A ver que da el día
10 Jul 2008
Noveles.
El aspecto bonachón del galeno los tranquilizó a los dos.
Hacía un par de días que habían visitado al dermatólogo y no les había dado ninguna solución ni alumbrado ninguna posibilidad.
El problema persistía, y si bien ella se encontraba perfectamente la sintomatología del caso era terca y se empeñaba en dar, día tras día, noche tras noche los mismos indicios que tanto los alarmaban.
El médico, un hombre que frisaba la sesentena, los hizo pasar a la consulta para una toma de datos rutinaria: nombre, edad, estado civil, alergias, enfermedades anteriores de ambos, etc, tras lo cual preguntó a la chica que era lo que le ocurría.
-Vera usted, doctor, como le hemos dicho, hace tres meses que nos casamos y desde entonces nuestra vida sexual se podría definir como plena e hiperactiva. Pero, hemos observado, tras el viaje de novios y las vacaciones, que después de hacer el amor, aparecían unos extraños lunares en mi ingle izquierda que se esfumaban después de asearme tras las relaciones, pero esto solo ocurría en la hora de la siesta, cuando mi marido vuelve a casa para comer y aprovechamos para amarnos. En la sesión nocturna, cuando terminamos, mi cuerpo está igual que siempre (eso sí más satisfecho) pero sin lunares añadidos. En un principio lo achacamos al calor de la hora y al pelo propio de la zona, pero tras mudarnos a una habitación más fresca, y eliminar el vello púbico, los lunares seguían manifestándose en mayor o menor medida, pero sin faltar nunca a una cita-narró la mujer.
Fue entonces cuando el ginecólogo dijo a la chica que pasara a la sala de auscultación y examen y que se tendiera en la camilla tras desnudarse. La mujer, que había tenido la precaución de no lavarse para que el médico viera el objeto de la visita, presentaba una agrupación de puntos, diminutos unos, otros mayores, unos perfectamente redondos, otros más bien manchas alargadas, pero todos con la misma tonalidad negra azabache. El facultativo, con sus manos enfundadas en guantes de látex, cogió un bisturí de la bandeja de instrumental que había tras él y separo una minúscula lámina de piel manchada de las estribaciones del despoblado Monte de Venus de ella, la introdujo en un bote estéril para análisis y le pidió que se vistiera.
-Vuelvan ustedes mañana, ya tendremos el resultado de la analítica y sabremos a lo que nos enfrentamos. En principio no parece nada grave, no se preocupen- los tranquilizó el doctor.
A la mañana siguiente, a la hora convenida la asustada recién casada pasó de nuevo al despacho del buen doctor, que mostraba una tranquilizadora sonrisa de suficiencia. Iba sola, pues su esposo no podía faltar al trabajo dos días seguidos.
-Antes de decirle lo que le pasa, ¿puedo preguntarle algo, señora?
-Por supuesto, doctor. Pregunte usted lo que quiera.
-Su marido es carpintero, ¿verdad?
-Si, así es-confirmó la mujer, asombrada de la clarividencia del médico.
-Pues dígale que se quite el lápiz de la oreja cuando mantenga sexo oral con usted-ordenó el doctor.
Y se quedó tan pancho.
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calandria dijo
Gracias por recordarme este chiste, lo has contado genial jejeje ¡¡hasta he visto tu mirada picara!! Un abrazo
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