Uno de tantos
El valor de un símbolo
Ayer, por primera vez, la llama olímpica tuvo que ser apagada en su recorrido desde las ruinas del templo de Hera hasta el estadio oficial de celebración de los próximos JJOO. Apagada por primera vez y por dos veces. Cómo y quién la apagara no es lo importante. Lo fundamental es que, gracias a la presión de los grupos pro Tíbet, ha quedado patente que occidente no está de acuerdo con la política china en esa región. Pero no el occidente representado por sus gobiernos, que callan sin pudor salvo contadas excepciones, sino el occidente de la calle.
Anteayer fue París, ayer fue Londres y hoy será San Francisco, donde ya han comenzado a moverse. Sin embargo, Pekín, parece que imbuída por sus propias mentiras y por su propia censura, sigue afirmando que las protestas provienen de "unos pocos separatistas tibetanos". Desde luego, no hay mejor sordo que el que no quiere oír.
Sin embargo, ¿constituyen estas protestas el mejor medio para llevar la democracia y los derechos humanos a China? De manera directa está claro que no. Poco le importa al gobierno chino la vida de muchos de sus ciudadanos (ocho horas estuvo el cadáver de una bebé en una acera de Pekín hasta que un hombre, repito: ocho horas después, tuvo la decencia de apartarla tirándola a un contenedor de basura), como para hacer caso a la ciudadanía occidental, ya saben, contaminada desde hace años por el virus del capitalismo que, casualidades de la vida, ellos comienzan ahora a abrazar.
Ahora bien, estas protestas sí pueden servir para que nuestros gobiernos (los gobiernos civilizados, coño, que parece que nos da vergüenza decirlo) se den cuenta de que los objetivos de democracia, derechos humanos y libertad no deben depender del potencial económico del país donde son violados. Y, a lo mejor, habría que transferir los bloqueos económicos de unos países a otros en los que sí existen razones para establecerlos. La experiencia olímpica, al contrario de lo que muchos dicen, no va a servir para iniciar una apertura política en China. Ni mucho menos. Pero sí puede que sirva para que el gobierno de Pekín se dé cuenta de que, si quiere estar en el juego, tiene que respetar las líneas básicas de respeto y convivencia.
De momento, un boicot comercial puede no ser necesario. Pero un boicot político a la inauguración de los juegos, si no hay movimientos por parte del gigante asiático, es absolutamente imprescindible.
(Este post se publica simultáneamente en La Comunidad de EL PAÍS y en La Comunidad de la Cadena SER)
Sobre este blog
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Fernando Blázquez
24 años, salmantino. La informática fue mi primera elección. Luego me di cuenta de que necesitaba dedicarme a algo más "humano". Lo intentaremos con el periodismo.
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