Cuaderno de un veinteañero
El PSOE, su izquierda y los críticos
Últimamente al PSOE le están saliendo muchos detractores entre los que algún día fueron o pretendieron ser importantes dirigentes del partido. No me refiero sólo a los más famosos, como Rosa Díez o el neoalgo al que invitan a seguir sus pasos, Joaquín Leguina -sí, ése que tiene un agujero negro en su blog personal que hace que se pierdan cosas de forma milagrosa-; me refiero también a los detractores ideológicos, como Jordi Sevilla.
Ya, ya lo sé. Usted se está preguntando por qué excluyo a Rosa Díez o a Leguina de los detractores ideológicos. Pero si quieren la respuesta, está, como siempre, ahí fuera. En la historia, en sus propias palabras, en sus actos y en su labrada imagen de. De, sin concluir. Hay cosas que no es necesario explicar, mucho menos cuando se acerca el Congreso del partido y algunos toman posiciones. Sus posiciones. Menos los que optaron por irse y dejarse notar a su manera, desde fuera. Pero hablaremos de ellos después.
Antes, hay otras cuestiones sobre las que sí es bueno reflexionar. Y a ellas voy. Desde que leí este artículo del 9 de junio escrito por el ex Ministro del Gobierno de Zapatero, estoy pensando en qué estaría pensando él al escribirlo. Básicamente, viene a decir que no hay diferencias entre izquierda y derecha; asume pues Sevilla que "todos los políticos son iguales", esa vieja consigna abstencionista de la derecha de toda la vida. Y me pregunto, ¿si ya ni los líderes socialistas creen en esa diferencia, podemos hacerlo nosotros? Me lo están poniendo difícil, muy difícil. Pero no lo van a conseguir: yo sigo creyendo, aunque añadiendo a mis creencias casi religiosas la convicción de la enorme ineptitud que se extiende, más rápido que la pólvora, entre los líderes del socialismo español. Y permítanme decir, que muchos de ellos se equivocaron de siglas. Al PSOE le vendría muy bien que éstos siguieran el primero de mis ejemplos, salieran del armario, y se fueran a donde en realidad camparían con absoluta comodidad.
Siempre han existido dos posturas con respecto a las estrategias de partido. Están, por un lado, los que piensan que las discrepancias se deben quedar en casa porque el debate público no es interesante a la hora de enfrentarse a los futuros retos electorales. Por otro, los que creemos que si una formación política está viva, y quiere parecerse e identificarse con una sociedad, debe actuar y ser como ella; mucho más si se trata de una formación de izquierdas. Puedo entender que en la derecha exista el alineamiento sin más, el Sí al más puro estilo orwelliano. No lo entiendo sin embargo en la izquierda, no es ésa su razón de ser y existir. El debate la hace fuerte, la hace interesante, la hace diferente y, en efecto, la hace ser. Si en la izquierda se asumen las cosas tal y como las entienden sus oponentes, se alcanzan las ambigüedades que en estos momentos se están produciendo en política social o de inmigración. Ambigüedades que se convierten en complejo que obliga a seguir a la derecha, pensando que ella tiene más alcance entre la sociedad en según qué cuestiones, un concepto seguro incorrecto -y en caso afirmativo, ¿no éramos nosotros los de las luchas justas aunque costasen la derrota?-. Deberían volver pues esos tiempos en los que la izquierda lideraba con claridad la respuesta y la reflexión social ante los temas que importan, y abandonar los actuales en los que los juegos de palabras, las frases y los modos estéticos parecen contar más.
Admiro los debates ideológicos, los partidos políticos y organizaciones en los que todo se pone en cuestión con el afán de mejorar, de reflexionar para convencer. Nunca tomaría parte de un proyecto cerrado, opaco, sectario, hermético o inamovible, en el que sólo exista una voz única y no tantas como forman parte de él. Lo que no admiro tanto son los debates de cuota. De cuota por el poder. Y parece que de esos hay muchos en todas las formaciones, escondidos en aparentes discrepancias de pensamiento que no son tal. Nadie se salva: ni el PP, con sus espectáculos congresuales; ni el PSOE, que veamos cómo sale en algunas federaciones; ni digamos Izquierda ¿Unida?, con su Partido Comunista anclado en las trincheras y aspirando a ser aceite, siempre por encima del resto de la ¿coalición?
Desde esa admiración por el debate y la pluralidad ideológica bien definida sería difícil entender a qué se debe mi profunda y sincera... voy a llamarla animadversión, por el mencionado Joaquín Leguina. Y se debe únicamente a que no me puedo creer esa diferencia teórica que lo separa del PSOE que en otros tiempos le daba de comer. Tal vez ese plato en la mesa sea el verdadero problema.
¿Hay tantas diferencias entre el grupo que lideraba Felipe González y el de Zapatero? Las verdaderas estriban, a mi parecer, en el cambio de época. No hace falta ser un lumbreras para darse cuenta de que hay sustanciales evoluciones que han provocado que la España del 82 no se parezca demasiado a la de 2008 -que ya lo explicó muy bien, en su día y a su manera, Alfonso Guerra-. Son muchos los críticos que desde otras ideologías hacen mención a más de trescientos sucesos acaecidos desde los días Pablo Iglesias hasta ayer por la tarde para erosionar a los socialistas españoles, sin entender que poco tienen que ver aquellas luchas con las nuestras, porque poco tiene que ver aquel país con el nuestro. Tampoco el partido, tampoco los líderes. Lo que me parece aberrante es que existan "intelectuales" del propio socialismo que no entiendan esa evolución, que no comprendan que el PSOE tiene que caminar al mismo ritmo que lo haga el conjunto de los españoles; que para partidos rancios ya están otros. Y si no entenderlo ahora significa un brusco cambio en la trayectoria de quien emite mensajes así, sólo puedo entrever una cuestión de intereses. El PSOE -se supone que también los demás partidos- se hace y rehace, y lo deben formar un grupo de militantes con unas ideas comunes para arreglar los problemas de hoy. Atendiendo a su historia, siempre; pero mirando de forma inquebrantable hacia el futuro. Progresar, progreso; esas son las supestas palabras cumbre. Cambio, dice el lema del trigésimo séptimo Congreso. Avanzar, es lo que ello implica.
Pero surge, como digo, el rastrero interés. Y no hay más que ver que algunos sus discrepancias siempre las gritan reivindicándose a sí mismos. Dice Leguina en su blog: "José Blanco, Secretario de Organización del PSOE, olvidándose (sólo por un momento) de fustigar -con su preciso y siempre ilustrado verbo- a su paisano Rajoy, nos ha soltado en Alcalá una encendida regañina dirigida a los afiliados del PSM, conminándonos a superar “viejas recetas y discursos trasnochados”. “Si un partido no cambia, la sociedad lo manda directamente a la oposición”, añadió el líder. “La sociedad no vota a quienes sólo se miran a sí mismos”, advirtió a los navegantes del PSM. “Los ciudadanos no perdonan a quienes no dan una respuesta a sus necesidades e inquietudes”, concluyó. La primera pregunta que viene a la mente después de escuchar a José Blanco soltar esa soflama por la radio es la siguiente: ¿a quién dirige sus críticas este hombre? Porque, al hablar de viejas recetas y de discursos trasnochados, no estará pensando –hemos de suponer- en quienes ganamos varias veces las elecciones en Madrid". Vaya por delante que a mí José Blanco, Pepe Blanco o Pepinho -a elegir- me cae como una patada en la mismísima rabadilla. Pero necesariamente, al leer al Señor Leguina, la primera pregunta que me viene a la mente es la siguiente: ¿a quién se refiere cuando dice "quienes ganamos varias veces las elecciones en Madrid"? Supongo que será al mismo, a él mismo, que las perdió en 1995 dándole una victoria por mayoría absoluta a un Gallardón al que siempre despreció, con esa misma prepotencia con la que hoy se permite dar lecciones. ¿No tiene ninguna responsabilidad el único Presidente socialista de la historia de la Comunidad de Madrid en que sus ciudadanos no hayan querido repetir? La humildad nunca es mala. Nunca. Y por seguir con situaciones dantescas, me ha recordado a "esos" socialistas madrileños que reniegan del presente Secretario General del PSM, Tomás Gómez, porque dicen -es la excusa menos elaborada que he visto nunca- que "ha perdido muchos votos". Efectivamente, así es. En el año 2003 el alcalde de Parla -el más votado de España- obtuvo en las elecciones municipales un 75,35% del apoyo popular y 20 de 25 concejales; mientras que en el año 2007 se quedó en el 74,43% y -oh- 20 de 25 concejales. Efectivamente, el descalabro es, cómo decirlo, espectacular. Como espectacular es que la maquinaria sectaria de -parte- de su propio partido no le permita hacer oposición porque algunos prefieren una Esperanza fuerte a quedarse ellos con el trasero sin sillón. La verdad, no sé en cuál de las corrientes autonómicas actuales se encuentra el señor Leguina, pero viendo que apuesta por él mismo, deduzco que apuesta por los perdedores. Tampoco es que me importe.
Discrepancia siempre. La admiro, me encanta. De hecho, no me suelen caer bien quienes siempre me dan la razón; es... hasta aburrido -saludos especiales a mi comentarista anónimo, que me endulza la vida-. Pero aquellos cuya única ideología es el poder y sólo el poder y siempre Su poder dan tanta pena como rabia. Más de la una que de la otra. El próximo fin de semana el PSOE tiene una oportunidad irrepetible para demostrar a los ciudadanos españoles que siguen siendo la bandera de la izquierda. La del 'cambio'. Hablando más que nunca de ideas o soluciones y menos de personas -especialmente ahora, que no parecen existir dudas sobre quién lidera el proyecto-. Que el puño cerrado -el de verdad- saque de nuevo su energía y golpee la mesa. Que oriente la política por el camino ideológico que muchos esperan, y que se recuerde a tanto superlativo nombre propio que éstos no importan, no más que las cuatro siglas que los acogen. Porque, señor Leguina -y tantos otros-: los socialistas también se mueren, lo que quedan son sus conquistas. ¿Por cuáles lucha usted, por cuáles los incapacitados e incapaces olfateadores en busca de su cacho de tarta? ¡Son tantos! Pero confío en que ninguno nos haga perder la confianza.
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Periodista de vocación, estudiante de profesión y bloguero por afición. Mostoleño de nacimiento, madrileño de corazón y europeo por convicción.
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