Un corte en el dedo con una hoja de papel
__la novela que se niega a dejar de crecer. (actualización: sábados)
11 Oct 2008
17. Un sitio para deambular en calma
[Sábado / interior / madrugada]
Un escalofrío intenso me recorría la espalda de arriba abajo, a medida que me acercaba a la puerta recién descubierta. Apreté los dientes y tecleé la clave. El ruido de la puerta sonó mucho más fuerte, debido al silencio turbador. Subí las escaleras del interior, muy poco iluminadas por las luces de emergencia. Daba auténtico respeto adentrarse así a oscuras, pero nada podía hacerme cambiar de opinión. Tras unos cuantos recodos, empujé la puerta que daba a la sección de ropa interior femenina. Me deslicé entre sujetadores de todas las tallas, encajes, y colores, y tiré accidentalmente algunos al suelo. Me paraba cada pocos pasos para escuchar los pasos de los guardas. Atravesé los accesorios para el coche, la comida para mascotas, los juguetes, las pilas, y las velas para decorar, de esas que nunca prenderían si uno tenía la osadía de usarlas. Llegué a la tienda de Ringo y palpé la lona de su tienda de campaña. Recordé que me daba dentera el sonido de la mano contra esa tela, así que la aparté enseguida. Después de unos segundos abrí la cremallera, y estaba vacía, como si nadie hubiese entrado jamás a ocuparla. Conservaba hasta el olor a novedad, ese terciopelo que se siente en la nariz al abrir un libro de texto nuevo. Me rasqué la cabeza, más confuso que nunca. Vagabundeé entre estantes, y al final cogí un cactus pequeño, para regalárselo a Maud.
- Estoy perdiendo el tiempo – susurré.
Me encaminaba a la planta baja del hipermercado cuando lo escuché:
- Quien confía pierde el miedo... – dijo Ringo, y di un buen salto hacia atrás. Apreté sin querer la mano sobre el borde del cactus y me mordí el brazo para no dar un segundo grito.
- Me has dado un susto de muerte.
- ... el que no teme no duda – prosiguió, sin hacerme caso –; el que duda, estése quieto; que un firme nada recela, pero celar... es cautela.
- Muy bonito.
- Lope de Vega, querido amigo – dijo, mirando hacia un pasillo más iluminado que los demás. Llevaba un pijama de verano y unas chanclas de playa. Sostenía un libro de poesía del Siglo de Oro, en una de esas ediciones para escolares –... no duermo demasiado. Tampoco eres muy sigiloso que digamos – señaló mis zapatillas, que me quedé contemplando. Además de ser verdes y moradas, eran nuevas, y las suelas rechinaban de vez en cuando. Recuerdo que cuando era niño, me empeñaba en encontrar las zapatillas que producían ese sonido; mis padres tardaron mucho en explicarme que todas las cosas nuevas producen sonidos que acaban abandonándolas tarde o temprano.
- Cogí las primeras que pillé – me disculpé.
- Ahí está lo que te decía con lo de tener cautela: coges las primeras que tienes a mano; ahí está tu fallo de escritor. Tienes humildad para desechar ciertas ideas. Pero el error está en no ser consciente de ello, en no atreverse a buscar las zapatillas apropiadas. Todo tiene solución si se llega a tiempo – dijo, y su mirada se ensombreció –. Salgamos fuera... he encontrado un lugar bastante seguro para hablar.
Lo seguí por varios pasillos oscuros que no me sonaban. Ringo cogió algo de unos estantes. Llegamos a una puerta disimulada tras un espejo en la sección de electrodomésticos. Siempre me había preguntado qué pintaba un espejo allí. Escuchamos un pitido lejano. Ringo fue hasta uno de los microondas expuestos y sacó una bolsa de palomitas recién hechas. El aroma de las palomitas logró que me olvidara del dolor de la mano. Sacó un bol de detrás del microondas y volcó el contenido y el humo de la bolsa con elegancia, con esa misma elegancia de Monti. Se acercó hasta la puerta masticando una.
- Estos microondas silenciosos de ahora... son los mejores.
- Qué bien te lo montas – dije, realmente asombrado.
La puerta tras el espejo conducía a una escalera exterior, adosada al edificio, que precisamente daba a una de las zonas más solitarias. Daba la impresión de que no se utilizaba el acceso en años. Había que ir con cuidado para no cortarse con la oxidada escalera. Subimos poco a poco, acompañados de un chirriar incesante y de las palomitas agitándose y enfriándose. Llegamos a la azotea. Desde allí se veían cristaleras en el suelo, a través de las cuales se podía ver a su vez parte del mundo subterráneo que era el centro comercial. Era un lugar muy tranquilo, como un puesto de vigilancia de la avenida cercana y solitaria, y parte del sur de la ciudad, con sus árboles altos envueltos en una bruma naranja. Nos sentamos en una caseta de hormigón, con una portezuela que hacía vibrar un caído cartel de peligro. Un grillo palpitaba en un rincón. Se estaba muy bien. Era el momento para compartir palomitas y pensamientos.
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"Hay una literatura para cuando estás aburrido. Abunda. Hay una literatura para cuando estás calmado. Ésta es la mejor, creo yo. También hay una literatura para cuando estás triste Y hay una literatura para cuando estás alegre. Hay una literatura para cuando estás ávido de conocimiento. Y hay una literatura para cuando estás desesperado." (Los detectives salvajes, Roberto Bolaño)
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2 comentarios · Escribe aquí tu comentario
Mi tactica es amar y ser amado= antuanel dijo
Te felicito amigo, he leido tu mano y he visto un porvenir (literario) hermoso.Sigue asi
Un Saludo
marr dijo
Me encanta, como sigue?
Un saludo, maría
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