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Yes, we have been able!
Quizás hace solo una década, lo que hoy ha ocurrido en Estados Unidos era algo totalmente impensable. Pero, por muy trasnochado que pueda parecer todavía que un afroamericano pueda ser candidato a las Presidencia del país más importante del mundo, hoy el tabú se ha roto: Barack Hussein Obama será el representante del Partido Demócrata en la carrera presidencial de noviembre.
El efecto Obama ha podido hasta con la gran favorita, Hillary Clinton. Cuando, hace ya meses, empezó la carrera primaria, nadie conocía a Obama y todo el mundo daba por casi-segura la victoria de la ex-Primera Dama. Pues bien, al final, la ilusión del cambio, la ilusión para la recuperación de la esperanza en el pueblo norteamericano, ha conmovido a los demócratas hasta el punto de romper una barrera histórica sobre la política y las cuestiones raciales. El efecto Obama, analogía americana del español efecto ZP y de lo que podría ser el efecto Juan Costa, ha triunfado en un país donde todo se vende con la imagen.
Me gustaría saber si el efecto Obama se reflejará también en las elecciones presidenciales o pasará a la historia como una ilusión a medias. Me preocupa ver a votantes demócratas diciendo que, bien votarán a McCain, bien simplemente se abstendrán, antes que votar a Barack Obama. Y ésa puede ser, precisamente, la diferencia entre ganar y perder las presidenciales de noviembre.
A esta hora, falta por saber qué hará Clinton: retirarse sin más o negociar una salida digna. Aunque me cueste verla ahí, una alianza Obama-Clinton, con Hillary como candidata a la Vicepresidencia, sería una excelente opción electoral. Lo dije en su día y lo repito hoy, si bien es cierto que creo que la pugna ha debilitado ya demasiado al partido. Los demócratas tienen el deber moral de aprovechar el tirón de las ilusiones que ha despertado Obama para luchar contra el poder económico del que dispone McCain.
Pero, sea como fuere, lo cierto es que Obama ha supuesto todo un ciclón en la política norteamericana. No sé si este ciclón acabará siendo tsunami o brisa, pues a veces puede resultar cierta la crítica que se vierte contra Obama al calificarle como pseudolíder de un movimiento de ilusiones y esperanzas tan difuso como irreal. Habrá que ver cómo transcurre el tiempo en Norteamérica y, sobre todo, la evolución de los sondeos de intención de voto, para determinar si el efecto Obama es alternativa real o es puro espejismo.
En todo caso, y a la espera de acontecimientos, me muestro satisfecho por partida doble habida cuenta del resultado de las primarias norteamericanas: en primer lugar, porque Estados Unidos (y por extensión, el mundo entero) ha recuperado la confianza en la clase política a partir de las ilusiones y esperanzas depositadas en un movimiento revolucionario como el protagonizado por Obama. Y, en segundo lugar, porque, pase lo que pase en las elecciones de noviembre, gane Obama o gane McCain, lo cierto es que desde ahora ser negro no será nunca más impedimiento para ser candidato a la presidencia del país más racista y conservador de Occidente. Y esa es, quizás, la principal conquista lograda mediante estas primarias.
El sueño americano
Aunque todavía queda mucha tela que cortar en la carrera hacia la candidatura demócrata norteamericana, Barack Obama mantiene ventaja sobre una Hillary Clinton de la que se esperaba más. El holgado triunfo de ayer del primer candidato negro con posibilidades en Carolina del Norte y el apretadísimo triunfo de la primera candidata mujer con posibilidades en Indiana han consolidado al primero de ellos en su propia carrera de récords; y es que nunca en la historia de los EE.UU. una persona de raza no-blanca había conseguido despertar tanta pasión.
Recuerdo que en una ocasión tuve una acalorada discusión cibernética en una Web a propósito de un escrito que publiqué en un periódico balear preguntándome sobre si los EE.UU. eran o no una democracia. Mi duda venía fundamentada en que el pluralismo político en norteamérica brilla por su ausencia, pues más allá de demócratas y republicanos, no hay nada más. Mi incipiente teoría decía que no podemos hablar verdaderamente de democracia cuando la población no tiene una pluralidad de opciones más o menos ámplia entre la que elegir, más cuando el índice de participación electoral en los EE.UU. es tan bajo a causa de los inconvenientes y desistimientos que supone tener que inscribirse voluntariamente en el censo. Supongo que, en esa ocasión, bien una vez más me expliqué mal, bien me dejé llevar por los que entonces eran mis profesores en Ciencias Políticas (Jorge Verstrynge, Ramon Cotarelo, José María Maravall, Julián Santamaría...) y las teorías dogmáticas de algunos de ellos (que no de todos), pero lo cierto es que, puestos a pensar, sí es cierto que la calidad democrática de un país siempre será mayor si mayor es el número de opciones ideológicas que el ciudadano tiene para elegir.
Tampoco estoy de acuerdo con la teoría de que los EE.UU. es un país de fachas. Conozco a muchos estadounidenses que de fachas tienen poco, más cuando pueden palpar de primera mano las barbaridades que su país, sobretodo mediante su actual Presidente, han cometido a lo largo y ancho del mundo presuntamente legitimados por una hegemonía mundial ganada a golpe de guerras. Pero quizás ahora, la recuperación de la confianza en el pueblo norteamericano es un sueño de cada vez más posible, pues, a priori, creo que tanto Clinton como Obama son dos excelentes candidatos a la presidencia norteamericana.
Es cierto que mientras él peca de novatillo ella lo hace de ambición; pero no deja de ser menos cierto que todo político ha sido alguna vez novato y todos son sumamente ambicionistas. A pesar de las reducidas diferencias que en el plano ideológico separan a unos y otros, si tuviera que tomar partido por uno, yo lo haría por Obama, pues creo que es él quien encarna ese sueño norteamericano de recuperar las ilusiones y la confianza en sí mismo del pueblo americano. Aunque, puestos a ser realistas, a decir verdad creo que cualquier candidato siempre resultará ser mejor que el actual presidente George W. Bush. Es más, puestos a elegir entre demócratas y republicanos, entre derechas y más-de-derechas-todavía, uno siempre tiene sus lógicas preferencias.
Desconozco si finalmente será Barack o Hillary quien se alzará con la victoria; más creo que es dificil todavía dar por vencedor a uno u otro dados los intereses políticos que hay en juego. La carrera norteamericana hacia la Casa Blanca es larga y compleja, pues entre primarias y campaña electoral, los estadounidenses viven más de un año sin tregua política. ¿Alguien se imagina qué pasaría en España si tuviésemos un año entero de campañas electorales sin cesar?
De todos modos, sí debo decir que hay cosas que no me gustan, especialmente los trapicheos que hay detrás y las malas jugadas que se brindan los candidatos de un mismo partido. Episodios como la identificación de Obama con el islamismo fundamentalista o el descaro con que se sacan ciertos pedazos sucios entre candidatos como el de los presuntos francotiradores en Bosnia que amenazaban la seguridad de Hillary pero que en realidad nunca existieron, son hechos que no ayudan en nada a salvaguardar la imagen de coherencia del Partido Demócrata. En eso me recuerdan a Gallardón y Aguirre, respectivamente, cuya pugna no sabemos cómo acabará, si bien sí sabemos como acabó, otra muy parecida, entre Almunia y Borrell.
Que las primarias norteamericanas entre los demócratas pueden llegar a perjudicar al propio Partido Demócrata es algo que muy posiblemente llame la atención de muchos. Vistos los recientes acontecimientos en nuestro país, desde luego estoy seguro que a Rajoy es lo que más miedo le dá cuando oye hablar de primarias. Pues es cierto que el candidato republicano, John McCain, es el gran beneficiario de esta inacabable pugna entre el negro y la Hilariana, que es como llama a los candidatos demócratas nuestro querido Federico Jiménez Losantos. Si Obama y Clinton, Clinton y Obama, hubieran sido auténticos patriotas de su partido, creo que lo lógico hubiera sido hacer un pacto por el que quien gane será el candidato a presidente y quien no a vicepresidente, si bien es cierto que esto ya es rozar la utopía más cuando Obama tiene pinta de vice pero, desde luego, Hillary no.
En todo caso, y a la espera de lo que ocurra, seguimos todo el mundo impacientes por saber quién representará al Partido Demócrata en las próximas elecciones norteamericanas del mes de noviembre. Estoy seguro que ambos pueden jugar un excelente papel y que McCain no lo tendrá nada fácil, menos teniendo en cuenta el legado que le deja su compañero de partido, George W. Bush. Sin embargo, puestos a mojarse, creo muy sinceramente que Barack Obama representa esa novedad, ese aire fresco, esa ilusión y esa esperanza que EE.UU. necesita para recuperar la confianza en sí misma, para dar un vuelco a su imagen internacional, para convertirse en auténtico espejo de cómo evoluciona una sociedad tan racista como la norteamericana con un candidato negro a las puertas de la Casa Blanca. Lo consiga o no, lo cierto es que Obama ya ha hecho historia, pues en norteamerica hacer historia es algo tan sencillo como que por primera vez en muchos años una persona vuelva a despertar esa misma pasión que líderes históricos como Kennedy o Martin Luther King despertaron entre sus gentes. El sueño americano es posible: yes we can!
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