A ver que da el día
21 Jul 2008
¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?

Cada día que pasaba le costaba más trabajo empujar calle arriba su silla de ruedas. Debía de estar haciéndose viejo. La urdimbre de conchas marinas inmemoriales que adoquinaban la calle, adornándola con un torpe dibujo geométrico, parecía aumentar sus desniveles con el paso del tiempo, de forma que lo que otrora salvaba fácilmente con la fuerza de sus brazos, ahora necesitaba de un mundo de esfuerzos y golpes de riñón que lo dejaban extenuado, hasta que, por fin, conseguía nivelar la silla al llegar a la pequeña meseta que servía de basamento a la majestuosa catedral que alargaba su sombra matutina sobre las tejas llenas de orín y los angostos pasajes. En ese lugar, pedía limosna a los fieles de la misa de maitines y, después, a las vecinas que hacían la compra. Allí, generalmente, lo esperaba el Tomás, el ciego que vendía cupones para el sorteo diario. Cuando escuchaba a lo lejos el crepitar desesperado de los oxidados hierros de la silla del tullido, Tomás bajaba arrastrando la mano por la sucia pared, para darle un último empujón y colocarlo a su lado. Formaban un equipo, Leandro velaba para que nadie engañara a Tomás, con el cambio o con los billetes, y este, en justa correspondencia, acercaba al inválido agua o tabaco o lo que se le ocurriera cuando se lo pedía.
Cada vez tenían menos trabajo. Los modernos supermercados del extrarradio, habían dispersado la, ya de por sí, escasa clientela en un sinfín de lugares más baratos, más limpios y más atractivos que los antiquísimos establecimientos de la plaza arzobispal. Sólo los turistas más temerarios que se aventuraban por las callejas del casco antiguo, salvaban una situación que de otra manera lindaría peligrosamente con el hambre. Pero ¿Qué iban ha hacer? Su tiempo había pasado, sus esperanzas, si alguna vez las tuvieron, se habían consumido como una pavesa que apenas deja ceniza como testimonio. No les quedaba otra que apoyarse entre ellos y aguantar el tirón.
-¿quieres un pito, Tomás?-ofrecía Leandro de vez en cuando, sacando el librito y la petaca de debajo de la costrosa manta que le cubría sus raquíticas piernas.
-¡venga, de todas formas la vamos a cascar igual!-aceptaba siempre el ciego.
Ese era el preludio de un ataque de tos que duraría al menos veinte minutos, y que no se calmaría hasta tres o cuatro escupitajos y alguna que otra blasfemia después. Ambas cosas peligrosas viniendo de un ciego. Más de una vez había escupido encima de un cliente recién llegado que aún no había saludado, y en múltiples ocasiones soltaba sus imprecaciones a lo divino justo cuando pasaba camino de la catedral un sacerdote o una monja, que los miraban escandalizados, envueltos los dos por el humo de picadura más barata que se expendía.
Así pasaban los días de la extraña entente, hasta que, como sucede casi siempre, ocurrió algo cuando ya pensaban que no había de pasar nada. Una fría y lechosa mañana de febrero, en la que Leandro se tuvo que emplear más a fondo que de costumbre para coronar la cuesta de la catedral, llegó hasta ellos un caballero ataviado con un uniforme que no habían visto jamás (bien es cierto que Tomás no lo vería nunca). Gorra de plato, con una cinta a cuadros blancos y negros, correa y cinchas blancas y botas de media caña, negras y lustrosas, todo ello sobre un traje azul marino ceñido con botones dorados. Se identificó como policía municipal, y les comunicó a ambos, que en virtud de un bando del señor alcalde, quedaba prohibida desde ese día la mendicidad en el centro histórico de la ciudad, amparándose en la actual legislación, y, que en el caso de incumplimiento de la orden, se procedería al arresto y posterior conducción a los calabozos del consistorio, del/los individuo/s por contravenir la reglamentación establecida. Tomás, que llevaba los cupones prendidos con una pinza de la ropa de la solapa de su ajada chaqueta de pana, compañera inseparable de, al menos, veinte inviernos, se dirigió al policía en el tono más cortés que pudo articular, para decirle que él no estaba mendigando, sino vendiendo lotería de un sorteo legal y, que por lo tanto, estaba desempeñando un trabajo. Trabajo, que dado su lamentable estado de invidencia, necesitaba de un ayudante. Y señalo con su mano a la derecha, pensando que Leandro estaba allí, cuando en realidad se encontraba a su izquierda, guareciéndose todo lo posible de la escarcha de la gélida mañana.
-¡Tonterías!-dijo el depositario de la autoridad municipal-¡os quiero fuera de la plaza, o ya sabéis lo que os espera!-amenazó.
Se dio la vuelta sobre sus talones en un disciplinado remedo militar que le venía grande y se marchó calle abajo, resbalando sobre las conchas húmedas, pulidas por siglos de pisadas y el verdín mohoso de las umbrías
-¿quieres un pito, Tomás?-brindó cansinamente el inválido.
-¡venga, de todas formas la vamos a cascar igual!-dijo el ciego, esperando que su compañero le pusiera el cigarro encendido entre los dedos de su extendida, esta vez sí, mano izquierda.
Leandro percibió un punto de amargura en la voz de su amigo que lo acongojó momentáneamente, pero no le dio demasiada importancia ¡que diablos…! Mañana verían. Por lo menos él.

Últimos comentarios
- Agostos pasados. 1 comentario Vender Casa
- Destellos. 1 comentario cirujeda
- Noveles. 1 comentario calandria
- De motores y hombres. 3 comentarios rondiella jugador-1 amiga
- El enmascarado 2 comentarios amiga Juegos
Buscar
Suscríbete
Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

Gran via, 32. 28013 Madrid. Tel: 34 913470700

Escribe tu comentario