Cosas que me inspiran violencia
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23 Ene 2012
Autobús, sueño, frío... (Basilio Pozo-Durán)
Cosas que me inspiran violencia (Basilio Pozo-Durán)
Entrada 5: Autobús, sueño, frío...
Autobús, sueño, frío. Domingo, seis de la tarde. Cuando pienso esto siento que mi espacio interior crece, se libera de inútiles muebles por olvidar y ese recuerdo de ilusión a punto de parir un sueño ocupa toda mi mente.
Internacional 3, Política 10, Opinión 18, Economía 26, Tendencias 34, Cultura 40, Deportes 47, Necrológicas 60, Agenda 62, Clasificados 63...
09 Relax. Sumisa latina 18 zona centro. Olga rusa madurita lluvia dorada. Marta 25 alisado japonés tríos.
Marta está junto a la cama, justo donde he abandonado el periódico por la página 63. El elástico del pantalón me aprieta la mano que meto en mi braguita. La noto más húmeda en la punta de mis dedos mientras bajo más mi mano. Marta, con su alisado japonés, me mira tendida en el suelo. Sólo su cabello cubre apenas su desnudez. Está de espaldas, a cuatro patas. Quiere que vea su culito, lo abre con sus dedos para mí. Imagino que son sus dedos quienes me están acariciando el clítoris y que son los míos los que juegan con su culito. Flexiono más las rodillas. Con la otra mano agarro la almohada y la presiono sobre mi cara. Me gusta sentir que me cuesta respirar cuando estoy a punto de correrme. El alisado japonés de Marta cada vez se balancea más y más, y siento la presión de su culito en mis dedos. Me abofeteo golpeando la almohada, sacudiendo en ella todas mis ganas de sentirme cada vez más y más mojada. Ya casi, casi. Entonces Marta gime más fuerte, se queda quieta, gira la cabeza y me mira mordiéndose el labio inferior: ¿te gusta? Es Marta 25 alisado japonés, pero su voz es la de Miguel, y la de Jorge, y Blas... Siento sus voces como lenguas que recorren mi sexo violentamente una y otra vez. Ya, ya.
Sí, me gusta, me gusta mucho, Marta.
13 Ene 2012
Sus ojos se cerraron... (Basilio Pozo-Durán)
Cosas que me inspiran violencia (Basilio Pozo-Durán)
Entrada 4: Sus ojos se cerraron...
Sus ojos se cerraron para mí. Sólo para mí, los sigue abriendo para todos los demás. Me prometí que este pájaro ya no anidaría más, pero aquí estoy. Más que nido es jaula. Al menos me cuida. Yo aún no aprendí.
Pero lo de vivir aquí no tiene pase, así que estoy en huelga de palabras hasta que alguien pueda escucharme de verdad.
Me pienso y me escucho por dentro, con mi voz atrapada en una cueva sucia, oscura y muy, muy fría. La cueva soy yo. ¿Cuándo fue la última vez que viví apasionadamente? Voy a ponerla durante esta huelga, para encontrar ese alguien que me entienda. Y me encienda, me prenda fuego de nuevo y me renueve por completo.
Escapar del nido para acabar en otro es tan estúpido... Será porque no me atrevo a sostenerme la mirada durante mucho tiempo en el espejo. Será porque hace tiempo que no me veo en ella. No hay nada ahí, sólo formas y colores.
Y es duro recordar, pero es tan difícil de olvidar... No he vuelto a hacer una locura desde entonces, y no espero que vuelva a hacer alguna más. Me lo dejé todo en ese nido, llegué a sentirme tan imprescindible para él... Pero no existen amantes libres y la princesa se convirtió un día en dragón. El caballero pasó de luchar por ella a luchar contra ella.
El dragón herido sigue dolido, sin curarse.
Abro el periódico de hoy.
11 Ene 2012
La última que bajaba del autobús... (Basilio Pozo-Durán)
Cosas que me inspiran violencia (Basilio Pozo-Durán)
Entrada 3: La última que bajaba del autobús...
La última que bajaba del autobús se ha quedado mirándome un poco más de lo normal, como si reconociera en mí algo familiar, tal vez algo pequeño y frágil como ella.
De la fruta me han sobrado las monedas justas para comprar el periódico de hoy. Lo compro a diario, y hoy con más gana, porque dan un libro por el mismo precio. El periódico es para la reprochona, el libro para mí.
Doy la vuelta al barrio por la calle que queda detrás de casa. Se levanta más tarde, justo para desayunar y almorzar a la vez. Yo tengo cosas que hacer antes, pero le dejo siempre el periódico sobre la mesa de la cocina, junto al recambio de frutas. Es lo primero que agarra en cuanto sale del servicio, se lo lleva para la cama y está un rato revisándolo hasta que activa todo su cuerpo. A mí no me parece mal.
Ahora toca salir del barrio, bajar a la ciudad. Te das cuenta de que entras en la ciudad cuando ves que hay cámaras apuntándote mientras caminas por la acera. En el barrio no, es más seguro que la ciudad, es más seguro que te apunten con otras cosas. Al menos eso cuentan los periódicos, aunque no sé de nadie, de los vecinos que conozco, que hayan resultado heridos o asaltados en el barrio. En la ciudad sí: en cada tienda, en cada banco, en cada oficina del gobierno.
En el fondo me gusta, me encanta sentirme mirado, observado, saber que continuamente alguien se fija en mí. Y casi siempre logro averiguar por qué.
10 Ene 2012
Me has herido... (Basilio Pozo-Durán)
Cosas que me inspiran violencia (Basilio Pozo-Durán)
Entrada 2: Me has herido...
Me has herido, he estado herido toda la noche. Me has herido con tu frío hecho reproche. Que por qué no nos mudamos. Que por qué no cambiamos de barrio. Que por qué no, que por qué no, que por qué...
En la esquina aún se vende fruta que sabe a fruta, no como en esas tiendas que llaman frutería en las que la piel de las manzanas brilla más que las bombillas. En ésta, la de mi barrio, aún saben a tierra y a las manos que la recolectaron. Y las tenderas no son maniquíes vivientes de alguna tienda de ropa, sino mujeres. Sus vaqueros, sus deportivas blancas, como su delantal, y un pañuelo de flores por bufanda que asoma por el cuello de una cazadora de chandal.
Que por qué no, pues porque aquí las cosas son más de verdad, no como antes.
Ya no me ofrecen esas bolsitas de plástico casi transparentes, pues ya me conocen y esperan con su sonrisa mientras se frotan las manos contra el frío a que saque mi bolsita de tela de la mochila: dos peras, un melocotón, tres kiwis y dos plátanos. Y su acento y sus palabras te hacen sentir que estás aquí y no en cualquier otro lugar.
Hasta otra día.
Vaya con dios, joven.
Nunca he agradecido tanto que alguien me mande a ir con dios, como cuando lo escucho de ellas en las mañanas cuando el plato de la cocina se queda sin fruta y salgo a comprar más.
Escucho tras volver la esquina el ruido grave de un motor, como de un coche parado. No, no es un coche, es un autobús. El autobús escolar que trae a los niños pobres de la ciudad a pasar una mañana más entre pupitres y pizarras. Miro sus abrigos que son de hace al menos dos temporadas y sus mochilas con personajes de dibujos animados que ya dejaron de emitirse por televisión. El autobús parece una galería de arte abstracto en plena doble fila. Han dejado los cristales, empañados por el frío de fuera y el calor de dentro, llenos de dibujos. En uno han escrito algo: "Hamb".
09 Ene 2012
Al final de la calle... (Basilio Pozo-Durán)
Cosas que me inspiran violencia (Basilio Pozo-Durán)
Entrada 1: Al final de la calle...
Al final de la calle todo eran hojas secas esparcidas por las aceras. Un llanto de bebé colándose por la ventana. Un viento gélido las hacía arrojarse sobre la calzada, prestas a que unos neumáticos las hicieran crujir y despedazarse, dejando así de ser hojas, quedando deshojadas.
No hay más tiempo que el que se pierde mientras nos observa. Establece su curso silencioso alrededor de la vertical torcida de nuestro cuerpo y nos atrapa, como en un juego de maracas, agitándonos a un ritmo unas veces frenético, otras lánguido.
El plato de la fruta estaba vacío esta mañana. Siempre se queda ahí, en la mesa de la cocina, esperando a que mis dedos ciegos por lo reciente del sueño lo palpen torpemente en busca de alguna pieza. Todo era duro y frío, todo el centro y todo su borde. Me lavé la cara en el grifo del fregadero y con la misma agua en mis manos mojadas me agité el cabello, moldeándolo un poco detrás de las orejas y justo por encima de mi frente. Las gotas de agua helada acariciando mis sienes era lo único que de verdad conseguía despertarme. Vuelvo a la habitación y me pongo el mismo pantalón, la misma camisa y el mismo jersey. Piso bajo la cama los mismos zapatos y me los calzo. Agito de nuevo el cabello como restableciendo un orden no logrado. La llave, la misma, que dejé bajo la almohada, me dice que salga ya de casa.
Pero sin fruta la mañana no es mañana sino un abandono impúdico de la cama.
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