Moralejas e inmoralejas.

24 Nov 2008

Memoria.

Escrito por: zuperman el 24 Nov 2008 - URL Permanente

El operario del ayuntamiento, ordenado por el juez, fue apartando con un reverente respeto las últimas capas de cal que cubrían el esqueleto que, tiempo atrás sustentó el cuerpo de una persona. Ayudado por una brocha suave, cepilló los huesos blanquecinos, descubriendo roturas múltiples en las piernas, las costillas y el cráneo de aquella osamenta torturada. A una señal del jurista, salió de la zanja y permaneció, inmóvil, junto al borde con la garganta anudada por la congoja y los ojos esmaltados por unas lágrimas a duras penas contenidas. El juez no lo sabía, pero aquellos despojos, restos de alguien desconocido que le habían encomendado identificar y por ende, dignificar, eran del padre del sepulturero que le asistía. El hombre siempre supo que su padre, al que no llegó a conocer, yacía en aquella fosa, separado del resto de compañeros en tan trágico trance porque hasta última hora, los sicarios no sabían si tenían o no que fusilarlo. No en vano, el cura del pueblo les había rogado clemencia a los asesinos para el enterrador del pueblo, que nunca había militado, que nunca había hecho mal a nadie, que era una persona llana, humilde y sufrida, y cuya única falta fue pedir que no ejecutaran al monaguillo, un chaval de catorce o quince años con un cuerpo de veinte que había sucumbido a las veleidades de la política más extrema. El muchacho fue asesinado, y al día siguiente, la caravana del horror que todas las madrugadas recorría el pueblo, paró frente a la casa cuando el enterrador descansaba junto a su esposa embarazada. Le dieron el paseo mientras la desesperada mujer acudía a la Iglesia para rogar al cura que hiciera algo. Y lo hizo, despertó al comandante de puesto, avisó al alcalde y llamó con el único teléfono del pueblo a la diócesis para recabar el apoyo del señor obispo. Ante tal movilización, el capitán del pelotón decidió ir adelantando trabajo, no fuera que el alba, mustia y triste, que se avecinaba los sorprendiera junto a la tapia del cementerio. Cuando todos los detenidos habían sido ejecutados, los verdugos se dispusieron a subir a las camionetas, junto con el aterrado sepulturero, para retornar al pueblo. Fue entonces cuando llego el motorista, emisario de catástrofes, con un mensaje del obispado autorizando el fusilamiento de un inocente más. Como la fosa estaba a medio cubrir, en espera de la redada de la próxima madrugada, el cuerpo del hombre, el mismo que su hijo acababa de desenterrar y ver por vez primera, quedó separado del resto de los ejecutados por unos treinta centímetros verticales de tierra y cal. Por eso lloraba con amargura el operario, que era una persona llana, humilde y sufrida, como su padre que por fin descansaría en paz.

P.D. Es un relato, con retazos de historias que he escuchado por ahí, pero que no se refiere a nadie en concreto. Aunque, por desgracia, cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia.

20 Nov 2008

Vuelta a casa.

Escrito por: zuperman el 20 Nov 2008 - URL Permanente

Algún día volveré a la casa de mi padre, caminando lentamente por la vereda de los sauces, oyendo el sibilante murmullo de las hojas mecidas en la brisa de un otoño temprano. Contemplando el revoloteo de los jilgueros y deleitándome con el aroma del musgo recién hoyado por mis pies. Tornaré sin prisas. Que la felicidad del reencuentro no me distraiga de mi afortunada existencia. Que la satisfacción del cariño recuperado en mi carne, sustituta del frío papel de carta, no me sustraiga de los recónditos parajes que, unidos en un escenario tangible, formaron mi primera infancia. Vagaré caprichosamente por las arboledas que acogieron mis juegos infantiles. Los mil y un matices del sol de poniente reflejado en la paleta de ocres, verdes y anaranjados que estallan en el ocaso, me serenarán el ánimo y me otorgarán, sin duda, la gracia de un poco de paz. Saltaré la valla de la finca de Sebastián, “el tijeras”, y robaré fruta del manzano donde aún estará grabado a navaja aquel corazón herido por Cupido, que tú secaste con tu partida. Pero ya no lloraré más, ya no lo recordaré con dolor. Un manto de tiempo sin cuento, un ungüento sanador hecho de años de tristeza inútil, una pócima restauradora, de semanas y días, de horas y minutos me ha permitido seguir viviendo sin ti. Si, algún día volveré a la casa de mi padre.Y allí seré feliz otra vez

14 Nov 2008

¿Que te hace sentir?

Escrito por: zuperman el 14 Nov 2008 - URL Permanente

Indiferencia, nostalgia, tristeza, alegría...

15 Oct 2008

A mis herederos (I)

Escrito por: zuperman el 15 Oct 2008 - URL Permanente

Los vecinos de la pedanía de Álamo Gordo no podían creer lo que publicaba la gacetilla local:

En el bar, en la peluquería, en la tienda de don Cosme, a la entrada del colegio, en todos los rincones del villorrio, no se hablaba de otra cosa. La mayoría pensaba que el señor Marcial, el anunciante, estaba chocheando. Algunos creían que pronto moriría y, como era soltero y no se le conocía más familia que un perro feo, baboso y desgarbado, había decidido dejar su peculio a cualquiera que no fuese Hacienda. Otros, más malpensados, mantenían que el adinerado caballero buscaba pareja para su vejez sin tener que pasar por la vicaría. Pero la realidad era otra, bien distinta, que solo conocía el interesado. Don Marcial Martín, desengañado de la condición humana, arriesgaba su patrimonio con tal de encontrar a alguien que realmente lo mereciera, siguiendo su estricto criterio. No era una decisión tomada sin meditar, es más, fue asesorado en todo momento por el bufete de abogados que lo asistía normalmente. El presunto altruista era en realidad un misántropo convencido y se tomaba la osada apuesta como una partida de ajedrez que solamente podía ganar, según creía. Claro está que existían algunas reglas que el propio Martín y sus picapleitos redactaron para limitar el más que previsible aluvión de solicitudes. Eran varias normas básicas que se detallaban a los postulantes cuando contactaban con el potencial benefactor. A saber:

- El/la futuro/a heredero/a (en adelante el heredero) debe tener sus raíces en la pedanía de Álamo Gordo, bien por nacimiento o por adopción.

- El heredero debe aceptar el compromiso de no destinar la herencia, en su totalidad o en parte alguna, a fines que tengan ánimo de lucro. Se exigirá declaración jurada ante notario de este punto.

- El criterio de selección es secreto, y únicamente compete a Don Marcial Martín de la Colina (en adelante el convocante) ejercerlo, con posterioridad a una única entrevista con el heredero.

- El heredero, por el hecho de participar, acepta todas estas normas y renuncia a sus fueros o a cualquier tipo de reclamación o acción legal contra el convocante, sea o no el elegido.

Y algunas más de contenido técnico que me resisto a reproducir para no aburrir al lector.

El solitario caballero consiguió que la mayoría de los aspirantes rehusaran presentarse tras conocer los requisitos; pero aún así realizó numerosas entrevistas que iba resumiendo en una especie de diario con tapas de cuero marrón que actualizaba por divertimento todas las noches, con la única compañía y “consejo” de su perro. Entresaco de todas ellas las siguientes, no por capricho; sino por motivos que se conocerán más adelante. La trascripción es literal.

FEDERICO.

“Al principio, nada más entrar, me sorprendió la gallardía y el aplomo de este hombre, de complexión atlética, pulcro corte de pelo y bigote cano exquisitamente cuidado. Debe de rondar los sesenta. La elegante factura de su americana y sus impolutos zapatos charolados de diseño italiano, me hablan de una persona que no necesita para nada el dinero que yo pueda aportarle. El servicio nos ofreció un refrigerio y dialogando con él pude comprobar que estaba ante un ser sumamente inteligente y perspicaz. Cuando le pregunté el motivo por el que deseaba optar a una herencia que evidentemente no necesitaba, me explicó que era consejero delegado de una fundación de ininteligible nombre bávaro que velaba por los enfermos de SIDA en fase terminal que no poseían los recursos suficientes para tratar su mal; bien por su marginalidad social, bien por el ostracismo a que los condenaba el entorno a causa de que el Síndrome de marras seguía siendo una enfermedad maldita.

Federico me dijo que sus representados aprovechaban la circunstancia de que él era natural de Álamo para optar a mi legado. Además dejó bien claro que en caso de ser el afortunado, solamente se harían titulares de la finca de San Genaro Mártir para edificar en ella un hospital especializado en cuidados paliativos destinados a los enfermos objeto de la fundación. La financiación económica la tenían asegurada por sus muchos afiliados. No necesitaban mi dinero, solo mis tierras.

La charla era animada y amigable, pero el sentido de la entrevista no era otro que indagar sobre la persona y los motivos que aducía para hacerse merecedor de ser mi heredero. Por eso, poco a poco, introduje preguntas que me fueran revelando algo sobre Federico y sus circunstancias. Así fue como le planteé mi sospecha de que él podía ser interesado personal en el futuro proyecto, sin por ello menoscabar la noble misión de su fundación. Descubrió al instante el fin último de mi pregunta y me repuso tajantemente que no era seropositivo y que no desarrollaba ninguna práctica de riesgo que pudiera hacer pensar que lo fuese en el futuro. Insistí en sus costumbres a pesar de parecer excesivamente inquisitorial, y le emplacé para que me hablara de su mujer y su familia. No estaba casado, aunque tenía pareja. Sin hijos, ambos tramitaban con ilusión la adopción de una niña asiática. Cercado y casi obligado me confesó, al fin, que su pareja era un cirujano plástico con el que mantenía una relación estable desde hacía varios años y que planeaban casarse algún día, siempre que las circunstancias lo permitieran. Damián, que así se llamaba, había enfermado hacía poco tiempo tras una infidelidad a Federico que éste había perdonado. El compromiso con su pareja infiel era más fuerte que el despecho nacido del engaño, y le prometió estar junto a él en los momentos difíciles que se avecinaban, tenía recursos de sobra y amor sin límite para ello.

No sé que pensar de Federico. Es serio, sus motivos loables, y su sinceridad demostrada. Pero ¿a santo de qué esa primera tendencia a ocultar su homosexualidad y la misteriosa enfermedad de su compañero?¿Pensará que soy un viejo carcamal encorsetado, conservador y homófobo? Habrá que investigarlo…”
CONTINUARÁ.

03 Sep 2008

Intento de soneto a una buena persona.

Escrito por: zuperman el 03 Sep 2008 - URL Permanente

Magnífico en pista deportiva,

Las bolas de tenis son tus saetas

Tu arco, maestro, es tu raqueta

Y tu izquierda, gloria viva


Aunque pueda parecer destructiva

Tanto en hierba, tierra o moqueta

Con tu manera de ser, discreta

Tú siempre ganas de forma creativa


Lanzas dardos de insigne campeón,

Tras la lid sigues siendo caballero

Por eso, Rafa, no tienes parangón


De entre profesionales, el primero,

Tú eres un creador de afición.

Por tu valía, me quito el sombrero.

Acabo de perpetrar mi primer soneto. Espero que me perdoneis.

01 Sep 2008

Incertidumbres

Escrito por: zuperman el 01 Sep 2008 - URL Permanente

En el amor, es mejor la insinuación que la evidencia.

Descubrir bajo el lino la piel apenas sospechada.

Dejar que la imagen mental que construimos complete las lagunas de lo cierto con incertidumbres evocadoras.

Sugerencias que son promesas de futuras conquistas, igual que el aventurero se ilusiona con el relato de un tesoro perdido que ha de ser solo para él.

Incertidumbre por saber si lo mostrado es un guiño de complicidad, revelando solo una ínfima parte de lo que nos será ofrecido cuando seamos capaces de intentar conseguirlo,

o, por el contrario, retazos de intimidad robados al vuelo, involuntarios e inocentes, que nos desvelan algo sobre el otro, que nos acercan más a él.

Creer, sin certezas, que una persona puede quererte, que la puedes conquistar, y al mismo tiempo creer, sin convencimiento, que está todo en tu cabeza, que ni siquiera ha reparado en ti.

Tener miedo al rechazo, a estar equivocado, a provocar desprecio o hilaridad en el otro, o en la otra, y al mismo tiempo ser valiente, con esa valentía nacida de los detalles que solo nosotros vemos y que hacen real lo que puede ser solamente una entelequia.

Sentirse ahíto de pasión y de lujuria ante lo que nosotros interpretamos como una señal y quizás sea solo un tic desdeñoso.

Eterna paradoja, que con unos hechos únicos y reales nos lleva por derroteros completamente opuestos, que te puede hacer llorar de felicidad o reír por despecho, que te empujan al paraíso o te enclaustran en el infierno.

¡Que complicados somos los humanos!

21 Ago 2008

Banderas

Escrito por: zuperman el 21 Ago 2008 - URL Permanente

El velocista no podía creer el correo electrónico que acababa de abrir desde la bandeja de entrada de su portátil. Terminaba de cenar cuando, como todos los días, se acerco hasta la zona wifi para actualizar sus mensajes y encontró uno que le extrañó especialmente, dado que su padre no era muy dado a lidiar con los nuevos ingenios de la tecnología. Lo abrió inmediatamente, con la certeza de que era algo muy importante, para bien o para mal. El corazón le dio un vuelco al leer el texto directo y brutal, sin concesiones a la sensibilidad más elemental: la tragedia había llegado hasta su pueblo, su amigo del alma, que no lo había acompañado hasta la competición por motivos económicos ya que pensaba casarse en breve y arañaba hasta el último duro para los gastos, había perecido en un accidente junto con otras muchas personas del pueblo y muchas otras más forasteras. La primera reacción fue de incredulidad y estuvo tentado de tomar el teléfono y llamar para cerciorarse de que todo había sido un error o una broma macabra, pero comprendió enseguida que estaba ante la triste realidad y sus ojos se llenaron de lágrimas de pena, de impotencia y de rabia. Cuando su entrenador se enteró de la triste noticia, a través de la embajada de España, corrió a consolar a su pupilo, a estar con él y darle soporte emocional en esos trágicos momentos. A la mañana siguiente debía competir en la final de su disciplina, para ello se había preparado durante cuatro años, y su progresión constante lo había aupado a la élite para poder optar a todo, pero el entrenador, que además era el amigo, le ofreció la posibilidad de anular la participación. No quería forzar una situación dolorosa extra para el ya de por sí dolorido atleta. Pero el corredor, profesional e integro, dijo que no, que correría que ganaría y que dedicaría la victoria a su amigo ausente.

Cuando el himno nacional sonó en el estadio, un nudo se hizo en la garganta de todos los que miraban la ceremonia de entrega de medallas porque el ganador, llorando como un niño, señalaba al cielo con sus manos, ocultando su llanto con la bandera que llevaba sobre los hombros y viendo como era izada hasta lo más alto la enseña nacional en el mástil central.

El atleta no era partidario de exhibiciones patrióticas desmesuradas, no compartía adhesiones inquebrantables y no veneraba los símbolos solo por serlos, pero ese día, aquel trozo de tela roja y amarilla era lo más cerca que podía estar de su amigo y esa bandera, en su pecho, en su corazón seguía a media asta.

09 Jul 2008

Papel.

Escrito por: zuperman el 09 Jul 2008 - URL Permanente

Si hoy por hoy existe algún lugar donde contemplar al ser humano desprovisto de todos los atalajes y oropeles que vamos acumulando para hacernos un “producto” apetecible para nuestros congéneres; ese es, sin duda, una playa nudista. Un lugar donde la única estimación objetiva que podemos hacer unos sobre otros es lo generosa (o lo tacaña) que se ha mostrado la naturaleza con nosotros. Además, cuando accedemos a estar desnudos ante los demás, nos mostramos con la mayor franqueza posible a los ojos de nuestros vecinos, que a su vez no nos ocultan nada en un alarde de sinceridad, que, forzosamente, crea un vínculo de solidaridad y de lealtad. Por que no tienes nada que temer del que nada te oculta y se manifiesta ante ti tal y como es, sin adornos y sin engaños.

Pero lo que a la vista de un neófito puede parecer un rasero que nos iguala a todos, se convierte, poco a poco, con un sinfín de matices, en una gradación semejante a la que nos impone el vestido, y en una tiranía similar a la que nos obliga la moda. Sirva como ejemplo el caso verídico que os voy a narrar.

Corría el verano de 2004 cuando la que hoy es mi esposa y yo nos atrevimos a romper el tabú del vestido y del pudor, y visitamos por primera vez una playa donde el único vestuario permitido era el modelo de tres piezas, a saber: sombrero, gafas y zapatillas. No voy a negar el sonrojo que nos provocó el encontrarnos frente a frente, con las entrepiernas gloriosamente al aire de levante, con la estirada directora de la sucursal bancaria que nos había gestionado el préstamo para nuestro piso, acompañada de un caballero poderosamente dotado. Nos saludaron efusivamente y nos animaron a volver en más ocasiones, percibiendo, quizás, el poso de vergüenza mal entendida que nos quedaba. Aquel encuentro fortuito ejerció en nosotros una acción balsámica que nos afirmó en la determinación de continuar frecuentado el lugar. Y así lo hicimos en infinidad de ocasiones.

Con la veteranía, fuimos adquiriendo también “ojo clínico” y, sin más pistas que las que puede aportar un cuerpo en cueros, íbamos haciéndonos idea de cómo eran nuestros vecinos de playa:

-Aquel moreno y fuertote de allí seguro que es camarero en un bar de copas y trabaja toda la noche, porque siempre lleva las gafas oscuras puestas, así que le debe de molestar el sol- decía mi esposa.

-Mira, cariño, esa chica de enfrente ha estado desayunando en la cafetería del hotel. Seguro, porque lleva marcado en el culo y en los muslos el dibujo de las sillas de anea- apuntaba yo.

-Si fuera así, cariño, tendría también las marcas del vestido, pero es obvio que se ha sentado en la silla directamente sobre su trasero, por lo que deduzco, que ha desayunado, como bien dices, pero en el chiringuito de esta playa y ya desnuda. Además, observarás que aún lleva azúcar glacé sobre el pezón derecho-me desarmó.

Pues con esta y otras parecidas distracciones, entre baño y sol pasamos uno de los veranos más bonitos de nuestra vida, con las vergüenzas manifiestas para todo aquel que quisiera vernos. Nuestra particular pugna de observadores nos iba dotando de perspicacia y sutileza en la analítica de situaciones, y ejercíamos, por puro divertimento, de CSI’s en pelotas. En uno de esos duelos, un día en el que el viento de Terral nos había empujado junto a los aseos, al resguardo de la empalizada de caña que nos mantenía a salvo de la vista de los “vestidos” y de las furias de la arena en la piel, vimos acercarse a un hombre, con un neceser de productos de baño bajo el brazo y una toalla sobre el hombro derecho. Se sumergió en la penumbra del vestuario y comenzamos nuestra disección:

-Va a afeitarse y a asearse-dijo mi mujer-porque va despeinado y aún mantiene restos de gomina en la punta del cabello, así que deduzco que es un señor coqueto que gusta de estar bien arreglado-concluyó.

-Dudo de que sea ese el motivo de su visita al vestuario. Creo que va a tomar una ducha, de ahí la toalla, y nada más, porque, a no ser que se rape la cabeza, habrás observado que lleva todo el vello corporal rasurado, incluido el genital, mi amor-dije triunfante.

Tras un rato de expectación por saber cual de los dos había acertado en sus conjeturas, el hombre salió del recinto, con el pelo recogido en una trenza que tenía la punta sujeta con un precioso abalorio étnico. Llevaba un reloj en la muñeca derecha y una cadena elegantísima colgada del cuello. Un agradable olor nos alcanzó mientras se acercaba a nosotros. Definitivamente habíamos acertado ambos, se había duchado, peinado y arreglado con coquetería. Al pasar junto a nosotros nos saludo cortésmente sonriendo satisfecho ante la expectación que había levantado su entrada en escena. Se le veía radiante y seguro (a la vez que pagado) de si mismo.

Giró sobre la arena al escuchar nuestras risas, con esa sensación inequívoca, mezcla de altanería e inseguridad que provoca el pensar que alguien se carcajea de nosotros. Volvió sobre sus pasos para preguntar que era tan hilarante en su aspecto que, evidentemente, él consideraba inmejorable. Fue mi querida esposa la que lo bajó de la nube, al decirle que el conjunto que ofrecía a la visión era sumamente agradable, pero que el trocito de papel blanco ribeteado de marrón que colgaba de su trasero como una bandera, rompía la magia de un momento que de otro modo hubiera sido inolvidable. Aunque, ciertamente, no lo hemos olvidado.

MORALEJA: Los ricos también lloran, y cagan, y se tiran pedos.

04 Jun 2008

La Ciénaga.

Escrito por: zuperman el 04 Jun 2008 - URL Permanente

No se sueña dos veces el mismo sueño. Miguel de Unamuno

Su osadía la condujo por terrenos inhóspitos de luz incierta y vegetación pútrida. Tierras pantanosas con un vaho maloliente de flores marchitas y aguas descompuestas. A cada paso se internaba más en el desorden ambiental y cada zancada la llevaba más lejos en su particular éxodo. No podía permitir que sus aspiraciones se quedaran estancadas y se pudrieran, igual que ocurría con el agua en aquel lugar oscuro. Sus pies se enredaban en el raizal del fondo cenagoso, impidiendo en ocasiones el avance y, aportando aún más desaliento a su mermado ánimo.

Había perdido el norte, no sabía adonde dirigirse, ignoraba que hora podía ser, incluso desconocía el propósito que la había llevado hasta el fangal. Con las fuerzas diezmadas por la sed, las picaduras de los insectos y las sanguijuelas que atormentaban su espalda, busco, en un momento lúcido, un sitio elevado donde poder descansar y acaso dormir un rato. Expulso al lagarto que ocupaba la pequeña elevación usando un palo a modo de lanza, trepó con esfuerzo por la resbaladiza pendiente, hasta descansar su maltrecho cuerpo en la piedra lisa y llena de limo que señoreaba en el centro del islote.

Abrió los ojos tras un rato que a ella le parecieron pocos segundos y, algo recuperada, hizo un inventario del material que aún llevaba. Tenía solo una bota, pero conservaba los dos calcetines, su pantalón de camuflaje se había enganchado en una rama del manglar y un desgarrón en forma de 7 dejaba parte de sus bragas a la vista, el chaleco de reportera de guerra que siempre llevaba estaba empapado y de uno de sus bolsillos salía una sustancia rojiza y pegajosa, había aplastado una sanguijuela despistada. Aún llevaba puestas las gafas, y eso se convirtió en la primera buena noticia del día. Recogió su pelo con un nudo en su nuca y se puso en pie sobre su única bota. Oteó en derredor para localizar algo comestible y solo divisó unos cocos, que además le aportarían agua. Cayó en la cuenta de que llevaba más de un día sin beber. Mecánicamente echó mano de su navaja para cortar una liana y sus dedos se encontraron con la funda vacía, rebuscó en el chaleco con la vana esperanza de que la hubiera dejado en algún bolsillo y, al fin, la vio abajo, cerca del agua pestilente, abierta y manchada de sangre. Antes no le dio importancia, pero acababa de caer en la cuenta de que la funda tenía echada la presilla de seguridad, por lo tanto no podía haberse caído accidentalmente. Alguien (o ella misma y lo había olvidado) tras usar su navaja, la había dejado caer en el légamo.

Recogió el utensilio y con él cortó la liana y la amarró fuertemente a otra que colgaba del cocotero, dejándola lo suficientemente cerca del suelo como para poder trepar sin tener que saltar. Subió al árbol y fue arrojando frutos sobre la escasa superficie del islote. Una vez hubo bajado, abrió con la navaja un orificio en un coco y bebió su contenido, dulzón y blanquecino, aplacando por fin su sed. Después, partió en dos sobre una piedra el fruto y comió la pulpa crujiente y fibrosa. Todavía con un trozo de coco en la boca se zambulló, medio descalza, en las aguas verdosas y avanzó unos metros, evitando adentrarse en el pantano, hasta conectar con un enorme árbol caído que uso como improvisado puente para alejarse hasta llegar a una zona menos sombría que parecía ofrecer más garantías de supervivencia. Cruzó a través de una manada de curiosos monos, muy pequeños, de hocico rojo y melena azul, con un cuidado exquisito para no despertar recelos. Con su pie descalzo piso una babosa casi tan grande como los monos, resbaló y se dio de bruces contra el tronco hueco de un árbol que sonó como un tambor Taiko, provocando inmediatamente los aullidos ensordecedores de los monos, que a ella le parecieron casi como carcajadas. Anduvo horas y horas, hasta que la oscuridad se hizo impenetrable y supuso que, sobre la bóveda vegetal que la cubría, había anochecido. Encontró algo parecido a un cobertizo de ramas podridas y raíces secas, y allí se dispuso a descansar y a poner en orden sus, también enfangadas, ideas.

Durmió, y soñó que salía de trabajar a la hora habitual, que se despedía con un beso en la mejilla de su secretario y que ponía en marcha su coche. Soñó que sintonizaba en la radio su emisora favorita y que encaminaba el vehículo por el bulevar de Santa Regina hasta divisar en lontananza el colegio Clípper, donde cursaba estudios su hijo. Soñó que rozaba accidentalmente otro coche mientras aparcaba y soñó que salía del suyo para ver los desperfectos. Soñó por fin, que volvía con el niño a casa.

Cuando despertó, su marido seguía roncando a su lado, no había amanecido todavía y en el radio-despertador sonaba la emisora de siempre. En la pared del pasillo, a través de la puerta de la habitación abierta, veía la luz de acompañamiento del cuarto de su hijo encendida. Todo era normal, como debía ser. Se incorporó y giró las piernas para tantear las zapatillas de casa, pero en su lugar encontró una sola bota embarrada. Seguía llevando los dos calcetines.

15 May 2008

Autobiográfico, pero poco.

Escrito por: zuperman el 15 May 2008 - URL Permanente

Ya no eran niños, pero aún no eran hombres. Es más todavía no eran siquiera soldados. Vivian en el limbo de los reclutas (no debe de ser casual que “recluta” tenga la misma raíz semántica que “recluso”), donde los hipotéticos derechos de un soldado no les asisten y donde ya han perdido las regalías de la vida civil.

Pero da igual, porque tienen veinte años, unas ganas de divertirse desbocadas y una potencia, en todos los sentidos, a prueba de bombas.

En esas estaban Andrés y Esteban, reclutas, bichos. El escalón más bajo de la evolución cuartelaria, justo por encima de la fregona de los retretes y muy, pero que muy por debajo de Chocolichi, el loro mascota de la compañía. Durante el periodo de instrucción se los seleccionó como compañeros siguiendo criterios de psicología vanguardista de última generación contrastada en las instituciones internacionales más brillantes, a saber, eran de idéntica altura y por eso formaban uno junto al otro. Si eso bastaba a la ciencia para emparejarlos, ellos no iban a poner pegas. Se entendieron desde el primer momento. Justo cuando el sargento Vidal, una especie de eslabón perdido entre el chimpancé y el hombre, exclamo en voz alta el lema de la compañía (“Más borrachos que nadie, más valientes que ninguno”), se buscaron de reojo y cuando las miradas se encontraron se percataron de que el otro sabía perfectamente lo que el uno estaba pensando. Siguieron un rato así, conteniendo a duras penas las carcajadas. Andrés controlaba bastante bien, pero escuchaba los resoplidos de Esteban aguantando la risa y se sentía morir. Disimuló dos risotadas con una tos falseada, pero a la tercera el micro-sargento ya no tragó y se encaminó hacia el separando la formación a empujones y codazos, en un remedo exagerado de hombre duro. Se plantó delante de Andrés y le preguntó, mirando hacia arriba y abriendo mucho los ojos, que era lo que le hacía tanta gracia. Le apestaba el aliento. Andrés le contestó que nada le hacía gracia, que estaba bastante constipado y que no podía aguantar la tos y tosió de nuevo en falso para dar credibilidad a su argumento. Vidal se encaró con él y lo amenazó con un arresto si no confesaba que se había reído del sacrosanto lema de la compañía. La situación se tornaba difícil cuando Esteban, sin permiso, interrumpió el rapapolvo y se inculpó de la risotada:

-He sido yo, mi sargento, no he podido evitarlo, señor.-dijo fingiendo marcialidad.

-No me llames señor, que esto no son lo marines. ¡Esto es la fiel infantería española! Y como has dado muestras de valor al confesar, haciendo honor así al lema, solo os arrestaré dos días en prevención, ¡a los dos!

Tras romper filas, y como el arresto comenzaba al día siguiente, siguieron a pies juntillas la primera parte del lema corporativo, y se fueron a la cantina a beber cerveza Estrella de Levante en botellas de un quinto, a cinco duros cada una.

Andrés estaba agradecido, y por eso pidió al camarero (un bisa que estaba conchabado con el suboficial de cocina del mes para sisar en la recaudación) una caja entera, bien fresquita, 24 botellines.

Pasaron al menos 2 horas hasta que descorcharon la última botella, tenían la boca pastosa, el pantalón mojado de sudor por el escay de las sillas y la gorra, como es normal, robada por los abuelos que no podían consentir que dos bicharracos se lo pasaran tan bien. Los abuelos eran el reemplazo que más lástima merecía. No llevaban el tiempo suficiente para que los respetara nadie y les faltaba un abismo para licenciarse. Temían a los mandos y a los bisas, los padracos (sus inmediatos predecesores) a fin de cuentas sólo llevaban tres meses menos que ellos, por lo tanto su única vía de escape era fastidiar a los bicharracos.

Esteban y Andrés tenían tanto tiempo por delante, tanta mili por hacer, que les daba igual todo. Cumplieron los dos días en prevención barriendo el patio de instrucción desde la hora de paseo a la de retreta. La primera noche que fueron a dormir al cuerpo de guardia, estaba al mando del retén el subteniente Moral, que estaba a punto de jubilarse y no tenía ganas de follones, así que cuando los vio aparecer con el colchón sobre la espalda y el machete a la cintura les espetó:

-¿Dónde os creéis que vais?

-Estamos arrestados dos días en prevención, mi subteniente. Por el sargento Vidal.

-Si ese pamplinas creé que me a llenar el cuerpo de guardia de inútiles, va listo.-dijo.

-Entonces ¿da usted su permiso para retirarnos?-preguntó Andrés.

-¡que no me calentéis más la cabeza, que empieza la película ya!- decía al tiempo que con las manos hacía gestos desalojándolos del porche del edificio. Así que se fueron a dormir a la compañía.

Al día siguiente, y visto lo de la víspera, se dirigieron a retreta al cuerpo de guardia con el pijama y en zapatillas, para presentarse a revista de arrestados en prevención y volver a la compañía. Ese día el suboficial de guardia era el sargento primero Claramunt, un legionario malhumorado y con manías persecutorias, que cuando los vio en pijama mudó el color del rostro.

-¿Se puede saber que hacéis aquí..., así ?– antes de que les diera tiempo de contestar prosiguió

-¿Lleváis puesta alguna prenda que sea del uniforme reglamentario?

Rápidamente hicieron inventario de lo que llevaban puesto e informaron:

-Yo llevo los calcetines, mi sargento- dijo Esteban.

-Sargento primero, te dirigirás a mí como sargento primero, ¿y tú?-pregunto a Andrés

-Yo llevo los calzoncillos reglamentarios, mi sargento primero.-respondió

-Pues con la uniformidad más aproximada a la oficial os vais a ir a vuestra compañía y volvéis correctamente vestidos y con el colchón para pasar la noche en prevención, ¡Ya!

Esteban se despelotó completamente, salvo los calcetines y Andrés conservó los calzoncillos con la mancha marrón detrás y la amarilla delante. Cuando Claramunt entró en la oficina del cuerpo de guardia, Esteban se sacó un calcetín y lo uso como improvisado slip. Olía peor que el aliento de Vidal. De esta guisa, corrieron hacia la compañía, con la mala fortuna de cruzarse con el capitán de cuartel, que hacía la ronda. Como no llevaban gorra no podían saludar a la sien. Como no llevaban armas, no podían saludar a la romana. Solo podían permanecer firmes y quietos hasta que el mando se alejara al menos dos pasos. Allí estaban: ¡dos soldados españoles de la gloriosa infantería, uno con los calzoncillos cagados y el otro con un calcetín en el pie izquierdo y el otro colgándole del pene! ¡Patético!

El capitán Blanco los miró sin dar mucho crédito a lo que veía. Los saludo militarmente y buscó, sin éxito, etiqueta de identificación de los soldados. Sacó una libreta del bolsillo de su guerrera y les preguntó nombre y compañía. Después de anotarlo, se alejó, aún perplejo. Cubrieron los escasos metros que los separaban de la puerta de la compañía y a falta de dos zancadas para entrar Andrés pisó algo calentito que le hizo pararse en seco.

-¡Mierda! ¡La perra del Teniente Durán se ha cagado otra vez en la puerta!

Entraron limpiándose los pies en el felpudo de la entrada. El cuartelero, bicho como ellos, les pregunto el santo y seña, machete en ristre. Esteban le dijo que era un gilipollas, que eran ellos, el Andrés y el Esteban. Chocolichi, repitió en su jaula:

-¡Gilipollas, si mi sargento, gilipollas!

Se vistieron a oscuras y cogieron los colchones. Salieron de la compañía y se encaminaron de nuevo al cuerpo de guardia. Se volvieron a medio camino porque Andrés no recordaba si había cerrado su taquilla. Volvieron a coger todos los bártulos y a salir al patio. Se cruzaron de nuevo con el capitán Blanco, así que dejaron los colchones en el suelo y, esta vez sí, se llevaron la mano a la sien derecha en posición de firmes. Blanco les devolvió el saludo y les dijo que ya estaba harto de verlos arriba y abajo toda la noche.

Se presentaron de nuevo al sargento primero Claramunt, que les ordenó que recogieran los pijamas y las zapatillas que habían dejado tirados en el porche y se interesó sobre el estado de su uniformidad. Esteban sintió un nudo en la garganta, ¡no llevaba calzoncillos! Si el soplagaitas de Claramunt se enteraba seguro que lo volvía a arrestar.

-Si, mi sargento primero, hemos observado un cuidado exquisito para obtener un perfecto estado de policía en el equipo y el uniforme-mintieron.

-Pues estaros quietecitos y atentos por si la patria os necesita esta noche. ¡Rompan filas!, ¡ar!

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