A ver que da el día
Alumbramiento.
El nacimiento y la muerte no son dos estados distintos, sino dos aspectos del mismo estado.
Mahatma Gandhi.
La vecina de arriba acababa de levantarse. Lo sabía porque todavía sonaba el agua de la cisterna en el bajante del baño, así que supuso acertadamente que el despertador sonaría en breve. Giró en la cama sobre su espalda y apoyó su gran embarazo en el colchón, por babor. Recuperó, con un escorzo forzado, el cojín que metía entre sus rodillas para que el hueco de su pelvis no se cerrara demasiado, porque en ese caso le dolería. Estaba tremenda; a pesar de ser su tercer embarazo no terminaba de acostumbrarse a la metamorfosis paquidérmica que experimentaba al quedarse preñada y observaba su reflejo en los escaparates y los espejos, asombrándose cada vez más, como si viera a un extraño que le resultara muy familiar. La ginecóloga que le hacía el seguimiento prenatal no paraba de recordarle que no debía cometer excesos de ningún tipo, ni en la comida, ni en el trabajo ni, por supuesto, en el sexo. Y sin embargo, la felicitaba por no haber engordado más de lo necesario. ¡Increíble! ¡Pero si estaba como un tonel!
El pequeño se levanto para ir al baño, y de vuelta a su habitación se percató de que su padre ya había salido a trabajar, así que el territorio prohibido y seductor que había dejado en la cama pasaba, por derechos de herencia innegables, a ser terreno potencialmente explorable y de su propiedad. Ahormó su cuerpecito al hueco que persistía en el colchón y cerró los ojos. El peso del niño bastó para desequilibrar la precaria estabilidad de la cama y, a consecuencia de esto, el aparatoso volumen de la mujer encinta comenzó un giro inexorable hacia dentro, como si de una galaxia atraída fatalmente por un agujero negro se tratara. La fatigada mujer deshizo el movimiento anterior girando de nuevo sobre su espalda, para acomodarse, esta vez a estribor, igual que un navío abandonado varado en una cala. Recompuso litúrgicamente el rosario de pequeñas cosas que necesitaba para descansar, desde el consabido cojín, hasta el antifaz que usaba para oscurecer por completo sus noches. A veces, hasta el elástico de sus bragas le molestaba como si llevara ceñido de más un cinturón de cuero. Cuando hubo terminado por fin y después de hallar la postura idónea (al menos durante los próximos quince minutos), sonó el despertador. Debía levantarse. Tenía que preparar el desayuno de los peques, a los que en breve recogería el autobús.
Para incorporarse sobre la cama, la grávida señora sacaba sus piernas, formando un ángulo recto con su tronco, fuera del colchón, lo que le daba una posición igual a la de sentada, pero aún recostada sobre la cama, y entonces, apoyada en su brazo derecho, iba tomando la postura erguida. Cuando lo consiguió, al segundo intento, una bocanada amarga subió por su garganta, dejándole un gusto acibarado en la boca y una sensación aceitosa en el paladar. En el compendio de consejos, supersticiones y creencias inverosímiles que jalonan cualquier gestación, siempre se había dicho que la acidez de estómago venía dada por la abundante cabellera del nonato, pero ella sabía por experiencia que era una más de las muchas mentiras que se tenía que tragar, puesto que en sus dos partos anteriores alumbró sendas bombillas (dicho sea sin ánimo de hacer un chiste fácil) y si la tesis fuera cierta tendría que haber parido a dos rastafaris, pues los ardores gástricos no la habían abandonado en ningún momento, igual que ocurría en este embarazo. La excursión al cuarto de baño, esquivando los juguetes de los niños que habían quedado en el suelo de la noche anterior y aguantando las arcadas que la visitaban todas las mañanas, fue una odisea a la que estaba acostumbrada. Estaba de ocho meses y seguía vomitando, definitivamente este era su último embarazo, dijera lo que dijera su marido. Con una mano apoyada en el lavabo y la otra sobre el toallero, tomo asiento en el váter y alivió su muy exigente vejiga, que cada vez requería de su atención más a menudo. No en vano, sus órganos estaban reducidos a la mínima expresión para dotarla de funcionalidad, pero no de autonomía. Por ejemplo, tenía hambre casi de continuo, pero no podía comer más allá de dos o tres bocados, porque se saciaba enseguida. La razón era que su estómago representaba una décima parte de lo que era cuando se preñó, porque había sido empujado por su útero, que vampirizaba al resto de las vísceras. Se ahogaba nada más poner pie en tierra, porque sus pulmones estaban comprimidos por el diafragma que había subido al menos diez centímetros en su anatomía. ¡Y para colmo de males los riñones la estaban matando! Se limpió trabajosamente y volvió a tomar los estribos que le permitieran ponerse en pie y lavarse las manos.
En la cocina, el olor del pescado frito que cenaron la víspera, le provocó de inmediato nuevas arcadas, que controló como pudo para empezar a preparar los bocatas de pan con Nocilla que almorzarían hoy los peques. Les calentó leche y les sirvió un tazón de cereales a cada uno. Fue hasta el cuarto de la mayor para despertarla y volvió hasta su propia habitación para hacer lo propio con el peque, que ya se desperezaba sentado en la cama, con cara de ausencia absoluta. De vuelta a la cocina, hizo un alto para reposar unos segundos en el sofá del salón. Se sentó justo al borde del puf, evitando así la presión de la cabeza del feto sobre su coxis. El que estaba por venir, ya se manifestaba en el claustro, dando patadas y manoteando. Parecía jugar bajo una sábana al “ahora me ves, ahora no me ves”. Sus piernas, otrora torneadas y esbeltas, tenían ahora la apariencia de columnas con un único diámetro desde el tobillo hasta la rodilla; la retención de líquidos había forzado el antiestético cambio, que, por otra parte, le provocaba dolores intensos en las varices que afloraban en sus ingles y sus muslos, así que cada cierto tiempo debía invertir la fuerza de la gravedad en sus extremidades inferiores, sentándose algunos minutos.
Arrastrando los pies, llegó hasta la puerta de la cocina y fue entonces cuando notó como si una ducha caliente y pausada le manara piernas abajo, hasta empapar sus bragas, su camisón y sus zapatillas. Estaba aquí, ya llamaba a su puerta. Rápidamente hizo un inventario mental de las cosas que debía preparar para su visita a la maternidad, cayendo en la cuenta de que ya lo tenía todo listo desde hacía más de un mes. Así que tomó su teléfono y avisó a la vecina de arriba, que se había ofrecido para cuidar de los peques mientras llegaba el nuevo hermanito. Como supuso que su marido estaría en plena reunión, le envió un mensaje que decía: “La cigüeña te espera en el hospital, no tardes”. Besó a sus hijos con una ternura inmensa, y salió de casa, cargando la mochila en la que llevaba su documentación y sus mudas limpias. En su ánimo, una mezcla de ilusión y pesadumbre hacían que se sintiera confundida, asustada y feliz a un tiempo.
Faltaba poco para que todo terminara y, sin embargo, todo estaba por comenzar…
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