Cuaderno de un veinteañero
Periodismo y política: dos caminos bloqueados con los que alcanzar metas comunes. ¿Abrimos?
Políticos, generaciones y sorpresas
Cuentan hoy en cadenaser.com que los nacidos desde el 82 -bendito mundial- somos trabajadores menos productivos. ¿Y dónde está la noticia? Los valores aprendidos y la educación -escolar y paternal- recibida no hacían presagiar nada mejor. Pero si las mentes lúcidas que han hecho este estudio quieren sorpresas, ya verán lo que viene detrás: la generación ESO-Play nos va a desbordar. Por otro lado, es curioso que en España sigamos confundiendo "productividad" con "horas en el trabajo", pensando equivocadamente que hay que valorar más al empleado que entra sin sol y sale sin él, cuando muchos producen la mitad que alguno que se va a las cinco. ¿En qué empleamos nuestro tiempo de trabajo? Si los españoles somos de los que más horas extras echamos y al tiempo estamos a la cola de la productividad europea, algo está fallando. Vamos, digo yo. Y en eso no hay generaciones, hay ineficacia empresarial.
Pero esta generación -hoy me he enterado de que se llama 'Y'- soporta también el infujo de extrañas corrientes humanas. Ese extraño ser desconocido, llamado "político", no deja de sorprendernos. Uno de los titulares llamativos del día lo protagoniza un despiadado dirigente 'popular' que ha sacado a la luz unas comprometidas grabaciones de sus compañeros en las que muestra aquellas cosas que deben quedar para el ámbito privado. Todos nos hemos llevado las manos a la cabeza al escuchar a un concejal decir "el fin del partido no es el bien de Gijón [podría haber sido cualquier otra ciudad], sino ganar". ¡Y todos a gritar! ¿También esto nos sorprende? Si algo deberíamos haber aprendido en nuestra corta etapa democrática es que hay dos clases de políticos: los que viven para la política y convencidos de sus ideas, y los que ponen ésta al servicio de sus intereses personales. De los últimos, por desgracia, hay suficientes para exportar. A mí pues, no me sorprende que haya especímenes con ese pensamiento ocupando cargos públicos, a mí más bien me parece llamativo que tengan la suficiente poca vergüenza -o carencia de inteligencia- como para decirlo abiertamente. A pesar de todo pueden estar tranquilos: por ese pequeño 'delito' verbal no tendrán que abandonar la política y podrán seguir haciendo de ella su personal mercado especulativo -que le pregunten a Zaplana-. Pero sí, estos políticos representan a una generación que no es la nuestra y de la que al parecer tenemos que aprender.
Otro concejal, en este caso de ICV, ha tenido la decencia -menos mal- de pedir disculpas por publicar en su blog este cartel animando a apadrinar niños extremeños. Contra él -sí, contra, contra- tenía preparada toda una batería de lindezas con las que no pensaba dar de mí la imagen de moderado que está de moda. Sin embargo, he considerado ese hecho: ha pedido disculpas. Y como es tan poco habitual en este país y casi comparable a los orgasmos democráticos de aquel que sabemos, los guardaré para otro día. Eso sí, no puedo marcharme sin decirlo: nacionalismo, insolidaridad e incultura van siempre de la mano; y debo agradecer que siempre haya energúmenos dispuestos a que no lo olvidemos. No sea que algún día nos convenzan.
Patriotismo
La victoria de la selección en la Eurocopa me alegró profundamente, no sólo por el hito futbolístico -que me suele importar bastante poco- sino porque ha servido para que ocurran hechos excepcionales en nuestros pocos años de democracia. Cosas tales como que uno de los gritos más coreados sea "yo soy español, español...", que la bandera de todos no se convierta en un símbolo de encasillamiento político o que lucir los colores no sea motivo de insulto. Un gran paso para un país que ha derribado miles de complejos al tiempo: deportivos sí, pero también políticos, históricos o sociales. Es lamentable que la prensa internacional más prestigiosa lleve años hablando, y lo haga ahora con más fuerza que nunca, de lo admirable que es España por su fuerza, por sus políticas progresistas, por sus profesionales en todos los campos del arte, del deporte, de la política o de la ciencia; y que seamos nosotros los que renegamos de esa posición de referencia.
Espero, eso sí, que ésta no sea una excepción, sino el comienzo de un nuevo camino que grabe a fuego un patriotismo de verdad. ¿Cuál es ése? El que no está basado en rancias pretensiones ni nostalgias, sino en un respeto profundo por los orígenes y por lo que representa la idea plural de una nación -de naciones, de territorios o de personas, como cada uno quiera- que ha sabido entenderse y convivir. Sí, entenderse y convivir aunque pudiera parecer lo contrario. Siempre he dicho: "la patria es un sentimiento", y a mí me resulta indiferente si uno se quiere sentir español, leonés, gaditano, europeo o de su casa; pero dejemos que cada cual marque su camino sin recelos ni sospechas. Dicho de forma simple: me siento español, no soy "facha".
Este patriotismo que defino, el de las personas que libremente quieren expresar su afinidad, cariño o identificación por un lugar, una historia o un proyecto común es muy diferente al otro, al de la bandera con palo para atizar, al del sentimiento de superioridad y al de la falta de respeto a la diferencia o la pluralidad. Y en este caso, se ha visto perfectamente retratado. El hecho de que millones de personas salgan de su casa con banderas rojas y amarillas no ha debido gustar mucho a los del brazo derecho en alto. Muchos de ellos preferían que la selección volviera pronto a casa porque Cuatro, la cadena de "rojos de mierda", era la que emitía el evento -la misma que ha conseguido significar a toda una afición con su bandera y con una Plaza de Madrid que antes tenía otras connotaciones, eliminando al tiempo otra negativa y puramente política sostenida sobre el color rojo-. Uno de mis mejores amigos bromeaba diciendo que ahora ellos, enfadados, se cogerán la tricolor para seguir siendo diferentes, superiores. No amigos, la bandera, como el país, es de todos, como las 46 millones de formas posibles de entenderlo. Y sería bueno que la izquierda dejase de regalar los símbolos comunes a quienes se apropiaron indebidamente de ellos, empezando a reivindicarlos como propios al conjunto de ciudadanos. Qué patriotismo, qué españolismo: el que se alegra de que las cosas vayan mal si con ello se erosiona a determinado partido en el Gobierno, el que prefiere una España famosa por lo casposo, lo vetusto y apolillado que por sus avances sociales, por sus artistas o por sus deportistas. Oh, y ya que estoy, hago un paréntesis. Porque para el caso también hay que señalar a los indignados porque su amado Raúl no estaba en Viena; lo que ya de paso sirve para recordar que los buenos equipos, en fútbol o en lo demás, no se fabrican a base de mitos, leyendas, pasiones personales y fuerza mediática con intención de venta, sino con cabeza, esfuerzo, realismo y profesionalidad. Si extrapolamos el ejemplo a la política, muchos miembros de ejecutivas en partidos de uno y otro bando y altos cargos públicos deberían salir corriendo avergonzados, porque ni están donde deben ni haciendo aquello para lo que fueron preparados: son sólo etiquetas de una marca o préstamos de una amistad.
Los otros que se han definido y mostrado tal cual son los siempre demacrados, atizados y maltratados nacionalistas. Los otros nacionalistas, me refiero; no los españoles sino los catalanes, vascos y gallegos. Esos que se sienten odiados por el españolismo centralista pero que prefieren que gane cualquier selección deportiva extranjera a que lo haga una española -española, de la misma España que los integra; y obviando siempre a los miles de seguidores que llenaron las calles de sus ciudades más simbólicas e independientes con la bandera del mal-, los mismos Urkullu que animan a Rusia o la misma ERC que cuelga banderas alemanas en su balcón. Por provocar. Sólo por el ánimo del odio y la provocación. Por desgracia, los extremos egoístas y prepotentes, los extremos nacionalistas, siempre se ayudan unos a otros, se alimentan para seguir vivos: tanto crece uno, tanto suma el otro. Por ello, los teóricos del "España se rompe" han sacado a la luz su particular visión sobre el denostado castellano en un manifiesto que provocaría mi carcajada si la situación no fuera la que es. Pero ante cosas tan serias, es mejor no reírse.
Mientras los atrincherados del siglo XXI siguen a lo suyo, sería bueno que otros intentáramos la consecución de logros más interesantes. Igualdad, justicia, progreso, crecimiento, respeto, diálogo, educación. Eso es patriotismo. Patriotismo son personas.
¿Qué hay de mañana?
Ibarretxe ha salido de Moncloa visiblemente enfadado, y no entiendo por qué. Estas reuniones sorprenden -a la par que causan indiferencia- al público llano por el enorme absurdo que las sostiene: ambas partes saben lo que piensa la otra, saben lo que el adversario va decir y al saber también que la parte contraria no va a ceder un ápice en su posición inicial... saben cómo acabará.
¿Por qué se celebran entonces? Por puro formalismo, tal vez; por probar, tal vez; por que se hable del tema en cuestión... puede ser. Pero al final el ciudadano normal no entiende nada. A la salida del "coloquio" Ibarretxe, erigido en héroe de salvación nacional, dirá que luchará contra viento y marea por sus férreos principios. Vale. Los socialistas, muy correctos, sacarán a relucir las frases de manual sobre el Estado de derecho, la Ley, la Constitución y todo lo demás que ya hemos aprendido al dedillo. Bueno. Y el PP... en el PP se abren varias opciones, según tengamos el día; pero seguro, seguro, seguro que la respuesta de Zapatero al lehendakari no ha sido lo suficientemente contundente. Incluso, si se da el caso, habrá algún comentario ¡inquietante! sobre la negociación con ETA.
Lo verdaderamente lamentable es que en este país no hayamos aprendido tras nuestra rica y extensa historia que la voluntad de diálogo y acuerdo es la que alcanza logros y objetivos políticos o sociales. Preferimos, o prefieren nuestros gobernantes, mantenernos sumidos en el enfrentamiento que alimenta su poder, que radicaliza a la masa para sostener a los necesarios salvadores de trapo. Así las cosas, para unos los ¡españolistas! son muy malos, para otros los ¡nacionalistas radicales! son también el demonio con cuernos... y el resultado es que ETA sigue asesinando ciudadanos inocentes y servidores públicos.
Los extremos se alimentan entre sí, se necesitan para subsistir. Ayer precisamente aparecía a dar lecciones el Quijote navegante -melena al viento- que dejó como herencia de su última etapa de Gobierno una Esquerra Republicana -por poner un ejemplo- crecida, con parte de Gobierno en Cataluña y con más escaños que nunca en el Congreso de los Diputados. Porque no, no se engañen, el poder de Esquerra no surge de la malicia de Zapatero, sino como respuesta al extremismo asentado en Moncloa durante cuatro años y que ahora ha desaparecido a base de talante y normalidad -con el consiguiente resultado en la configuración del nuevo Parlamento-.
Hoy nos visita en portada informativa el otro enloquecido, al que siempre se caricaturiza como protagonista de una famosa película de ciencia ficción. Parecidos físicos aparte, lo suyo es pura novela: Ibarretxe vive en una irrealidad lamentable y peligrosa, el peligro del esquizofrénico que no entiende lo que tiene delante y que muestra todos sus síntomas: pensamiento desorganizado, delirio, alteraciones perceptuales, conductuales... Y así estamos como estamos.
Voluntad de diálogo, de cambio, de avance. ¿Pero qué voluntad van a tener estos personajes? Llevamos años asistiendo a un enfrentamiento de extremos -PP versus nacionalismos- con un PSOE en medio que no sabe dónde meter la cabeza y que ha salido muy bien parado para lo que podría haber sido una historia con final catastrófico. Ahora el PP está dormido -teniendo pesadillas, diría yo- y entre tanto el PNV se dedica a provocar: que si queremos una consulta, que si os llamamos torturadores asumiendo el discurso terrorista, que si decimos que somos buenos pero aprovechamos para llamar a filas al voto abertzale (que es el voto "patriótico", nada menos)... que si queremos más, y más, y más, y mucho, mucho más. ¿Y qué aportáis? División y enfrentamiento a una sociedad harta y cansada. Harta, cansada y encima amenazada. Porque sí, como dijo el filósofo Urkullu: "ETA además mata". 'Aibalahostiatú', ¡menos mal que de algo se han dado cuenta!
Si Ibarretxe quiere hablar, que empiece por los políticos vascos y olvide sus grandiosas pretensiones de jefe de Estado. Si el PSOE quiere permitir que la sociedad avance y llegue a metas comunes, que elimine sus complejos y deje de tenerle miedo a la ferocidad del PP. Y si el PP quiere contribuir a su anhelada unidad nacional, no estaría de más que empezase por dejar de alimentar los extremos tal como lleva haciendo ocho años, que vuelva a la senda de la cordura y la política sensata y común.
Hoy Zapatero ha estado correcto. Ibarretxe como se esperaba. Pero el problema es mañana. ¿Qué hay de mañana? Nadie responde. Y sí, ETA sigue matando, eso no cambia: ellos discuten sobre palabras huecas y el pueblo derrama su sangre. Todos en sus trece, muy valientes, muy grandiosos. Pero sin aportar nada, porque nada han aportado ni han querido aportar en décadas de sufrimiento. Aznar, Rajoy, San Gil, Ibarretxe, Urkullu... ¿Por qué los recordaremos? Y Zapatero. Él... él al menos tuvo la valentía y la buena voluntad de moverse e intentarlo. Pero ya se sabe lo que hacen los españoles de bien con las buenas voluntades.
Y ahora... ¿elecciones? Y Patxi Lehendakari. Pues pobrecito. Demasiado coherente y razonable como para tener que lidiar con esta panda de buitres carroñeros, caducos, ciegos, interesados y un par de cosas más que no diré. Por no estropearlo, mire usted.
¿Qué diferencia hay entre un socialista y un nacionalista?
Debate de Política General 2007 en el País Vasco.
Patxi López responde a Joseba Egibar (PNV) en lo referente a la violencia de ETA, la pertenencia y la autodeterminación:
"En democracia la autodeterminación no es un derecho, es una reivindicación".
"Pertenencia vasca no hay una sola, hay tantas como ciudadanos tiene este país. Incluso le diré más: una forma de pertenencia vasca puede ser no sentirse vasco, ¿oh no? La pertenencia, la identidad, la patria... todo eso es un sentimiento".
"Cada uno entiende la patria como le da la gana. Mi pertenencia empieza en un pequeño piso de la calle Coscojales y acaba en ninguna parte; y eso no me hace ni mejor ni peor vasco, eso me hace persona. Y yo hago política para las personas, plurales y diversas. Le dejo a otros que hagan política para las banderas: banderas de nadie porque a nadie representan".
Ésa es la diferencia: para unos, priman los territorios y las banderas; para otros, lo primero son las personas.
Sobre este blog
Cuaderno de un veinteañero
Jorge Barraza
21 años. Estudiante. Vocación de periodista. Apasionado de la política. De izquierdas. Socialdemócrata. Ecologista a mi manera. Lector de lo escrito, hasta de los botes del champú. Amante de la música, de toda. Soy feliz montado en una bici. Dejo de serlo con la injusticia, social o personal. Coherente con mis ideas y crítico siempre, conmigo o con otros. Directo y sin hipocresías. Sin complejos, tampoco para rectificar si es necesario. Encantado de aprender. Mostoleño, madrileño, galego, andaluz. Español. Ciudadano del mundo; junto a las personas siempre, junto a las banderas nunca.
Bienvenido a mi pequeño cuaderno.
jorgebfernandez@gmail.com
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