Cuaderno de un veinteañero

27 Jun 2008

Escrito por: jorge el 27 Jun 2008 - URL Permanente

Las prioridades del español medio

Acabo de leer que sería posible plantar espárragos en Marte. Éste es el tipo de noticias que normalmente deshecho o doy de lado por su falta de aplicación práctica en la vida, pero hoy sin embargo he pensado hasta qué punto no será útil irse comprando unas huertas en el planeta rojo, para ser el primero en poder especular cuando llegue la ocasión y el 'boom' inmobiliario marciano. El problema es que no sé a quién me tengo que dirigir para hacer tamaña adquisición; quiero decir, ¿de quién es Marte?, ¿a quién le compro mi parcela?, ¿o allí vale colonizar o conquistar, o simplemente llegar? Una terrible angustia y desazón invade mi cuerpo.

Aquí en la Tierra, el 'postboom' sigue trayendo consecuencias nefastas. El IPC se sitúa ya en el 5,1%, que para el que no lo sepa es mucho, mucho, mucho. Vamos, que está todo carísimo de la muerte. Pero, para que vean cual es la situación de muchos españoles, les voy a poner sobre la mesa un caso práctico que he vivido hace unos minutos.

El contexto es la cola en la caja de una famosa cadena de supermercados. Un hombre comenta con la que aparentemente es su mujer -utilizando esta expresión no en el sentido posesivo, y gustando yo de ser cuidadoso con el lenguaje- y con otra clienta que "con Zapatero no hay quien llegue a fin de mes, que esto es una vergüenza. El Gobierno nos tiene ahogados". La otra señora en liza comenta que es verdad, "no hay quien llene la cesta de la compra". La multitud aplaude sus palabras, y se monta un improvisado Debate sobre el Estado de la Nación, muy hogareño y popular. Yo por mi parte -y con ánimo estrictamente científico- me entretengo ojeando la compra de la pareja que me precede, iniciadora del macrojuicio gubernamental. Mientras la mujer sostiene a dos niños de unos 7 y 10 años con ganas de guerra, el hombre comenta ordenando su compra que "sólo hacen una al mes, para organizarse mejor en casa. Con niños ya se sabe". Va introduciendo en bolsas lo que va a ser su alimento de aquí a los próximos treinta días: la mayoría marcas blancas y productos en oferta. Nada de verdura, fruta o pescado. Pero sí muchísimos productos congelados y bollería industrial. Y refrescos, tantos como para invitar a todo el barrio a ver el partido del domingo -ése que nos hará olvidar todas las penas-. En ese momento pienso para mí que es una lástima que dos niños pequeños tengan que alimentarse a base de 'fritos', la verdad, y no entiendo cómo, dentro de esa supuesta situación económica familiar apurada, no ahorran en burbujas y grasas saturadas e invierten en algo más sano y consistente -y en la mayoría de los casos más barato-. Tras diversos comentarios con la cajera sobre la crisis y las monedas de céntimo, y tras gastarse un total de 82,35 euros -datos, insisto, con interés puramente científico- en la supuesta "compra del mes" -sólo apta para congeladores industriales-, la familia y su compañera de campaña se dirigen hacia el ascensor del aparcamiento. He comprado poco, detalles urgentes, y enseguida me reúno con ellos; paso de largo para coger el periódico y regreso para bajar. He comprado dos diarios de tirada nacional, como cada día desde que tengo 15 años, y el que va por el lado visible no les gusta. Me ojean de arriba a abajo, de modo notablemente maleducado, dos veces, miran descaradamente lo que llevo entre manos, y vuelven a la carga, con más ganas que nunca -acababa de convertirme en el cliente representante del Gobierno- y mirándome de reojo esperando respuesta. Sonrío por el detalle del "alineamiento periodístico" y, cuando me quiero dar cuenta, estamos en el ascensor hablando del estupendo viaje que este fin de semana van a hacer a uno de esos baratos Paradores -cuyo nombre no diré para evitar suspicacias- dejando a los niños con la madre de ella. Los llevarán a los tres a una casa que tienen en una conocida urbanización de chalés de la provincia de Toledo, a veinte minutos de Madrid, "porque con la piscina se lo pasan mejor". No queda ahí la cosa. Hablan alegremente con su nueva amiga de las vacaciones en la playa que durante los segundos quince días de julio (temporada alta) van a disfrutar, ya sí, en compañía de sus hijos. En la Costa Azul francesa. Todo muy aristocrático, como verán. Yo me dirijo a mi coche en silencio y la familia de los fritos en mesa se despide de su contertulia para subirse a un esplendoroso Mercedes Clase E (modelo base valorado en 40.300 euros). Giro la cabeza y miro la matrícula. No tiene ni seis meses. Reluce impecable. Como relucen también sus asientos de cuero y sus numerosos extras. Calculo su precio, a ojo, en unos 56.000 euros.

Y así he llegado a mi coche, he tirado mis dos periódicos - ha quedado por encima el que posiblemente les habría gustado-, mi "compra urgente" y me he montado pensando en lo afortunado que soy. Mucho. Primero, porque yo no necesito aparentar ser nada para ser feliz. Segundo, por poder vivir con arreglo a mis estrictas posibilidades siendo, también, feliz. Y tercero, por haber tenido unos padres que priorizaron siempre mi alimentación o mi educación por encima de los trajes de Armani para ir a comprar croquetas al super del barrio. Y porque mi coche tendrá 200 caballos menos, pero hoy voy a comer tela de bien y sin pasar apuros.

Soy afortunado por todo eso y porque tengo la suficiente vergüenza como para no criticar al Gobierno por mi situación económica y el coste de la bolsa de la compra cuando con dos niños pequeños gasto casi la totalidad de mis ingresos anuales en un medio de transporte ostentoso, en vacaciones por todo lo alto, en segundas residencias ni mucho menos imprescindibles y en ropa que no se paga por lo que es sino por lo que representa; mientras destino menos de 90 euros mensuales a su alimentación, sin ninguna preocupación además en que ésta sea de calidad.

Y mira, si me da el punto, ahora tal vez me pase por Marte a plantar unos espárragos -que son muy sanos, y diuréticos-. Y desde allí, me reiré del mundo, de su hipocresía y de la soberana estupidez que nos invade -como ya dije un día recibiendo graves críticas por ello-. Porque sí, oiga, somos estúpidos.

Empezaré ya a especular desde allí arriba, para convencer a La Masa de lo importante que es tener una casita en Marte para estar en lo más alto y ser respetable. O sea, 'super cool'. Les meteré en la cabeza qué es lo más importante mientras me hago rico a su costa. Ellos criticarán al Gobierno, pero él seguirá sin ser el responsable de que los españoles quieran vivir dando más importancia y alas a la especulación urbanística -o de cualquier otro tipo- que a un plato de sopa, viviendo en la apariencia y la ostentación en lugar de hacerlo de forma acorde a sus ingresos.

Aunque cabe una posibilidad más: que encuentre allí arriba las mentes dispersas de medio país jugando a ser nuevos ricos y no quede hueco para nada. Y no me extrañaría, porque no sé en qué estamos pensando ni dónde tenemos la dignidad. Ni entiendo tampoco por qué debo aceptar sin rechistar que la neoliberal clase media se queje de que no llega a fin de mes mientras pasea sus neumáticos relucientes por las autovías cada puente, delante de quienes no pueden permitirse ni el viaje ni los donuts. Pero claro -quiero decir, osea- es una lástima que no atendamos a ese 20% de españoles que está por debajo del umbral de la pobreza, pero cómo hacerlo si no tenemos dinero para otros zapatos de Gucci antes de julio.

No, no queridos amigos. No se puede ser rico en vacaciones y pobre en la cola del mercado. Hay algunos que quieren ser tan ricos, tan aparentes, tan distinguidos y sobre todo tan de derechas; que no tienen más remedio que convertirse en rebeldes proletarios si de criticar al PSOE se trata. Y dan mucha pena, y mucha lástima. Pero es muy distinta emocionalmente a la que dan quienes realmente tienen dificultades para llegar a fin de mes. Y de esos, lo peor, es que nadie habla.

4 comentarios · Escribe aquí tu comentario

angel-z dijo

Es muy característico ese cuadro que no pintas, celebración de uno de tantos debates del estado de la nación en torno al carrillo de la compra que se va llenando de fruslerías mientras espera el Mercedes aparcao... Al menos Sancho Panza iba en burro; ahora es el burro el que es capaz de volar hasta Marte y ponerse a medir parcelas. Porque no creo que le dé por criar espárragos.

unfounded-runner dijo

Hombre, hay casos de gente de esa calaña, para qué negarlo, pero en mi casa por ejemplo no es así. Somos pobres, no pobres de solemnidad, pero sí de los que no pueden comprar todo lo que la neurona consumista nos pide. Vivimos en una casa cuya hipoteca era sostenible respecto de los ingresos que entran en ella solo el primer año. Luego las enormes subidas nos lo han puesto todo más difícil. No nos alimentamos únicamente a base de porquería industrial, afortunadamente, pero no siempre podemos permitirnos los pimientos, o los tomates. O a veces su compra supone renunciar a otro producto... Y no soy yo quien administra en casa el dinero ni nada de eso, pero lo veo. Y no tenemos más que un coche de segunda mano (con sus años ya) y en vacaciones nos conformamos con ir algún domingo a la playa. Supongo que somos pobres del montón, pero desde luego no podemos apoyar a quienes mandan después de obligarnos a apretarnos exageradamente el cinturón.

Anónimo

Anónimo dijo

Tienes toda la razón yo soy uno de esas decenas de millones de ciudadanos de este país que conducimos un clásico mercedes clase E y que como esas otras decenas de millones de ciudadanos que conducen audis de alta gama estamos cada día dejando de poder vivir con holgura en esas estupendas suites de paradores y despertamos cada mañana para leer estos estupendos análisis con los que nos damos cuenta de lo asentado que estas en la realidad, y por supuesto a partir de ahora no me quejare de este mundo de yupi que me ha creado ZP.

Jorge Barraza dijo

Creo que era bastante evidente que estaba denunciando no el estado de la mayoría de españoles, sino la hipocresía de otros muchos. El que no tenga que darse por aludido que no se enfade.

Por cierto, anónimo, son bastantes más de los que tú piensas.

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Jorge Barraza

Periodista de vocación, estudiante de profesión y bloguero por afición. Mostoleño de nacimiento, madrileño de sentimiento y europeo por convicción.

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