Cuaderno de un veinteañero

Periodismo y política: dos caminos bloqueados con los que alcanzar metas comunes. ¿Abrimos?

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Políticos, generaciones y sorpresas

Escrito por: jorge el 31 Jul 2008 - URL Permanente

Cuentan hoy en cadenaser.com que los nacidos desde el 82 -bendito mundial- somos trabajadores menos productivos. ¿Y dónde está la noticia? Los valores aprendidos y la educación -escolar y paternal- recibida no hacían presagiar nada mejor. Pero si las mentes lúcidas que han hecho este estudio quieren sorpresas, ya verán lo que viene detrás: la generación ESO-Play nos va a desbordar. Por otro lado, es curioso que en España sigamos confundiendo "productividad" con "horas en el trabajo", pensando equivocadamente que hay que valorar más al empleado que entra sin sol y sale sin él, cuando muchos producen la mitad que alguno que se va a las cinco. ¿En qué empleamos nuestro tiempo de trabajo? Si los españoles somos de los que más horas extras echamos y al tiempo estamos a la cola de la productividad europea, algo está fallando. Vamos, digo yo. Y en eso no hay generaciones, hay ineficacia empresarial.

Pero esta generación -hoy me he enterado de que se llama 'Y'- soporta también el infujo de extrañas corrientes humanas. Ese extraño ser desconocido, llamado "político", no deja de sorprendernos. Uno de los titulares llamativos del día lo protagoniza un despiadado dirigente 'popular' que ha sacado a la luz unas comprometidas grabaciones de sus compañeros en las que muestra aquellas cosas que deben quedar para el ámbito privado. Todos nos hemos llevado las manos a la cabeza al escuchar a un concejal decir "el fin del partido no es el bien de Gijón [podría haber sido cualquier otra ciudad], sino ganar". ¡Y todos a gritar! ¿También esto nos sorprende? Si algo deberíamos haber aprendido en nuestra corta etapa democrática es que hay dos clases de políticos: los que viven para la política y convencidos de sus ideas, y los que ponen ésta al servicio de sus intereses personales. De los últimos, por desgracia, hay suficientes para exportar. A mí pues, no me sorprende que haya especímenes con ese pensamiento ocupando cargos públicos, a mí más bien me parece llamativo que tengan la suficiente poca vergüenza -o carencia de inteligencia- como para decirlo abiertamente. A pesar de todo pueden estar tranquilos: por ese pequeño 'delito' verbal no tendrán que abandonar la política y podrán seguir haciendo de ella su personal mercado especulativo -que le pregunten a Zaplana-. Pero sí, estos políticos representan a una generación que no es la nuestra y de la que al parecer tenemos que aprender.

Otro concejal, en este caso de ICV, ha tenido la decencia -menos mal- de pedir disculpas por publicar en su blog este cartel animando a apadrinar niños extremeños. Contra él -sí, contra, contra- tenía preparada toda una batería de lindezas con las que no pensaba dar de mí la imagen de moderado que está de moda. Sin embargo, he considerado ese hecho: ha pedido disculpas. Y como es tan poco habitual en este país y casi comparable a los orgasmos democráticos de aquel que sabemos, los guardaré para otro día. Eso sí, no puedo marcharme sin decirlo: nacionalismo, insolidaridad e incultura van siempre de la mano; y debo agradecer que siempre haya energúmenos dispuestos a que no lo olvidemos. No sea que algún día nos convenzan.

Jorge Barraza

Quod natura non dat

Escrito por: jorge el 16 Jul 2008 - URL Permanente

Regreso de pasar el fin de semana en el 'Festival do Mundo Celta de Ortigueira' con la convicción de que el nacionalismo responde a un absurdo. Ya lo pensaba, pero lo confirmo cuando viajo, como decía la vieja consigna.

Efectivamente, he de pensar que es un absurdo después de asistir a un evento con casi 100.000 personas de toda condición y orientación. El Festival de Ortigueira, que nació como un proyecto independiente y que se ha convertido ya en una referencia internacional del folk reúne bajo sus faldas a visitantes tan parecidos como mi casa y La Moncloa. Nada de nada. Unos buscaban su pasión por una música, otros simplemente la fiesta, unos hablaban gallego, otros castellano y muchos de ellos inglés o francés. Y convivieron durante cuatro días como personas civilizadas.

Mientras algunos piensan que el castellano necesita ser defendido de agresiones externas, como si nos vendiesen un champú, yo no puedo parar de pensar en la hermosura que subyace tras la reivindicación y la defensa de cada cultura, de cada lengua, de cada música; y especialmente aquellas que han sobrevivido a feroces represiones impositivas y unitaristas.

A España siempre le ha encantado defender sus tópicos rancios de país de pandereta, símbolos de la apolillada unidad Nacional, autoconvirtiéndose en la sede mundial de la paella, el flamenco y los toros. Lo primero es una suerte, lo segundo una raíz más de las muchas que sustentan el árbol de la pluralidad del Estado, y lo último uno de esos escollos que muestran que estamos lejos de dar el salto definitivo al siglo XXI. Pero sea como fuere, lo cierto es que tenemos mucho más que exportar al planeta, gracias a una rica historia y a sus variadas gentes. No conozco nada más antipatriota que negarse también ese placer, ese motivo de orgullo. Sin embargo, también podríamos hacer un gran negocio si vendiéramos a coste de barril de Brent todos nuestros miedos y complejos.

En cualquier Estado europeo una diversidad tan clara sería aprovechada como la mayor de las fortunas mientras aquí se convierte en el gran quebradero de cabeza de las adustas manos mesetarias. Los proclamados a sí mismos como intelectuales defensores de las ideas más justas y razonables nos intentan convencer ahora sobre la necesidad de ¡defender! un idioma que hablan cientos de millones de personas sin dedicar ni un ápice de su tiempo a exigir una escuela pública de calidad. Porque mientras los titulados en la educación básica de media Europa hablan cuatro lenguas, el Congreso español debate sobre si en unos determinados territorios se debe enseñar una, dos o media; cuando lo cierto es que el aprendizaje del castellano no está garantizado ni en Barcelona ni en Valladolid, donde los hijos de la ESO -como en todas partes, vaya- no son capaces de redactar más de dos frases seguidas consiguiendo coherencia y corrección ortográfica. ¿Y la culpa de quién es: del gallego, de la ikurriña o de Laporta? Me temo que de un sistema educativo nefasto apadrinado por una incompetente clase política.

Negándome a pensar que los estudiantes españoles somos más idiotas que el resto, deduzco que alguien debería hacerse responsable de la mayor tasa de fracaso escolar conocida y de que donde podría haber perfectos conocedores de catalán, gallego, valenciano, vasco, castellano, inglés y francés haya, en cualquier rincón geográfico de norte a sur, víctimas de un sistema que les hace incapaces de competir con cualquier vecino europeo.

Y mientras, renegamos de nuestros orígenes, convencidos por quienes no son capaces de arreglar lo verdaderamente importante de que en ellos reside el auténtico problema; nos negamos a regalar al mundo los encantos de un país increíblemente grandioso y gastamos energía en debates yermos que alimentan el radicalismo trasnochado de acá y de allá condenando a miles de jóvenes, generación tras generación, al ostracismo y el atraso.

Porque, es verdad, sentarse a arreglar la educación pública sería muy útil; pero ni vende periódicos, ni da audiencia radiofónica, ni permite a los falsos patriotas alardear de ideas tan débiles e insustanciales como sus propias siglas. Leo en un diario que el nacionalismo vasco está en su nivel más bajo, que ahora sólo uno de cada cuatro votantes del PNV sería partidario de la autodeterminación. Esto ocurre siempre que hay gobiernos moderados en el poder: los radicales de uno y otro bando pierden fuerza. Lástima que algunos se empeñen, con manifiestos ridículos, en seguir dando a los separatistas argumentos para la separación. Ya se sabe, los extremos se necesitan unos a otros, y los nacionalistas -sean los españoles o los 'periféricos'- no tienen más ideas que aportar que la agitación irracional de unos colores. Seguid, seguid, a ver quién rompe antes qué. Y más grave que ellos lo intenten es que haya una masa social convencida del resquebrajamiento terrenal: primero se rompía España, luego la familia, ahora es el castellano y luego será otra cosa. Nos tratan como niños, nos manejan con absurdos, y encima nos encanta. Yo, sinceramente, empiezo a perder la esperanza de ver a mi país hablar, debatir y resolver lo importante. Será, como decía mi profesor de latín -por cierto, ¿por qué se quejan de las lenguas españolas y no se quejan de las ocho horas dedicadas en el bachillerato a lenguas muertas?- que "quod natura non dat, Salamantica non praestat". Nosotros, para mayor desesperación, no tenemos ni lo uno ni lo otro.

Jorge Barraza.

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Sobre este blog

Cuaderno de un veinteañero
Jorge Barraza

21 años. Estudiante. Vocación de periodista. Apasionado de la política. De izquierdas. Socialdemócrata. Ecologista a mi manera. Lector de lo escrito, hasta de los botes del champú. Amante de la música, de toda. Soy feliz montado en una bici. Dejo de serlo con la injusticia, social o personal. Coherente con mis ideas y crítico siempre, conmigo o con otros. Directo y sin hipocresías. Sin complejos, tampoco para rectificar si es necesario. Encantado de aprender. Mostoleño, madrileño, galego, andaluz. Español. Ciudadano del mundo; junto a las personas siempre, junto a las banderas nunca.

Bienvenido a mi pequeño cuaderno.

jorgebfernandez@gmail.com

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