Cuaderno de un veinteañero
Patriotismo
La victoria de la selección en la Eurocopa me alegró profundamente, no sólo por el hito futbolístico -que me suele importar bastante poco- sino porque ha servido para que ocurran hechos excepcionales en nuestros pocos años de democracia. Cosas tales como que uno de los gritos más coreados sea "yo soy español, español...", que la bandera de todos no se convierta en un símbolo de encasillamiento político o que lucir los colores no sea motivo de insulto. Un gran paso para un país que ha derribado miles de complejos al tiempo: deportivos sí, pero también políticos, históricos o sociales. Es lamentable que la prensa internacional más prestigiosa lleve años hablando, y lo haga ahora con más fuerza que nunca, de lo admirable que es España por su fuerza, por sus políticas progresistas, por sus profesionales en todos los campos del arte, del deporte, de la política o de la ciencia; y que seamos nosotros los que renegamos de esa posición de referencia.
Espero, eso sí, que ésta no sea una excepción, sino el comienzo de un nuevo camino que grabe a fuego un patriotismo de verdad. ¿Cuál es ése? El que no está basado en rancias pretensiones ni nostalgias, sino en un respeto profundo por los orígenes y por lo que representa la idea plural de una nación -de naciones, de territorios o de personas, como cada uno quiera- que ha sabido entenderse y convivir. Sí, entenderse y convivir aunque pudiera parecer lo contrario. Siempre he dicho: "la patria es un sentimiento", y a mí me resulta indiferente si uno se quiere sentir español, leonés, gaditano, europeo o de su casa; pero dejemos que cada cual marque su camino sin recelos ni sospechas. Dicho de forma simple: me siento español, no soy "facha".
Este patriotismo que defino, el de las personas que libremente quieren expresar su afinidad, cariño o identificación por un lugar, una historia o un proyecto común es muy diferente al otro, al de la bandera con palo para atizar, al del sentimiento de superioridad y al de la falta de respeto a la diferencia o la pluralidad. Y en este caso, se ha visto perfectamente retratado. El hecho de que millones de personas salgan de su casa con banderas rojas y amarillas no ha debido gustar mucho a los del brazo derecho en alto. Muchos de ellos preferían que la selección volviera pronto a casa porque Cuatro, la cadena de "rojos de mierda", era la que emitía el evento -la misma que ha conseguido significar a toda una afición con su bandera y con una Plaza de Madrid que antes tenía otras connotaciones, eliminando al tiempo otra negativa y puramente política sostenida sobre el color rojo-. Uno de mis mejores amigos bromeaba diciendo que ahora ellos, enfadados, se cogerán la tricolor para seguir siendo diferentes, superiores. No amigos, la bandera, como el país, es de todos, como las 46 millones de formas posibles de entenderlo. Y sería bueno que la izquierda dejase de regalar los símbolos comunes a quienes se apropiaron indebidamente de ellos, empezando a reivindicarlos como propios al conjunto de ciudadanos. Qué patriotismo, qué españolismo: el que se alegra de que las cosas vayan mal si con ello se erosiona a determinado partido en el Gobierno, el que prefiere una España famosa por lo casposo, lo vetusto y apolillado que por sus avances sociales, por sus artistas o por sus deportistas. Oh, y ya que estoy, hago un paréntesis. Porque para el caso también hay que señalar a los indignados porque su amado Raúl no estaba en Viena; lo que ya de paso sirve para recordar que los buenos equipos, en fútbol o en lo demás, no se fabrican a base de mitos, leyendas, pasiones personales y fuerza mediática con intención de venta, sino con cabeza, esfuerzo, realismo y profesionalidad. Si extrapolamos el ejemplo a la política, muchos miembros de ejecutivas en partidos de uno y otro bando y altos cargos públicos deberían salir corriendo avergonzados, porque ni están donde deben ni haciendo aquello para lo que fueron preparados: son sólo etiquetas de una marca o préstamos de una amistad.
Los otros que se han definido y mostrado tal cual son los siempre demacrados, atizados y maltratados nacionalistas. Los otros nacionalistas, me refiero; no los españoles sino los catalanes, vascos y gallegos. Esos que se sienten odiados por el españolismo centralista pero que prefieren que gane cualquier selección deportiva extranjera a que lo haga una española -española, de la misma España que los integra; y obviando siempre a los miles de seguidores que llenaron las calles de sus ciudades más simbólicas e independientes con la bandera del mal-, los mismos Urkullu que animan a Rusia o la misma ERC que cuelga banderas alemanas en su balcón. Por provocar. Sólo por el ánimo del odio y la provocación. Por desgracia, los extremos egoístas y prepotentes, los extremos nacionalistas, siempre se ayudan unos a otros, se alimentan para seguir vivos: tanto crece uno, tanto suma el otro. Por ello, los teóricos del "España se rompe" han sacado a la luz su particular visión sobre el denostado castellano en un manifiesto que provocaría mi carcajada si la situación no fuera la que es. Pero ante cosas tan serias, es mejor no reírse.
Mientras los atrincherados del siglo XXI siguen a lo suyo, sería bueno que otros intentáramos la consecución de logros más interesantes. Igualdad, justicia, progreso, crecimiento, respeto, diálogo, educación. Eso es patriotismo. Patriotismo son personas.
Por cojones y porque sí
La semana pasada tuve oportunidad de leer gracias a un miembro de 'La Comunidad' un artículo de Felipe González titulado ¡Agua va! Me sorprendió especialmente el tono didáctico y conciliador, acostumbrados como estamos a las salidas de su sucesor, mucho menos institucionales y marcadas por el desparpajo que proporciona el otro líquido de la discordia: un Rioja, un Ribera del Duero... qué se yo, cualquier caldo de esta ilustre nación.
Leer en estos tiempos a un político expresándose en estos términos, tan alejado de la trinchera y tan sensatamente razonable en su causa provoca un placer indescriptible -orgásmico, que diría mi colega Zerolo-. Y lo confieso: nunca he sido muy Felipista. Vamos, que yo soy hijo de la generación de Zapatero, de otros estilos y otras causas.
Un buen amigo de Valencia me decía que al debatir sobre el conflicto del agua yo estaba asumiendo una posición partidista y manipulada. No lo creo y de hecho lo niego. Lo del partidismo no va conmigo. Sigo estando en contra del brutal trasvase del Ebro proyectado en el PHN y a favor de la solución aplicada en Barcelona. ¿Por qué? Porque partidismos aparte, a todas luces no es lo mismo, se ponga quien quiera como se ponga. Pero -aquí viene el pero- bien es verdad que mientras yo defendía mi postura sabía que iba a llegar la hora de los matices, porque Cataluña también "is different". Y aquí estoy, dispuesto a hacer todos los que haga falta.
La reflexión es tan sencilla como plantear la siguiente cuestión: durante la pasada legislatura el Ministerio de Agricultura llevó a cabo obras en la Comunidad Valenciana y Murcia idénticas -también se ponga quien quiera como se ponga, que el hecho está contrastado- a la que ahora se hace en Barcelona, y en algunos casos con un aporte mayor en hectómetros cúbicos. ¿Por qué entonces no hablamos de ello? Porque antes eran Valencia y Murcia, y ahora es Cataluña. Y esto lo digo con un doble sentido: los anticatalanistas no necesitaban aparecer, y los catalanistas no necesitaban -lo voy a decir suavemente- tocar las narices como tanto les gusta.
Empiezo a estar cansado -hace tiempo que lo estoy- de esa costumbre de la clase política catalana -que no costumbre catalana a secas- de pasar por encima del bien y del mal, del cielo y del infierno, pisando lo que sea con tal de demostrar su fuerza, su poder y su indiscutible capacidad para atarle los machos a cualquiera que se siente en el sillón de La Moncloa. La prepotencia nacionalista, los discursos grandilocuentes para ensalzar la insolidaridad ¡racial! me hastían de tal forma que sin estos desahogos públicos tendría úlceras constantes.
Que la Generalitat de Catalunya pida agua para el consumo humano y el Gobierno haga lo posible y lo imposible por conseguirla me parece necesario, una obligación. Que la Generalitat de Catalunya defienda que lo que se ha hecho es infinitamente distinto a cualquier cosa que se parezca al famoso y dichoso proyecto de trasvase del Ebro es una obviedad lógica. Pero que la Generalitat haga todo esto teniendo que ensalzar, como siempre, su chulería, es intolerable.
Si ahora se pueden -porque se pueden- llenar las piscinas -que sí, son sólo el 0,05%- el trasvase, minitrasvase, conducción o como queramos llamarlo ya no es necesario. Que la política del agua de una comunidad autónoma cambie de la noche a la mañana -las piscinas no se van a llenar- en función de un interés político -que es lo que es ahora- y no social -como lo era hasta hace unos días- es tan lamentable que el tripartito debería disolverse por falta de coherencia en su principal componente: se llama Partido Socialista de Cataluña. Socialista, de socialismo. O bien ellos han cambiado la postura de su nombre, o bien sus socios les obligan a hacerlo. Sea como sea, es intolerable.
El trasvase, minitrasvase, conducción o como queramos llamarlo no era hasta hace unos días un insulto a los pueblos valenciano, murciano, almeriense o aragonés; pero ahora sí. Ahora sí, porque ya no se va a hacer por necesidad vital, sino con el cómo y el porqué de aplicación constante para los nacionalismos egoístas: por cojones y porque sí -un estilo muy castellano, por cierto-.
Pero vayamos más allá. El debate del agua necesita eliminar la caspa rancia que invade a los más importantes asuntos de Estado. La disponibilidad o no del recurso natural más importante y necesario para la vida es algo que en España, por nuestra situación geográfica y climática ha preocupado a todos los mandatarios desde antes de que existiese la misma democracia, y con ella. Indalecio Prieto ya planeó llevar agua del Tajo a levante. ¿Por qué ahora el debate se escapa de lo técnico a lo territorial?, ¿por qué cada vez el español es más egoísta y más "de lo suyo"?, ¿por qué cada vez razonamos menos desde la cordura común y más desde la víscera sentimental? Es la España del absurdo, la España de bandos aún no superada, la de la desconfianza y el miedo al vecino. La del pro y el anticatalanismo, cuando deberíamos haber superado la idea fascista de que la razón la da el nacimiento o la lengua.
Sí, vayamos más allá. Si hemos encontrado una alternativa a los macrotrasvases que atentan contra el medio ambiente, contra los intereses de unos pueblos sobre otros, de unas profesiones sobre otras, de unos poderes sobre los que no lo tienen... ¿por qué no nos ponemos manos a la obra? Que no se lleve el agua de los agricultores a Barcelona -ahora ya no hace falta- pero que sí se termine la obra, como todas aquellas que tengan que venir detrás. Que se hagan también en Aragón, en Valencia y en Murcia. Que no se aplace otra vez el problema hasta que vuelva a no llover. España va a tener episodios cada vez más repetidos de carencia de agua, y para afrontarlos tenemos dos opciones: matarnos cuando lleguen luchando a corazón abierto, o estar preparados desde la serenidad y la sensatez de un Estado maduro.
Aunque, siendo sincero, no creo que todavía lo seamos. Ni que podamos llegar a serlo.
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Periodista de vocación, estudiante de profesión y bloguero por afición. Mostoleño de nacimiento, madrileño de corazón y europeo por convicción.
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