Parece que a Rajoy le ha sentado bien el resultado electoral del 9-M y accede, por fin, a la ansiada reforma interna de la cúpula dirigente del PP. Han tenido que pasar 4 años de grave conflicto político y unas no leves derrotas electorales (el PP gobierna en menos CCAA que hace cuatro años y en algunas donde sí gobierna, como Navarra, depende mucho del PSOE), para que Rajoy se diera cuenta de que el PP está solo y que la actual cúpula (Acebes, Zaplana, Aguirre...) no son más que la electoralmente frustrante sombra de Aznar.
Soraya Sáenz de Santamaría es, quizás, la mejor elección que ha tomado Rajoy en estos momentos a la hora de ponerle nombre a la que tiene que ser la cara del PP en el Congreso y a la que debe ser el bastión de mando de un numeroso Grupo Parlamentario que no puede volver a repetir el crispante rol adoptado en la legislatura anterior. El paso de los moderados y "no contaminados" al primer banco y de aquellos que, como dijo Piqué, "recuerdan al pasado" a la bancada de detrás, le da a Rajoy el impulso mediático necesario como para empezar la legislatura con mayor fuerza y empuje.
En todo caso, un nombramiento (por cierto, de nuevo, a dedo) no es suficiente como para poder evaluar ya qué rumbo tomará el partido de ahora en adelante. Figuras políticas como la mencionada Soraya Sáenz de Santamaría, Juan Costa o el efercescente diputado valenciano González Pons, parece que van a tomar las riendas de un partido aquejado del aznarismo. El segundo gran paso, si Rajoy no quiere volver a ser el blanco de las críticas y pretende levantar el cerco sanitario contra su partido, debía ser el pacto con los principales partidos con representación parlamentaria en el Congreso (PSOE, CiU y PNV) de la Mesa de la Cámara, para que refleje la pluralidad política que merece; sin embargo, parece que ello era demasiado pedir a la vez... aunque habrá que esperar a ver qué pasa.
A mi toda esta historia de la renovación del PP me recuerda mucho a lo que le pasó al PSOE en el año 2000. A los socialistas, tras perder los comicios de 1996, les costó demasiado asumir su papel de oposición y realizó una primera legislatura en los bancos de enfrente, francamente, negativa; de ahí se derivó la gran derrota del año 2000, en la que cayó Almunia. Antes ya había caido Borrell. Luego llegó Zapatero y en cuatro años el PSOE volvía a estar en el Gobierno. La renovación, pues, resultó crucial, para romper la imagen del pasado y, tras correr el (estúpido)velo, afrontar el futuro con serenidad y decisión.
Y ahora parece que al PP le ha pasado lo mismo. ¿Conseguirá Rajoy borrar la sombra de Aznar con la nueva dirección del partido y con la praxis parlamentaria que se inicia hoy?

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