No más arma que la palabra
Cobrar por sacar buenas notas
No es casualidad que haya sido precisamente en EEUU donde se ha puesto en marcha un plan de mejora de resultados escolares a base de pagar a los niños por sacar buenas notas. Desde hace ya tiempo, la psicología conductista del condicionamiento se ha extendido considerablemente entre los profesionales de la educación y de una manera más vulgar y cotidiana entre padres y familiares. Es corriente prometer a los escolares tal o cual regalo si sacan determinadas notas y, al contrario, amenazarlos con quedarse sin la “play” si no obtienen determinados resultados. Y esto se ve como muy normal y educativo.
Pues a mí este mercantilismo trasladado al campo del aprendizaje infantil me parece de lo más obsceno y un claro desprecio al mundo del conocimiento: con ese chantaje a que se somete a los menores se les está estimulando a que estudien para lograr algo distinto, a que valoren el premio; está claro que el conocimiento es despreciado en ese procedimiento, en favor del pago material. Pero es que además, iniciado este proceso, puede entrarse en una huida hacia adelante cuyo fin no se puede prever; porque, aunque en principio parezca que es el mayor quien compra la conducta del niño, pronto se verá que es el menor quien aceptando o rechazando el premio es quien chantajea al padre, a la madre, a los abuelos. Eso es un pozo sin fondo.
El mundo del conocimiento tiene un valor en sí, independiente de factores externos, de premios y castigos. Y eso es lo que hay que transmitir a los escolares. El conocimiento es un valor que uno adquiere, independientemente de las notas, sin necesidad de competir con los hermanos o los compañeros de clase: el valor de conocer frente a ignorar. El fracaso escolar fundamental es haber abandonado, no saber transmitir el verdadero valor del conocimiento, el desarrollo de ese factor personal.
Pero esto no es Jauja, aquí hay obligaciones. Eso también hay que transmitirlo: todos tenemos obligaciones, cada cual las suyas. Y los niños también, como sus padres, como los profesores, cada uno su horario y sus exigencias. El mundo funciona y tenemos cosas o no porque entre todos las aportamos o estropeamos. Pero nadie puede ser (ni le podemos permitir que sea) tan fresco como para que entienda la vida como un capricho para él, que las obligaciones son para unos sí y para otros no. Como los derechos, a todos nos igualan.
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