Andrea Freire
31 Jul 2008
Ojos de mar
Uno, dos, tres, cuatro, hasta ocho golpes de cadera. Rosalía revienta el parqué a taconazo limpio. Finitos, triángulos de plástico que penetran en la madera con fuerza de chica decidida. La cintura desnuda pasea sinuosa por la bachata, el regetton, la salsa, el merengue; con una seguridad asombrosa, mientras los aprendices exahustos suspiran al compás de las vueltas coquetas, pícaras, exultantes de su diosa bailona. Rosalía muestra lo mejor de su personalidad latina, quemando las tardes en la escuela de su padre. Un hombre serio de puertas para fuera, un huracán por dentro que contrasta con el chisporroteo de sus camaradas: viscerales, charlatanes, besucones.
Dadi abre las puertas al sediento de ritmo. Y le ofrece los licores más caros, más exclusivos. Sólo él conoce bien este mundo pasional, entregado al instante, al colmo de lo estrictamente personal; porque el sentimiento que prospera es pura vida, la de uno mismo.
Rosalía ríe, alegremente respira, y con tacto firme, repasa la anatomía de un compañero que sigue, paso a paso, unos pies condenados a ser libres.
"Ay, esa princesa del Cabo Loco", grita Eric, el más chiflado, y el equipo de música se rinde a la más bella.
Recortes de periódico decoran la sala amarillenta, machacada por el vicio, y los sonidos más adictivos. El viento entra por una rendija mal nacida y alborota los papeles. La luz se estrella contra el suelo gastado y el polvo salta por encima, deseando otro zapatazo.
Rosalía se recrea en las canciones, en los movimientos. Apasionada con la misión que más vida le ha regalado, demuestra en cada gesto su condición de buena gente. Atrás quedan los amores derribados, que renacen en las vueltas rápidas. Así la soledad se soporta con menos esfuerzo.
Denis, el camarero del Califa, recuerda su aroma a mar. El primer día que pisó el suelo del pub se marchitó la tristeza. Y el azulito claro lo invadió todo.
Aparcaron la Vespa en la farola, sus ojos clavaron la buena suerte y un morenazo rodeó la cintura de Rosalía. Denis lo cuenta entre suspiros, ignorado y derrotado por un amor monoplaza. El padre le sonríe, es lo único que puede hacer por su alma.
El corazón de Rosalía late rápido y los sentimientos se apoderan de la magia de unos pies perfectos. Otro amor quemado. Ahora es Denis quien sonríe, pero sabe que la amistad juega en su contra.
Rosalía le toca la cara, le susurra algo al oído, se coloca las gafas, recoge el bastón y sale por la puerta del Califa con una alegría profunda.
Denis continúa secando los vasos. En el Cabo Loco dan los últimos retoques a los pasos peor dados y la tarde se apaga con su marcha.
Los ojos de Rosalía ven lo que el baile colorea en cada estribillo. Y los sentidos se rifan en las coreografías. Sólo hay que dejarse llevar. "Adiós, muchachos", y el aire fresco mueve su falda traviesa, mientras la calle abre sus arterias.
Sobre este blog
Andrea Freire
Ana Pérez Villa
Me llamo Ana y vivo... en Valladolid, pero también en Aranda y creo que pronto en Soria, aunque deseo Madrid. Firmo como Andrea Freire. Andrea, por mi bisabuela materna; Freire, por Paulo Freire, el gran pedagogo, el sabio que me despertó, el creador de la "concientización", mi brasileño favorito. Y escribo porque me gusta escribir, porque desde que tengo uso de razón llevo contando historias. En Andrea Freire encontrareis a veces opiniones, a veces relatos; en definitiva, historias para pensar y compartir. Espero que os gusten. Besos
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3 comentarios · Escribe aquí tu comentario
Vender Casa dijo
La verdad es que todas las historias que se relatan acerca del mar suelen ser muy tristes, y para muestra un boton ;)
mamen dijo
Tiene continuidad.... Un saludo
lucía delgado dijo
Es un texto muy triste que esperemos que tenga una continuidad mucho más alegre donde el mar reclame el sueño de un baile montecapiel grandioso a los sentimientos.
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