Cuaderno de un veinteañero
Reflexiones sobre la izquierda
Este fin de semana se ha celebrado aquí en España la IX Asamblea de Izquierda Unida, que ha finalizado con un PCE más fuerte pero sin Coordinador definitivo que sustituya a Llamazares. Al otro lado de los Pirineos, el Partido Socialista francés debate también su futuro en un 75º Congreso -qué envidia dan las democracias veteranas, ¿verdad?- marcado por una disyuntiva clara: ¿el camino está a la izquierda o en el centro? Esas opciones parecen columpiarse entre los nombres de la ya conocida -por nosotros- Segolène Royal y la novedosa Martine Aubry, impulsora de ese giro hacia los más necesitados de la sociedad.
Con este panorama se me ocurre alguna pregunta. Una tiene que ver con la pluralidad de las fuerzas de izquierda: ¿necesita más unidad, o al contrario debería aceptar claramente sus irreconciliables divergencias y distribuirse sin complejos en diferentes partidos que funcionen de manera más eficaz, que trabajen más por la sociedad y la transmisión de sus mensajes que por la discusión de cuotas de poder e imposiciones de ideas sobre corrientes internas? No parece extraño que yo me posicione a favor de esta última opción. Las ensaladas que mezclan cosas que, en realidad, poco tienen que ver, acaban mal. No, tampoco vale como estrategia electoral, se ha demostrado que no.
En nuestro país vimos como la pasada legislatura una reconocida dirigente socialista abandonaba sus filas para crear un partido que baila de manera extraña entre algunos ideales de la izquierda y otros que en España se pueden atribuir a la derecha pero que, es innegable, comparten muchos ciudadanos de izquierda. ¿Populismo? Puede. Pero es un populismo que en tan sólo unos meses consiguió llegar al Congreso de los Diputados, hito nada despreciable, y que sin duda ha encontrado una base social. Al tiempo, otras corrientes internas del Partido exigen también giros más a la izquierda y atrevimientos ejecutivos sobre determinadas cuestiones sociales. Y hasta la última agrupación municipal llegan los debates, irrenunciables por otro lado para la izquierda. Nuestros vecinos franceses también asisten a una variedad lógica de corrientes, aunque en este caso todos lo hacen desde la oposición. Pero no pasa nada, el debate es sano, es necesario y es enriquecedor si al final se llega a algún sitio.
Por tanto, ¿debemos tener miedo a la escisión? Creo que no. El único miedo que debe tener la izquierda es su oponente natural, la derecha, y que sean sus mensajes los que calen en la sociedad, cosa fácil si la izquierda se dedica poco a ella y más a resolverse a sí misma. Alguien se inventó que las fisuras internas dañan la imagen, y lo acepto. Pero que sean entonces fisuras externas: los ciudadanos entenderían debates ideológicos si cada uno estuviese en condiciones de defender su posición con claridad, hecho imposible si dichas posiciones se arropan bajo idénticas siglas y toman aspecto de lucha por el poder -que es de lo que verdaderamente hay que huir-. Al final podría pasar que el votante no sepa ni qué votar ni qué está votando, por la enorme amalgama de valores que pueden llegar a conjugarse en una misma papeleta.
Toda esta cuestión se vive también en las filas de la derecha, de manera especialmente amarga y antinatural en España, como yo mismo comentaba hace unos meses.
Volviendo a la Asamblea de Izquierda Unida e intentando centrarme en esta cuestión en concreto, creo firmemente que los dos partidos que este fin de semana han discutido su futuro -el PCE por un lado y la verdadera IU por otro- conseguirían mucho más por separado: confianza de sus votantes, claridad en los mensajes, cercanía con la sociedad, eficacia en el trabajo, definición en los programas... Y aspecto. Un aspecto mucho más razonable que permitiría espacio electoral para todos, mucho más que ese exiguo diputado que ni siquiera pueden repartirse como buenos hermanos. Y entonces hablaríamos de ideas y después de urnas, no de quién se impone a quién en un Congreso dejando huérfanos a la mitad de sus posibles votantes -ver frase "no, tampoco vale como estrategia electoral"-.
La otra pregunta que me hago es si la izquierda tiene tanto hueco en la sociedad como hace unos años. A mí me explicaron que la historia es cíclica, y ahora a Europa "le toca" derecha: la mayor parte de sus países tienen gobiernos de esta orientación ideológica, con excepciones como la española. Paralelamente, en las últimas elecciones Izquierda Unida sufrió la mayor debacle electoral jamás conocida por la formación, viéndose recluida a un sólo escaño (el otro, en realidad, es compartido). En esos mismos comicios el PSOE fue acusado por algunos de un profundo viraje a la derecha mientras la propia derecha, con una política más activa de enfrentamiento y radicalización que nunca, fue compensada con 5 escaños más.
Al margen de los análisis electorales concretos, que se podrían hacer, ¿no es cierto también que la sociedad es ahora más de derechas, o que ha perdido aquellas señas de identidad que le hacen ligarse a la izquierda? A esta pregunta no contestaré hoy, que ya os he aburrido mucho.
El PSOE, su izquierda y los críticos
Últimamente al PSOE le están saliendo muchos detractores entre los que algún día fueron o pretendieron ser importantes dirigentes del partido. No me refiero sólo a los más famosos, como Rosa Díez o el neoalgo al que invitan a seguir sus pasos, Joaquín Leguina -sí, ése que tiene un agujero negro en su blog personal que hace que se pierdan cosas de forma milagrosa-; me refiero también a los detractores ideológicos, como Jordi Sevilla.
Ya, ya lo sé. Usted se está preguntando por qué excluyo a Rosa Díez o a Leguina de los detractores ideológicos. Pero si quieren la respuesta, está, como siempre, ahí fuera. En la historia, en sus propias palabras, en sus actos y en su labrada imagen de. De, sin concluir. Hay cosas que no es necesario explicar, mucho menos cuando se acerca el Congreso del partido y algunos toman posiciones. Sus posiciones. Menos los que optaron por irse y dejarse notar a su manera, desde fuera. Pero hablaremos de ellos después.
Antes, hay otras cuestiones sobre las que sí es bueno reflexionar. Y a ellas voy. Desde que leí este artículo del 9 de junio escrito por el ex Ministro del Gobierno de Zapatero, estoy pensando en qué estaría pensando él al escribirlo. Básicamente, viene a decir que no hay diferencias entre izquierda y derecha; asume pues Sevilla que "todos los políticos son iguales", esa vieja consigna abstencionista de la derecha de toda la vida. Y me pregunto, ¿si ya ni los líderes socialistas creen en esa diferencia, podemos hacerlo nosotros? Me lo están poniendo difícil, muy difícil. Pero no lo van a conseguir: yo sigo creyendo, aunque añadiendo a mis creencias casi religiosas la convicción de la enorme ineptitud que se extiende, más rápido que la pólvora, entre los líderes del socialismo español. Y permítanme decir, que muchos de ellos se equivocaron de siglas. Al PSOE le vendría muy bien que éstos siguieran el primero de mis ejemplos, salieran del armario, y se fueran a donde en realidad camparían con absoluta comodidad.
Siempre han existido dos posturas con respecto a las estrategias de partido. Están, por un lado, los que piensan que las discrepancias se deben quedar en casa porque el debate público no es interesante a la hora de enfrentarse a los futuros retos electorales. Por otro, los que creemos que si una formación política está viva, y quiere parecerse e identificarse con una sociedad, debe actuar y ser como ella; mucho más si se trata de una formación de izquierdas. Puedo entender que en la derecha exista el alineamiento sin más, el Sí al más puro estilo orwelliano. No lo entiendo sin embargo en la izquierda, no es ésa su razón de ser y existir. El debate la hace fuerte, la hace interesante, la hace diferente y, en efecto, la hace ser. Si en la izquierda se asumen las cosas tal y como las entienden sus oponentes, se alcanzan las ambigüedades que en estos momentos se están produciendo en política social o de inmigración. Ambigüedades que se convierten en complejo que obliga a seguir a la derecha, pensando que ella tiene más alcance entre la sociedad en según qué cuestiones, un concepto seguro incorrecto -y en caso afirmativo, ¿no éramos nosotros los de las luchas justas aunque costasen la derrota?-. Deberían volver pues esos tiempos en los que la izquierda lideraba con claridad la respuesta y la reflexión social ante los temas que importan, y abandonar los actuales en los que los juegos de palabras, las frases y los modos estéticos parecen contar más.
Admiro los debates ideológicos, los partidos políticos y organizaciones en los que todo se pone en cuestión con el afán de mejorar, de reflexionar para convencer. Nunca tomaría parte de un proyecto cerrado, opaco, sectario, hermético o inamovible, en el que sólo exista una voz única y no tantas como forman parte de él. Lo que no admiro tanto son los debates de cuota. De cuota por el poder. Y parece que de esos hay muchos en todas las formaciones, escondidos en aparentes discrepancias de pensamiento que no son tal. Nadie se salva: ni el PP, con sus espectáculos congresuales; ni el PSOE, que veamos cómo sale en algunas federaciones; ni digamos Izquierda ¿Unida?, con su Partido Comunista anclado en las trincheras y aspirando a ser aceite, siempre por encima del resto de la ¿coalición?
Desde esa admiración por el debate y la pluralidad ideológica bien definida sería difícil entender a qué se debe mi profunda y sincera... voy a llamarla animadversión, por el mencionado Joaquín Leguina. Y se debe únicamente a que no me puedo creer esa diferencia teórica que lo separa del PSOE que en otros tiempos le daba de comer. Tal vez ese plato en la mesa sea el verdadero problema.
¿Hay tantas diferencias entre el grupo que lideraba Felipe González y el de Zapatero? Las verdaderas estriban, a mi parecer, en el cambio de época. No hace falta ser un lumbreras para darse cuenta de que hay sustanciales evoluciones que han provocado que la España del 82 no se parezca demasiado a la de 2008 -que ya lo explicó muy bien, en su día y a su manera, Alfonso Guerra-. Son muchos los críticos que desde otras ideologías hacen mención a más de trescientos sucesos acaecidos desde los días Pablo Iglesias hasta ayer por la tarde para erosionar a los socialistas españoles, sin entender que poco tienen que ver aquellas luchas con las nuestras, porque poco tiene que ver aquel país con el nuestro. Tampoco el partido, tampoco los líderes. Lo que me parece aberrante es que existan "intelectuales" del propio socialismo que no entiendan esa evolución, que no comprendan que el PSOE tiene que caminar al mismo ritmo que lo haga el conjunto de los españoles; que para partidos rancios ya están otros. Y si no entenderlo ahora significa un brusco cambio en la trayectoria de quien emite mensajes así, sólo puedo entrever una cuestión de intereses. El PSOE -se supone que también los demás partidos- se hace y rehace, y lo deben formar un grupo de militantes con unas ideas comunes para arreglar los problemas de hoy. Atendiendo a su historia, siempre; pero mirando de forma inquebrantable hacia el futuro. Progresar, progreso; esas son las supestas palabras cumbre. Cambio, dice el lema del trigésimo séptimo Congreso. Avanzar, es lo que ello implica.
Pero surge, como digo, el rastrero interés. Y no hay más que ver que algunos sus discrepancias siempre las gritan reivindicándose a sí mismos. Dice Leguina en su blog: "José Blanco, Secretario de Organización del PSOE, olvidándose (sólo por un momento) de fustigar -con su preciso y siempre ilustrado verbo- a su paisano Rajoy, nos ha soltado en Alcalá una encendida regañina dirigida a los afiliados del PSM, conminándonos a superar “viejas recetas y discursos trasnochados”. “Si un partido no cambia, la sociedad lo manda directamente a la oposición”, añadió el líder. “La sociedad no vota a quienes sólo se miran a sí mismos”, advirtió a los navegantes del PSM. “Los ciudadanos no perdonan a quienes no dan una respuesta a sus necesidades e inquietudes”, concluyó. La primera pregunta que viene a la mente después de escuchar a José Blanco soltar esa soflama por la radio es la siguiente: ¿a quién dirige sus críticas este hombre? Porque, al hablar de viejas recetas y de discursos trasnochados, no estará pensando –hemos de suponer- en quienes ganamos varias veces las elecciones en Madrid". Vaya por delante que a mí José Blanco, Pepe Blanco o Pepinho -a elegir- me cae como una patada en la mismísima rabadilla. Pero necesariamente, al leer al Señor Leguina, la primera pregunta que me viene a la mente es la siguiente: ¿a quién se refiere cuando dice "quienes ganamos varias veces las elecciones en Madrid"? Supongo que será al mismo, a él mismo, que las perdió en 1995 dándole una victoria por mayoría absoluta a un Gallardón al que siempre despreció, con esa misma prepotencia con la que hoy se permite dar lecciones. ¿No tiene ninguna responsabilidad el único Presidente socialista de la historia de la Comunidad de Madrid en que sus ciudadanos no hayan querido repetir? La humildad nunca es mala. Nunca. Y por seguir con situaciones dantescas, me ha recordado a "esos" socialistas madrileños que reniegan del presente Secretario General del PSM, Tomás Gómez, porque dicen -es la excusa menos elaborada que he visto nunca- que "ha perdido muchos votos". Efectivamente, así es. En el año 2003 el alcalde de Parla -el más votado de España- obtuvo en las elecciones municipales un 75,35% del apoyo popular y 20 de 25 concejales; mientras que en el año 2007 se quedó en el 74,43% y -oh- 20 de 25 concejales. Efectivamente, el descalabro es, cómo decirlo, espectacular. Como espectacular es que la maquinaria sectaria de -parte- de su propio partido no le permita hacer oposición porque algunos prefieren una Esperanza fuerte a quedarse ellos con el trasero sin sillón. La verdad, no sé en cuál de las corrientes autonómicas actuales se encuentra el señor Leguina, pero viendo que apuesta por él mismo, deduzco que apuesta por los perdedores. Tampoco es que me importe.
Discrepancia siempre. La admiro, me encanta. De hecho, no me suelen caer bien quienes siempre me dan la razón; es... hasta aburrido -saludos especiales a mi comentarista anónimo, que me endulza la vida-. Pero aquellos cuya única ideología es el poder y sólo el poder y siempre Su poder dan tanta pena como rabia. Más de la una que de la otra. El próximo fin de semana el PSOE tiene una oportunidad irrepetible para demostrar a los ciudadanos españoles que siguen siendo la bandera de la izquierda. La del 'cambio'. Hablando más que nunca de ideas o soluciones y menos de personas -especialmente ahora, que no parecen existir dudas sobre quién lidera el proyecto-. Que el puño cerrado -el de verdad- saque de nuevo su energía y golpee la mesa. Que oriente la política por el camino ideológico que muchos esperan, y que se recuerde a tanto superlativo nombre propio que éstos no importan, no más que las cuatro siglas que los acogen. Porque, señor Leguina -y tantos otros-: los socialistas también se mueren, lo que quedan son sus conquistas. ¿Por cuáles lucha usted, por cuáles los incapacitados e incapaces olfateadores en busca de su cacho de tarta? ¡Son tantos! Pero confío en que ninguno nos haga perder la confianza.
Estamos a tiempo.
Comparaciones odiosas para finales naturales
Ya se sabe lo que se dice de las comparaciones: que son odiosas. La que voy a realizar hoy seguramente lo sea a ojos de muchos. Voy a comparar a Izquierda Unida con el Partido Popular -o viceversa-. Sí, y no me voy a poner 'colorao' ni nada.
Hablando de conceptos arraigados en la tradición popular, me viene a la mente aquel de la indisoluble unidad de la derecha y la división natural de la izquierda. De entrada hay que señalar que ser de izquierdas comporta un aspecto crítico incompatible con el voto más "instintivo" de la derecha. Pero el apartado que quiero referir en este artículo es el orgánico.
En este país la izquierda tiene dos referencias visibles: el PSOE (esto siempre bajo discusión) e Izquierda Unida. En la derecha hay una: el Partido Popular.
Hablando de la izquierda hay dos circunstancias que destacar. La primera es que las personas simples (no lo digo en sentido peyorativo) suelen meter en el mismo saco a un socialdemócrata, un socialista, un comunista y hasta un nacionalista si el susodicho es de ERC -en ocasiones también si hablamos de CiU o PNV, pero a los que llegan tan lejos cabe aplicarles el sentido insultante de la simpleza, aunque sólo sea por el burdo atrevimiento-. Sin embargo, el que haya leído en su vida más de dos párrafos de algo sensato sabe que no es así -nada más lejos- y puede diferenciar fácilmente conceptos que llegan a ser opuestos. Algún votante del PSOE llega en ocasiones a entenderse mejor con unos del PP que con otros de IU, pero la naturaleza de las cosas obliga a los representantes políticos socialistas a buscar los acuerdos de gobierno y gestión con lo que esté más a su izquierda que a su derecha. Por explicarlo gráficamente voy a usar el tema nacional más recurrente: el Real Madrid es enemigo del Atlético y del Barça, pero desde luego lo es mucho más de este último. Pues eso.
La otra circunstancia especial se da en Izquierda Unida, que no es un partido sino una coalición de ellos; un verdadero "batiburrillo" de ideas, sensibilidades e intereses -sobre todo eso- diferentes. IU aglutina de forma antinatural a especímenes de lo más diverso, que en ocasiones tienen tanto en común como una jirafa y un escarabajo pelotero, y que al formar gobiernos -por ejemplo municipales- con el PSOE aumentan el parecido y las similitudes de todos sus miembros a las que pudiera haber entre mi almohada y el planeta Júpiter -no digo que no los haya, pero es dificil verlos-. Sin embargo, sabemos que las instituciones deben ser gobernadas y que para ello es necesario acercar posiciones. Un trasvase de votos del PSOE a IU o la inversa suele ser dificil salvo circunstancias especiales, y sin embargo a ninguna de las partes votantes les extraña un pacto posterior entre ambas fuerzas.
El problema se produce cuando los que quieren gobernar instituciones acordando con diferentes no se pueden gobernar a sí mismos por la exagerada heterogeneidad de su composición. Es el caso de IU... y es el del Partido Popular, al que obviamente quería llegar.
No conozco ningún país europeo -no digo que no exista- en que se de la circunstancia de tener un solo partido de derechas en el Parlamento. En principio, la ausencia de la extrema derecha estaría justificada por la cercanía de nuestra historia más oscura, pero no es verdad: la extrema derecha está, así como la moderada y la que lo es a medias. El PP bien podría llamarse "Derecha Unida", es el IU del lado opuesto; una combinación fatal de posturas radicalmente alejadas que de momento ha salido adelante con un juego estratégico más o menos eficaz pero que tenía que acabar estallando. Ése es el estallido que estamos viviendo, y la estrategia de concentración ha caducado. Ya ni los que aman la simpleza ni aquellos a los que les gusta profundizar podrán seguir tragando con que también en la derecha es todo la misma cosa, aglomerada bajo el estandarte de la gaviota. Está claro que no es verdad.
Lo que ahora no tendría ningún sentido tras dos derrotas electorales consecutivas, la actuación de oposición de la pasada legislatura, el espectáculo dantesco que se está dando y el suceso inédito de que para hoy haya convocadas dos manifestaciones enfrentadas entre militantes de un -supuesto- mismo partido es que el PP aparcase el siguiente paso: la escisión de una de las partes. O bien se va la ultraderecha o bien lo hacen los "moderados", pero una de las mitades tiene que formar su propio partido. Es el estado natural de las cosas. En estos momentos el PP está construído sobre el engaño de una cohesión irreal, y si no existe valentía para salir del calor del gigante las urnas y el propio desgaste de la lucha interna hundirán a la formación. Estoy convencido de que Gallardón y Aguirre podrían pactar perfectamente un ejecutivo sabiéndose líderes de su parte y mensajeros de un electorado claro. Pero si se empeñan en que el triunfo de una parte sobre la otra debe producirse dentro de las mismas siglas que ahora los reúne -que no une- es seguro que también la parte victoriosa perderá a los votantes de la derrotada, abocando al PP a una crisis de las de verdad.
Federico y Pedro J. -que aunque no lo creamos son influyentes con los suyos- han hecho que ese camino sea ya imparable. El problema es: ¿quién se va? De momento parece que el ala dura se está agrupando fuera. Ningún divorcio entre esposos es fácil, y en este caso la niña es todavía muy pequeña como para preguntarle a quién quiere más.
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