolid, pero también en Aranda y creo que pronto en Soria, aunque deseo Madrid. Firmo como Andrea Freire. Andrea, por mi bisabuela materna; Freire, por Paulo Freire, el gran pedagogo, el sabio que me despertó, el creador de la "concientización", mi brasileño favorito. Y escribo porque me gusta escribir, porque desde que tengo uso de razón llevo contando historias. En Andrea Freire encontrareis a veces opiniones, a veces relatos; en definitiva, historias para pensar y compartir. Espero que os gusten. Besos
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