Cuaderno de un veinteañero
Periodismo y política: dos caminos bloqueados con los que alcanzar metas comunes. ¿Abrimos?
Madrid, más que una Comunidad
Hoy es el día de mi tierra, el día de Madrid. ¡Ah sí!, que los madrileños existimos. En ocasiones, cuando salgo de mi ciudad -y lo hago mucho- y viajo a otras provincias me da la sensación de que todos los españoles tienen derecho a sentirse orgullosos de su tierra, menos nosotros. ¿Por qué? De entrada, porque si estamos orgullosos y queremos o sentimos el lugar en que hemos nacido, como hacen todos; no se nos representa como ciudadanos con cariño a su región, no, nosotros somos centralistas.
Como estoy cansado (dicho sin ningún respeto, porque no puedo respetar a quien me insulta) de tanta estupidez, voy a explicar un par de cosas a los que tanto odian lo que somos. La primera es que Madrid, esa tierra soberbia, chulesca, autoritaria y con ánimos y actitudes centralistas está formada por más de seis millones de habitantes. ¡Seis! Es la tercera Comunidad con mayor población del país -por detrás de Andalucía y Cataluña- y sin embargo una de las más pequeñas territorialmente.
Y la pregunta… ¿de dónde salen seis millones de personas en un espacio tan pequeño? En la década de los 50 del pasado siglo Madrid tenía una población de en torno a un millón y medio de habitantes, y en 1981 casi alcanzaba los 4.800.000 tras el ‘boom’ migratorio de otras regiones, en menos de treinta años. Tras esa primera explosión migratoria la Comunidad ha seguido aumentando, con una segunda década alcista en los 90 apoyada por el nuevo flujo migratorio, en este caso exterior. Así configuramos la Comunidad de los seis millones de personas actuales.
Traducción: en Madrid, lo que menos hay, son madrileños.
Cuando salgo por las mañanas de casa lo primero que me encuentro en el portal es a la limpiadora, a la que recibo dando saltitos para no pisotear su trabajo. Es rumana. Seguidamente saludo al portero de la urbanización que está barriendo el patio. Es un hombre mayor muy simpático, creo que de Ávila o Segovia, aunque no estoy seguro, al que en ocasiones sustituye un chico peruano. A veces me encuentro de camino con una mujer que viene a ayudarnos con las tareas domésticas, porque estamos todo el día fuera trabajando o estudiando de la mañana a la noche y ninguno podemos hacernos cargo. Es sevillana. Antes venía otra mujer, extremeña, pero se marchó por problemas de salud. También me gusta encontrarme con una vecina catalana, muy del Barça, que suele estar regañando a Miquel, su hijo pequeño (es un trasto, la verdad). Las tardes de verano se junta con dos vecinos del Real Madrid, que van con sus hijos al parque que hay bajo mi ventana, para discutir acaloradamente de ‘galácticos’ y ‘fantásticos’.
Los días que me toca coger el Metro, con un libro y el mp3 de compañía, me siento en la mismísima torre de Babel. Los que hablan castellano lo hacen con acentos de lo más variado, desde Andalucía, hasta Aragón pasando por el País Vasco y terminando en Canarias; cuando no es puertorriqueño, ecuatoriano, cubano o mexicano. Pero también se habla polaco, rumano, ruso, marroquí, francés, inglés y lenguas y dialectos que sería incapaz de reconocer. Benetton podría hacer un anuncio diario en cualquier línea del suburbano de Madrid, con su colorido y su variedad.
Cuando trabajaba, mi encargada era de Perú, y tenía compañeros de Leganés, de Alcorcón… y de Budapest. Había un técnico de Argentina, que no paraba de hablar de su Buenos Aires querido. En clase hice un buen amigo colombiano, y otro de Etiopia.
Cuando llegan los puentes, como este del dos de mayo, la gente está contentísima: “¡¡me voy a mi tierra!!”, dicen. Su tierra. Y las carreteras se colapsan después de que te hayan explicado que en su pueblo van a hacer una romería en el monte y unas rosquillas que están para rechupetearse los dedos. Algunos, más mayores, te hablan con lágrimas en los ojos de como correteaban por su aldea de Ciudad Real antes de tener que coger la maleta para buscarse un futuro. Todas las A, la uno, la dos, la tres y así hasta la seis se convierten en caravanas del recuerdo: reminiscencias de una emigración que existió y que añora todavía hacer el camino inverso, repitiéndolo en cada ocasión. Y Madrid vuelve a tener sus dos millones de habitantes.
Y por la noche llegan mis padres a casa, un cordobés y una lucense, me saludan, ponemos las noticias… y aparece un ignorante (en el estricto sentido de la palabra) diciendo “esto es responsabilidad de los centralistas de Madrid”. ¿Quién, yo? Centralista tú, nacionalista que quiere que sólo se hable de tu tierra y que el Congreso que representa a 45 millones de personas legisle solo para ti con tu minoría de imposición, bloqueo y amenaza. Centralista tú, no yo. Habría que ver si es más centralista algún diputado de mi circunscripción o uno de Badajoz.
Me siento orgulloso, orgullosísimo de haber nacido y crecido en una tierra que ha abierto las puertas a millones de personas del mundo para convertirse en su lugar de vivienda y trabajo, que ha vendido sus tradiciones para adoptar aquellas que vienen de fuera. El Madrid de sus casas regionales donde cada cual representa sus añoranzas, el Madrid donde en San Isidro se escuchan chotis, sevillanas, jotas y muiñeiras. El Madrid en que dos chicos van de la mano, el Madrid que respeta al diferente, el Madrid que ha conseguido ser lo que es sin estridencias ni sentimientos nacionalistas. El Madrid de la tienda tradicional y castiza, el de los chinos vendiendo tallarines en las esquinas de Gran Vía un viernes noche, y el de la tienda árabe. El Madrid donde de hecho no existe un sentimiento madrileño porque ser de aquí significa ser ciudadano del mundo. El Madrid que también tiene sus acentos: si tú puedes decir ‘asúcar’… ¿por qué yo no puedo decir ‘ej que’, y te ríes de mí? Me siento muy orgulloso de ser madrileño y de todo lo que ello representa. ¿Queréis la capitalidad? Lleváosla; y aguantad vosotros las manifestaciones de todo el Estado, los cortes de calles cuando viene un señor muy importante que a mí ni me va ni me viene, los controles policiales insoportables, las amenazas especiales y los insultos constantes. Aguantad vosotros a la marea de apolillados y casposos que tenemos aquí. Aguantad vosotros que os coloquen candidatos paracaidistas porque algunos entienden que Madrid no es una tierra con identidad, ciudadanos y problemas, sino un pequeño corral para el juego de los partidos, de unos y otros. Aguantad vosotros que vuestro alcalde y vuestra Presidenta pasen de su gente, a la que ya no representan, porque sólo pretenden utilizar su posición para saltar a la política nacional. Llevaos también a vuestra tierra a todos los que salieron de ella buscando un futuro, o decidle a vuestros gobiernos que hagan algo para que aún hoy en el año 2008 sigan huyendo: sí, en mi otra tierra, a la que más quiero, la gallega, los jóvenes no se quedan, siguen escapando del abandono miserable de sus instituciones.
Sí, me siento orgulloso de ser de Madrid. Qué pasa, ¿no puedo? Tú puedes decir Viva Galiza Ceibe o Visca Catalunya Lliure y ¿yo no puedo decir Viva Madrid? Pues sí, viva, sin estereotipos ni topicazos rancios. Viva con sus ventajas y sus inconvenientes. Con sus alegrías y sus desgracias. Con su pueblo solidario, humano y abierto que debería destacar por encima de la casta y la caspa que lo gobierna y quiere gobernar. Y con la mejor de sus cualidades, que es precisamente la humildad. Humildad reflejada en esa frase que da la bienvenida a mi municipio y que pronunció Iker Casillas en respuesta a un periodista: “yo no soy galáctico, soy de Móstoles”.
Y viva no como algo que imponer, sino como una parte más de un conjunto de pueblos integrados desde la diversidad. Una parte más que puede ser sensible a un pensamiento, a una nostalgia o a mi memoria personal. Nación, patria: todo eso es un sentimiento. Yo siento Madrid. ¿Puedo? La siento desde el respeto y cariño a todos los demás territorios del mundo, a los que extiendo mi mano. Ciudadano soy de Madrid, como dice mi DNI, pero ciudadano soy del mundo, porque ni tú ni yo somos mejores, ni tu bandera más bonita ni ninguna lengua peor. Las fronteras, ridículas barreras de incomprensión e intolerancia, son un objetivo a derribar, como hicieron esos seis millones de personas venidas desde el último rincón y con las que me encanta convivir. Para respetarnos debemos entendernos: ¿entiendes ahora Madrid? Si entiendes Madrid entenderás mejor el mundo en que vives: variado, plural, con necesidad de respetar al diferente y con sentimientos patrióticos y grandes orgullos internos; pero también con un objetivo mayor mucho mejor y común a todos: las personas. Los nacionalismos -todos- no las respetan, colocando como hacen los palos de los estandartes por encima de las cabezas. Es curioso que pidan respeto y gloria para sí, sin respetar las demás sensibilidades, y en definitiva a las demás personas.
Porque sí, en Madrid, además de políticos de alcurnia y lejanía, aviones, desfiles e historias adulteradas por el interés… hay personas. Y sentimientos que también pueden necesitar respeto, porque también forman parte de una diversidad plural que engrandece España y hace de este planeta un mundo apasionante por descubrir, y que descubrirán los que levanten la cabeza de sus prepotentes ombligos, los de aquí y de allí.
Sobre este blog
Cuaderno de un veinteañero
Jorge Barraza
Conduzco mis pasiones perdido entre la oscuridad de la política y la inmensidad de un periodismo difuso, luchando contra el tiempo y el ser.
Cuando llegue el día de emprender la marcha, tendré que decidirme por un camino que complete los sueños de un claro destino: aquel lugar que llene mi cuerpo por dentro para resultar constructivo por fuera. Pero antes, he de resolver el gran enigma: ¿cuándo hacerse mayor?, ¿qué es ser mayor?, ¿y cómo se hace?
jorgebfernandez@gmail.com
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