Moralejas e inmoralejas.

15 May 2008

Escrito por: zuperman el 15 May 2008 - URL Permanente

Autobiográfico, pero poco.

Ya no eran niños, pero aún no eran hombres. Es más todavía no eran siquiera soldados. Vivian en el limbo de los reclutas (no debe de ser casual que “recluta” tenga la misma raíz semántica que “recluso”), donde los hipotéticos derechos de un soldado no les asisten y donde ya han perdido las regalías de la vida civil.

Pero da igual, porque tienen veinte años, unas ganas de divertirse desbocadas y una potencia, en todos los sentidos, a prueba de bombas.

En esas estaban Andrés y Esteban, reclutas, bichos. El escalón más bajo de la evolución cuartelaria, justo por encima de la fregona de los retretes y muy, pero que muy por debajo de Chocolichi, el loro mascota de la compañía. Durante el periodo de instrucción se los seleccionó como compañeros siguiendo criterios de psicología vanguardista de última generación contrastada en las instituciones internacionales más brillantes, a saber, eran de idéntica altura y por eso formaban uno junto al otro. Si eso bastaba a la ciencia para emparejarlos, ellos no iban a poner pegas. Se entendieron desde el primer momento. Justo cuando el sargento Vidal, una especie de eslabón perdido entre el chimpancé y el hombre, exclamo en voz alta el lema de la compañía (“Más borrachos que nadie, más valientes que ninguno”), se buscaron de reojo y cuando las miradas se encontraron se percataron de que el otro sabía perfectamente lo que el uno estaba pensando. Siguieron un rato así, conteniendo a duras penas las carcajadas. Andrés controlaba bastante bien, pero escuchaba los resoplidos de Esteban aguantando la risa y se sentía morir. Disimuló dos risotadas con una tos falseada, pero a la tercera el micro-sargento ya no tragó y se encaminó hacia el separando la formación a empujones y codazos, en un remedo exagerado de hombre duro. Se plantó delante de Andrés y le preguntó, mirando hacia arriba y abriendo mucho los ojos, que era lo que le hacía tanta gracia. Le apestaba el aliento. Andrés le contestó que nada le hacía gracia, que estaba bastante constipado y que no podía aguantar la tos y tosió de nuevo en falso para dar credibilidad a su argumento. Vidal se encaró con él y lo amenazó con un arresto si no confesaba que se había reído del sacrosanto lema de la compañía. La situación se tornaba difícil cuando Esteban, sin permiso, interrumpió el rapapolvo y se inculpó de la risotada:

-He sido yo, mi sargento, no he podido evitarlo, señor.-dijo fingiendo marcialidad.

-No me llames señor, que esto no son lo marines. ¡Esto es la fiel infantería española! Y como has dado muestras de valor al confesar, haciendo honor así al lema, solo os arrestaré dos días en prevención, ¡a los dos!

Tras romper filas, y como el arresto comenzaba al día siguiente, siguieron a pies juntillas la primera parte del lema corporativo, y se fueron a la cantina a beber cerveza Estrella de Levante en botellas de un quinto, a cinco duros cada una.

Andrés estaba agradecido, y por eso pidió al camarero (un bisa que estaba conchabado con el suboficial de cocina del mes para sisar en la recaudación) una caja entera, bien fresquita, 24 botellines.

Pasaron al menos 2 horas hasta que descorcharon la última botella, tenían la boca pastosa, el pantalón mojado de sudor por el escay de las sillas y la gorra, como es normal, robada por los abuelos que no podían consentir que dos bicharracos se lo pasaran tan bien. Los abuelos eran el reemplazo que más lástima merecía. No llevaban el tiempo suficiente para que los respetara nadie y les faltaba un abismo para licenciarse. Temían a los mandos y a los bisas, los padracos (sus inmediatos predecesores) a fin de cuentas sólo llevaban tres meses menos que ellos, por lo tanto su única vía de escape era fastidiar a los bicharracos.

Esteban y Andrés tenían tanto tiempo por delante, tanta mili por hacer, que les daba igual todo. Cumplieron los dos días en prevención barriendo el patio de instrucción desde la hora de paseo a la de retreta. La primera noche que fueron a dormir al cuerpo de guardia, estaba al mando del retén el subteniente Moral, que estaba a punto de jubilarse y no tenía ganas de follones, así que cuando los vio aparecer con el colchón sobre la espalda y el machete a la cintura les espetó:

-¿Dónde os creéis que vais?

-Estamos arrestados dos días en prevención, mi subteniente. Por el sargento Vidal.

-Si ese pamplinas creé que me a llenar el cuerpo de guardia de inútiles, va listo.-dijo.

-Entonces ¿da usted su permiso para retirarnos?-preguntó Andrés.

-¡que no me calentéis más la cabeza, que empieza la película ya!- decía al tiempo que con las manos hacía gestos desalojándolos del porche del edificio. Así que se fueron a dormir a la compañía.

Al día siguiente, y visto lo de la víspera, se dirigieron a retreta al cuerpo de guardia con el pijama y en zapatillas, para presentarse a revista de arrestados en prevención y volver a la compañía. Ese día el suboficial de guardia era el sargento primero Claramunt, un legionario malhumorado y con manías persecutorias, que cuando los vio en pijama mudó el color del rostro.

-¿Se puede saber que hacéis aquí..., así ?– antes de que les diera tiempo de contestar prosiguió

-¿Lleváis puesta alguna prenda que sea del uniforme reglamentario?

Rápidamente hicieron inventario de lo que llevaban puesto e informaron:

-Yo llevo los calcetines, mi sargento- dijo Esteban.

-Sargento primero, te dirigirás a mí como sargento primero, ¿y tú?-pregunto a Andrés

-Yo llevo los calzoncillos reglamentarios, mi sargento primero.-respondió

-Pues con la uniformidad más aproximada a la oficial os vais a ir a vuestra compañía y volvéis correctamente vestidos y con el colchón para pasar la noche en prevención, ¡Ya!

Esteban se despelotó completamente, salvo los calcetines y Andrés conservó los calzoncillos con la mancha marrón detrás y la amarilla delante. Cuando Claramunt entró en la oficina del cuerpo de guardia, Esteban se sacó un calcetín y lo uso como improvisado slip. Olía peor que el aliento de Vidal. De esta guisa, corrieron hacia la compañía, con la mala fortuna de cruzarse con el capitán de cuartel, que hacía la ronda. Como no llevaban gorra no podían saludar a la sien. Como no llevaban armas, no podían saludar a la romana. Solo podían permanecer firmes y quietos hasta que el mando se alejara al menos dos pasos. Allí estaban: ¡dos soldados españoles de la gloriosa infantería, uno con los calzoncillos cagados y el otro con un calcetín en el pie izquierdo y el otro colgándole del pene! ¡Patético!

El capitán Blanco los miró sin dar mucho crédito a lo que veía. Los saludo militarmente y buscó, sin éxito, etiqueta de identificación de los soldados. Sacó una libreta del bolsillo de su guerrera y les preguntó nombre y compañía. Después de anotarlo, se alejó, aún perplejo. Cubrieron los escasos metros que los separaban de la puerta de la compañía y a falta de dos zancadas para entrar Andrés pisó algo calentito que le hizo pararse en seco.

-¡Mierda! ¡La perra del Teniente Durán se ha cagado otra vez en la puerta!

Entraron limpiándose los pies en el felpudo de la entrada. El cuartelero, bicho como ellos, les pregunto el santo y seña, machete en ristre. Esteban le dijo que era un gilipollas, que eran ellos, el Andrés y el Esteban. Chocolichi, repitió en su jaula:

-¡Gilipollas, si mi sargento, gilipollas!

Se vistieron a oscuras y cogieron los colchones. Salieron de la compañía y se encaminaron de nuevo al cuerpo de guardia. Se volvieron a medio camino porque Andrés no recordaba si había cerrado su taquilla. Volvieron a coger todos los bártulos y a salir al patio. Se cruzaron de nuevo con el capitán Blanco, así que dejaron los colchones en el suelo y, esta vez sí, se llevaron la mano a la sien derecha en posición de firmes. Blanco les devolvió el saludo y les dijo que ya estaba harto de verlos arriba y abajo toda la noche.

Se presentaron de nuevo al sargento primero Claramunt, que les ordenó que recogieran los pijamas y las zapatillas que habían dejado tirados en el porche y se interesó sobre el estado de su uniformidad. Esteban sintió un nudo en la garganta, ¡no llevaba calzoncillos! Si el soplagaitas de Claramunt se enteraba seguro que lo volvía a arrestar.

-Si, mi sargento primero, hemos observado un cuidado exquisito para obtener un perfecto estado de policía en el equipo y el uniforme-mintieron.

-Pues estaros quietecitos y atentos por si la patria os necesita esta noche. ¡Rompan filas!, ¡ar!

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Juegos

Juegos dijo

Muy bueno el texto, la verdad es que es genial!!!!

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