Allá por finales de octubre, un atrevido periodista se preguntaba si para McCain no era mejor perder las elecciones, que ganarlas. Y, pese a que esa lectura podría haberse aplicado también al caso de Obama visto el panorama que afrontaba, lo cierto es que en el imaginario colectivo estaban tan recientes y eran tan cuestionables las políticas asociadas a George W.Bush, que la empresa abordada por el presidente 44 de los Estados Unidos, aún siendo histórica por su dificultad, la emprendía con el beneficio de la duda de la amplia mayoría de su país.
Sería debido a que eran tantas las esperanzas y semejante el número de miradas dirigidas al Despacho Oval tras el 20 de enero, que Obama quiso cometer sus primeros errores sin dejar margen de reacción. El nombramiento de varios colaboradores poco amigos de la transparencia fiscal, ni mucho menos empañaron la imagen del recién elegido presidente, pero evidenciaron cierta ligereza en la toma de decisiones. Una ligereza que, todo sea dicho, se ha cuidado mucho de evitar la Administración Obama desde entonces. Lo cierto es que, una vez subida la opinión pública mundial en la ola de optimismo generado tras la proclamación del nuevo presidente, el episodio de los colaboradores no pasó de “un suspenso en gimnasia”. Nada que compitiera, en definitiva, con el “10 en matemáticas” que suponía la firma de los documentos para el cierre de la prisión de Guantánamo, trabajo de corrección de Obama sobre un libro que bien podría llevar el título de “G.W.B- Un paréntesis en la Historia estadounidense”. Porque la realidad histórica del país está más cerca de reconocer el trabajo de Obama por devolver a EE.UU sus valores tradicionales (sin que signifique conservadurismo) que de denunciar manía persecutoria contra su predecesor.
Si Guantánamo fue la corrección inicial con la que Obama firmaba el prólogo de su propio legado, iconográfico y moralmente abrumador, el levantamiento de la prohibición por la cual no se permitía la investigación con células madre supuso la puntilla sobre el pasado reciente. No es
casual la intención del primer presidente negro de EE.UU de jugar ambas bazas en el terreno de, un lado la seguridad nacional y, de otro, la moral del país más poderoso del planeta. Su discurso en la toma de posesión lo dejaba bien claro. “Rechazamos como falsa la elección entre nuestra seguridad y nuestros ideales”. No obstante, en la versión corregida y aumentada que supone la presidencia de Obama, únicamente comprensible atendiendo a su predecesor, debemos citar la aprobación del plan de estímulo económico en el Congreso como el primer logro verdadero de su Administración. Los 787.000 millones de dólares aprobados forman ya parte del patrimonio político de Obama y las consecuencias que su inversión tengan, responsabilidad directa del presidente estadounidense.
En ese particular desafío que Obama ha mantenido con ocho años de gobierno de Bush, el anuncio de un calendario para la salida de Irak encabezaría, por su importancia, otro capítulo. La reedistribución de las fuerzas militares estadounidenses en Oriente Próximo, con protagonismo para Afganistán, ha supuesto el principal empeño de Obama en sus primeros días y, es posible, que también su primera frustración. Pese a la celebración internacional de su llegada, en la práctica, el presidente norteamericano se ha encontrado con fuertes reticencias por parte de los aliados de la OTAN para involucrarse en la misión afgana. Este hecho, que pone a prueba la “mano izquierda” del alabado dirigente, nos sirve además para mencionar la paradójica posición que distintos países “amigos” han adoptado en estos tres meses, caracterizada por la negación del “yo” y de la iniciativa propia, no sólo en materia militar. Resulta llamativo que se le criticara a Bush su política unilateralista y que, con Obama, se deshechen fórmulas que abunden en el protagonismo colectivo. Al tiempo, y en cuanto a las consecuencias domésticas para Obama, la política de “mano tendida” hacia Cuba, Corea del Norte e Irán, corren el riesgo de resultar inservibles por las características del receptor, lo que obligaría le a tomar una postura rotunda más allá de las buenas intenciones y la actitud dialogante que hasta ahora ha mostrado.
Y es que por encima de dimisiones precipitadas, decisiones de gran calado internacional como “Guantánamo”, apuestas por la investigación con células madre o ambiciosos planes de rescate económico, el reto para Obama consistirá en saber compatibilizar las oportunas correcciones sobre una época gris (por lo menos), con las señas de identidad de su Administración. Al fin y al cabo, si de lo que se trataba era de “desfacer el entuerto”, bien podrían haber advertido a los estadounidenses desde el comienzo. No parece, sin embargo, que Obama vaya a conformarse con eso.


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