Cuaderno de un veinteañero
Reflexión económica, caos social
Una canción y una llamada a la utópica rebelión verbal han sido mis únicas aportaciones de esta semana. Y no es que no haya noticias de las que hablar, es que da pereza hacerlo.
Cuando compruebas que tu país -y medio mundo- está volcado en hablar de cuestiones que ni siquiera entiende te planteas muchas cosas. Porque, lo siento, me niego a pensar que de la noche a la mañana todos seamos economistas titulados: que si la caída de la bolsa, que si el euribor no se qué, que si crash, que si boom... Mentira, no tenéis ni puta idea, como yo; pero opinar siempre queda bien -sobre todo si es para decir ¡Gobierno caca, Gobierno caca!- Me parece a mí que lo único que una sociedad espera de sus gobernantes es confianza y resultados, que es lo que sí estamos todos con igualdad capacitados para comprobar. Lo cierto es que la hora de valorar a los actuales gestores aún no ha llegado, puesto que tampoco lo ha hecho el efecto de sus decisiones. ¿Qué tal si esperamos prudentes?
El problema es, como decía, que estamos hablando demasiado de elementos abstractos. Tanta cifra, tanta bolsa y tanta macroeconomía está saturando unos cerebros que se han olvidado de que el ser humano y su existencia es mucho más simple. Hemos modificado el concepto, perdiendo la primera condición y cambiando el ser por el tener. Ya no hay ser humano, hay un objeto capital(ista). En el fondo, a muchos no les importa si comerán mañana -lo dan por seguro, tan ingenuos- sino el hecho de que caiga tal o cual banco o que la coyuntura les impida cambiar piso y coche. Muy poco, ¿no? Muy poco si no atendemos lo fundamental: la educación de nuestros hijos, el expolio de los bienes comunes, el indigente de la esquina... Puf. O mucho más sencillo: un abrazo, un donuts, una discusión con tus padres o el paseo de la abuela. Para idealistas como yo son esos los elementos que conducen al bienestar; otros han considerado que éste responde solo a lo que se compra con dinero.
En los últimos años hemos asistido a un espectáculo dantesco. La gran masa social ha sucumbido al afán consumista y ha desplegado con él la oportunidad para los de siempre, los lobos de suculento apetito y oronda barriga, que a manos llenas han jugado moviendo la ficha del márketing y convirtiendo su interés en necesidad. Siempre fue así, pero nunca tanto ni tan claro. Hemos visto también como desde el otro lado muchos dejaban olvidado en un rincón seco el trozo de pan duro que en tiempos pasados pelearon hasta la sangre: de repente pudieron comprar a sus ineptos hijos carreras en universidades privadas, de poca calidad y menor esfuerzo -que curren los pobres-, se creyeron superiores, en ese escalón que ascendieron tras levantar las rodillas y el trapo del suelo y desde el que ahora miran mal al portero del barrio, ese sucio y simple... pobre. Qué estupidez. Oh, sí, nos hemos creído ricos, residentes del paraíso prometido por las diabólicas frases engarzadas entre luces de colores. Algunos realmente pensaron que el sistema, el mismo que les condenaba letra a letra, les iba a regalar un cheque en blanco para rellenar con eterna felicidad.
Ahora hemos vuelto a la realidad. Ahora nos hemos dado cuenta de que los ricos son los de antes y los pobres los de siempre. Descubrimos con estupor que nuestro piso es una mierda y que en realidad el valor catastral es el real, y no ese ficticio que hemos pagado a precio de falso lujo para que otros vivan en él. Asombrados nos hallamos cuando pasan sobre nuestras cabezas los aviones privados de quienes pueden tenerlos, ¡y no somos nosotros! Coches de lujo, chalés en extensos residenciales... Sí, pero terminó el cuento y seguimos siendo la clase trabajadora, la misma. Y con muchos de aquellos problemas y carencias que heredamos de nuestros padres y abuelos.
Algunos pudieron, a pesar de todo, convencernos para hacerlos ricos. Lo consiguieron. La culpa es nuestra. Lo que no piensa tolerar quien aquí escribe es que nadie pretenda que ahora hay que pagar para seguir permitiendo tal desfachatez. Estoy convencido de que a esta hora miles de familias en España se levantan del desvelo, habiendo pasado una larga noche con la compañía musical del segundero de su reloj; esas familias a las que ha afectado la verdadera nota negativa de la crisis: el desempleo, mientras muchas otras estarán pensando que tal vez mañana también les toque. A ellos hay que decirles que ¡pasará! Claro que pasará. Cambiará el modelo y seguramente el orden mundial, pero pasará. La economía encontrará nuevas sendas de crecimiento y habrá espacio para que todos nos ganemos la vida dignamente. Pero lo que también ha pasado es esa filosofía del todo vale, de que el mundo es nuestro para moldearlo con arbitrario antojo, de que no hay nada más importante que nuestro pie, sea cual sea la cabeza en que se posa.
Sí, consiguieron convencernos para hacerse ricos. Ahora llaman a la puerta, se apuntan a la socialdemocracia, recuerdan que el Estado existe y piden ayuda para seguir siendo ricos y poderosos, para seguir jugando a su antojo mientras nos prestan al resto un chupete y un sonajero. ¡Se han quedado las piezas de LEGO! En su derecho están, pero también en el de pagar sus propios vicios. El dinero del contribuyente es para el trabajador, para el estudiante y para el pensionista. Así funciona. Lo que nació liberal, que muera liberal -y a ser posible, que no descanse en paz-.
Viajes y sufrimiento
Una petición de perdón es siempre bienvenida -además de poco habitual-, pero si aterriza en vuelo directo desde los Estados Unidos uno debe hacerse preguntas. Nada que salga de los gloriosos U.S.A puede ser casualidad. Al Congreso se le ha ocurrido ahora -¡ahora!- pedir disculpas por la esclavitud a la que han estado sometidos los negros en aquellas tierras. Ahora. Y ahora qué. No me gustan las curas de maquillaje que se hacen por un lado mientras debajo persiste la arruga de la trinchera y la metralleta. Es absurdo, y además no es creíble; pero ¿quién tiene ya ganas de luchar contra la doble y falsa moral estadounidense? Tal vez nadie. O tal vez un posible presidente ¡negro! Permítanme que lo dude.
Otro iluminado anacrónico, vecino de los anteriores, ha decidido abrirse a Internet y a los blogs. En efecto, Fidel Castro tiene uno; y no sirve para que los cabecillas de aquella -léase con desdén- revolución descubran que ha pasado tanto tiempo y tantas cosas que Cuba no se va a incorporar al siglo XXI con Fidel escribiendo discursos eternos también en la Red, sino precisamente sin Fidel en ningún sitio.
Sus colegas chinos son aún mejores. No sé si desde tierras imperiales un periodista podría leer el blog del "compañero Fidel" porque tienen restringido el acceso a este noble medio. Ya se sabe, cosillas del progreso que supone el comunismo moderno. Pero con independencia de lo anterior, sigo preguntándome quién creyó en aquella absurda idea de que los Derechos Humanos en China mejorarían con la organización de unas olimpiadas. Ahora siguen igual, y la imagen del país más dolida en el mundo entero. Aunque más duelen otras cosas.
Un vídeo me obliga a terminar este recorrido por el absurdo en Europa, para ver el nuevo anuncio del Atlético de Madrid. Genial, como acostumbran a serlo todos los de este centenario equipo. A mí ni me gusta ni me interesa el fútbol, pero tengo claro que todo lo que he dicho hoy no aparecería en la portada de un medio de comunicación si se jugase la final de una Eurocopa, una Champions o un encuentro decisivo de la liga. Y al final pensamos... ¿qué es el sufrimiento? Posiblemente, para los europeos como yo, una excusa para irse a la cama con la conciencia tranquila; para olvidar que algunos, ni siquiera tienen una.
La política y los blogs: sorpresas, reflexiones y una petición
La nueva Ministra de Igualdad, Bibiana Aído -a la que usted conocerá como "la flamenquita" si es lector de medios rancios- también es 'bloguera'. O mejor dicho, tiene un blog.
Lo es, según cuenta ella misma, desde un mes antes de las elecciones "para difundir los mensajes de la campaña, pero también para recoger impresiones y debatir con los internautas a través de los comentarios". Promete además seguir haciéndolo (como se le ocurra no cumplir empieza bien).
He estado ojeando el blog y su currículum y no tengo nada que objetar. Como política e incluso como persona, quiero decir. Ya sé que algunos fósiles históricos han pasado hace días a evaluar su tarea como Ministra, pero perdonen que no me sienta yo un alumno tan aventajado y capaz.
Sin embargo he encontrado algo en la página de la nueva responsable de Igualdad del Gobierno que me ha llamado la atención y sobre lo que quiero hacer una consideración personal y general. Se trata de este durísimo vídeo, un corto que parte con la buena intención de denunciar los malos tratos contra las mujeres -que por cierto algunos cerdos con plumilla parecen querer fomentar estos días- y advertir sobre la importancia de los menores en ese entorno, la educación y la capacidad de asimilación de los niños de aquello que ven y viven en su hogar.
Iba a escribir sobre ello ayer, justo después de observar las imágenes, pero por vinculación personal he preferido esperar a hoy, sin verlo de nuevo. Yo no soy psicólogo, ni sociólogo, ni nada que acabe en logo. Yo no he hecho inteligentes y avispados estudios sobre ningún tema, ni tengo ninguna autoridad científica. Si tengo, sin embargo, autoridad moral de sobra para invitar a quien esté leyendo esto a una pequeña reflexión, también a la Ministra de Igualdad.
Muchas veces hablamos de los malos tratos, físicos o psicológicos, o de la violencia en cualquier entorno social como algo alejado: existe, está ahí y lo denunciamos; pero lo hacemos con ese deje de quien piensa "a mí no me va a tocar", como quien dice "van a morir 57 personas en la carretera este fin de semana, pero yo no voy a ser una". Ciertos temas son siempre tratados como una realidad ajena, pensando que es una cuestión minoritaria que sí, llevamos con mucho dolor: los 5 minutos que suponen leer las noticias del día.
Sin embargo, la madre del motorista que se dejó la vida contra un 'quitamiedos' -qué extraña perversión- cuenta a cada una de las víctimas de la carretera como a su propio hijo. No quiero ni imaginar qué siente una mujer que sufre malos tratos viendo el Telediario de las 9, viendo a ese locutor que se está dirigiendo al público general pero que no piensa que ella está ahí, sentada en el sofá de su casa mirando a la puerta de reojo porque, precisamente, ya son las nueve. No quiero ni imaginar qué sentirá viendo los programas vespertinos que se detienen y sacuden cada pequeño y escabroso detalle. Pienso también en ese adolescente que llega a su casa y escucha lejanamente una noticia sobre cierta paliza grabada con un teléfono móvil y colgada en Internet. Así, podría señalar multitud de casos en los que la sociedad y los medios se zambullen en una indecente y fría insensibilidad.
Igualmente, y es aquí donde quería llegar, está muy de moda -porque nos van mucho las modas- afirmar que la niña o el niño harán aquello que vean en sus padres como si de un espejo se tratase. Entonces, acudiendo a una nueva sucesión de hechos probados, guardamos en otra indecente galería frases como: si tú lees, ellos leen, dice el Gobierno; si vive con dos maricones de mierda, el niño será un maricón de mierda, dicen algunos iluminados sobre la posibilidad de adopción en parejas gay; si un niño ha sufrido malos tratos...
No pienso seguir. A veces me avergüenza el género animal al que pertenezco, dotado de una maravillosa capacidad emocional. Para lo que quiere. Igual que nadie al hablar piensa en que esa mujer y ese adolescente existen, nadie piensa que esos niños también existen, son reales. ¡O sí, reales! Tal vez usted conozca alguno, avispado lector que pensaba poder afirmar cualquier cosa con la misma contundencia que un "porque yo lo valgo". Tal vez lo conoce y no lo sabe. Tal vez no lo sabe porque es ese niño que está en el parque jugando con los demás y al que llaman rarito... pero nadie se pregunta por qué puede ocurrir semejante cosa. Es simplemente el puto rarito que tiene que existir para dar variedad cromática a la vida. Tal vez uno de aquellos sea ahora su compañero de trabajo. Tal vez se haya cruzado con uno en un carrito empujado por una señora con exceso de maquillaje. Tal vez. Tal vez le está escuchando a usted, señor reportero, mientras habla como quien se dirige a la pared. Tal vez ese niño esta noche ponga la tele y un inteligentísimo estudioso de despacho de vaya usted a saber qué le diga que no sólo es un pobre desgraciado por tener que sufrir las hostias de su madre, o las que él mismo recibe de rebote, o las que le dan sus compañeros, o los insultos y el maltrato psicológico que le van destrozando por dentro, sino que además es un potencial hijo de la gran puta. Y el que se lo diga se va a quedar tan a gusto, como el que se despereza por la mañana y es lo último inteligente que hace en su jornada.
Yo quiero sin embargo ver más allá en esos niños o esos adolescentes. No sólo un incomprensible fracaso escolar, o un maldito gay, o un introvertido rarito. Veo dos cosas enormemente sencillas, pero muy complicadas: personas con necesidad de ayuda de toda la sociedad y, tal vez, un futuro médico, o un futuro político, o un futuro periodista, o un biólogo, o al cartero de mi barrio, o al camarero más amable de mi restaurante favorito, o por qué no, a mi futura pareja, o a la de mis posibles futuros hijos. Gente que nos rodea que precisa una segunda oportunidad, un empujón sin violencia hacia la luz, y menos pseudointelectual 'tocapelotas'.
Por ello, y sin que desde aquí vaya a tener más trascendencia, quiero encomendar a la Ministra de Igualdad una tarea importante: sensibilizar a la sociedad empezando por sensibilizar al Gobierno. Un país, la sociedad que lo sostiene, no está compuesta de datos estadísticos, está compuesta de personas con sentimientos, con historia, con luchas personales y con derecho a ser respetados, a la oportunidad de hacer una vida normal sin etiquetas y a no tener que aguantar la basura mediática y vecinal que tanto gusta a este país de morbosos horteras carentes de escrúpulos. Y de todo esto, las mujeres ministras sabéis un rato.
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Jorge Barraza
Periodista de vocación, estudiante de profesión y bloguero por afición. Mostoleño de nacimiento, madrileño de corazón y europeo por convicción.
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