Cuaderno de un veinteañero

Periodismo y política: dos caminos bloqueados con los que alcanzar metas comunes. ¿Abrimos?

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Patriotismo

Escrito por: jorge el 02 Jul 2008 - URL Permanente

La victoria de la selección en la Eurocopa me alegró profundamente, no sólo por el hito futbolístico -que me suele importar bastante poco- sino porque ha servido para que ocurran hechos excepcionales en nuestros pocos años de democracia. Cosas tales como que uno de los gritos más coreados sea "yo soy español, español...", que la bandera de todos no se convierta en un símbolo de encasillamiento político o que lucir los colores no sea motivo de insulto. Un gran paso para un país que ha derribado miles de complejos al tiempo: deportivos sí, pero también políticos, históricos o sociales. Es lamentable que la prensa internacional más prestigiosa lleve años hablando, y lo haga ahora con más fuerza que nunca, de lo admirable que es España por su fuerza, por sus políticas progresistas, por sus profesionales en todos los campos del arte, del deporte, de la política o de la ciencia; y que seamos nosotros los que renegamos de esa posición de referencia.

Espero, eso sí, que ésta no sea una excepción, sino el comienzo de un nuevo camino que grabe a fuego un patriotismo de verdad. ¿Cuál es ése? El que no está basado en rancias pretensiones ni nostalgias, sino en un respeto profundo por los orígenes y por lo que representa la idea plural de una nación -de naciones, de territorios o de personas, como cada uno quiera- que ha sabido entenderse y convivir. Sí, entenderse y convivir aunque pudiera parecer lo contrario. Siempre he dicho: "la patria es un sentimiento", y a mí me resulta indiferente si uno se quiere sentir español, leonés, gaditano, europeo o de su casa; pero dejemos que cada cual marque su camino sin recelos ni sospechas. Dicho de forma simple: me siento español, no soy "facha".

Este patriotismo que defino, el de las personas que libremente quieren expresar su afinidad, cariño o identificación por un lugar, una historia o un proyecto común es muy diferente al otro, al de la bandera con palo para atizar, al del sentimiento de superioridad y al de la falta de respeto a la diferencia o la pluralidad. Y en este caso, se ha visto perfectamente retratado. El hecho de que millones de personas salgan de su casa con banderas rojas y amarillas no ha debido gustar mucho a los del brazo derecho en alto. Muchos de ellos preferían que la selección volviera pronto a casa porque Cuatro, la cadena de "rojos de mierda", era la que emitía el evento -la misma que ha conseguido significar a toda una afición con su bandera y con una Plaza de Madrid que antes tenía otras connotaciones, eliminando al tiempo otra negativa y puramente política sostenida sobre el color rojo-. Uno de mis mejores amigos bromeaba diciendo que ahora ellos, enfadados, se cogerán la tricolor para seguir siendo diferentes, superiores. No amigos, la bandera, como el país, es de todos, como las 46 millones de formas posibles de entenderlo. Y sería bueno que la izquierda dejase de regalar los símbolos comunes a quienes se apropiaron indebidamente de ellos, empezando a reivindicarlos como propios al conjunto de ciudadanos. Qué patriotismo, qué españolismo: el que se alegra de que las cosas vayan mal si con ello se erosiona a determinado partido en el Gobierno, el que prefiere una España famosa por lo casposo, lo vetusto y apolillado que por sus avances sociales, por sus artistas o por sus deportistas. Oh, y ya que estoy, hago un paréntesis. Porque para el caso también hay que señalar a los indignados porque su amado Raúl no estaba en Viena; lo que ya de paso sirve para recordar que los buenos equipos, en fútbol o en lo demás, no se fabrican a base de mitos, leyendas, pasiones personales y fuerza mediática con intención de venta, sino con cabeza, esfuerzo, realismo y profesionalidad. Si extrapolamos el ejemplo a la política, muchos miembros de ejecutivas en partidos de uno y otro bando y altos cargos públicos deberían salir corriendo avergonzados, porque ni están donde deben ni haciendo aquello para lo que fueron preparados: son sólo etiquetas de una marca o préstamos de una amistad.

Los otros que se han definido y mostrado tal cual son los siempre demacrados, atizados y maltratados nacionalistas. Los otros nacionalistas, me refiero; no los españoles sino los catalanes, vascos y gallegos. Esos que se sienten odiados por el españolismo centralista pero que prefieren que gane cualquier selección deportiva extranjera a que lo haga una española -española, de la misma España que los integra; y obviando siempre a los miles de seguidores que llenaron las calles de sus ciudades más simbólicas e independientes con la bandera del mal-, los mismos Urkullu que animan a Rusia o la misma ERC que cuelga banderas alemanas en su balcón. Por provocar. Sólo por el ánimo del odio y la provocación. Por desgracia, los extremos egoístas y prepotentes, los extremos nacionalistas, siempre se ayudan unos a otros, se alimentan para seguir vivos: tanto crece uno, tanto suma el otro. Por ello, los teóricos del "España se rompe" han sacado a la luz su particular visión sobre el denostado castellano en un manifiesto que provocaría mi carcajada si la situación no fuera la que es. Pero ante cosas tan serias, es mejor no reírse.

Mientras los atrincherados del siglo XXI siguen a lo suyo, sería bueno que otros intentáramos la consecución de logros más interesantes. Igualdad, justicia, progreso, crecimiento, respeto, diálogo, educación. Eso es patriotismo. Patriotismo son personas.

Madrid, más que una Comunidad

Escrito por: jorge el 02 May 2008 - URL Permanente

Hoy es el día de mi tierra, el día de Madrid. ¡Ah sí!, que los madrileños existimos. En ocasiones, cuando salgo de mi ciudad -y lo hago mucho- y viajo a otras provincias me da la sensación de que todos los españoles tienen derecho a sentirse orgullosos de su tierra, menos nosotros. ¿Por qué? De entrada, porque si estamos orgullosos y queremos o sentimos el lugar en que hemos nacido, como hacen todos; no se nos representa como ciudadanos con cariño a su región, no, nosotros somos centralistas.

Como estoy cansado (dicho sin ningún respeto, porque no puedo respetar a quien me insulta) de tanta estupidez, voy a explicar un par de cosas a los que tanto odian lo que somos. La primera es que Madrid, esa tierra soberbia, chulesca, autoritaria y con ánimos y actitudes centralistas está formada por más de seis millones de habitantes. ¡Seis! Es la tercera Comunidad con mayor población del país -por detrás de Andalucía y Cataluña- y sin embargo una de las más pequeñas territorialmente.

Y la pregunta… ¿de dónde salen seis millones de personas en un espacio tan pequeño? En la década de los 50 del pasado siglo Madrid tenía una población de en torno a un millón y medio de habitantes, y en 1981 casi alcanzaba los 4.800.000 tras el ‘boom’ migratorio de otras regiones, en menos de treinta años. Tras esa primera explosión migratoria la Comunidad ha seguido aumentando, con una segunda década alcista en los 90 apoyada por el nuevo flujo migratorio, en este caso exterior. Así configuramos la Comunidad de los seis millones de personas actuales.

Traducción: en Madrid, lo que menos hay, son madrileños.

Cuando salgo por las mañanas de casa lo primero que me encuentro en el portal es a la limpiadora, a la que recibo dando saltitos para no pisotear su trabajo. Es rumana. Seguidamente saludo al portero de la urbanización que está barriendo el patio. Es un hombre mayor muy simpático, creo que de Ávila o Segovia, aunque no estoy seguro, al que en ocasiones sustituye un chico peruano. A veces me encuentro de camino con una mujer que viene a ayudarnos con las tareas domésticas, porque estamos todo el día fuera trabajando o estudiando de la mañana a la noche y ninguno podemos hacernos cargo. Es sevillana. Antes venía otra mujer, extremeña, pero se marchó por problemas de salud. También me gusta encontrarme con una vecina catalana, muy del Barça, que suele estar regañando a Miquel, su hijo pequeño (es un trasto, la verdad). Las tardes de verano se junta con dos vecinos del Real Madrid, que van con sus hijos al parque que hay bajo mi ventana, para discutir acaloradamente de ‘galácticos’ y ‘fantásticos’.

Los días que me toca coger el Metro, con un libro y el mp3 de compañía, me siento en la mismísima torre de Babel. Los que hablan castellano lo hacen con acentos de lo más variado, desde Andalucía, hasta Aragón pasando por el País Vasco y terminando en Canarias; cuando no es puertorriqueño, ecuatoriano, cubano o mexicano. Pero también se habla polaco, rumano, ruso, marroquí, francés, inglés y lenguas y dialectos que sería incapaz de reconocer. Benetton podría hacer un anuncio diario en cualquier línea del suburbano de Madrid, con su colorido y su variedad.

Cuando trabajaba, mi encargada era de Perú, y tenía compañeros de Leganés, de Alcorcón… y de Budapest. Había un técnico de Argentina, que no paraba de hablar de su Buenos Aires querido. En clase hice un buen amigo colombiano, y otro de Etiopia.

Cuando llegan los puentes, como este del dos de mayo, la gente está contentísima: “¡¡me voy a mi tierra!!”, dicen. Su tierra. Y las carreteras se colapsan después de que te hayan explicado que en su pueblo van a hacer una romería en el monte y unas rosquillas que están para rechupetearse los dedos. Algunos, más mayores, te hablan con lágrimas en los ojos de como correteaban por su aldea de Ciudad Real antes de tener que coger la maleta para buscarse un futuro. Todas las A, la uno, la dos, la tres y así hasta la seis se convierten en caravanas del recuerdo: reminiscencias de una emigración que existió y que añora todavía hacer el camino inverso, repitiéndolo en cada ocasión. Y Madrid vuelve a tener sus dos millones de habitantes.

Y por la noche llegan mis padres a casa, un cordobés y una lucense, me saludan, ponemos las noticias… y aparece un ignorante (en el estricto sentido de la palabra) diciendo “esto es responsabilidad de los centralistas de Madrid”. ¿Quién, yo? Centralista tú, nacionalista que quiere que sólo se hable de tu tierra y que el Congreso que representa a 45 millones de personas legisle solo para ti con tu minoría de imposición, bloqueo y amenaza. Centralista tú, no yo. Habría que ver si es más centralista algún diputado de mi circunscripción o uno de Badajoz.

Me siento orgulloso, orgullosísimo de haber nacido y crecido en una tierra que ha abierto las puertas a millones de personas del mundo para convertirse en su lugar de vivienda y trabajo, que ha vendido sus tradiciones para adoptar aquellas que vienen de fuera. El Madrid de sus casas regionales donde cada cual representa sus añoranzas, el Madrid donde en San Isidro se escuchan chotis, sevillanas, jotas y muiñeiras. El Madrid en que dos chicos van de la mano, el Madrid que respeta al diferente, el Madrid que ha conseguido ser lo que es sin estridencias ni sentimientos nacionalistas. El Madrid de la tienda tradicional y castiza, el de los chinos vendiendo tallarines en las esquinas de Gran Vía un viernes noche, y el de la tienda árabe. El Madrid donde de hecho no existe un sentimiento madrileño porque ser de aquí significa ser ciudadano del mundo. El Madrid que también tiene sus acentos: si tú puedes decir ‘asúcar’… ¿por qué yo no puedo decir ‘ej que’, y te ríes de mí? Me siento muy orgulloso de ser madrileño y de todo lo que ello representa. ¿Queréis la capitalidad? Lleváosla; y aguantad vosotros las manifestaciones de todo el Estado, los cortes de calles cuando viene un señor muy importante que a mí ni me va ni me viene, los controles policiales insoportables, las amenazas especiales y los insultos constantes. Aguantad vosotros a la marea de apolillados y casposos que tenemos aquí. Aguantad vosotros que os coloquen candidatos paracaidistas porque algunos entienden que Madrid no es una tierra con identidad, ciudadanos y problemas, sino un pequeño corral para el juego de los partidos, de unos y otros. Aguantad vosotros que vuestro alcalde y vuestra Presidenta pasen de su gente, a la que ya no representan, porque sólo pretenden utilizar su posición para saltar a la política nacional. Llevaos también a vuestra tierra a todos los que salieron de ella buscando un futuro, o decidle a vuestros gobiernos que hagan algo para que aún hoy en el año 2008 sigan huyendo: sí, en mi otra tierra, a la que más quiero, la gallega, los jóvenes no se quedan, siguen escapando del abandono miserable de sus instituciones.

Sí, me siento orgulloso de ser de Madrid. Qué pasa, ¿no puedo? Tú puedes decir Viva Galiza Ceibe o Visca Catalunya Lliure y ¿yo no puedo decir Viva Madrid? Pues sí, viva, sin estereotipos ni topicazos rancios. Viva con sus ventajas y sus inconvenientes. Con sus alegrías y sus desgracias. Con su pueblo solidario, humano y abierto que debería destacar por encima de la casta y la caspa que lo gobierna y quiere gobernar. Y con la mejor de sus cualidades, que es precisamente la humildad. Humildad reflejada en esa frase que da la bienvenida a mi municipio y que pronunció Iker Casillas en respuesta a un periodista: “yo no soy galáctico, soy de Móstoles”.

Y viva no como algo que imponer, sino como una parte más de un conjunto de pueblos integrados desde la diversidad. Una parte más que puede ser sensible a un pensamiento, a una nostalgia o a mi memoria personal. Nación, patria: todo eso es un sentimiento. Yo siento Madrid. ¿Puedo? La siento desde el respeto y cariño a todos los demás territorios del mundo, a los que extiendo mi mano. Ciudadano soy de Madrid, como dice mi DNI, pero ciudadano soy del mundo, porque ni tú ni yo somos mejores, ni tu bandera más bonita ni ninguna lengua peor. Las fronteras, ridículas barreras de incomprensión e intolerancia, son un objetivo a derribar, como hicieron esos seis millones de personas venidas desde el último rincón y con las que me encanta convivir. Para respetarnos debemos entendernos: ¿entiendes ahora Madrid? Si entiendes Madrid entenderás mejor el mundo en que vives: variado, plural, con necesidad de respetar al diferente y con sentimientos patrióticos y grandes orgullos internos; pero también con un objetivo mayor mucho mejor y común a todos: las personas. Los nacionalismos -todos- no las respetan, colocando como hacen los palos de los estandartes por encima de las cabezas. Es curioso que pidan respeto y gloria para sí, sin respetar las demás sensibilidades, y en definitiva a las demás personas.

Porque sí, en Madrid, además de políticos de alcurnia y lejanía, aviones, desfiles e historias adulteradas por el interés… hay personas. Y sentimientos que también pueden necesitar respeto, porque también forman parte de una diversidad plural que engrandece España y hace de este planeta un mundo apasionante por descubrir, y que descubrirán los que levanten la cabeza de sus prepotentes ombligos, los de aquí y de allí.

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Sobre este blog

Cuaderno de un veinteañero
Jorge Barraza

Conduzco mis pasiones perdido entre la oscuridad de la política y la inmensidad de un periodismo difuso, luchando contra el tiempo y el ser.

Cuando llegue el día de emprender la marcha, tendré que decidirme por un camino que complete los sueños de un claro destino: aquel lugar que llene mi cuerpo por dentro para resultar constructivo por fuera. Pero antes, he de resolver el gran enigma: ¿cuándo hacerse mayor?, ¿qué es ser mayor?, ¿y cómo se hace?

Si quieres decirme algo, hacer una propuesta o criticarme en privado, puedes hacerlo en jorgebfernandez@gmail.com

Este blog se publica simultáneamente en La Comunidad de El País y en la de la Cadena SER, y junto a más contenidos en cuaderno20.blogspot.com

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