Cuaderno de un veinteañero

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La estrategia del ciudadano estúpido

Escrito por: jorge el 10 Oct 2008 - URL Permanente

En días como hoy la información llueve de todas partes, y a los ciudadanos se les insufla en dosis poco recomendables gran cantidad de datos, muchas veces contradictorios. Por desgracia, la mayoría no tiene -o no dedica- el tiempo que invertimos algunos en el conocimiento y el rastreo de la información, lo que conlleva el desconocimiento de detalles que pueden resultar interesantes. Y de ello se aprovechan los partidos.

El Popular ha sido un buen ejemplo en el tratamiento que ha hecho estos últimos días de la crisis económica y la negociación de los Presupuestos Generales del Estado. Han vendido el eslogan: el Gobierno no sabe qué hacer y el PP tiene ideas, siendo el único partido capaz de salvar a España de la debacle. La realidad es que las aportaciones del PP se han reducido a las frases prefabricadas para cortes mediáticos, pero hay un detalle en todo esto que no deja de llamarme la atención.

Una de las leyes más importantes que aprueba el Congreso cada año es la de los Presupuestos. El Gobierno propone, el Parlamento discute y arregla y al final se vota. El PP -como era de esperar- se ha mostrado en contra de la propuesta. O eso parece. ¿No? No. Pues no. En realidad el PP ya decía que estaba en contra ¡antes de conocer la propuesta del Gobierno! Y el PP además estaba en contra con todo lujo de detalles ¡minutos después de conocer la propuesta del Gobierno! Hicieron lo que se llama un estudio en profundidad, vaya.

Que el Partido Popular quiera convencernos de que el Gobierno es malo me parece hasta lógico. Que este mismo partido haya elegido como estrategia política la no colaboración con el ejecutivo a pesar de la coyuntura económica es lícito, tanto como lo son muchas otras circunstancias que no compartimos. Lo que parece estúpido es que una formación pretenda la demonización de algo que yo desconozco... ¡tanto como ellos! Ver al PP reuniéndose con el Presidente de Navarra valorando como enorme deslealtad la posibilidad de emisión de un voto afirmativo por un proyecto que ni unos ni otros habían leído da grima y risa al mismo tiempo. Más de lo uno que de lo otro.

El líder de la oposición irrumpirá en las Cortes con encendidos y patrióticos discursos, viéndose portador del mágico grial que salvará a la maltrecha España. Por norma general, me gusta atender los argumentos aquellos a los que se supone la labor de ¡control! al poder para enriquecer mi conocimiento; pero en este caso no hay nada que aportar. El sentido del voto estaba decidido primero, el argumento y la razón se buscó después. Todo lo que diga el PP parte de la mentira cutre, respuesta a una burda estrategia públicamente reconocida aunque mediáticamente velada. Porque, lo siento, me resulta absurdo hasta el extremo -quizás también desternillante- escuchar tertulias en las que ilustres periodistas debaten profundamente con razones económicas y políticas elaboradas a mano y cincel unos presupuestos que se reducen a: el PSOE votará sí porque son suyos y el PP no por lo contrario.

Y sí, todo esto lo sabíamos, tú y yo lo sabíamos. Pero... ¿qué fue de la sutileza?, ¿dónde quedaron los días en que los políticos me consideraban estúpido pero no me trataban como tal? Háganme creer que les importo. Al menos inténtenlo. Y, por favor, ahórrense los debates artificiales e improductivos. Me aburren, me aburren casi tanto como sus vetustas señorías.

Cuando la demagogia es insultante

Escrito por: jorge el 03 Sep 2008 - URL Permanente

Hay varias cosas que resultan insoportables en los políticos -en según cuál casi todas-.

Una de ellas es que quieran hacerse pasar por ciudadanos "normales". Porque todos sabemos que no lo son, no. Si hablamos de economía, todos sabemos que ni Zapatero, ni Aguirre, ni el alcalde de mi pueblo cobran lo que un ciudadano "normal".

Esteban González Pons, vicesecretario de comunicación del PP, ha sido hoy víctima de una entrevista -en Asuntos Propios, Radio Nacional- y de la demagogia más absurda e insultante. Dos perlas: "no voy a comprar todos los días, voy a comprar los sábados o aprovecho los viernes por la tarde, y antes iba a un sitio y ahora voy a otro precisamente porque está más barato" y "el precio de las cosas es algo que nos preocupa mucho en casa".

¡Pobre González Pons que no llega a fin de mes! -y ya van dos, la cuota del PP debe ser altísima-. Toni Garrido podría haber preguntado acto seguido: ¿le importaría aclarar a los oyentes cuánto cobra usted? Claro, es un dato importante, porque si el noble diputado quiere ponerse en el lugar del parado, del jubilado, del estudiante o del currante debe decir en qué condiciones lo hace. De lo contrario, es mejor evitar el patético espectáculo de los falsos pucheritos.

Hay una crisis. Podemos discutir sus términos. Podemos o no estar de acuerdo con el Gobierno y su gestión de la misma. Pero lo que no se puede hacer es intentar un falso acercamiento al ciudadano que resulta perverso, maquiavélico y estúpido. ¿Ésa es la vía del Partido Popular para convencernos de su capacidad de alternativa?

Porque no, no ha sido el único. El alcalde de Valladolid cobra 800 euros menos que Zapatero -esa diferencia es el sueldo mensual de muchos-, en concreto 88.585 euros fue la cantidad que percibió en 2007. Hoy se ha quejado ante la comparación porque "ya quisiera" él tener un palacio y la comida pagada. Vamos, que tampoco le da para la hipoteca. 7.382 euros al mes no son suficientes.

El número de parados en España supera ya los dos millones y medio de personas. ¿Tendrían la amabilidad de sumarse a ellos?

No quiero verle más

Escrito por: jorge el 22 Jul 2008 - URL Permanente

Si ha habido un error en el equipo de Ferraz a lo largo de estos cien primeros días es pensar que la crisis (qué palabra) en casa ajena iba a servir para el propio beneficio. El resultado es que ahora el PP está por delante en todas las encuestas -también las de los medios "afines"- y el PSOE desdibujado ante una sociedad aparentemente más interesada por el bolsillo que por sus principios.

Cuando Rajoy afirma que "el Gobierno no ha hecho nada" no se está sirviendo de una verdad, sino del regalo que ha recibido del propio enemigo, que le permite ahora pasearse de pueblo en pueblo como el portador de soluciones, el moderado sin complejos, llave del futuro nacional y salvador de desastres que España necesita. No lo ha conseguido él, es obra de la ignorancia y la simpleza de quien tenía que haber marcado la agenda.

Muy al contrario, el PSOE creyó oportuno esperar a que el PP se autodestruyese -¿de verdad les parecía posible?- permitiendo su falsa imagen de renovación. Que los populares hayan protagonizado con sus riñas internas los mejores titulares de prensa de estos meses ha sido lo peor que le podía ocurrir al Gobierno, que ya no tendrá motivos para atacar la mala actitud del PP. Ahora, habrá que criticar no las formas, sino las ideas y las acciones -tanto o más nefastas que antes del Congreso-; y ello requiere personajes más cualificados que el dichoso José Blanco. Sin embargo, observo incrédulo cómo ha recibido como premio un resplandeciente cargo que emula a viejas glorias del socialismo español, para desde él seguir deleitándonos con su elaborado verbo y su inigualable carisma.

El flamante vicesecretario general del PSOE ha afirmado hoy en rueda de prensa que entregará al líder de la oposición un informe sobre los cien primeros días de Gobierno, porque según sus propias palabras "Rajoy ha estado muy ocupado con la crisis de su Partido", con lo que el megalíder socialista deduce que no habrá tenido tiempo para seguir, entre otras cosas, las resoluciones del Consejo de Ministros. Que la principal cara visible de los socialistas haya errado al considerar que no hacer nada para que lo haga el contrario es mejor que explicar a los ciudadanos qué se hace y por qué, es grave; pero que ahora, con el líder de la oposición lavado ante la sociedad y vendiendo sus recetas por doquier continúe insistiendo en la "crisis" ya pasada por Rajoy es un acto de magna estupidez. Y de gran insensibilidad social.

El mismo día en que el Gobierno anuncia que la crisis provocada por la situación internacional se ha llevado por delante el superávit sabiamente logrado a tal efecto, Blanco debería explicar qué hace el ejecutivo, cuáles son las medidas tomadas, por qué estamos en crisis e incluso podría servir de profesor ciudadano para dar unas cuantas lecciones de economía global y de mercado. Pero no, prefiere permitir que el corte en los informativos sea aquel en que se habla del Partido Popular, haciéndole la publicidad que necesita y sin responder a lo que los ciudadanos quieren escuchar de quien ostenta el poder. Puede que no sepa hacerlo mejor, o puede que no de para más; pero el PSOE debe abandonar las palabras huecas, vacías y machaconamente repetidas para dar paso a las ideas claras, ágiles y cercanas. Debe abandonar a José Blanco.

En efecto, recomendaría humildemente a la dirección socialista que si ganar en 2012 es su pretensión, por favor, saque a Blanco de los focos. No sé si es un organizador estupendo, seguramente; o un potente cerebro, puede ser. Pero por favor, que trabaje en silencio. No quiero verle más. Parece que no acaba de entender que lo mejor que tiene el Partido Socialista Obrero Español está dentro, no fuera. Lo que tiene que vender y destacar es lo conseguido por su formación, no la desgracia ajena. Lo que hará fuerte al PSOE es que la gente sepa qué ha hecho el Partido por ellos, no que sus líderes pretendan convencer sobre lo malo que es el enemigo. Porque así, el enemigo crece; y nadie escucha una sola justificación para que deje de suceder. Zapatero no lo hace mal, Zapatero no tiene a nadie que explique lo que hace. Y si nadie explica que Zapatero no lo hace mal, la mayoría acabará afirmando que Zapatero lo hace mal. A mí me faltan quince minutos.

Las prioridades del español medio

Escrito por: jorge el 27 Jun 2008 - URL Permanente

Acabo de leer que sería posible plantar espárragos en Marte. Éste es el tipo de noticias que normalmente deshecho o doy de lado por su falta de aplicación práctica en la vida, pero hoy sin embargo he pensado hasta qué punto no será útil irse comprando unas huertas en el planeta rojo, para ser el primero en poder especular cuando llegue la ocasión y el 'boom' inmobiliario marciano. El problema es que no sé a quién me tengo que dirigir para hacer tamaña adquisición; quiero decir, ¿de quién es Marte?, ¿a quién le compro mi parcela?, ¿o allí vale colonizar o conquistar, o simplemente llegar? Una terrible angustia y desazón invade mi cuerpo.

Aquí en la Tierra, el 'postboom' sigue trayendo consecuencias nefastas. El IPC se sitúa ya en el 5,1%, que para el que no lo sepa es mucho, mucho, mucho. Vamos, que está todo carísimo de la muerte. Pero, para que vean cual es la situación de muchos españoles, les voy a poner sobre la mesa un caso práctico que he vivido hace unos minutos.

El contexto es la cola en la caja de una famosa cadena de supermercados. Un hombre comenta con la que aparentemente es su mujer -utilizando esta expresión no en el sentido posesivo, y gustando yo de ser cuidadoso con el lenguaje- y con otra clienta que "con Zapatero no hay quien llegue a fin de mes, que esto es una vergüenza. El Gobierno nos tiene ahogados". La otra señora en liza comenta que es verdad, "no hay quien llene la cesta de la compra". La multitud aplaude sus palabras, y se monta un improvisado Debate sobre el Estado de la Nación, muy hogareño y popular. Yo por mi parte -y con ánimo estrictamente científico- me entretengo ojeando la compra de la pareja que me precede, iniciadora del macrojuicio gubernamental. Mientras la mujer sostiene a dos niños de unos 7 y 10 años con ganas de guerra, el hombre comenta ordenando su compra que "sólo hacen una al mes, para organizarse mejor en casa. Con niños ya se sabe". Va introduciendo en bolsas lo que va a ser su alimento de aquí a los próximos treinta días: la mayoría marcas blancas y productos en oferta. Nada de verdura, fruta o pescado. Pero sí muchísimos productos congelados y bollería industrial. Y refrescos, tantos como para invitar a todo el barrio a ver el partido del domingo -ése que nos hará olvidar todas las penas-. En ese momento pienso para mí que es una lástima que dos niños pequeños tengan que alimentarse a base de 'fritos', la verdad, y no entiendo cómo, dentro de esa supuesta situación económica familiar apurada, no ahorran en burbujas y grasas saturadas e invierten en algo más sano y consistente -y en la mayoría de los casos más barato-. Tras diversos comentarios con la cajera sobre la crisis y las monedas de céntimo, y tras gastarse un total de 82,35 euros -datos, insisto, con interés puramente científico- en la supuesta "compra del mes" -sólo apta para congeladores industriales-, la familia y su compañera de campaña se dirigen hacia el ascensor del aparcamiento. He comprado poco, detalles urgentes, y enseguida me reúno con ellos; paso de largo para coger el periódico y regreso para bajar. He comprado dos diarios de tirada nacional, como cada día desde que tengo 15 años, y el que va por el lado visible no les gusta. Me ojean de arriba a abajo, de modo notablemente maleducado, dos veces, miran descaradamente lo que llevo entre manos, y vuelven a la carga, con más ganas que nunca -acababa de convertirme en el cliente representante del Gobierno- y mirándome de reojo esperando respuesta. Sonrío por el detalle del "alineamiento periodístico" y, cuando me quiero dar cuenta, estamos en el ascensor hablando del estupendo viaje que este fin de semana van a hacer a uno de esos baratos Paradores -cuyo nombre no diré para evitar suspicacias- dejando a los niños con la madre de ella. Los llevarán a los tres a una casa que tienen en una conocida urbanización de chalés de la provincia de Toledo, a veinte minutos de Madrid, "porque con la piscina se lo pasan mejor". No queda ahí la cosa. Hablan alegremente con su nueva amiga de las vacaciones en la playa que durante los segundos quince días de julio (temporada alta) van a disfrutar, ya sí, en compañía de sus hijos. En la Costa Azul francesa. Todo muy aristocrático, como verán. Yo me dirijo a mi coche en silencio y la familia de los fritos en mesa se despide de su contertulia para subirse a un esplendoroso Mercedes Clase E (modelo base valorado en 40.300 euros). Giro la cabeza y miro la matrícula. No tiene ni seis meses. Reluce impecable. Como relucen también sus asientos de cuero y sus numerosos extras. Calculo su precio, a ojo, en unos 56.000 euros.

Y así he llegado a mi coche, he tirado mis dos periódicos - ha quedado por encima el que posiblemente les habría gustado-, mi "compra urgente" y me he montado pensando en lo afortunado que soy. Mucho. Primero, porque yo no necesito aparentar ser nada para ser feliz. Segundo, por poder vivir con arreglo a mis estrictas posibilidades siendo, también, feliz. Y tercero, por haber tenido unos padres que priorizaron siempre mi alimentación o mi educación por encima de los trajes de Armani para ir a comprar croquetas al super del barrio. Y porque mi coche tendrá 200 caballos menos, pero hoy voy a comer tela de bien y sin pasar apuros.

Soy afortunado por todo eso y porque tengo la suficiente vergüenza como para no criticar al Gobierno por mi situación económica y el coste de la bolsa de la compra cuando con dos niños pequeños gasto casi la totalidad de mis ingresos anuales en un medio de transporte ostentoso, en vacaciones por todo lo alto, en segundas residencias ni mucho menos imprescindibles y en ropa que no se paga por lo que es sino por lo que representa; mientras destino menos de 90 euros mensuales a su alimentación, sin ninguna preocupación además en que ésta sea de calidad.

Y mira, si me da el punto, ahora tal vez me pase por Marte a plantar unos espárragos -que son muy sanos, y diuréticos-. Y desde allí, me reiré del mundo, de su hipocresía y de la soberana estupidez que nos invade -como ya dije un día recibiendo graves críticas por ello-. Porque sí, oiga, somos estúpidos.

Empezaré ya a especular desde allí arriba, para convencer a La Masa de lo importante que es tener una casita en Marte para estar en lo más alto y ser respetable. O sea, 'super cool'. Les meteré en la cabeza qué es lo más importante mientras me hago rico a su costa. Ellos criticarán al Gobierno, pero él seguirá sin ser el responsable de que los españoles quieran vivir dando más importancia y alas a la especulación urbanística -o de cualquier otro tipo- que a un plato de sopa, viviendo en la apariencia y la ostentación en lugar de hacerlo de forma acorde a sus ingresos.

Aunque cabe una posibilidad más: que encuentre allí arriba las mentes dispersas de medio país jugando a ser nuevos ricos y no quede hueco para nada. Y no me extrañaría, porque no sé en qué estamos pensando ni dónde tenemos la dignidad. Ni entiendo tampoco por qué debo aceptar sin rechistar que la neoliberal clase media se queje de que no llega a fin de mes mientras pasea sus neumáticos relucientes por las autovías cada puente, delante de quienes no pueden permitirse ni el viaje ni los donuts. Pero claro -quiero decir, osea- es una lástima que no atendamos a ese 20% de españoles que está por debajo del umbral de la pobreza, pero cómo hacerlo si no tenemos dinero para otros zapatos de Gucci antes de julio.

No, no queridos amigos. No se puede ser rico en vacaciones y pobre en la cola del mercado. Hay algunos que quieren ser tan ricos, tan aparentes, tan distinguidos y sobre todo tan de derechas; que no tienen más remedio que convertirse en rebeldes proletarios si de criticar al PSOE se trata. Y dan mucha pena, y mucha lástima. Pero es muy distinta emocionalmente a la que dan quienes realmente tienen dificultades para llegar a fin de mes. Y de esos, lo peor, es que nadie habla.

Epidemia de idiotez

Escrito por: jorge el 10 Jun 2008 - URL Permanente

Estos últimos días he descubierto que vivimos en un país de idiotas.

El principal problema de la idiotez es que suele convertirse en enfermedad crónica, que al Estado le acaba costando tanto o más dinero que el cáncer de pulmón que causan el odiado tabaco y la ignorada contaminación atmosférica. Pero no, hoy no voy a volver hablar de narcóticos consentidos, que no toca. Voy a hablar de la consabida epidemia de simpleza que asola nuestra geografía y que en cuestión de horas se ha extendido como la pólvora.

Hace unos días los economistas explicaban que la crisis que empezamos a sufrir tiene mucho de autoprovocada. Es una cadena, la cadena del miedo. El miedo provoca la desconfianza en el consumidor, el consumidor disminuye los gastos, ante el menor consumo las empresas rebajan su producción, a menor producción ciertos trabajadores empiezan a sobrar: sube el paro. Ya tenemos crisis.

Lo que nunca imaginé es que la ciudadanía de este país, además de provocar crisis, tuviese también la capacidad de hacer un ridículo tan miserablemente gigantesco. Lo que más preocupaba hace unas semanas era la candidatura española al festival de Eurovisión porque decían sus más feroces detractores que nos haría "quedar en ridículo". A mí me parece que el hecho de que ésa fuese nuestra mayor preocupación patriótica es en sí mismo un acto ridículo. Pero ahora, juntos y revueltos, hemos demostrado que definitivamente cada sociedad tiene lo que merece y que es representada por aquello que mejor la define.

Ver a los camioneros cortando carreteras, a la gente haciendo cola en las tiendas como si llegase la guerra -o mejor La Guerra, mayúsculo conflicto- y a miles de conductores agotando el combustible de las gasolineras no sólo me ha provocado ira y frustración, sino unas ganas irremediables de gritar "¡quiero vivir en un país normal!"

Nos hemos vuelto locos. Muerte. Destrucción. Caos. Oh, hermanos, el final está cerca. El virus de la idiotez acabará con todo lo que soñamos. España se ha convertido en cuestión de horas en una versión mejorada y gigantesca de la película 'Rec', en la que los vecinos de un edificio de Barcelona acaban comiéndose unos a otros mientras sufren ataques provocados por una extraña amenaza biológica de dudosa procedencia. No sé si el origen de la nuestra es -como comentaba ayer mi colega Fernando- falta de formación, de información, o simplemente de inteligencia, pero está claro que algo extraño ocurre. La oscuridad se cierne sobre nuestras mentes.

A lo largo de las décadas los políticos nos han convencido de lo innecesario que es el Estado, al que han convertido en un ente abstracto y fornicable por todos. Sí, el Estado es como una puta, de la que te puedes olvidar en tiempos de bonanza conyugal y a la que acudir por todo lo alto cuando las cosas van peor. El problema es que a este extraño empleado del amor ni siquiera queremos pagarle. Nos cuesta horrores. Todos nos hacen creer que lo mejor para el ciudadano es la ausencia de impuestos. Bajarlos es la política a seguir en época electoral, también y de manera incomprensible por los partidos de izquierda. Sin embargo, queremos -y encima nos venden con el mismo pack- una sanidad de primera, una educación de primera y que todo lo que se mueve esté subvencionado. Así las cosas, cuando el bolsillo va bien nos olvidamos del pequeño e ínfimo detalle de que somos integrantes de un colectivo; pero cuando va mal pedimos, exigimos y peleamos por lo que consideramos un derecho irrenunciable. Éste es el valor del Estado para el españolito medio, y el que le quieren dar las empresas y las potencias de poder. Bancos, inmobiliarias... ahora vienen a mendigar un favorcillo porque -por seguir con el símil- la orgía se ha acabado. Tanto es así que vendemos nuestras ideas al mismo precio, siendo liberales o intervencionistas según esté el mercado de la lascivia económica, según interese más lo público o lo privado.

¿Y qué hay de los camioneros? También se suman. El problema de los transportistas es que sus quejas son mucho más sonoras que las demás por su capacidad para paralizar el país. Y partiendo del supuesto "todo el mundo tiene derecho a la huelga" la consigna "paralizar el país" no deja de ser una consecuencia en principio no deseada, ni debería comportar un odio irrefrenable de los demás trabajadores hacia quienes están ejerciendo un derecho. El problema surge cuando éste se convierte en lo contrario: amenaza y extorsión. Ver en pleno siglo XXI a unos energúmenos decidiendo quién pasa y quién no por una vía pública y amenazando, golpeando o destrozando el medio de subsistencia a compañeros que son tan trabajadores y tan perjudicados como ellos me parece intolerable, como lo es que las autoridades lo permitan con su pasividad.

Pero incluso peor que la extorsión es el egoísmo y la insensibilidad. Los camioneros -y lo saben o deberían saberlo- están reclamando algo ilegal, algo que no se les va a dar porque los primeros perjudicados serían ellos, porque medidas similares ya existieron y tuvieron que ser retiradas y sí, porque es ilegal. Sin embargo, se empeñan en hacer de la suya una lucha sin cuartel en la que no importa qué pase por delante o qué esté en juego. ¿Un camión con productos médicos o farmacéuticos? No pasa. ¿Comida? La tiramos. Y mi pregunta es tan simple como ¿es ésta la lucha obrera del siglo XXI?

Sí, la lucha de la estupidez. Porque mientras ellos gritan en pro de la ilegalidad y los ciudadanos llenan sus bañeras con gasóleo por si vienen los rusos a invadir -ya de paso autoprovocando otra subida desorbitada de precios, payasos-; la Unión Europea se carga en Bruselas dos siglos de avances sociales y laborales. Pero ni a Bruselas se va a manifestar nadie, ni del tema se habla en los bares.

Porque esta vergüenza de país, es, sí, un país de idiotas. Y la epidemia no parece tener cura.

No querer ver, y ver lo que se quiere

Escrito por: jorge el 30 May 2008 - URL Permanente

Acabo de leer una noticia más que curiosa. Un italiano ha sido denunciado por fingir ser ciego durante 24 años, lo que le ha permitido trabajar en un centro penitenciario como telefonista. Al parecer alguien encontró a nuestro amigo leyendo el periódico -actividad muy educativa, todo sea dicho- y se acabó averiguando que por tener, tiene hasta permiso de conducir.

Dice el refrán que "no hay peor ciego que el que no quiere ver", pero no es menos cierto que el problema se agrava cuando, conocida y reconocida la mentira -o el error-, el protagonista echa balones fuera, buscando la suerte de golpear a alguien hasta derribarle. Enlazando la ceguera con el tema del día, la carestía del petróleo y los problemas que de ella se derivan, he recordado una conversación -un tanto encendida- que mantuve con un buen amigo no mucho después de la invasión de Irak por parte de las tropas estadounidenses y británicas, con el apoyo y la alegría -mostrada en aquellos vibrantes aplausos del Congreso- del entonces Gobierno de España. Mi rival en aquel improvisado debate me intentaba convencer de la necesidad de aquel dislate con una sinceridad apabullante: decía que no, que efectivamente la guerra no se producía como una respuesta al terrorismo ni a una amenaza a la seguridad internacional, sino por una motivación económica: el petróleo. Y que él estaba de acuerdo.

Yo no salía de mi asombro, mientras él muy -creo yo- demagógicamente, me intentaba vender que "a todos nos gusta ir en coche", entre otras cosas que no es necesario mencionar. Bárbaramente acabó diciendo que, tal como sospechaba, consideraba justo que quien tiene la fuerza la aplique contra quien no la tiene si existe un interés. "Somos animales" -me gritaba- y "tenemos instinto de supervivencia". Sin poder convencerle de la inmoralidad -por decirlo suavemente- de su pensamiento, intenté explicarle que además de un capullo era un inconsciente y un ignorante. Intenté explicarle -infructuosamente, claro- que los intereses de las compañías petroleras no eran los suyos, no podían serlo, y le avisé: "nos encontraremos dentro de unos años y me dirás para qué sirvió esta guerra a tu bolsillo. Yo te lo diré: para que unos sean más ricos y a ti, que te gusta moverte en coche y eres un ciudadano normal, te cueste el doble o el triple llenar tu depósito". Intenté explicarle también que el petróleo es un recurso con fecha de caducidad -a este ritmo no muy lejana- y que nos iba a costar mucho más caro a todos matarnos por él que estar a la vanguardia de la alternativa de futuro. "El mundo hoy se mueve con petróleo, pero si no lo solucionamos y somos simples, un día se nos va a parar".

No. Yo no soy muy listo -por suerte, porque sufriría aún más ante las barbaridades que hay que soportar a diario-. No, tampoco he estudiado económicas, ni nada que se le parezca lejanamente. Pero intento distinguirme en la actitud: tengo los ojos abiertos, a todas horas, formulando preguntas y buscando respuestas. Porque, en efecto, "no hay peor ciego que el que no quiere ver".

Esta noche y considerando que ya ha llegado el momento, le comentaré a mi buen amigo -muy moderado desde entonces- quién ganó el debate. Y no es por vanidad personal, sino para permitirme el lujo de acertar dos veces. Aquí lo dejo escrito: ¿de quién es la culpa? De Zapatero, of course. Porque con otro Gobierno en la Gran y Poderosa España, el mundo no estaría en crisis, eso lo sabemos todos. Tanto es así, que según acabo de escuchar han venido a manifestarse a Madrid pescadores y armadores "de toda España, pero también de Francia, Escocia, Italia y otros países europeos". Sí querido lector, el planeta empieza a despertar ante el Zapaterismo campante que quiere romperlo y fracturarlo, así que guarda tus banderas rojas bajo el colchón -como en nuestros mejores tiempos- y prepárate para la gloria de los salvapatrias del miedo. Porque no sé a ti, pero a mí me lo dan.

Rectificación, aclaración y reflexión: lo que yo no haré

Escrito por: jorge el 29 May 2008 - URL Permanente

Si quieres, empieza a leer escuchando esta canción.

Hace días que no escribo. Tantos, que juntos suman una semana. Podría decir que no lo he hecho porque, como muchos y tantos, siento mi cuerpo erguido por encima del universo que me rodea y he pensado, como el personaje ficticio al que daba vida un famoso dúo humorístico, que "ir pa ná, es tontería". Y efectivamente, muchos días pienso justo eso y no otra cosa.

Mi pesimismo con respecto a la política, a sus protagonistas y a su destino crece y se alimenta cada día. Lo uno y lo otro, recíprocamente. Estamos sumidos en un ataque tan y tan grande de velocidad irracional que hablamos poco y muy poco de lo que importa y muy mucho de lo absurdo y superficial.

Hoy, con mi regreso -que se produce tras un tiempo de falta de este, razón banal y cotidiana- quiero anunciar de qué No va a hablarse en este blog. Lo lógico sería hacer lo contrario, y explicar, al comienzo de cualquier cosa, qué es lo que uno tiene en mente desarrollar, más rápido o más despacio. Pues bien, lo que tengo en mente hacer es no hacer determinadas cosas que están de moda: no hablaré de la crisis del Partido Popular, no hablaré de la Eurocopa y no hablaré de los temas que se abordan en los programas vespertinos de televisión. Los que quieran practicar cualquiera de los tres nuevos deportes nacionales ya pueden cerrar y marcharse, aquí acaba su camino por la senda de mi pensamiento -que por otro lado no me importa más que mí, pero hoy vengo chulito, 'yavestú'-.

A los que habéis decidido seguir, os hago una propuesta: hablar y debatir cada día desde cualquiera de las tres páginas en que publico este mismo Cuaderno de aquellas cosas que realmente se mueven a nuestro alrededor. Qué se yo, cositas varias, pequeñitas: que en el País Vasco sigue habiendo concejales y ciudadanos amenazados y empresarios extorsionados por unos asesinos canallas, que el Gobierno de aquella Comunidad tiene un plan (¿un plan?), que Bush se va pero en Irak sigue la guerra, que otros vienen para tomar las riendas de la primera potencia, que la economía mundial se tambalea y la personal de muchos tiene visos de catástrofe, que la Unión Europea existe (¿o es una ilusión?), que mueren y mueren y mueren y mueren y mueren y mueren trabajadores ¡en su trabajo! (sí, fuera de él también), que la educación sigue siendo un reto olvidado, dormido entre papeles de apolillados Ministerios y peligrosas Consejerías de las que servidor no tomaría ni un sólo consejo, que la salud ahora empieza a no ser derecho y resulta ser negocio, que los mayores están cansados (y muriendo solos, sin la asistencia que prestaron a la sociedad) y los jóvenes... ¿a lo suyo? (y conducidos a un egoísmo precario, como precarios serán sus -nuestros- trabajos), que ya a nadie le emocionan las canciones que levantan puños y rosas, que el arte es más efímero que nunca, que muchos socialistas parecen fachada y los liberales se quieren confundir con los fachas de toda la vida (mejor justo al revés), que muchos niños siguen siendo muy débiles frente a la cruel fortaleza de los amnistiados, que la inocencia se ha perdido y la madurez no se ha alcanzado.

Se me ocurren muchas cosas de las que hablar. Y una de la que no hablar: la crisis del Partido Popular. Se hablará en este blog de ese partido en lo referente a su legítima y necesaria tarea de oposición al Gobierno -también legítimo- de los españoles. Pero nunca, nunca de aquí en adelante se hará para establecer críticas sobre una cuestión interna y de lógica histórica -sea un debate ideológico o una lucha personal por el poder, es su debate y su lucha-. Y aprovecho para mandar dos mensajes, uno al colectivo: que los problemas de todos siguen aunque sólo atendamos para felicidad y algarabía personal a los que unos tienen en su casa, y otro a un colectivo concreto, el PSOE: todos los partidos conocen la victoria y la derrota. Todos. No podría entender que un sólo socialista criticase ante una crisis interna propia que el Partido Popular hiciese escarnio de ella sino se es coherente cuando toca, empezando por la cabeza más visible y destacada, la que tiene que dar ejemplo: el Secretario General. Es muy fácil meterle el dedo al contrario, pero yo admiro sólo a los políticos constructivos y no destructivos, a los creativos, a los que son como... ¿como Zapatero? (volver a la frase anterior, y reflexionar seria y profundamente). Admiro a Zapatero, su estilo, sus convicciones, sus principios, su historia, su forma de actuar y de ser, sus actuaciones como político y como Presidente, me emocioné contando y recontando sus votos cuando la suerte decidió que seía vocal en una mesa electoral y por eso, creo, tengo derecho a decir que no lo reconozco haciendo lo que no es propio de alguien de su elegancia y de su talante.

Ahora es el momento de que el PP encuentre y decida su camino. Cuando lo hayan encontrado, y elegido su proyecto y a sus líderes, seré yo el primero en confrontar aquellas ideas que no comparta y aplaudir las que me parezcan coherentes, dentro de la normalidad de una democracia y aplicando lo que más falta en esta vida... que es sentido común y moderación. Lo que me parece intolerable en cualquier caso es que nadie de un partido le diga a nadie de otro cómo tiene que barrer o administrar su casa. ¡Faltaba más! Yo al menos no lo toleraría en la mía y seré consecuente. Por eso, y por mi parte, no hay más que añadir hasta que pase el mes de junio. Bueno sí: que el propio PP no olvide que su primera obligación es la oposición leal y constructiva, no hacer el payaso y el ridículo como lo está haciendo, pero vaya, que esto último es su problema.

Y ahora... ¿hablamos de nosotros?, ¿de nuestra sociedad?, ¿de nuestros problemas? ¿hablamos de lo que quedó lejos? "Sin embargo a veces pienso que al final todo dio igual, las hostias siguen cayendo sobre quien habla de más; y siguen los mismos muertos, podridos de crueldad...".

Comparaciones odiosas para finales naturales

Escrito por: jorge el 23 May 2008 - URL Permanente

Ya se sabe lo que se dice de las comparaciones: que son odiosas. La que voy a realizar hoy seguramente lo sea a ojos de muchos. Voy a comparar a Izquierda Unida con el Partido Popular -o viceversa-. Sí, y no me voy a poner 'colorao' ni nada.

Hablando de conceptos arraigados en la tradición popular, me viene a la mente aquel de la indisoluble unidad de la derecha y la división natural de la izquierda. De entrada hay que señalar que ser de izquierdas comporta un aspecto crítico incompatible con el voto más "instintivo" de la derecha. Pero el apartado que quiero referir en este artículo es el orgánico.

En este país la izquierda tiene dos referencias visibles: el PSOE (esto siempre bajo discusión) e Izquierda Unida. En la derecha hay una: el Partido Popular.

Hablando de la izquierda hay dos circunstancias que destacar. La primera es que las personas simples (no lo digo en sentido peyorativo) suelen meter en el mismo saco a un socialdemócrata, un socialista, un comunista y hasta un nacionalista si el susodicho es de ERC -en ocasiones también si hablamos de CiU o PNV, pero a los que llegan tan lejos cabe aplicarles el sentido insultante de la simpleza, aunque sólo sea por el burdo atrevimiento-. Sin embargo, el que haya leído en su vida más de dos párrafos de algo sensato sabe que no es así -nada más lejos- y puede diferenciar fácilmente conceptos que llegan a ser opuestos. Algún votante del PSOE llega en ocasiones a entenderse mejor con unos del PP que con otros de IU, pero la naturaleza de las cosas obliga a los representantes políticos socialistas a buscar los acuerdos de gobierno y gestión con lo que esté más a su izquierda que a su derecha. Por explicarlo gráficamente voy a usar el tema nacional más recurrente: el Real Madrid es enemigo del Atlético y del Barça, pero desde luego lo es mucho más de este último. Pues eso.

La otra circunstancia especial se da en Izquierda Unida, que no es un partido sino una coalición de ellos; un verdadero "batiburrillo" de ideas, sensibilidades e intereses -sobre todo eso- diferentes. IU aglutina de forma antinatural a especímenes de lo más diverso, que en ocasiones tienen tanto en común como una jirafa y un escarabajo pelotero, y que al formar gobiernos -por ejemplo municipales- con el PSOE aumentan el parecido y las similitudes de todos sus miembros a las que pudiera haber entre mi almohada y el planeta Júpiter -no digo que no los haya, pero es dificil verlos-. Sin embargo, sabemos que las instituciones deben ser gobernadas y que para ello es necesario acercar posiciones. Un trasvase de votos del PSOE a IU o la inversa suele ser dificil salvo circunstancias especiales, y sin embargo a ninguna de las partes votantes les extraña un pacto posterior entre ambas fuerzas.

El problema se produce cuando los que quieren gobernar instituciones acordando con diferentes no se pueden gobernar a sí mismos por la exagerada heterogeneidad de su composición. Es el caso de IU... y es el del Partido Popular, al que obviamente quería llegar.

No conozco ningún país europeo -no digo que no exista- en que se de la circunstancia de tener un solo partido de derechas en el Parlamento. En principio, la ausencia de la extrema derecha estaría justificada por la cercanía de nuestra historia más oscura, pero no es verdad: la extrema derecha está, así como la moderada y la que lo es a medias. El PP bien podría llamarse "Derecha Unida", es el IU del lado opuesto; una combinación fatal de posturas radicalmente alejadas que de momento ha salido adelante con un juego estratégico más o menos eficaz pero que tenía que acabar estallando. Ése es el estallido que estamos viviendo, y la estrategia de concentración ha caducado. Ya ni los que aman la simpleza ni aquellos a los que les gusta profundizar podrán seguir tragando con que también en la derecha es todo la misma cosa, aglomerada bajo el estandarte de la gaviota. Está claro que no es verdad.

Lo que ahora no tendría ningún sentido tras dos derrotas electorales consecutivas, la actuación de oposición de la pasada legislatura, el espectáculo dantesco que se está dando y el suceso inédito de que para hoy haya convocadas dos manifestaciones enfrentadas entre militantes de un -supuesto- mismo partido es que el PP aparcase el siguiente paso: la escisión de una de las partes. O bien se va la ultraderecha o bien lo hacen los "moderados", pero una de las mitades tiene que formar su propio partido. Es el estado natural de las cosas. En estos momentos el PP está construído sobre el engaño de una cohesión irreal, y si no existe valentía para salir del calor del gigante las urnas y el propio desgaste de la lucha interna hundirán a la formación. Estoy convencido de que Gallardón y Aguirre podrían pactar perfectamente un ejecutivo sabiéndose líderes de su parte y mensajeros de un electorado claro. Pero si se empeñan en que el triunfo de una parte sobre la otra debe producirse dentro de las mismas siglas que ahora los reúne -que no une- es seguro que también la parte victoriosa perderá a los votantes de la derrotada, abocando al PP a una crisis de las de verdad.

Federico y Pedro J. -que aunque no lo creamos son influyentes con los suyos- han hecho que ese camino sea ya imparable. El problema es: ¿quién se va? De momento parece que el ala dura se está agrupando fuera. Ningún divorcio entre esposos es fácil, y en este caso la niña es todavía muy pequeña como para preguntarle a quién quiere más.

El Intocable: errores y amores de un ex Presidente

Escrito por: jorge el 19 May 2008 - URL Permanente

Dice Aznar que "siempre hay que procurar jugar con los mejores", algo similar a que él es el mejor, e ídem "los suyos". Comenta también que "la defensa y la confianza de los principios es esencial".

Si Aznar realiza estas declaraciones como respuesta a Rajoy, olvida que él lo nombró digitalmente para presidir el PP, sin dar la oportunidad a una sucesión lógica y de base, que es la que crea liderazgos fuertes -ver Zapatero-. Si las realiza como respuesta al bando que encabeza Esperanza Aguirre, olvida el ex Presidente que ella fue elegida del mismo modo como Ministra, como Presidenta del Senado y como candidata a presidir la Comunidad de Madrid. Vaya, que El Intocable erró de forma contundente en uno de los casos. O en todos.

La pregunta es si aquellas aguas fueron pretendidamente arrojadas -que no trasvasadas- para traer estos lodos, o si todo ha sido fruto de una circunstancial y lamentable obnubilación del otrora líder supremo. Vamos, dicho de otra forma: que de la prepotencia, la ambición y el amor personal de Aznar a sí mismo, no me fio. O bien debería callarse por no haber elegido a los mejores, o bien debería explicar por qué no eligió a los mejores si ya sabía que estos no lo eran.

¿Volveremos a verlo aclamado como el salvador de la patria fragmentada?

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Cuaderno de un veinteañero
Jorge Barraza

Periodista de vocación, estudiante de profesión y bloguero por afición. Mostoleño de nacimiento, madrileño de corazón y europeo por convicción.

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