Moralejas e inmoralejas.
21 Ago 2008
Banderas
El velocista no podía creer el correo electrónico que acababa de abrir desde la bandeja de entrada de su portátil. Terminaba de cenar cuando, como todos los días, se acerco hasta la zona wifi para actualizar sus mensajes y encontró uno que le extrañó especialmente, dado que su padre no era muy dado a lidiar con los nuevos ingenios de la tecnología. Lo abrió inmediatamente, con la certeza de que era algo muy importante, para bien o para mal. El corazón le dio un vuelco al leer el texto directo y brutal, sin concesiones a la sensibilidad más elemental: la tragedia había llegado hasta su pueblo, su amigo del alma, que no lo había acompañado hasta la competición por motivos económicos ya que pensaba casarse en breve y arañaba hasta el último duro para los gastos, había perecido en un accidente junto con otras muchas personas del pueblo y muchas otras más forasteras. La primera reacción fue de incredulidad y estuvo tentado de tomar el teléfono y llamar para cerciorarse de que todo había sido un error o una broma macabra, pero comprendió enseguida que estaba ante la triste realidad y sus ojos se llenaron de lágrimas de pena, de impotencia y de rabia. Cuando su entrenador se enteró de la triste noticia, a través de la embajada de España, corrió a consolar a su pupilo, a estar con él y darle soporte emocional en esos trágicos momentos. A la mañana siguiente debía competir en la final de su disciplina, para ello se había preparado durante cuatro años, y su progresión constante lo había aupado a la élite para poder optar a todo, pero el entrenador, que además era el amigo, le ofreció la posibilidad de anular la participación. No quería forzar una situación dolorosa extra para el ya de por sí dolorido atleta. Pero el corredor, profesional e integro, dijo que no, que correría que ganaría y que dedicaría la victoria a su amigo ausente.
Cuando el himno nacional sonó en el estadio, un nudo se hizo en la garganta de todos los que miraban la ceremonia de entrega de medallas porque el ganador, llorando como un niño, señalaba al cielo con sus manos, ocultando su llanto con la bandera que llevaba sobre los hombros y viendo como era izada hasta lo más alto la enseña nacional en el mástil central.
El atleta no era partidario de exhibiciones patrióticas desmesuradas, no compartía adhesiones inquebrantables y no veneraba los símbolos solo por serlos, pero ese día, aquel trozo de tela roja y amarilla era lo más cerca que podía estar de su amigo y esa bandera, en su pecho, en su corazón seguía a media asta.
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cirujeda dijo
Me encantó el relato, con cursivas y todo, emocionante. Te hace sentir en la piel del protagonista, tienes futuro como narrador. Gracias.
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