Cuaderno de un veinteañero
Epidemia de idiotez
Estos últimos días he descubierto que vivimos en un país de idiotas.
El principal problema de la idiotez es que suele convertirse en enfermedad crónica, que al Estado le acaba costando tanto o más dinero que el cáncer de pulmón que causan el odiado tabaco y la ignorada contaminación atmosférica. Pero no, hoy no voy a volver hablar de narcóticos consentidos, que no toca. Voy a hablar de la consabida epidemia de simpleza que asola nuestra geografía y que en cuestión de horas se ha extendido como la pólvora.
Hace unos días los economistas explicaban que la crisis que empezamos a sufrir tiene mucho de autoprovocada. Es una cadena, la cadena del miedo. El miedo provoca la desconfianza en el consumidor, el consumidor disminuye los gastos, ante el menor consumo las empresas rebajan su producción, a menor producción ciertos trabajadores empiezan a sobrar: sube el paro. Ya tenemos crisis.
Lo que nunca imaginé es que la ciudadanía de este país, además de provocar crisis, tuviese también la capacidad de hacer un ridículo tan miserablemente gigantesco. Lo que más preocupaba hace unas semanas era la candidatura española al festival de Eurovisión porque decían sus más feroces detractores que nos haría "quedar en ridículo". A mí me parece que el hecho de que ésa fuese nuestra mayor preocupación patriótica es en sí mismo un acto ridículo. Pero ahora, juntos y revueltos, hemos demostrado que definitivamente cada sociedad tiene lo que merece y que es representada por aquello que mejor la define.
Ver a los camioneros cortando carreteras, a la gente haciendo cola en las tiendas como si llegase la guerra -o mejor La Guerra, mayúsculo conflicto- y a miles de conductores agotando el combustible de las gasolineras no sólo me ha provocado ira y frustración, sino unas ganas irremediables de gritar "¡quiero vivir en un país normal!"
Nos hemos vuelto locos. Muerte. Destrucción. Caos. Oh, hermanos, el final está cerca. El virus de la idiotez acabará con todo lo que soñamos. España se ha convertido en cuestión de horas en una versión mejorada y gigantesca de la película 'Rec', en la que los vecinos de un edificio de Barcelona acaban comiéndose unos a otros mientras sufren ataques provocados por una extraña amenaza biológica de dudosa procedencia. No sé si el origen de la nuestra es -como comentaba ayer mi colega Fernando- falta de formación, de información, o simplemente de inteligencia, pero está claro que algo extraño ocurre. La oscuridad se cierne sobre nuestras mentes.
A lo largo de las décadas los políticos nos han convencido de lo innecesario que es el Estado, al que han convertido en un ente abstracto y fornicable por todos. Sí, el Estado es como una puta, de la que te puedes olvidar en tiempos de bonanza conyugal y a la que acudir por todo lo alto cuando las cosas van peor. El problema es que a este extraño empleado del amor ni siquiera queremos pagarle. Nos cuesta horrores. Todos nos hacen creer que lo mejor para el ciudadano es la ausencia de impuestos. Bajarlos es la política a seguir en época electoral, también y de manera incomprensible por los partidos de izquierda. Sin embargo, queremos -y encima nos venden con el mismo pack- una sanidad de primera, una educación de primera y que todo lo que se mueve esté subvencionado. Así las cosas, cuando el bolsillo va bien nos olvidamos del pequeño e ínfimo detalle de que somos integrantes de un colectivo; pero cuando va mal pedimos, exigimos y peleamos por lo que consideramos un derecho irrenunciable. Éste es el valor del Estado para el españolito medio, y el que le quieren dar las empresas y las potencias de poder. Bancos, inmobiliarias... ahora vienen a mendigar un favorcillo porque -por seguir con el símil- la orgía se ha acabado. Tanto es así que vendemos nuestras ideas al mismo precio, siendo liberales o intervencionistas según esté el mercado de la lascivia económica, según interese más lo público o lo privado.
¿Y qué hay de los camioneros? También se suman. El problema de los transportistas es que sus quejas son mucho más sonoras que las demás por su capacidad para paralizar el país. Y partiendo del supuesto "todo el mundo tiene derecho a la huelga" la consigna "paralizar el país" no deja de ser una consecuencia en principio no deseada, ni debería comportar un odio irrefrenable de los demás trabajadores hacia quienes están ejerciendo un derecho. El problema surge cuando éste se convierte en lo contrario: amenaza y extorsión. Ver en pleno siglo XXI a unos energúmenos decidiendo quién pasa y quién no por una vía pública y amenazando, golpeando o destrozando el medio de subsistencia a compañeros que son tan trabajadores y tan perjudicados como ellos me parece intolerable, como lo es que las autoridades lo permitan con su pasividad.
Pero incluso peor que la extorsión es el egoísmo y la insensibilidad. Los camioneros -y lo saben o deberían saberlo- están reclamando algo ilegal, algo que no se les va a dar porque los primeros perjudicados serían ellos, porque medidas similares ya existieron y tuvieron que ser retiradas y sí, porque es ilegal. Sin embargo, se empeñan en hacer de la suya una lucha sin cuartel en la que no importa qué pase por delante o qué esté en juego. ¿Un camión con productos médicos o farmacéuticos? No pasa. ¿Comida? La tiramos. Y mi pregunta es tan simple como ¿es ésta la lucha obrera del siglo XXI?
Sí, la lucha de la estupidez. Porque mientras ellos gritan en pro de la ilegalidad y los ciudadanos llenan sus bañeras con gasóleo por si vienen los rusos a invadir -ya de paso autoprovocando otra subida desorbitada de precios, payasos-; la Unión Europea se carga en Bruselas dos siglos de avances sociales y laborales. Pero ni a Bruselas se va a manifestar nadie, ni del tema se habla en los bares.
Porque esta vergüenza de país, es, sí, un país de idiotas. Y la epidemia no parece tener cura.
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Jorge Barraza
Periodista de vocación, estudiante de profesión y bloguero por afición. Mostoleño de nacimiento, madrileño de sentimiento y europeo por convicción.
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