Cuaderno de un veinteañero
Periodismo y política: dos caminos bloqueados con los que alcanzar metas comunes. ¿Abrimos?
31 Jul 2008
Políticos, generaciones y sorpresas
Cuentan hoy en cadenaser.com que los nacidos desde el 82 -bendito mundial- somos trabajadores menos productivos. ¿Y dónde está la noticia? Los valores aprendidos y la educación -escolar y paternal- recibida no hacían presagiar nada mejor. Pero si las mentes lúcidas que han hecho este estudio quieren sorpresas, ya verán lo que viene detrás: la generación ESO-Play nos va a desbordar. Por otro lado, es curioso que en España sigamos confundiendo "productividad" con "horas en el trabajo", pensando equivocadamente que hay que valorar más al empleado que entra sin sol y sale sin él, cuando muchos producen la mitad que alguno que se va a las cinco. ¿En qué empleamos nuestro tiempo de trabajo? Si los españoles somos de los que más horas extras echamos y al tiempo estamos a la cola de la productividad europea, algo está fallando. Vamos, digo yo. Y en eso no hay generaciones, hay ineficacia empresarial.
Pero esta generación -hoy me he enterado de que se llama 'Y'- soporta también el infujo de extrañas corrientes humanas. Ese extraño ser desconocido, llamado "político", no deja de sorprendernos. Uno de los titulares llamativos del día lo protagoniza un despiadado dirigente 'popular' que ha sacado a la luz unas comprometidas grabaciones de sus compañeros en las que muestra aquellas cosas que deben quedar para el ámbito privado. Todos nos hemos llevado las manos a la cabeza al escuchar a un concejal decir "el fin del partido no es el bien de Gijón [podría haber sido cualquier otra ciudad], sino ganar". ¡Y todos a gritar! ¿También esto nos sorprende? Si algo deberíamos haber aprendido en nuestra corta etapa democrática es que hay dos clases de políticos: los que viven para la política y convencidos de sus ideas, y los que ponen ésta al servicio de sus intereses personales. De los últimos, por desgracia, hay suficientes para exportar. A mí pues, no me sorprende que haya especímenes con ese pensamiento ocupando cargos públicos, a mí más bien me parece llamativo que tengan la suficiente poca vergüenza -o carencia de inteligencia- como para decirlo abiertamente. A pesar de todo pueden estar tranquilos: por ese pequeño 'delito' verbal no tendrán que abandonar la política y podrán seguir haciendo de ella su personal mercado especulativo -que le pregunten a Zaplana-. Pero sí, estos políticos representan a una generación que no es la nuestra y de la que al parecer tenemos que aprender.
Otro concejal, en este caso de ICV, ha tenido la decencia -menos mal- de pedir disculpas por publicar en su blog este cartel animando a apadrinar niños extremeños. Contra él -sí, contra, contra- tenía preparada toda una batería de lindezas con las que no pensaba dar de mí la imagen de moderado que está de moda. Sin embargo, he considerado ese hecho: ha pedido disculpas. Y como es tan poco habitual en este país y casi comparable a los orgasmos democráticos de aquel que sabemos, los guardaré para otro día. Eso sí, no puedo marcharme sin decirlo: nacionalismo, insolidaridad e incultura van siempre de la mano; y debo agradecer que siempre haya energúmenos dispuestos a que no lo olvidemos. No sea que algún día nos convenzan.
22 Jul 2008
Que se callen
Hace tan sólo unos días el Tribunal Supremo nos daba ocasión de soñar con el final de las teorías conspirativas. Al tiempo, los vertederos informativos de la derecha más rancia volvían a alimentar con fuerza su falacia lamiendo con avaricia cada pequeño resquicio de duda que, manoseado adecuadamente, pudiera dar a entender lo que ellos mismos pretendían dar a entender: aquella verdad que no es la real y objetiva, sino la que sirve a los intereses de lenguas podridas a las que nunca importaron más los muertos que sus propios sillones, y muy especialmente los de sus amigos desencajados en su mentira y en la sorpresa de su ineficacia ante un pueblo hastiado.
Hoy las Fuerzas de Seguridad del Estado han detenido a los integrantes del comando Vizcaya de ETA. Todos los medios a esta hora llevan la noticia a sus primeras páginas, pero no todos lo hacen con la alegría que cualquier ciudadano -"de bien", los llaman- debería sentir y desbordar cuando las ratas -con perdón del roedor- son conducidas hacia el olvido y el aislamiento social que merece su espuria condición.
He aquí un titular: Cae el ‘Comando Vizcaya’ de ETA. La Policía no entiende por qué se ha tardado tanto en intervenir: “¿se quiere tapar la crisis o lo de Otegi y De Juana?”. Además de destacar la falta de calidad periodística de quien ha escrito esa bazofia impropia de un licenciado en la materia, es necesario afirmar que la humana es casi tan alta como la de los protagonistas del mismo. Otro medio de similar altura moral al anterior enlazaba su primer párrafo a los primeros cien días del Gobierno de Zapatero: crisis, crisis, crisis. No es grave. Algunos de sus lectores hablaban en sus comentarios de casualidades nada desdeñables: muertos antes de las elecciones o detenciones cuando los datos no acompañan. El mismo medio que hace unos días volvía a hablar de destrucción de pruebas y al que preferí ignorar.
Hay una basura, una segregación de sustancias hediondas que recorre de punta a punta la geografía de esa gran y libre nación llamada ¡España!, a la que por suerte algunos queremos más que los que sólo se preocupan por su doble letra apartada del poder, el Poder con mayúscula y con P, el único que mueve los corazones y las cabezas hasta aplicar ¡mano dura! -siempre de forma que parezca lo contrario- si de recuperarlo se trata.
Un once de marzo de 2008, y han pasado tan sólo unos pocos meses, me veía en la obligación de gritar un basta ya como éste. Hoy tengo que volver a recordarlo, tengo que volver a pedir que se callen, que dejen de arrojar sal contra las heridas de las almas rotas para alimentar su prepotencia y sus ansias de recuperar los puestos que siempre han considerado de su propiedad. Que se callen. Que dejen de manipular, de jugar, de mentir, de vender su mierda y su inexistente dignidad al precio que ponen a cualquier muerto: el de un voto, y al triunfo de un Estado: el de un voto.
No quiero verle más
Si ha habido un error en el equipo de Ferraz a lo largo de estos cien primeros días es pensar que la crisis (qué palabra) en casa ajena iba a servir para el propio beneficio. El resultado es que ahora el PP está por delante en todas las encuestas -también las de los medios "afines"- y el PSOE desdibujado ante una sociedad aparentemente más interesada por el bolsillo que por sus principios.
Cuando Rajoy afirma que "el Gobierno no ha hecho nada" no se está sirviendo de una verdad, sino del regalo que ha recibido del propio enemigo, que le permite ahora pasearse de pueblo en pueblo como el portador de soluciones, el moderado sin complejos, llave del futuro nacional y salvador de desastres que España necesita. No lo ha conseguido él, es obra de la ignorancia y la simpleza de quien tenía que haber marcado la agenda.
Muy al contrario, el PSOE creyó oportuno esperar a que el PP se autodestruyese -¿de verdad les parecía posible?- permitiendo su falsa imagen de renovación. Que los populares hayan protagonizado con sus riñas internas los mejores titulares de prensa de estos meses ha sido lo peor que le podía ocurrir al Gobierno, que ya no tendrá motivos para atacar la mala actitud del PP. Ahora, habrá que criticar no las formas, sino las ideas y las acciones -tanto o más nefastas que antes del Congreso-; y ello requiere personajes más cualificados que el dichoso José Blanco. Sin embargo, observo incrédulo cómo ha recibido como premio un resplandeciente cargo que emula a viejas glorias del socialismo español, para desde él seguir deleitándonos con su elaborado verbo y su inigualable carisma.
El flamante vicesecretario general del PSOE ha afirmado hoy en rueda de prensa que entregará al líder de la oposición un informe sobre los cien primeros días de Gobierno, porque según sus propias palabras "Rajoy ha estado muy ocupado con la crisis de su Partido", con lo que el megalíder socialista deduce que no habrá tenido tiempo para seguir, entre otras cosas, las resoluciones del Consejo de Ministros. Que la principal cara visible de los socialistas haya errado al considerar que no hacer nada para que lo haga el contrario es mejor que explicar a los ciudadanos qué se hace y por qué, es grave; pero que ahora, con el líder de la oposición lavado ante la sociedad y vendiendo sus recetas por doquier continúe insistiendo en la "crisis" ya pasada por Rajoy es un acto de magna estupidez. Y de gran insensibilidad social.
El mismo día en que el Gobierno anuncia que la crisis provocada por la situación internacional se ha llevado por delante el superávit sabiamente logrado a tal efecto, Blanco debería explicar qué hace el ejecutivo, cuáles son las medidas tomadas, por qué estamos en crisis e incluso podría servir de profesor ciudadano para dar unas cuantas lecciones de economía global y de mercado. Pero no, prefiere permitir que el corte en los informativos sea aquel en que se habla del Partido Popular, haciéndole la publicidad que necesita y sin responder a lo que los ciudadanos quieren escuchar de quien ostenta el poder. Puede que no sepa hacerlo mejor, o puede que no de para más; pero el PSOE debe abandonar las palabras huecas, vacías y machaconamente repetidas para dar paso a las ideas claras, ágiles y cercanas. Debe abandonar a José Blanco.
En efecto, recomendaría humildemente a la dirección socialista que si ganar en 2012 es su pretensión, por favor, saque a Blanco de los focos. No sé si es un organizador estupendo, seguramente; o un potente cerebro, puede ser. Pero por favor, que trabaje en silencio. No quiero verle más. Parece que no acaba de entender que lo mejor que tiene el Partido Socialista Obrero Español está dentro, no fuera. Lo que tiene que vender y destacar es lo conseguido por su formación, no la desgracia ajena. Lo que hará fuerte al PSOE es que la gente sepa qué ha hecho el Partido por ellos, no que sus líderes pretendan convencer sobre lo malo que es el enemigo. Porque así, el enemigo crece; y nadie escucha una sola justificación para que deje de suceder. Zapatero no lo hace mal, Zapatero no tiene a nadie que explique lo que hace. Y si nadie explica que Zapatero no lo hace mal, la mayoría acabará afirmando que Zapatero lo hace mal. A mí me faltan quince minutos.
17 Jul 2008
Joaquín Leguina ya es "upeydista" oficial
Nos vamos posicionando. Hace no mucho tiempo le dediqué un artículo a los socialistas confusos, como Joaquín Leguina, que mantiene un blog crítico con Zapatero, José Blanco y todo lo que salga de la dirección socialista de Ferraz o del Gobierno.
Muchos de sus comentaristas le pedían fervientemente que pasara a formar parte de UPyD, el grupo de moda en las ondas episcopales matutinas, mientras él negaba tal posibilidad.
Hoy sin embargo -sin encambio, que dirían algunos- ha sido mayúscula mi sorpresa cuando en plena portada de la web del partido de Rosa -y rosa en todo- aparece un artículo de Leguina. Y digo en plena portada, es decir, con todos los honores, los que merecería alguien integrado en el grupo de pleno derecho y con suma importancia. Lo que se recoge, por cierto, es un artículo escrito en El Mundo por el citado personaje, para que vaya usted cerrando el círculo.
Y yo que me alegro, porque ahora ya podré defender o no lo que diga este señor. Porque si tiene la valentía de dar ese paso, estará siendo coherente. Y es que, como se suele decir: ¡Así sí, hombre, así sí! No hay cosa que más salte a la vista que la hipocresía interesada: está claro que este señor quiere un puesto, y está claro que UPyD es el mejor partido para conseguir uno. ¡Todos contentos!
16 Jul 2008
Quod natura non dat
Regreso de pasar el fin de semana en el 'Festival do Mundo Celta de Ortigueira' con la convicción de que el nacionalismo responde a un absurdo. Ya lo pensaba, pero lo confirmo cuando viajo, como decía la vieja consigna.
Efectivamente, he de pensar que es un absurdo después de asistir a un evento con casi 100.000 personas de toda condición y orientación. El Festival de Ortigueira, que nació como un proyecto independiente y que se ha convertido ya en una referencia internacional del folk reúne bajo sus faldas a visitantes tan parecidos como mi casa y La Moncloa. Nada de nada. Unos buscaban su pasión por una música, otros simplemente la fiesta, unos hablaban gallego, otros castellano y muchos de ellos inglés o francés. Y convivieron durante cuatro días como personas civilizadas.
Mientras algunos piensan que el castellano necesita ser defendido de agresiones externas, como si nos vendiesen un champú, yo no puedo parar de pensar en la hermosura que subyace tras la reivindicación y la defensa de cada cultura, de cada lengua, de cada música; y especialmente aquellas que han sobrevivido a feroces represiones impositivas y unitaristas.
A España siempre le ha encantado defender sus tópicos rancios de país de pandereta, símbolos de la apolillada unidad Nacional, autoconvirtiéndose en la sede mundial de la paella, el flamenco y los toros. Lo primero es una suerte, lo segundo una raíz más de las muchas que sustentan el árbol de la pluralidad del Estado, y lo último uno de esos escollos que muestran que estamos lejos de dar el salto definitivo al siglo XXI. Pero sea como fuere, lo cierto es que tenemos mucho más que exportar al planeta, gracias a una rica historia y a sus variadas gentes. No conozco nada más antipatriota que negarse también ese placer, ese motivo de orgullo. Sin embargo, también podríamos hacer un gran negocio si vendiéramos a coste de barril de Brent todos nuestros miedos y complejos.
En cualquier Estado europeo una diversidad tan clara sería aprovechada como la mayor de las fortunas mientras aquí se convierte en el gran quebradero de cabeza de las adustas manos mesetarias. Los proclamados a sí mismos como intelectuales defensores de las ideas más justas y razonables nos intentan convencer ahora sobre la necesidad de ¡defender! un idioma que hablan cientos de millones de personas sin dedicar ni un ápice de su tiempo a exigir una escuela pública de calidad. Porque mientras los titulados en la educación básica de media Europa hablan cuatro lenguas, el Congreso español debate sobre si en unos determinados territorios se debe enseñar una, dos o media; cuando lo cierto es que el aprendizaje del castellano no está garantizado ni en Barcelona ni en Valladolid, donde los hijos de la ESO -como en todas partes, vaya- no son capaces de redactar más de dos frases seguidas consiguiendo coherencia y corrección ortográfica. ¿Y la culpa de quién es: del gallego, de la ikurriña o de Laporta? Me temo que de un sistema educativo nefasto apadrinado por una incompetente clase política.
Negándome a pensar que los estudiantes españoles somos más idiotas que el resto, deduzco que alguien debería hacerse responsable de la mayor tasa de fracaso escolar conocida y de que donde podría haber perfectos conocedores de catalán, gallego, valenciano, vasco, castellano, inglés y francés haya, en cualquier rincón geográfico de norte a sur, víctimas de un sistema que les hace incapaces de competir con cualquier vecino europeo.
Y mientras, renegamos de nuestros orígenes, convencidos por quienes no son capaces de arreglar lo verdaderamente importante de que en ellos reside el auténtico problema; nos negamos a regalar al mundo los encantos de un país increíblemente grandioso y gastamos energía en debates yermos que alimentan el radicalismo trasnochado de acá y de allá condenando a miles de jóvenes, generación tras generación, al ostracismo y el atraso.
Porque, es verdad, sentarse a arreglar la educación pública sería muy útil; pero ni vende periódicos, ni da audiencia radiofónica, ni permite a los falsos patriotas alardear de ideas tan débiles e insustanciales como sus propias siglas. Leo en un diario que el nacionalismo vasco está en su nivel más bajo, que ahora sólo uno de cada cuatro votantes del PNV sería partidario de la autodeterminación. Esto ocurre siempre que hay gobiernos moderados en el poder: los radicales de uno y otro bando pierden fuerza. Lástima que algunos se empeñen, con manifiestos ridículos, en seguir dando a los separatistas argumentos para la separación. Ya se sabe, los extremos se necesitan unos a otros, y los nacionalistas -sean los españoles o los 'periféricos'- no tienen más ideas que aportar que la agitación irracional de unos colores. Seguid, seguid, a ver quién rompe antes qué. Y más grave que ellos lo intenten es que haya una masa social convencida del resquebrajamiento terrenal: primero se rompía España, luego la familia, ahora es el castellano y luego será otra cosa. Nos tratan como niños, nos manejan con absurdos, y encima nos encanta. Yo, sinceramente, empiezo a perder la esperanza de ver a mi país hablar, debatir y resolver lo importante. Será, como decía mi profesor de latín -por cierto, ¿por qué se quejan de las lenguas españolas y no se quejan de las ocho horas dedicadas en el bachillerato a lenguas muertas?- que "quod natura non dat, Salamantica non praestat". Nosotros, para mayor desesperación, no tenemos ni lo uno ni lo otro.
02 Jul 2008
Patriotismo
La victoria de la selección en la Eurocopa me alegró profundamente, no sólo por el hito futbolístico -que me suele importar bastante poco- sino porque ha servido para que ocurran hechos excepcionales en nuestros pocos años de democracia. Cosas tales como que uno de los gritos más coreados sea "yo soy español, español...", que la bandera de todos no se convierta en un símbolo de encasillamiento político o que lucir los colores no sea motivo de insulto. Un gran paso para un país que ha derribado miles de complejos al tiempo: deportivos sí, pero también políticos, históricos o sociales. Es lamentable que la prensa internacional más prestigiosa lleve años hablando, y lo haga ahora con más fuerza que nunca, de lo admirable que es España por su fuerza, por sus políticas progresistas, por sus profesionales en todos los campos del arte, del deporte, de la política o de la ciencia; y que seamos nosotros los que renegamos de esa posición de referencia.
Espero, eso sí, que ésta no sea una excepción, sino el comienzo de un nuevo camino que grabe a fuego un patriotismo de verdad. ¿Cuál es ése? El que no está basado en rancias pretensiones ni nostalgias, sino en un respeto profundo por los orígenes y por lo que representa la idea plural de una nación -de naciones, de territorios o de personas, como cada uno quiera- que ha sabido entenderse y convivir. Sí, entenderse y convivir aunque pudiera parecer lo contrario. Siempre he dicho: "la patria es un sentimiento", y a mí me resulta indiferente si uno se quiere sentir español, leonés, gaditano, europeo o de su casa; pero dejemos que cada cual marque su camino sin recelos ni sospechas. Dicho de forma simple: me siento español, no soy "facha".
Este patriotismo que defino, el de las personas que libremente quieren expresar su afinidad, cariño o identificación por un lugar, una historia o un proyecto común es muy diferente al otro, al de la bandera con palo para atizar, al del sentimiento de superioridad y al de la falta de respeto a la diferencia o la pluralidad. Y en este caso, se ha visto perfectamente retratado. El hecho de que millones de personas salgan de su casa con banderas rojas y amarillas no ha debido gustar mucho a los del brazo derecho en alto. Muchos de ellos preferían que la selección volviera pronto a casa porque Cuatro, la cadena de "rojos de mierda", era la que emitía el evento -la misma que ha conseguido significar a toda una afición con su bandera y con una Plaza de Madrid que antes tenía otras connotaciones, eliminando al tiempo otra negativa y puramente política sostenida sobre el color rojo-. Uno de mis mejores amigos bromeaba diciendo que ahora ellos, enfadados, se cogerán la tricolor para seguir siendo diferentes, superiores. No amigos, la bandera, como el país, es de todos, como las 46 millones de formas posibles de entenderlo. Y sería bueno que la izquierda dejase de regalar los símbolos comunes a quienes se apropiaron indebidamente de ellos, empezando a reivindicarlos como propios al conjunto de ciudadanos. Qué patriotismo, qué españolismo: el que se alegra de que las cosas vayan mal si con ello se erosiona a determinado partido en el Gobierno, el que prefiere una España famosa por lo casposo, lo vetusto y apolillado que por sus avances sociales, por sus artistas o por sus deportistas. Oh, y ya que estoy, hago un paréntesis. Porque para el caso también hay que señalar a los indignados porque su amado Raúl no estaba en Viena; lo que ya de paso sirve para recordar que los buenos equipos, en fútbol o en lo demás, no se fabrican a base de mitos, leyendas, pasiones personales y fuerza mediática con intención de venta, sino con cabeza, esfuerzo, realismo y profesionalidad. Si extrapolamos el ejemplo a la política, muchos miembros de ejecutivas en partidos de uno y otro bando y altos cargos públicos deberían salir corriendo avergonzados, porque ni están donde deben ni haciendo aquello para lo que fueron preparados: son sólo etiquetas de una marca o préstamos de una amistad.
Los otros que se han definido y mostrado tal cual son los siempre demacrados, atizados y maltratados nacionalistas. Los otros nacionalistas, me refiero; no los españoles sino los catalanes, vascos y gallegos. Esos que se sienten odiados por el españolismo centralista pero que prefieren que gane cualquier selección deportiva extranjera a que lo haga una española -española, de la misma España que los integra; y obviando siempre a los miles de seguidores que llenaron las calles de sus ciudades más simbólicas e independientes con la bandera del mal-, los mismos Urkullu que animan a Rusia o la misma ERC que cuelga banderas alemanas en su balcón. Por provocar. Sólo por el ánimo del odio y la provocación. Por desgracia, los extremos egoístas y prepotentes, los extremos nacionalistas, siempre se ayudan unos a otros, se alimentan para seguir vivos: tanto crece uno, tanto suma el otro. Por ello, los teóricos del "España se rompe" han sacado a la luz su particular visión sobre el denostado castellano en un manifiesto que provocaría mi carcajada si la situación no fuera la que es. Pero ante cosas tan serias, es mejor no reírse.
Mientras los atrincherados del siglo XXI siguen a lo suyo, sería bueno que otros intentáramos la consecución de logros más interesantes. Igualdad, justicia, progreso, crecimiento, respeto, diálogo, educación. Eso es patriotismo. Patriotismo son personas.
01 Jul 2008
El PSOE, su izquierda y los críticos
Últimamente al PSOE le están saliendo muchos detractores entre los que algún día fueron o pretendieron ser importantes dirigentes del partido. No me refiero sólo a los más famosos, como Rosa Díez o el neoalgo al que invitan a seguir sus pasos, Joaquín Leguina -sí, ése que tiene un agujero negro en su blog personal que hace que se pierdan cosas de forma milagrosa-; me refiero también a los detractores ideológicos, como Jordi Sevilla.
Ya, ya lo sé. Usted se está preguntando por qué excluyo a Rosa Díez o a Leguina de los detractores ideológicos. Pero si quieren la respuesta, está, como siempre, ahí fuera. En la historia, en sus propias palabras, en sus actos y en su labrada imagen de. De, sin concluir. Hay cosas que no es necesario explicar, mucho menos cuando se acerca el Congreso del partido y algunos toman posiciones. Sus posiciones. Menos los que optaron por irse y dejarse notar a su manera, desde fuera. Pero hablaremos de ellos después.
Antes, hay otras cuestiones sobre las que sí es bueno reflexionar. Y a ellas voy. Desde que leí este artículo del 9 de junio escrito por el ex Ministro del Gobierno de Zapatero, estoy pensando en qué estaría pensando él al escribirlo. Básicamente, viene a decir que no hay diferencias entre izquierda y derecha; asume pues Sevilla que "todos los políticos son iguales", esa vieja consigna abstencionista de la derecha de toda la vida. Y me pregunto, ¿si ya ni los líderes socialistas creen en esa diferencia, podemos hacerlo nosotros? Me lo están poniendo difícil, muy difícil. Pero no lo van a conseguir: yo sigo creyendo, aunque añadiendo a mis creencias casi religiosas la convicción de la enorme ineptitud que se extiende, más rápido que la pólvora, entre los líderes del socialismo español. Y permítanme decir, que muchos de ellos se equivocaron de siglas. Al PSOE le vendría muy bien que éstos siguieran el primero de mis ejemplos, salieran del armario, y se fueran a donde en realidad camparían con absoluta comodidad.
Siempre han existido dos posturas con respecto a las estrategias de partido. Están, por un lado, los que piensan que las discrepancias se deben quedar en casa porque el debate público no es interesante a la hora de enfrentarse a los futuros retos electorales. Por otro, los que creemos que si una formación política está viva, y quiere parecerse e identificarse con una sociedad, debe actuar y ser como ella; mucho más si se trata de una formación de izquierdas. Puedo entender que en la derecha exista el alineamiento sin más, el Sí al más puro estilo orwelliano. No lo entiendo sin embargo en la izquierda, no es ésa su razón de ser y existir. El debate la hace fuerte, la hace interesante, la hace diferente y, en efecto, la hace ser. Si en la izquierda se asumen las cosas tal y como las entienden sus oponentes, se alcanzan las ambigüedades que en estos momentos se están produciendo en política social o de inmigración. Ambigüedades que se convierten en complejo que obliga a seguir a la derecha, pensando que ella tiene más alcance entre la sociedad en según qué cuestiones, un concepto seguro incorrecto -y en caso afirmativo, ¿no éramos nosotros los de las luchas justas aunque costasen la derrota?-. Deberían volver pues esos tiempos en los que la izquierda lideraba con claridad la respuesta y la reflexión social ante los temas que importan, y abandonar los actuales en los que los juegos de palabras, las frases y los modos estéticos parecen contar más.
Admiro los debates ideológicos, los partidos políticos y organizaciones en los que todo se pone en cuestión con el afán de mejorar, de reflexionar para convencer. Nunca tomaría parte de un proyecto cerrado, opaco, sectario, hermético o inamovible, en el que sólo exista una voz única y no tantas como forman parte de él. Lo que no admiro tanto son los debates de cuota. De cuota por el poder. Y parece que de esos hay muchos en todas las formaciones, escondidos en aparentes discrepancias de pensamiento que no son tal. Nadie se salva: ni el PP, con sus espectáculos congresuales; ni el PSOE, que veamos cómo sale en algunas federaciones; ni digamos Izquierda ¿Unida?, con su Partido Comunista anclado en las trincheras y aspirando a ser aceite, siempre por encima del resto de la ¿coalición?
Desde esa admiración por el debate y la pluralidad ideológica bien definida sería difícil entender a qué se debe mi profunda y sincera... voy a llamarla animadversión, por el mencionado Joaquín Leguina. Y se debe únicamente a que no me puedo creer esa diferencia teórica que lo separa del PSOE que en otros tiempos le daba de comer. Tal vez ese plato en la mesa sea el verdadero problema.
¿Hay tantas diferencias entre el grupo que lideraba Felipe González y el de Zapatero? Las verdaderas estriban, a mi parecer, en el cambio de época. No hace falta ser un lumbreras para darse cuenta de que hay sustanciales evoluciones que han provocado que la España del 82 no se parezca demasiado a la de 2008 -que ya lo explicó muy bien, en su día y a su manera, Alfonso Guerra-. Son muchos los críticos que desde otras ideologías hacen mención a más de trescientos sucesos acaecidos desde los días Pablo Iglesias hasta ayer por la tarde para erosionar a los socialistas españoles, sin entender que poco tienen que ver aquellas luchas con las nuestras, porque poco tiene que ver aquel país con el nuestro. Tampoco el partido, tampoco los líderes. Lo que me parece aberrante es que existan "intelectuales" del propio socialismo que no entiendan esa evolución, que no comprendan que el PSOE tiene que caminar al mismo ritmo que lo haga el conjunto de los españoles; que para partidos rancios ya están otros. Y si no entenderlo ahora significa un brusco cambio en la trayectoria de quien emite mensajes así, sólo puedo entrever una cuestión de intereses. El PSOE -se supone que también los demás partidos- se hace y rehace, y lo deben formar un grupo de militantes con unas ideas comunes para arreglar los problemas de hoy. Atendiendo a su historia, siempre; pero mirando de forma inquebrantable hacia el futuro. Progresar, progreso; esas son las supestas palabras cumbre. Cambio, dice el lema del trigésimo séptimo Congreso. Avanzar, es lo que ello implica.
Pero surge, como digo, el rastrero interés. Y no hay más que ver que algunos sus discrepancias siempre las gritan reivindicándose a sí mismos. Dice Leguina en su blog: "José Blanco, Secretario de Organización del PSOE, olvidándose (sólo por un momento) de fustigar -con su preciso y siempre ilustrado verbo- a su paisano Rajoy, nos ha soltado en Alcalá una encendida regañina dirigida a los afiliados del PSM, conminándonos a superar “viejas recetas y discursos trasnochados”. “Si un partido no cambia, la sociedad lo manda directamente a la oposición”, añadió el líder. “La sociedad no vota a quienes sólo se miran a sí mismos”, advirtió a los navegantes del PSM. “Los ciudadanos no perdonan a quienes no dan una respuesta a sus necesidades e inquietudes”, concluyó. La primera pregunta que viene a la mente después de escuchar a José Blanco soltar esa soflama por la radio es la siguiente: ¿a quién dirige sus críticas este hombre? Porque, al hablar de viejas recetas y de discursos trasnochados, no estará pensando –hemos de suponer- en quienes ganamos varias veces las elecciones en Madrid". Vaya por delante que a mí José Blanco, Pepe Blanco o Pepinho -a elegir- me cae como una patada en la mismísima rabadilla. Pero necesariamente, al leer al Señor Leguina, la primera pregunta que me viene a la mente es la siguiente: ¿a quién se refiere cuando dice "quienes ganamos varias veces las elecciones en Madrid"? Supongo que será al mismo, a él mismo, que las perdió en 1995 dándole una victoria por mayoría absoluta a un Gallardón al que siempre despreció, con esa misma prepotencia con la que hoy se permite dar lecciones. ¿No tiene ninguna responsabilidad el único Presidente socialista de la historia de la Comunidad de Madrid en que sus ciudadanos no hayan querido repetir? La humildad nunca es mala. Nunca. Y por seguir con situaciones dantescas, me ha recordado a "esos" socialistas madrileños que reniegan del presente Secretario General del PSM, Tomás Gómez, porque dicen -es la excusa menos elaborada que he visto nunca- que "ha perdido muchos votos". Efectivamente, así es. En el año 2003 el alcalde de Parla -el más votado de España- obtuvo en las elecciones municipales un 75,35% del apoyo popular y 20 de 25 concejales; mientras que en el año 2007 se quedó en el 74,43% y -oh- 20 de 25 concejales. Efectivamente, el descalabro es, cómo decirlo, espectacular. Como espectacular es que la maquinaria sectaria de -parte- de su propio partido no le permita hacer oposición porque algunos prefieren una Esperanza fuerte a quedarse ellos con el trasero sin sillón. La verdad, no sé en cuál de las corrientes autonómicas actuales se encuentra el señor Leguina, pero viendo que apuesta por él mismo, deduzco que apuesta por los perdedores. Tampoco es que me importe.
Discrepancia siempre. La admiro, me encanta. De hecho, no me suelen caer bien quienes siempre me dan la razón; es... hasta aburrido -saludos especiales a mi comentarista anónimo, que me endulza la vida-. Pero aquellos cuya única ideología es el poder y sólo el poder y siempre Su poder dan tanta pena como rabia. Más de la una que de la otra. El próximo fin de semana el PSOE tiene una oportunidad irrepetible para demostrar a los ciudadanos españoles que siguen siendo la bandera de la izquierda. La del 'cambio'. Hablando más que nunca de ideas o soluciones y menos de personas -especialmente ahora, que no parecen existir dudas sobre quién lidera el proyecto-. Que el puño cerrado -el de verdad- saque de nuevo su energía y golpee la mesa. Que oriente la política por el camino ideológico que muchos esperan, y que se recuerde a tanto superlativo nombre propio que éstos no importan, no más que las cuatro siglas que los acogen. Porque, señor Leguina -y tantos otros-: los socialistas también se mueren, lo que quedan son sus conquistas. ¿Por cuáles lucha usted, por cuáles los incapacitados e incapaces olfateadores en busca de su cacho de tarta? ¡Son tantos! Pero confío en que ninguno nos haga perder la confianza.
Estamos a tiempo.
27 Jun 2008
Las prioridades del español medio
Acabo de leer que sería posible plantar espárragos en Marte. Éste es el tipo de noticias que normalmente deshecho o doy de lado por su falta de aplicación práctica en la vida, pero hoy sin embargo he pensado hasta qué punto no será útil irse comprando unas huertas en el planeta rojo, para ser el primero en poder especular cuando llegue la ocasión y el 'boom' inmobiliario marciano. El problema es que no sé a quién me tengo que dirigir para hacer tamaña adquisición; quiero decir, ¿de quién es Marte?, ¿a quién le compro mi parcela?, ¿o allí vale colonizar o conquistar, o simplemente llegar? Una terrible angustia y desazón invade mi cuerpo.
Aquí en la Tierra, el 'postboom' sigue trayendo consecuencias nefastas. El IPC se sitúa ya en el 5,1%, que para el que no lo sepa es mucho, mucho, mucho. Vamos, que está todo carísimo de la muerte. Pero, para que vean cual es la situación de muchos españoles, les voy a poner sobre la mesa un caso práctico que he vivido hace unos minutos.
El contexto es la cola en la caja de una famosa cadena de supermercados. Un hombre comenta con la que aparentemente es su mujer -utilizando esta expresión no en el sentido posesivo, y gustando yo de ser cuidadoso con el lenguaje- y con otra clienta que "con Zapatero no hay quien llegue a fin de mes, que esto es una vergüenza. El Gobierno nos tiene ahogados". La otra señora en liza comenta que es verdad, "no hay quien llene la cesta de la compra". La multitud aplaude sus palabras, y se monta un improvisado Debate sobre el Estado de la Nación, muy hogareño y popular. Yo por mi parte -y con ánimo estrictamente científico- me entretengo ojeando la compra de la pareja que me precede, iniciadora del macrojuicio gubernamental. Mientras la mujer sostiene a dos niños de unos 7 y 10 años con ganas de guerra, el hombre comenta ordenando su compra que "sólo hacen una al mes, para organizarse mejor en casa. Con niños ya se sabe". Va introduciendo en bolsas lo que va a ser su alimento de aquí a los próximos treinta días: la mayoría marcas blancas y productos en oferta. Nada de verdura, fruta o pescado. Pero sí muchísimos productos congelados y bollería industrial. Y refrescos, tantos como para invitar a todo el barrio a ver el partido del domingo -ése que nos hará olvidar todas las penas-. En ese momento pienso para mí que es una lástima que dos niños pequeños tengan que alimentarse a base de 'fritos', la verdad, y no entiendo cómo, dentro de esa supuesta situación económica familiar apurada, no ahorran en burbujas y grasas saturadas e invierten en algo más sano y consistente -y en la mayoría de los casos más barato-. Tras diversos comentarios con la cajera sobre la crisis y las monedas de céntimo, y tras gastarse un total de 82,35 euros -datos, insisto, con interés puramente científico- en la supuesta "compra del mes" -sólo apta para congeladores industriales-, la familia y su compañera de campaña se dirigen hacia el ascensor del aparcamiento. He comprado poco, detalles urgentes, y enseguida me reúno con ellos; paso de largo para coger el periódico y regreso para bajar. He comprado dos diarios de tirada nacional, como cada día desde que tengo 15 años, y el que va por el lado visible no les gusta. Me ojean de arriba a abajo, de modo notablemente maleducado, dos veces, miran descaradamente lo que llevo entre manos, y vuelven a la carga, con más ganas que nunca -acababa de convertirme en el cliente representante del Gobierno- y mirándome de reojo esperando respuesta. Sonrío por el detalle del "alineamiento periodístico" y, cuando me quiero dar cuenta, estamos en el ascensor hablando del estupendo viaje que este fin de semana van a hacer a uno de esos baratos Paradores -cuyo nombre no diré para evitar suspicacias- dejando a los niños con la madre de ella. Los llevarán a los tres a una casa que tienen en una conocida urbanización de chalés de la provincia de Toledo, a veinte minutos de Madrid, "porque con la piscina se lo pasan mejor". No queda ahí la cosa. Hablan alegremente con su nueva amiga de las vacaciones en la playa que durante los segundos quince días de julio (temporada alta) van a disfrutar, ya sí, en compañía de sus hijos. En la Costa Azul francesa. Todo muy aristocrático, como verán. Yo me dirijo a mi coche en silencio y la familia de los fritos en mesa se despide de su contertulia para subirse a un esplendoroso Mercedes Clase E (modelo base valorado en 40.300 euros). Giro la cabeza y miro la matrícula. No tiene ni seis meses. Reluce impecable. Como relucen también sus asientos de cuero y sus numerosos extras. Calculo su precio, a ojo, en unos 56.000 euros.
Y así he llegado a mi coche, he tirado mis dos periódicos - ha quedado por encima el que posiblemente les habría gustado-, mi "compra urgente" y me he montado pensando en lo afortunado que soy. Mucho. Primero, porque yo no necesito aparentar ser nada para ser feliz. Segundo, por poder vivir con arreglo a mis estrictas posibilidades siendo, también, feliz. Y tercero, por haber tenido unos padres que priorizaron siempre mi alimentación o mi educación por encima de los trajes de Armani para ir a comprar croquetas al super del barrio. Y porque mi coche tendrá 200 caballos menos, pero hoy voy a comer tela de bien y sin pasar apuros.
Soy afortunado por todo eso y porque tengo la suficiente vergüenza como para no criticar al Gobierno por mi situación económica y el coste de la bolsa de la compra cuando con dos niños pequeños gasto casi la totalidad de mis ingresos anuales en un medio de transporte ostentoso, en vacaciones por todo lo alto, en segundas residencias ni mucho menos imprescindibles y en ropa que no se paga por lo que es sino por lo que representa; mientras destino menos de 90 euros mensuales a su alimentación, sin ninguna preocupación además en que ésta sea de calidad.
Y mira, si me da el punto, ahora tal vez me pase por Marte a plantar unos espárragos -que son muy sanos, y diuréticos-. Y desde allí, me reiré del mundo, de su hipocresía y de la soberana estupidez que nos invade -como ya dije un día recibiendo graves críticas por ello-. Porque sí, oiga, somos estúpidos.
Empezaré ya a especular desde allí arriba, para convencer a La Masa de lo importante que es tener una casita en Marte para estar en lo más alto y ser respetable. O sea, 'super cool'. Les meteré en la cabeza qué es lo más importante mientras me hago rico a su costa. Ellos criticarán al Gobierno, pero él seguirá sin ser el responsable de que los españoles quieran vivir dando más importancia y alas a la especulación urbanística -o de cualquier otro tipo- que a un plato de sopa, viviendo en la apariencia y la ostentación en lugar de hacerlo de forma acorde a sus ingresos.
Aunque cabe una posibilidad más: que encuentre allí arriba las mentes dispersas de medio país jugando a ser nuevos ricos y no quede hueco para nada. Y no me extrañaría, porque no sé en qué estamos pensando ni dónde tenemos la dignidad. Ni entiendo tampoco por qué debo aceptar sin rechistar que la neoliberal clase media se queje de que no llega a fin de mes mientras pasea sus neumáticos relucientes por las autovías cada puente, delante de quienes no pueden permitirse ni el viaje ni los donuts. Pero claro -quiero decir, osea- es una lástima que no atendamos a ese 20% de españoles que está por debajo del umbral de la pobreza, pero cómo hacerlo si no tenemos dinero para otros zapatos de Gucci antes de julio.
No, no queridos amigos. No se puede ser rico en vacaciones y pobre en la cola del mercado. Hay algunos que quieren ser tan ricos, tan aparentes, tan distinguidos y sobre todo tan de derechas; que no tienen más remedio que convertirse en rebeldes proletarios si de criticar al PSOE se trata. Y dan mucha pena, y mucha lástima. Pero es muy distinta emocionalmente a la que dan quienes realmente tienen dificultades para llegar a fin de mes. Y de esos, lo peor, es que nadie habla.
26 Jun 2008
Esperanza Aguirre: la perfecta liberal
¿Qué son los liberales? Según la RAE -esa institución apolillada de señores (principalmente) muy serios- el liberal es el "partidario de la libertad individual y social en lo político y de la iniciativa privada en lo económico".
La siguiente pregunta que deberíamos hacernos, enlazada con la inmediatamente anterior, es si la mayor representante del liberalismo en España, la "lideresa" Esperanza Aguirre, es o no una verdadera liberal. Si extrapolamos la definición anterior a su Gobierno -apretado cual cinturón de obrero- obtenemos el siguiente resultado: para Aguirre liberalismo consiste en "yo hago lo que me da la gana, y los servicios públicos, al no ser tal cosa sino negocio particular, los reparto entre mis amiguetes". Parece que he simplificado el asunto hasta extremos vergonzantes, pero oiga, de donde no hay, ya sabe.
Dicen además mis amigos de la RAE -ver primer párrafo- que liberal es aquel "inclinado a la libertad, comprensivo". Vaya. Comprensiva, comprensiva... Esperanza no es. A menos que obviemos sus preguntas de barriobajeramascachicle en cierto hospital. Yo la entiendo, porque tener que aguantar a cuatro marujas que viven sin trabajar y que van pagadas por los socialistas y los masones a reventar visitas cargadas de nobles intenciones, es, chica, horroroso. Sí, definitivamente estamos ante una mujer alegre, jovial y dicharachera que despierta simpatía y empatía allá por donde va; amiga de niños, mayores, gays, toxicómanos, altezas reales y escoria en general.
Los señores serios -por no nombrarlos otra vez, mire usted- proponen también encuadrado en esta palabra al "generoso, que obra con liberalidad". Sí. Aguirre es muy generosa. Se ha congelado el sueldo a pesar de vivir en un lóbrego palacio de altos techos, difícil de calentar y cuyo mantenimiento -por el bien de la sociedad- le impide llegar a fin de mes. Yo no veía tal cantidad de solidaridad colectiva desde que Ana Botella comentó que vivir en Moncloa era como hacerlo en una chabola. Claro, Carmen Romero, qué gusto decorativo iba a tener. Una socialista. Puaj. De Ikea, seguro. Y a saber como lo deja la gritona de Sonsoles, una bohemia descarriada.
"Dicho de un arte o de una profesión: Que ante todo requiere el ejercicio del intelecto". Es la última de las acepciones de interés. Sí. Efectivamente. Por favor, no ponga esa cara, no, no, no, no se ponga rojo. Vaya, ¿se le escapó la carcajada? Qué tiempos aquellos en los que la Espe versión Ministra de Cultura deleitaba a los reporteros de CQC con sus salvajadas sobre libros y autores, ¿eh?. Pero ahora ya se ha instruido, y habla de la historia y de las herencias políticas de 1808, o de aquel mayo francés. Así que si, nuestra Presidenta autonómica también cumple este requisito.
Es una perfecta... liberal.
Y hoy lo ha vuelto a demostrar. Viviendo como vivimos en un mundo liberal (de Yupi y en negro si lo ve por Telemadrid) los Consejeros de un Gobierno no son cesados en su actividad cuando el desempeño de la misma supone un escándalo social. No. Lamela ha vivido en sus propias carnes el funcionamiento de un ejecutivo liberal del siglo XXI: te vas a la calle si no interesas en el negocio.
Porque oiga, con la sanidad puede usted jugar lo que quiera, total, está llena de inmigrantes y seres similares pidiendo derechos que no les corresponden como No Ciudadanos o No Seres Humanos. Pero hasta ahí. Con las aspiraciones de la jefa no se juega. Todo por el Liberalismo. Todo por la Libertad. Y si quiere saber más, Curry Valenzuela se lo cuenta. Si no sale en negro, claro (qué color más feo, por Dios).
23 Jun 2008
Entre Móstoles y Valencia. Viaje a los principios
Una de las cosas que he aprendido en la última semana y media es que hay que ser prudente. Seguramente, si hubiese prometido hace tres meses que iba a escribir todos los días ahora llevaría justo tres sin hacerlo. Por suerte no ha sido para tanto.
Recuperado de mis desarreglos horarios (y hasta hormonales, quién sabe) quiero empezar recordando que Casillas no es San Casillas, ni mucho menos galáctico. No. Es de Móstoles. Ésa es la palabra que define lo que ayer ocurrió: Móstoles. El que no lo vea es que está ciego. Yo no sé qué se respira en el aire de esta ciudad -además de unas dosis considerables de CO2- pero somos la leche.
El otro asunto fundamental que ha ocurrido este fin de semana -no menos histórico que el anterior- es la demostración que ha hecho Mariano Rajoy de lo correcto que es siempre nuestro refranero. Hay uno especialmente importante: "cría cuervos..." Eso han intentado con el gallego ambiguo, sacarle los ojos; pero como era de esperar de una buena creación de La Bestia, el bichito se ha rebelado y tiene ya conciencia propia. Seguramente Aznar pensaba, cuando lo colocó digitalmente en su propia silla, que iba a ser un personajillo de fácil manejo. Y sin que sirva de precedente voy a darle la razón: la pasada legislatura Rajoy fue la perfecta marioneta para el control del sistema de juego que la derecha pensó más acertado para recuperar el poder. Mentira, acoso, y al final derribo. Sin embargo, esta vez no funcionó; y ser así ha servido para que todos reconozcamos a simple vista muchas verdades que habrían quedado ocultas a los ojos de un pueblo admirado ante el poder de los grandes grupos fácticos. Y ha servido, también y sobre todo, para que Rajoy sea ahora -y por primera vez- Presidente del Partido Popular. Sin hilos. Con menos apariencia para las fotografías de portada pero con muchísima más dignidad.
Por ello, si empezaba mi retorno con una lección, lo termino con otra. La política está plagada de "silloneros", de simplones digitalizados y también de personas cualificadas que no alcanzan demasiada gloria. Otras sí, por suerte. Pero sobre todo, está llena de conciencias sin fuerza.
Llevo semanas preguntándome en qué consiste la defensa de unos ideales, de un pensamiento. ¿Los únicos principios que un persona puede defender son aquellos en los que cree? Hay mucho Mariano atado, diciendo lo que nunca pensó, conduciéndose al abismo por propia decisión, acatando la inmoralidad sin más, sumido en una supina ignorancia... o no. Muchos otros piensan que las siglas y el poder están por encima de cualquier consideración. Debo preguntarme sin embargo por qué no vuelven los tiempos del debate, los tiempos en que la discrepancia no se reducía a la batalla por llegar a estar en el Gobierno o mantenerlo frente a toda posible oposición, sino que suponían engrandecer a una sociedad libre y activa. Me pregunto dónde está el tiempo de la militancia política más allá del pago de una cuota. Los tiempos en que todos contaban, con cargo y nombre propio o sin ninguno de ellos. Y no, no hablo de luchas fratricidas entre compañeros, hablo de la necesidad de expresarse libremente para enriquecer a cada formación e ideología. Con respeto y, claro, con lealtad. Hablo de poner el país, la ciudadanía y los principios en los que se cree por encima de las estrategias electorales de falsa unidad -que al final estallan en las manos de quien las provoca, y nunca suponiendo un bien para el conjunto-. Hablo, en definitiva y ejemplificando mi reflexión, de creer más en los diputados laboristas que votaban contra Tony Blair y su locura en Irak que en aquellos otros que seguían la postura oficial porque era, precisamente, la oficial. ¿Quiénes dañaban más la imagen pública del partido?, ¿quiénes más su unidad interna?
El error de la mitad del PP durante los últimos cuatro años es un error asumido como correcto por el conjunto de la clase política y de la sociedad. La consigna general es ¡mantengan la sonrisa a pesar de todo! Aunque dañe al propio partido, aunque dañe al propio país; siempre habrá que seguir la Postura Única.
Podríamos pensar que la confianza de los ciudadanos en un proyecto se dará cuando el proyecto sea transparente a sus ojos, cuando sea sincero y abierto y se note que alguien quiere convencer sobre lo que está también convencido. Podríamos pensar, sí, pero ya ni derecha ni izquierda actúan siguiendo ese estilo, que parece no gustar ni al propio votante. También, también en la izquierda, cuya carencia de debate la conduce a verse inmovilizada frente a los retrocesos históricos en derechos laborales y ciudadanos que vivimos en este tiempo.
Ganaríamos mucho si aprendiésemos a distinguir el debate sano y abierto de la lucha por el poder y el ataque indiscriminado contra el tejado propio. Lo segundo es asqueroso, lo primero es imprescindible. El que no me crea, que se fije en el vecino.
Sobre este blog
Cuaderno de un veinteañero
Jorge Barraza
Conduzco mis pasiones perdido entre la oscuridad de la política y la inmensidad de un periodismo difuso, luchando contra el tiempo y el ser.
Cuando llegue el día de emprender la marcha, tendré que decidirme por un camino que complete los sueños de un claro destino: aquel lugar que llene mi cuerpo por dentro para resultar constructivo por fuera. Pero antes, he de resolver el gran enigma: ¿cuándo hacerse mayor?, ¿qué es ser mayor?, ¿y cómo se hace?
jorgebfernandez@gmail.com
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