Andrea Freire

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Marco ya no pasea

Escrito por: andrea el 11 Jul 2008 - URL Permanente

Sube de vez en cuando al 3º A y deja una flor en el felpudo. Al día siguiente recoge los pétalos arrugados Rosa, la de la limpieza. Marco no saluda en la escalera, tampoco lo hace en el barrio, ni cuando compra el pan. Es silencioso, tímido. Dicen que tuvo algún amigo hace muchos años, cuando jugaba a futbito de tarde en tarde. Ahora le pesan los kilos, los grados de alcohol y los recuerdos. Su madre abre la puerta con el mismo silencio que encierra Marco, prepara la comida, hace la cama y sale a las doce en punto del portal con una bolsa enorme de ropa sucia. Vive solo, vive al día y las noches las pasa en vela, soportando el pasado y los vicios sin salir de su habitación. Nadie puede mirarle a los ojos. Las gafas de sol crean un muro entre su mirada y la vida de los otros.
Una mañana baja las escaleras contento. Una medio sonrisa y pequeños saltos que delatan entusiasmo. Orgulloso, con las manos en el bolsillo, tararea una canción de Bon Jovi mientras sigue bajando peldaños. Como si hubiera cumplido con alguien, Marco arrastra la mano por el último tramo de barandilla con una seguridad bárbara y sale escopetado a la calle. Dos días después Rosa, encuentra una cesta de peras maduras delante del 3º A.
Le fastidia el olor a comida y el ruido de cacerolas. Muchas veces indignado aporrea la puerta del 1º. "Tus humos suben a mi piso y haces mucho ruido con los cacharros", replica con rabia Marco a la vecina de abajo. Julia, con los ojos como platos, no encuentra explicación a la furia de Marco.
Es incomprendido por Julia y también por el resto de vecinos, que contienen la respiración cada vez que pasan por delante de su puerta. Miedo, desconfianza, un fatal desencuentro. Su madre baja la guardia y justifica cada acto de su hijo. "¿Qué queréis que haga?", termina diciendo con un hilo de voz. Pero su hijo es arisco y nunca abre la puerta: ni a conocidos, ni a desconocidos. A nadie. La música estrepitosa enciende las siestas del albañil y la guerra está servida. Marco sigue sin responder al timbre y el obrero del bajo A aprieta los dientes acordándose de su madre.
En el 3º A hay un sobre debajo del felpudo que huele a colonia. Rosa lo abre -se asegura de que está sola en el descansillo- y empieza a leer para sí misma.
Es una declaración de amor: "Querida Isabel...". Se lo mete en el bolso de la bata y sigue fregando. Silencio en el nº 4 de San Blas. Un oso de peluche con un gran lazo rojo custodia, una semana después, la misma puerta. Rosa lo levanta, pasa el cepillo, y vuelve a depositar el regalo en el suelo. Toca el timbre. Parece que no hay nadie. Lo vuelve a hacer sonar. Nadie abre la puerta. Saca un trapo húmedo y limpia la barandilla.
Marco no trabaja. Antes sí lo hacía, en un supermercado. De esto hace mucho tiempo, cuando se le veía pasear con una muchacha todas las tardes. Ahora es distinto. Ya no pasea. Una anciana con tacones y pañuelo en la cabeza mete la llave en el 3º A. De repente, Lola, la vecina de enfrente, la recibe con dos sonoros besos: "¡Cuánto tiempo, qué alegría!". Y la anciana deja de golpe la pequeña maleta para contestar con un simple gracias. Agustina es viuda. Vive sola desde 1983. Nunca recibe visitas y menos declaraciones de amor.
Quizás alguien dejó el deseo en otra época y quiere recuperarlo en este mismo instante. Marco escribe una postal de Navidad: "Querida Isabel, con todo mi amor, te deseo lo mejor para estas fiestas... pronto nuestros padres se conocerán y estaremos juntos toda la vida. Espero que te gusten mis presentes..." Pero Marco ya no pasea.

Saca la lengua

Escrito por: andrea el 28 Jun 2008 - URL Permanente

Le arde la punta de la lengua, pero el dolor le recuerda la hazaña, la valentía, lo echado pa'lante que es. Siempre dispuesto a ser bueno para algunas cosas; un hijo de perra para otras. Rai no se anda con chiquitas. Siente la vida al filo de la muerte y su conciencia no vale nada, o casi nada. Ha desafiado a unos progenitores demasiado desintegrados por el disparate de un mal viaje. La mentira del amor les redujo a peluches y Rai ya no ha vuelto a ser como antes.

Toboganes infinitos, escondites, chopos que servían de escudos juguetones, manos cálidas y lágrimas amortiguadas por un pañuelo a cuadros, recién lavado y con un olor a plancha delicioso. Ya nada ha vuelto a ser como antes.

A lo mejor en la infancia el menos es más; pero pasan los años y la mentira se estrella, la realidad se desnuda y la mierda ahoga los momentos brillantes de una época frágil, sigilosa, dispersa.

Rai es alto, muy alto; algo desgarbado. Rubito, nada angelical. Pantalones anchos, arrastrados, llevados con gracia, como danzantes sin cuerpo. La delgadez le puede y la chulería y la coraza que frena sus andares de chico malo. Un tatuaje le recorre la nuca con elegancia. Provoca respeto, miedo, quizás distancia; metros y metros de separación entre su alma y la idea que el mundo pintó para él. Un borrón difícil de corregir.

Saca la lengua y el espejo le devuelve una de cal y otra de arena. A veces no entiende los caprichos de su propia identidad. No sabe muy bien por qué ha taladrado su lengua, pero era algo que tenía que hacer. Se lo debía a la pandilla. Siempre probando, siempre demostrando. Siempre cabreado.

Camina solo. A veces pasea con Vicky, su amiga con derecho a roce. Al menos eso piensan; la realidad es que es la única que le ha visto sangrar por dentro.

Le tiemblan las piernas cuando le miran a los ojos. No está acostumbrado a mantener la mirada. Nunca se le dio bien dar la cara. Se refugia en el cabello lacio; en los párpados cabizbajos; en la mala ostia, cronificada, heredada, enquistada.

Saca la lengua. Vicky ríe. La tarde se rinde al piercing, al caradura, a una relación con futuro incierto, pero intensamente propia. Y Rai se ríe con dolor, y Vicky le contesta sacando la lengua. Otra noche. Repaso por Malasaña. Pasota por dentro y por fuera. El amanecer ciega los besos. Y ya nada volverá a ser como antes.

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Sobre este blog

Andrea Freire
Ana Pérez Villa

Me llamo Ana y vivo... en Valladolid, pero también en Aranda y creo que pronto en Soria, aunque deseo Madrid. Firmo como Andrea Freire. Andrea, por mi bisabuela materna; Freire, por Paulo Freire, el gran pedagogo, el sabio que me despertó, el creador de la "concientización", mi brasileño favorito. Y escribo porque me gusta escribir, porque desde que tengo uso de razón llevo contando historias. En Andrea Freire encontrareis a veces opiniones, a veces relatos; en definitiva, historias para pensar y compartir. Espero que os gusten. Besos

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