El callejón del gato
21 May 2012
El último tránsito de Artemio Cruz
El escritor Carlos Fuentes ha muerto. El brillo de otros escritores como Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa no logró apagar el suyo, pero si es cierto que contribuyó a difuminarlo; y la luz irradiada por el colombiano y el peruano le mantenía en un claroscuro.
Hasta que ha llegado la pelona. Y es entonces, cuando la fatídica señora deja la tarjeta de visita, cuando volvemos la mirada hacia el mexicano y le buscamos el merecido acomodo literario.
Y es ahora cuando para muchos su Artemio Cruz se sitúa a la misma altura que el universalmente loado Pedro Páramo, ese otro personaje de la narrativa mexicana ideado por el escritor Juan Rulfo. O cuando “Terra Nostra” y “La región más transparente” merecen un hueco entre las mejores novelas del siglo escritas en español.
Cosas de las desapariciones y los reconocimientos tardíos. Como ese márketing de la muerte que ya se ha activado para hacer caja; cuando apenas han trascurrido unas horas del fallecimiento del autor y se abre la veda a la búsqueda de inéditos, obras completas o textos inacabados, que sirvan de justificación para una nueva publicación y se inicia una carrera editorial por la reedición de sus obras que dispare ventas y descargas on-line y pueble los escaparates de librerías y grandes almacenes.
Nadie es ajeno a la voracidad de los mercados, ni siquiera un autor como Carlos Fuentes que aunó literatura y compromiso. Y tiene su aquel, porque en estos tiempos la literatura y el compromiso sólo van excepcionalmente de la mano, y son, por lo general, denostados.
Pesan más las cifras que las palabras. Se valoran más los depósitos de los bancos que los de las bibliotecas. Y pese a la volatilidad y lo efímero de la realidad reflejada por los números, se le da a ésta más credibilidad que a la transmitida por las letras. Nada extraño por otra parte en un mundo en el que se despoja a las personas de su condición humana para convertirlas en balances y estadísticas.
Privados de la esencia, apenas pervive la dignidad. Y de esa y del compromiso, quedamos un poco más huérfanos con la partida de Carlos Fuentes, como ya ocurriera con la marcha de José Saramago y como, más temprano que tarde, pasará cuando nos deje Juan Gelman, el poeta argentino afincado en ese México que asiste hoy al último tránsito de Artemio Cruz.
04 May 2012
Traficantes de palabras
Cuando se habla de traficar la persona que escucha o lee activa un mecanismo de forma consciente o inconsciente que la pone en guardia respecto a quien habla o escribe y a la par alerta sus prejuicios, identificando automáticamente ese tráfico con algo sucio, ilegal y pernicioso.
La escritora Carmen Riera, que ocupa el Sillón n de la Real Academia de la Lengua, confiesa ser una “traficante de palabras” (El País, 30 de abril de 2012). Una confesión que sin duda alberga una dosis de osadía y otra de provocación y que en una sociedad como la actual marcada por los recortes en cualquier ámbito, incluidos los valores éticos, causa más temor y rechazo que una declaración pública de dedicarse al tráfico de capitales, drogas o armas.
Y por si esa confesión abierta de la escritora no bastara para despertar sospechas, afirma también que "Lo que no te da la vida te lo dan los libros, sobre todo si los escribes. Vives y piensas en dos vidas, la tuya y la del libro". Es decir, que al tabú de las palabras une otros elementos sospechosos como los libros y conceptos tan preocupantes y peligrosos como vivir, pensar y escribir.
Una actitud a todas luces beligerante y merecedora de una tipificación legal acorde, que la equipare al menos con la persecución legal a la protesta pública pasiva y que garantice el castigo para quienes como Carmen Riera utilicen la palabra sin tapujos, conscientes de sus acepciones y dándoles el uso adecuado; es decir, lo contrario, por ejemplo, de la habitual práctica lingüística del ministro de Hacienda y Administraciones Públicas.
Para los que rechazan la vida ligada a la capacidad individual de pensar, no existe mayor subversión que la palabra. La que nace de la reflexión y se emplea para argumentar, con la que se construye frente a aquellos que optan por la demolición. Y por tanto, no hay persecución más justificada que la de los camellos de la palabra y alijo más gratificante que un cargamento de palabras puras, sin adulterar y listas para su consumo. Y por supuesto, no hay personas más sospechosas y peligrosas que aquellas que en prosa o verso lanzan como dardos certeros sus palabras.
30 Abr 2012
Clarividente
En tiempos de reivindicaciones hasta los bebés de juguete se rebelan. Y como un Pinocho moderno parece adquirir vida para protestar. Habrá alguien que lo considere un muñeco diabólico e incluso que le infunda miedo, pero lo que realmente causa pavor es su clarividencia. ¿Qué futuro estamos construyendo para aquellos que vienen detrás? ¿Qué legado vamos a ofrecer a nuestros hijos?
A los recortes económicos, que amparados en la crisis se utilizan sin pudor para desmantelar el denominado Estado del Bienestar, se une una involución de valores e ideas. Y en esa marcha atrás, con pasos de cangrejo, debilitamos la esperanza y amenazamos la capacidad de soñar; de modo que hasta navegar en un barquito de papel y construir una casa de cartón se convierten en quimeras.
Si les privamos de lo material y de lo inmaterial ¿Qué les queda? ¿Qué les dejamos? Conviene despertar y abrir bien los ojos, porque de no ser así puede que ya sea demasiado tarde cuando descubramos que el bebé del escaparate está más vivo que nosotros.
23 Abr 2012
Acuarelas en verso
Descubro en un libro sobre Miguel Hernández (“La luz que no cesa. Miguel Hernández: su obra y su singular proceso de creación”,publicado por la UNIA y coordinado por el Colectivo Surcos de Poesía) las acuarelas de Ángeles de la Torre.
16 Abr 2012
El lector del futuro
Su soporte no será el papel. Son de otra generación, marcada por lo electrónico, por las nuevas tecnologías. Pero con 6 años me pide el periódico y eso me hace pensar que hay esperanza.
Desconocerá lo que es el olor y la mancha en los dedos de la tinta fresca de un periódico al salir de la rotativa. Tan sólo será un recuerdo de su padre que hará suyo por eso de haberlo escuchado seguramente en más de una ocasión de aquí a que sea mayor. Y le costará entender el proceso de elaboración de un periódico a costa de pasar horas y horas en una redacción, porque en su época ese proceso pasará en muy poco tiempo de la “mesa” del redactor a la pantalla de un dispositivo móvil. Una inmediatez en la distribución que no deberá acompañarse de la precipitación en la elaboración.
Ignoro si en ese momento quedará algún diario en papel, como elemento diferenciador del resto de periódicos o como última aventura para románticos y nostálgicos. Pero imagino que no, que se habrá impuesto la electrónica y los árboles habrán ganado una inesperada batalla.
Pero hoy, verlo con un diario de papel en las manos me lleva a pensar que hay futuro, porque mientras existan lectores, existirán periódicos y mientras haya periódicos, se necesitarán periodistas que garanticen la calidad de sus contenidos.
10 Abr 2012
Atardeceres habaneros
Tuve una amiga que vivió una temporada en África, creo que era en Kenia, y afirmaba que no había atardeceres y amaneceres como los de allá, con la sabana al fondo.
Para algunos no será más que una historia de amor entre dos personajes de dibujos animados (eso sí, cargada de sensualidad y emotividad). Pero es mucho más, una historia de amor a la música, a La Habana y Nueva York (azúcar y manteca, brother), a una época e incluso a una forma de hacer cine, que aúna maestría y honestidad.
Tal vez tanto amor exija demasiado corazón. O quizás el peso de los recuerdos exceda la carga que podamos soportar y convierta en real un atardecer que abandonó el papel para hallar refugio en la pantalla. Y aún así, seguiría convencido de que no hay un atardecer como el habanero y de que ese atardecer en La Habana, con el mar rompiendo en El Malecón y el sol pintando cielo y agua de tonos anaranjados, es una invitación a amanecer.
02 Abr 2012
El horizonte
El horizonte era una línea que dividía en desiguales partes el cielo y el suelo. Se contemplaba desde un punto lejano con los ojos abiertos o entreabiertos, para evitar el reflejo del sol o su luz directa de forma que no impidiera su contemplación y no tener que utilizar la mano a modo de visera.
Pero además el horizonte era el futuro. Algo que se contemplaba indistintamente con los ojos abiertos o cerrados. Una imagen que tenía que ver más con el mundo de los sueños que con la realidad, aunque en algunos casos ese sueño acabara convirtiéndose en el presente de los ensoñadores.
Aunque nunca faltó quien creyera en el destino y por tanto, en una existencia predestinada, siempre hubo muchos más que dejaron volar imaginación y deseo para soñar aquel tiempo venidero. Y como todo sueño, lo bueno era que cada día se podía vivir uno nuevo, de modo que el futuro estaba por escribir y en él podían imaginarse una y mil vidas o lo que es lo mismo, la posibilidad de desear cada día ser alguien distinto y alcanzar el éxito en tal consecución.
Como cualquier sueño el del futuro no podía ser arrebatado, porque aunque los años y el propio flujo de la vida nos deparara una realidad distinta a la soñada, nadie podía privarnos del momento en que el futuro era soñado.
Hasta hoy, en que los heraldos negros, los salvapatrias y demás especímenes indignos de mención han decidido borrar la línea del horizonte y privarnos de su contemplación con los ojos abiertos o cerrados. Cuando han lanzado una opa hostil desde oscuros y abstractos mercados a la capacidad de soñar y han optado por negarnos el pan y la sal que alimentan el espíritu, con la indisimulada esperanza de encadenar no sólo los cuerpos, sino también las mentes.
Miramos sin ver el horizonte. Real o imaginario. Paralizados por el miedo, renunciamos a creer que tras el velo desplegado ante nosotros pueda permanecer ese horizonte tantas veces contemplado. E incluso negamos la posibilidad de que un soñador enarbole un pincel para dibujar una línea horizontal, que separe de nuevo cielo y suelo y nos permita ver, indistintamente, con los ojos abiertos o cerrados.
11 Mar 2012
Moebius
La muerte espera a la vuelta de la esquina. Casi siempre embozada para asestar el golpe certero. Así que conviene no perder demasiado tiempo en darle vueltas a lo inevitable del final y simplemente lamentar la marcha de aquellos que por su talento, por la admiración que alimentan o por sus creaciones quisiéramos que no se fueran o ante lo inevitable de ello, que demoraran su marcha.
Una de esas marchas que hubiera sido deseable se dilatara es la de Jean Giraud, más conocido como Moebius. Cuando se ha conocido la noticia de su muerte aún estaba fresca la tinta de una supuesta lista de los mejores cómics de la historia, en la que figuraban, a juicio de alguno de los encuestados, dos de sus obras: El garaje hermético y Los ojos del gato.
Moebius aunque muchos lo desconocían era el creador de aquel teniente que muchos descubrimos en las páginas de los tebeos y que respondía al nombre de Blueberry, y cofundador de la revista Metal Hurlant. Además fue el autor de una de las obras de cómic más hermosas que yo recuerdo, desde un punto de vista estético, como es
Y también era el 50 por ciento de una sociedad que reunía talento a partes iguales: el suyo, en la parte gráfica, y el de Alejandro Jodorowsky en el guión; que junto a la ya citada Los ojos del gato, crearon la maravillosa fábula del Incal, protagonizada por John Difool. Publicada primero en 6 libros individuales (El Incal Negro, El Incal Luz, Lo que está arriba, Lo que está abajo,
No sabría con cuál quedarme de ellas, porque aunque reconozco mi simpatía hacia Difool y su pajarraco y la fascinación que me produjo El Incal, siempre tuve debilidad por
En cualquier caso y pese a que los cómics y el mundo que los rodea aún se contemplan con prejuicios, no se me ocurre mejor homenaje a Giraud que sentir entre los dedos las páginas de algunos de sus libros y disfrutar con las imágenes de ese universo onírico, que en ocasiones es más real de lo que queremos admitir; porque ese reconocimiento implica a la vez aceptar el talento de unos creadores que para muchos ha sido siempre más cómodo ignorar o menospreciar.
07 Mar 2012
03 Mar 2012
Cine de terror
No es mala compañía para la sobremesa de un sábado aunar a Nina Simone y a un cardenal que sólo predica al paladar. Alguien podría pensar que esa mezcla embota los sentidos; desdeñando la posibilidad de que los agudice y dando por hecho que el gozo conduce a la tontura. Cuando en realidad puede que ambos sólo sean una vía para escapar de esa estupidez a la que algunos se empeñan desde distintos ámbitos y responsabilidades a condenarnos.
En general, y por supuesto con honrosas excepciones, cualquier aficionado al cine, no digo ya un experto como el fiscal general del Estado, sabe que segundas partes nunca fueron buenas. En particular, cuando el arranque es un mal guión y los productores defienden su inversión por encima del propio producto y alimentan esa máxima de que la realidad supere a la ficción.
Permuto a
Sonaría a broma, de no ser porque se ha escuchado de boca de todo un fiscal general del Estado. Lo que convierte la broma en algo serio y casi amenazador, no por el fondo, sino por las formas o el descuido en éstas, que deja entrever la supeditación de personas e instituciones al servicio de una ocurrencia. Me gustaría pensar que el fiscal general del Estado no es un mandado y que simplemente busca hacer méritos, pero en ambos casos, mandado o meritorio, da que pensar y por supuesto, no muy bien.
Cuesta entender, es muy difícil hacerlo, la diligencia con que los poderes públicos, y conviene recordar que
Puestos a elegir, preferiría a un fiscal general del Estado proclive a la comedia, pero, obviamente, en estos tiempos aquellos que acarician y detentan el poder no quieren desentonar y apuestan sin tapujos por el cine de terror.
callejondelgatopardo@gmail.com
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