Café para todos
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No me llames Dolores, llámame Lola
A decir verdad, creo que al final lo de Valencia no fue una experiencia tan búlgara como al principio del Congreso parecía que iba a ser. Y eso, que siempre es motivo de disputa, no deja de ser -a mi entender- una excelente noticia para la calidad democrática interna que -al menos constitucionalmente- se le exige a un partido político. Que Rajoy saliera elegido presidente del PP con el menor porcentaje de votos desde la refundación del partido, allá por tiempos de Hernández Mancha, no deja de ser algo anecdótico: al fin y al cabo, con un 21% de los compromisarios no votando a favor de Rajoy se manifiesta, en el fondo, que la discrepancia interna existe, luego que hay debate, luego que hay pluralismo, luego que hay democracia.
A mi humilde y externo modo de ver, el PP está viviendo esa etapa que a todos los partidos les pasa alguna vez en la vida: con varias derrotas electorales en el debe, lo cierto es que el PP necesitaba de esta crisis para quitarse un poco el polvo de encima, lavar los trapos y vestirse nuevamente de guapo, pues en política, o vas vestido de guapo o no tienes futuro. De este modo, el PP necesitaba de este Congreso para encontrarse a sí mismo, para salir de ese callejón sin salida en el que entró allá por el año 2004 -quizás antes- y que tantos disgustos le ha generado al renovado líder Mariano Rajoy.
Qué mejor sitio para hacer borrón y cuenta nueva que Valencia, auténtico feudo inexpugnable del PP, antaño mayoritariamente de izquierdas. En ese escenario es donde Rajoy podía hacer valer mejor sus cartas, y de hecho lo ha conseguido. Soy de los que creen que este Congreso refuerza al PP, al menos durante unos meses, en el tablero político: tras más de dos meses en los que las tensiones internas se han ido sucediendo hasta resultar insoportables, Rajoy ha conseguido imponer su criterio y dar el cambio de rumbo que necesitaba el PP para poder salir adelante.
Este cambio de rumbo se demuestra con pequeños hechos como la elección como secretaria general del partido, en sustitución de Angel Acebes, de María Dolores de Cospedal, figura que encarna el valor de la mujer española del siglo XXI a la que quiere acogerse el PP de cara al futuro. Algunos sectores políticos y mediáticos ubicados todavía más a la derecha que el PP destacan, quizás con segundas intenciones, lo que De Cospedal es en la vida privada, como si eso significara algo en la pública: madre soltera por inseminación artificial, María Dolores de Cospedal destaca por su papel de buena gestora, dedicada al trabajo y, sobre todo, como persona que no causa problemas. Lo cual, más en comparación con su predecesor en el cargo, es todo un aval.
Su elección me genera tres tipos de impresiones, conexas entre sí, que no me resisto a explicar:
- En primer lugar, De Cospedal es la única persona capaz de recuperar la confianza mútua interna quebrada entre los distintos sectores del partido. Hay que reconocerle el acierto a Rajoy al poner de número dos a una persona querida por unos y por otros, en su faceta de ex-consejera de Aguirre y a la vez ahijada política de Arenas. Su gran mérito es haber sabido nadar y guardar la ropa, de tal forma que ahora sale aupada a la secretaría general con el gran reto de recuperar la armonía interna, después de meses de dificultades extremas, entre unos y otros. Y mérito tiene su nombramiento al ser, justamente ella, la única persona que a día de hoy podía desempeñar ese papel salomónico entre ambas sensibilidades. Poner de número dos del partido a un gallardonista hubiera sido, sin duda, un suicidio por parte de Rajoy; consciente de ello, ha optado por darle protagonismo a una persona querida por ambas partes, que nunca ha generado problemas internos y que, a la vez, puede llevar a cabo ese empeño de apaciguamiento de las aguas.
- En segundo lugar, De Cospedal es -y seguirá siendo- cabeza visible del PP en Castilla-La Mancha. De todas las Comunidades Autónomas en las que hoy no gobierna el PP, la que más fácil lo tienen los populares para conquistarla en unas próximas elecciones es Castilla-La Mancha. Le era del bonismo ha llegado a su fin hace ya tiempo y hoy, el legado encomendado a Barreda, no deja de ser un producto con fecha de caducidad. El PP es, desde hace ya décadas, el partido más votado en Castilla-La Mancha en las generales, y eso es todo un signo de lo que piensa la gente; además, el propio desgaste del poder provoca que el PSOE autonómico esté a la baja. Con todo, la relevancia político-mediática de De Cospedal en Castilla-La Mancha deja todavía mucho que desear, en gran parte debido a la falta de una red fuerte autonómica de medios de comunicación como los que sí existen en otras Comunidades, y en gran parte también por la provisionalidad con la que los castellanomanchegos siempre han juzgado -y con razón- al candidato de turno del PP en la región. El PP nacional sabe que si quiere conquistar el poder en Castilla-La Mancha (que, repito, es la Comunidad, de entre las que no gobierna, que más fácil lo tiene en estos momentos) lo que debe hacer es darle protagonismo a su líder, con lo que la proyección politico-mediática que conlleva ser secretaria general del PP nacional le vendrá como anillo al dedo a De Cospedal de cara a futuros comicios.
- Y, en tercer lugar, De Cospedal representa el cambio que el PP necesitaba en este momento. Por fin, cuatro años después de su llegada a la cima del partido, Rajoy ha conseguido diseñar, de su puño y letra y sin condiciones, su propio equipo. Para ello, ha puesto al frente a personas que -unas con más carisma y otras con menos- pueden reformar esa imagen de PP rancio, obsoleto, anclado en el pasado y nostálgico del aznarismo frustrado, y convertirlo en un partido moderno, centrado, moderado y dialogante. Y ése es el gran mérito que hay que reconocerle a Rajoy y al PP en general cuando, desde hoy, intentan volver hacia ese centro-reformista-liberal en el que estuvo durante el cuatrienio 1996-2000, y del que tanto se alejó desde esa entonces hasta el día de hoy. De Cospedal representa ese cambio, esa proximidad al ciudadano que quiere -y necesita- tener el PP para poder volver a calar en el pensamiento social, más ahora que el Gobierno del PSOE -nunca segundas legislaturas fueron buenas- está empezando a generar dudas entre su electorado a propósito de su omisión de actuaciones ante la conyuntura política, social y económica en la que nos encontramos.
El PP necesitaba de este Congreso para poner fin a una espiral de acontecimientos que no llevaban a ningun lugar. Y necesitaba dar un giro, dar ese cambio hacia la proximidad y la moderación que el ciudadano le reclama. En un primer momento, Rajoy afrontó este Congreso con una doble finalidad: por una parte, para demostrar que estaba vivo a quienes al día siguiente de la derrota electoral ya se repartían sus mortajas; y, por otra parte, para legitimarse democraticamente a sí mismo en un Congreso en el que él mismo diseñara la estrategia y el equipo, sin condicionantes de dedos sucesorios como había ocurrido la última vez. Para lo primero, no hay duda de que -aunque haya costado- lo ha conseguido, y hoy Rajoy ya no es ese mismo líder por el que nadie daba un duro hace tan solo unas semanas; para lo segundo, ha logrado su objetivo con creces, neutralizando a críticos y duros y alejándose del incómodo aznarato. Ahora, tiene ante sí la oportunidad para hacer valer la figura política de verdad que lleva dentro y que se ha visto acosada durante todos estos años.
La recuperación de la imagen hacia el exterior, la conexión con la ciudadanía, el buen hacer parlamentario, la moderación en las formas y en el contenido y la proximidad con el que es juzgado todo buen líder político es su estrategia. Y esta tarea ha empezado ya hoy en Valencia... habrá que ver cómo reacciona ahora el rival; habrá que ver qué hace el PSOE ahora, tras confiarse en demasía ante el caos popular. Por favor: que alguien llame a La Moncloa y pregunte qué coño están haciendo.
Bulgaria, capital Valencia
María Dolores de Cospedal será, con todo pronóstico, la nueva Secretaria General del Partido Popular a partir de este fin de semana. A pocas horas del comienzo del gran Cónclave popular, Valencia se viste de pepera para acoger tan ilustre evento. Nunca un congreso interno en el PP había generado tanta expectación; nunca un congreso del PP había hecho correr tantos ríos de tinta y había dado lugar a tantas horas de tertulia radiofónica y televisiva; nunca un congreso del PP había hecho estar tan pendientes de un asunto interno a tanta gente, de dentro y fuera de la formación. Y sin embargo, a pesar de tanta expectación ante este Congreso, resulta que todo el mundo ya sabe cómo va a transcurrir y nadie tiene dudas de cómo va a acabar.
La crisis del PP parece llegar a su fin. O no. Al menos sí llega al fin de su primera parte. ¿Habrá segunda temporada de revueltas? Del mismo modo que todo el mundo da por hecho que Rajoy saldrá consagrado líder del partido en Valencia, nadie duda en comparar su nombramiento con el de interinos liderazgos pasados, concluidos en catástrofe, como el de Hernández Mancha. Cierto periódico conservador, empeñado recientemente en diagnosticarle al PP el síndrome de la centritis, comparaba hoy al que en su día fue líder del PP con el actual, y señalando -acertadamente- que aquellos que en el 87 apoyaron a Hernandez Mancha, son los mismos que hoy apoyan a Rajoy. Entre ellos, el propio Rajoy.
Y de Manchas va la cosa, pues hoy el presidente del PP en funciones ha señalado que De Cospedal, líder del PP en Castilla-La Mancha, será la sustituta del Ángel caído al frente de la secretaría general. Sabia decisión, más sabe Rajoy que aquellos que van de duros por la vida no podrán oponerse al nombramiento de quien fue, en su día, consejera del primer gobierno de Esperanza Aguirre en la Comunidad de Madrid. Aupada por ésta, y de la mano de Arenas, a la presidencia de los populares manchegos, se le encomendó la misión de liquidar el legado que José Bono había dejado en una Comunidad que vota izquierdas en las autonómicas y derechas en las generales. No lo consiguió -ni siquiera lo hizo el hijo de Suárez cuando el PP quizo mercantilizar este linaje a cambio de rédito electoral-, aunque sí recortó distancias, si bien nadie niega que su avance se debió más a causas ajenas -la marcha de Bono- que a méritos propios.
Con todo, los aguirristas no podrán negarse este fin de semana a votar el equipo diseñado por Rajoy. Un equipo joven y, a mi modesto entender, preparado para hacerle oposición a un Zapatero que parece acostumbrarse demasiado a no tener alternativa creíble a su gestión gubernamental. Un equipo de gente nueva que quiere dar por cerrada una etapa que solo ha traido disgustos y derrotas a una formación que, hace unos años, se creía invencible. Bueno, gente nueva hasta cierto punto, pues tanto Ana Mato como sobre todo Javier Arenas han ocupado ya cargos de primerísima posición al frente del partido; parece ser que a Arenas nunca se le acaba el fuelle, pues debe tener un corazón imbatible como para continuar sin hartarse al frente de un partido que en Andalucía parece tenerlo más que imposible. Aunque de más verdes han madurado: ahí está Valencia.
Valencia se viste de pepera para acoger un Cónclave a la búlgara. La expresión "Bulgaria, capital Valencia", copyright de la cual pertenece a cierto locutor de radio condenado por insultar a los políticos del PP por ser demasiado poco de derechas, es sin duda una afortunada forma para referirse a un Congreso del que todo el mundo sabe cómo va a transcurrir. No porque haya unidad, que no la hay, sino porque nadie se ha atrevido a dar el paso y plantear alternativa creíble a un dedazo de Aznar que le ha costado muy caro al partido. De esos polvos, estos lodos. Ni Aguirre, ni Costa, ni una desconocida militante de base, de cuyo nombre nadie se acuerda, que tras el batacazo del 9-M se postuló como candidata alternativa a Rajoy y que fue literalmente linchada por plantear tan atrevido propósito democrático, optarán finalmente a la presidencia de un partido que necesita calmar ánimos si quiere llegar vivo al año 2012. Ni el popular y populista movimiento "Pedimos Primarias", encabezado por el líder del PP del barrio de Salamanca, o seaaa el barrio más pijo de Madrid, habrá conseguido sus propósitos tras este cuestionado Congreso. A veces es demasiado fácil hacer ruido y demasiado difícil atreverse a hacer algo. En definitiva, mucho ruido y pocas nueces.
Sin María San Gil ni Eduardo Zaplana, y casi sin verle la melena a Aznar, concluirá el Congreso -lo veremos- a la búlgara y a la vez en falso. A la búlgara porque solo Rajoy es y será candidato; en falso, pues nadie da un duro por el flamante líder de cara al 2012. Peculiar resulta ver que, antes de elegirse al líder, ya se piensa en cuándo y cómo será éste cesado: ¿primarias para elegir candidato? ¿nuevo congreso en 2011? Nadie sabe nada y todo el mundo habla de ello y lo da por hecho. Nunca digas nunca jamás ni este cura no es mi padre.
Más de lo mismo, pues, para que a partir del lunes todo continúe igual pero sea diferente. Con una infructuosa, frustrante y frustrada búsqueda de legitimidad democrática, con un liderazgo nuevo y renovado salvo a lo que el líder se refiere, el Cónclave valenciano nos brinda una oportunidad única de ver cómo acaba la primera temporada de una serie de acción, drama, romanticismo y traición. Como en la tele, más de lo mismo para que todo parezca diferente pero en el fondo todo siga igual.
Que empiece el baile!
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