Moralejas e inmoralejas.
04 Jun 2008
La Ciénaga.
No se sueña dos veces el mismo sueño. Miguel de Unamuno
Su osadía la condujo por terrenos inhóspitos de luz incierta y vegetación pútrida. Tierras pantanosas con un vaho maloliente de flores marchitas y aguas descompuestas. A cada paso se internaba más en el desorden ambiental y cada zancada la llevaba más lejos en su particular éxodo. No podía permitir que sus aspiraciones se quedaran estancadas y se pudrieran, igual que ocurría con el agua en aquel lugar oscuro. Sus pies se enredaban en el raizal del fondo cenagoso, impidiendo en ocasiones el avance y, aportando aún más desaliento a su mermado ánimo.
Había perdido el norte, no sabía adonde dirigirse, ignoraba que hora podía ser, incluso desconocía el propósito que la había llevado hasta el fangal. Con las fuerzas diezmadas por la sed, las picaduras de los insectos y las sanguijuelas que atormentaban su espalda, busco, en un momento lúcido, un sitio elevado donde poder descansar y acaso dormir un rato. Expulso al lagarto que ocupaba la pequeña elevación usando un palo a modo de lanza, trepó con esfuerzo por la resbaladiza pendiente, hasta descansar su maltrecho cuerpo en la piedra lisa y llena de limo que señoreaba en el centro del islote.
Abrió los ojos tras un rato que a ella le parecieron pocos segundos y, algo recuperada, hizo un inventario del material que aún llevaba. Tenía solo una bota, pero conservaba los dos calcetines, su pantalón de camuflaje se había enganchado en una rama del manglar y un desgarrón en forma de 7 dejaba parte de sus bragas a la vista, el chaleco de reportera de guerra que siempre llevaba estaba empapado y de uno de sus bolsillos salía una sustancia rojiza y pegajosa, había aplastado una sanguijuela despistada. Aún llevaba puestas las gafas, y eso se convirtió en la primera buena noticia del día. Recogió su pelo con un nudo en su nuca y se puso en pie sobre su única bota. Oteó en derredor para localizar algo comestible y solo divisó unos cocos, que además le aportarían agua. Cayó en la cuenta de que llevaba más de un día sin beber. Mecánicamente echó mano de su navaja para cortar una liana y sus dedos se encontraron con la funda vacía, rebuscó en el chaleco con la vana esperanza de que la hubiera dejado en algún bolsillo y, al fin, la vio abajo, cerca del agua pestilente, abierta y manchada de sangre. Antes no le dio importancia, pero acababa de caer en la cuenta de que la funda tenía echada la presilla de seguridad, por lo tanto no podía haberse caído accidentalmente. Alguien (o ella misma y lo había olvidado) tras usar su navaja, la había dejado caer en el légamo.
Recogió el utensilio y con él cortó la liana y la amarró fuertemente a otra que colgaba del cocotero, dejándola lo suficientemente cerca del suelo como para poder trepar sin tener que saltar. Subió al árbol y fue arrojando frutos sobre la escasa superficie del islote. Una vez hubo bajado, abrió con la navaja un orificio en un coco y bebió su contenido, dulzón y blanquecino, aplacando por fin su sed. Después, partió en dos sobre una piedra el fruto y comió la pulpa crujiente y fibrosa. Todavía con un trozo de coco en la boca se zambulló, medio descalza, en las aguas verdosas y avanzó unos metros, evitando adentrarse en el pantano, hasta conectar con un enorme árbol caído que uso como improvisado puente para alejarse hasta llegar a una zona menos sombría que parecía ofrecer más garantías de supervivencia. Cruzó a través de una manada de curiosos monos, muy pequeños, de hocico rojo y melena azul, con un cuidado exquisito para no despertar recelos. Con su pie descalzo piso una babosa casi tan grande como los monos, resbaló y se dio de bruces contra el tronco hueco de un árbol que sonó como un tambor Taiko, provocando inmediatamente los aullidos ensordecedores de los monos, que a ella le parecieron casi como carcajadas. Anduvo horas y horas, hasta que la oscuridad se hizo impenetrable y supuso que, sobre la bóveda vegetal que la cubría, había anochecido. Encontró algo parecido a un cobertizo de ramas podridas y raíces secas, y allí se dispuso a descansar y a poner en orden sus, también enfangadas, ideas.
Durmió, y soñó que salía de trabajar a la hora habitual, que se despedía con un beso en la mejilla de su secretario y que ponía en marcha su coche. Soñó que sintonizaba en la radio su emisora favorita y que encaminaba el vehículo por el bulevar de Santa Regina hasta divisar en lontananza el colegio Clípper, donde cursaba estudios su hijo. Soñó que rozaba accidentalmente otro coche mientras aparcaba y soñó que salía del suyo para ver los desperfectos. Soñó por fin, que volvía con el niño a casa.
Cuando despertó, su marido seguía roncando a su lado, no había amanecido todavía y en el radio-despertador sonaba la emisora de siempre. En la pared del pasillo, a través de la puerta de la habitación abierta, veía la luz de acompañamiento del cuarto de su hijo encendida. Todo era normal, como debía ser. Se incorporó y giró las piernas para tantear las zapatillas de casa, pero en su lugar encontró una sola bota embarrada. Seguía llevando los dos calcetines.
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Juegos dijo
Muy bueno el relato, es genial, me ha encantado!!! :)
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