Cuaderno de un veinteañero

Periodismo y política: dos caminos bloqueados con los que alcanzar metas comunes. ¿Abrimos?

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Entre Móstoles y Valencia. Viaje a los principios

Escrito por: jorge el 23 Jun 2008 - URL Permanente

Una de las cosas que he aprendido en la última semana y media es que hay que ser prudente. Seguramente, si hubiese prometido hace tres meses que iba a escribir todos los días ahora llevaría justo tres sin hacerlo. Por suerte no ha sido para tanto.

Recuperado de mis desarreglos horarios (y hasta hormonales, quién sabe) quiero empezar recordando que Casillas no es San Casillas, ni mucho menos galáctico. No. Es de Móstoles. Ésa es la palabra que define lo que ayer ocurrió: Móstoles. El que no lo vea es que está ciego. Yo no sé qué se respira en el aire de esta ciudad -además de unas dosis considerables de CO2- pero somos la leche.

El otro asunto fundamental que ha ocurrido este fin de semana -no menos histórico que el anterior- es la demostración que ha hecho Mariano Rajoy de lo correcto que es siempre nuestro refranero. Hay uno especialmente importante: "cría cuervos..." Eso han intentado con el gallego ambiguo, sacarle los ojos; pero como era de esperar de una buena creación de La Bestia, el bichito se ha rebelado y tiene ya conciencia propia. Seguramente Aznar pensaba, cuando lo colocó digitalmente en su propia silla, que iba a ser un personajillo de fácil manejo. Y sin que sirva de precedente voy a darle la razón: la pasada legislatura Rajoy fue la perfecta marioneta para el control del sistema de juego que la derecha pensó más acertado para recuperar el poder. Mentira, acoso, y al final derribo. Sin embargo, esta vez no funcionó; y ser así ha servido para que todos reconozcamos a simple vista muchas verdades que habrían quedado ocultas a los ojos de un pueblo admirado ante el poder de los grandes grupos fácticos. Y ha servido, también y sobre todo, para que Rajoy sea ahora -y por primera vez- Presidente del Partido Popular. Sin hilos. Con menos apariencia para las fotografías de portada pero con muchísima más dignidad.

Por ello, si empezaba mi retorno con una lección, lo termino con otra. La política está plagada de "silloneros", de simplones digitalizados y también de personas cualificadas que no alcanzan demasiada gloria. Otras sí, por suerte. Pero sobre todo, está llena de conciencias sin fuerza.

Llevo semanas preguntándome en qué consiste la defensa de unos ideales, de un pensamiento. ¿Los únicos principios que un persona puede defender son aquellos en los que cree? Hay mucho Mariano atado, diciendo lo que nunca pensó, conduciéndose al abismo por propia decisión, acatando la inmoralidad sin más, sumido en una supina ignorancia... o no. Muchos otros piensan que las siglas y el poder están por encima de cualquier consideración. Debo preguntarme sin embargo por qué no vuelven los tiempos del debate, los tiempos en que la discrepancia no se reducía a la batalla por llegar a estar en el Gobierno o mantenerlo frente a toda posible oposición, sino que suponían engrandecer a una sociedad libre y activa. Me pregunto dónde está el tiempo de la militancia política más allá del pago de una cuota. Los tiempos en que todos contaban, con cargo y nombre propio o sin ninguno de ellos. Y no, no hablo de luchas fratricidas entre compañeros, hablo de la necesidad de expresarse libremente para enriquecer a cada formación e ideología. Con respeto y, claro, con lealtad. Hablo de poner el país, la ciudadanía y los principios en los que se cree por encima de las estrategias electorales de falsa unidad -que al final estallan en las manos de quien las provoca, y nunca suponiendo un bien para el conjunto-. Hablo, en definitiva y ejemplificando mi reflexión, de creer más en los diputados laboristas que votaban contra Tony Blair y su locura en Irak que en aquellos otros que seguían la postura oficial porque era, precisamente, la oficial. ¿Quiénes dañaban más la imagen pública del partido?, ¿quiénes más su unidad interna?

El error de la mitad del PP durante los últimos cuatro años es un error asumido como correcto por el conjunto de la clase política y de la sociedad. La consigna general es ¡mantengan la sonrisa a pesar de todo! Aunque dañe al propio partido, aunque dañe al propio país; siempre habrá que seguir la Postura Única.

Podríamos pensar que la confianza de los ciudadanos en un proyecto se dará cuando el proyecto sea transparente a sus ojos, cuando sea sincero y abierto y se note que alguien quiere convencer sobre lo que está también convencido. Podríamos pensar, sí, pero ya ni derecha ni izquierda actúan siguiendo ese estilo, que parece no gustar ni al propio votante. También, también en la izquierda, cuya carencia de debate la conduce a verse inmovilizada frente a los retrocesos históricos en derechos laborales y ciudadanos que vivimos en este tiempo.

Ganaríamos mucho si aprendiésemos a distinguir el debate sano y abierto de la lucha por el poder y el ataque indiscriminado contra el tejado propio. Lo segundo es asqueroso, lo primero es imprescindible. El que no me crea, que se fije en el vecino.

Jorge Barraza.

Por cojones y porque sí

Escrito por: jorge el 18 May 2008 - URL Permanente

La semana pasada tuve oportunidad de leer gracias a un miembro de 'La Comunidad' un artículo de Felipe González titulado ¡Agua va! Me sorprendió especialmente el tono didáctico y conciliador, acostumbrados como estamos a las salidas de su sucesor, mucho menos institucionales y marcadas por el desparpajo que proporciona el otro líquido de la discordia: un Rioja, un Ribera del Duero... qué se yo, cualquier caldo de esta ilustre nación.

Leer en estos tiempos a un político expresándose en estos términos, tan alejado de la trinchera y tan sensatamente razonable en su causa provoca un placer indescriptible -orgásmico, que diría mi colega Zerolo-. Y lo confieso: nunca he sido muy Felipista. Vamos, que yo soy hijo de la generación de Zapatero, de otros estilos y otras causas.

Un buen amigo de Valencia me decía que al debatir sobre el conflicto del agua yo estaba asumiendo una posición partidista y manipulada. No lo creo y de hecho lo niego. Lo del partidismo no va conmigo. Sigo estando en contra del brutal trasvase del Ebro proyectado en el PHN y a favor de la solución aplicada en Barcelona. ¿Por qué? Porque partidismos aparte, a todas luces no es lo mismo, se ponga quien quiera como se ponga. Pero -aquí viene el pero- bien es verdad que mientras yo defendía mi postura sabía que iba a llegar la hora de los matices, porque Cataluña también "is different". Y aquí estoy, dispuesto a hacer todos los que haga falta.

La reflexión es tan sencilla como plantear la siguiente cuestión: durante la pasada legislatura el Ministerio de Agricultura llevó a cabo obras en la Comunidad Valenciana y Murcia idénticas -también se ponga quien quiera como se ponga, que el hecho está contrastado- a la que ahora se hace en Barcelona, y en algunos casos con un aporte mayor en hectómetros cúbicos. ¿Por qué entonces no hablamos de ello? Porque antes eran Valencia y Murcia, y ahora es Cataluña. Y esto lo digo con un doble sentido: los anticatalanistas no necesitaban aparecer, y los catalanistas no necesitaban -lo voy a decir suavemente- tocar las narices como tanto les gusta.

Empiezo a estar cansado -hace tiempo que lo estoy- de esa costumbre de la clase política catalana -que no costumbre catalana a secas- de pasar por encima del bien y del mal, del cielo y del infierno, pisando lo que sea con tal de demostrar su fuerza, su poder y su indiscutible capacidad para atarle los machos a cualquiera que se siente en el sillón de La Moncloa. La prepotencia nacionalista, los discursos grandilocuentes para ensalzar la insolidaridad ¡racial! me hastían de tal forma que sin estos desahogos públicos tendría úlceras constantes.

Que la Generalitat de Catalunya pida agua para el consumo humano y el Gobierno haga lo posible y lo imposible por conseguirla me parece necesario, una obligación. Que la Generalitat de Catalunya defienda que lo que se ha hecho es infinitamente distinto a cualquier cosa que se parezca al famoso y dichoso proyecto de trasvase del Ebro es una obviedad lógica. Pero que la Generalitat haga todo esto teniendo que ensalzar, como siempre, su chulería, es intolerable.

Si ahora se pueden -porque se pueden- llenar las piscinas -que sí, son sólo el 0,05%- el trasvase, minitrasvase, conducción o como queramos llamarlo ya no es necesario. Que la política del agua de una comunidad autónoma cambie de la noche a la mañana -las piscinas no se van a llenar- en función de un interés político -que es lo que es ahora- y no social -como lo era hasta hace unos días- es tan lamentable que el tripartito debería disolverse por falta de coherencia en su principal componente: se llama Partido Socialista de Cataluña. Socialista, de socialismo. O bien ellos han cambiado la postura de su nombre, o bien sus socios les obligan a hacerlo. Sea como sea, es intolerable.

El trasvase, minitrasvase, conducción o como queramos llamarlo no era hasta hace unos días un insulto a los pueblos valenciano, murciano, almeriense o aragonés; pero ahora sí. Ahora sí, porque ya no se va a hacer por necesidad vital, sino con el cómo y el porqué de aplicación constante para los nacionalismos egoístas: por cojones y porque sí -un estilo muy castellano, por cierto-.

Pero vayamos más allá. El debate del agua necesita eliminar la caspa rancia que invade a los más importantes asuntos de Estado. La disponibilidad o no del recurso natural más importante y necesario para la vida es algo que en España, por nuestra situación geográfica y climática ha preocupado a todos los mandatarios desde antes de que existiese la misma democracia, y con ella. Indalecio Prieto ya planeó llevar agua del Tajo a levante. ¿Por qué ahora el debate se escapa de lo técnico a lo territorial?, ¿por qué cada vez el español es más egoísta y más "de lo suyo"?, ¿por qué cada vez razonamos menos desde la cordura común y más desde la víscera sentimental? Es la España del absurdo, la España de bandos aún no superada, la de la desconfianza y el miedo al vecino. La del pro y el anticatalanismo, cuando deberíamos haber superado la idea fascista de que la razón la da el nacimiento o la lengua.

Sí, vayamos más allá. Si hemos encontrado una alternativa a los macrotrasvases que atentan contra el medio ambiente, contra los intereses de unos pueblos sobre otros, de unas profesiones sobre otras, de unos poderes sobre los que no lo tienen... ¿por qué no nos ponemos manos a la obra? Que no se lleve el agua de los agricultores a Barcelona -ahora ya no hace falta- pero que sí se termine la obra, como todas aquellas que tengan que venir detrás. Que se hagan también en Aragón, en Valencia y en Murcia. Que no se aplace otra vez el problema hasta que vuelva a no llover. España va a tener episodios cada vez más repetidos de carencia de agua, y para afrontarlos tenemos dos opciones: matarnos cuando lleguen luchando a corazón abierto, o estar preparados desde la serenidad y la sensatez de un Estado maduro.

Aunque, siendo sincero, no creo que todavía lo seamos. Ni que podamos llegar a serlo.

Jorge Barraza.

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Sobre este blog

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Jorge Barraza

21 años. Estudiante. Vocación de periodista. Apasionado de la política. De izquierdas. Socialdemócrata. Ecologista a mi manera. Lector de lo escrito, hasta de los botes del champú. Amante de la música, de toda. Soy feliz montado en una bici. Dejo de serlo con la injusticia, social o personal. Coherente con mis ideas y crítico siempre, conmigo o con otros. Directo y sin hipocresías. Sin complejos, tampoco para rectificar si es necesario. Encantado de aprender. Mostoleño, madrileño, galego, andaluz. Español. Ciudadano del mundo; junto a las personas siempre, junto a las banderas nunca.

Bienvenido a mi pequeño cuaderno.

jorgebfernandez@gmail.com

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