Un corte en el dedo con una hoja de papel
__la novela que se niega a dejar de crecer. (actualización: sábados)
28 May 2008
8. Mi penoso discurso de presentación.
[Viernes / interior / tarde]
- Yo... esto... escribo, cosas – Una y otra vez me había imaginado esta posible conversación, y ahora que lo tenía delante, me quedé con la mente tan en blanco que no supe responder con cordura. Quizá eso hizo que se fiara de mí totalmente. – Se puede decir que escribo cosas... soy escritor. Lo intento. Probablemente habrás leído alguna columna mía en la prensa... – aquí está. Ni una pizca de cordura en la explicación de mi trabajo – Je, bueno, me gusta mucho su... tu obra – como colofón me apoyé en un estante que cedió a mi peso y cayeron varios libros, entre ellos alguno de Ringo. Todo un espectáculo. – Hoy te he visto en las noticias... – Ringo recogía mientras escuchaba mi penoso discurso.
- Tengo que ir al baño – se limitó a decir.
Una vez en los servicios públicos, me dio la sensación de que el reflejo de Oliver, el protagonista de El penitente, nos miraría en cualquier momento. Como era de esperar, las jaboneras y la secadora de manos estaban averiadas. Ringo se lavaba las manos con tranquilidad, con todo el tiempo entre sus manos mojadas, y se echaba agua en el pelo. De vez en cuando se paraba, miraba sus entradas y se alisaba algunas canas. Varias gotas de agua se habían resistido a desaparecer y perlaban su cabello: diminutas lágrimas de rocío.
- ¿De qué estábamos hablando?
- De tu desaparición. No dejaste rastro alguno.
- Todo a su tiempo... todo a su debido tiempo – se tiró del cuello de la camisa y se rascó el cuello. Evidentemente, la conversación le incomodaba, de modo que volvió a peinarse con los dedos –. Así que eres escritor – encontró por fin la forma de salir del tema. Suena egoísta, pero me hubiera encantado ser el primero en saber los detalles de su volatilización (de esta forma me gustaba referirme al tema). Busqué alguna frase que llamara la atención, pero no encontré ninguna.
- También representé sus dos únicas obras de teatro.
- Fueron las dos únicas que se publicaron, aunque hubo otras – se miraba al espejo como buscando explicaciones en su reflejo –. A decir verdad, acabé por dejar a un lado el teatro... a veces pienso que es demasiado profundo para mí.
- ¿Puedo pedirte un favor? – no sé por qué salté tan bruscamente, pero sabía que era entonces cuando debía hacerlo, o nunca sería capaz – Me gustaría que leyeras algunos textos míos y... en fin... echarme una mano dándome tu opinión... constructiva.
- Me has ayudado a entrar aquí. Es justo – Lo decía en un tono de sopesar las posibilidades, pero todavía creo que imaginaba mi propuesta y que incluso le apetecía. Arrastraba las palabras –. Estoy intrigado... puede sernos útil a los dos – a continuación pareció sumirse en un complicado dilema –. Este de la escritura es un duro territorio en el que nadie, nadie está a salvo – salió de sus indagaciones y miró la hora en el reloj de pulsera –... tráeme algo y lo leeré. Aquello de lo que estés más orgulloso.
- Vivo aquí cerca. Tardaré veinte minutos.
- Frutería del centro comercial. Ahora salgamos de aquí, tengo mucho que preparar, y me da la sensación de que estos azulejos blancos oyen.
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"Hay una literatura para cuando estás aburrido. Abunda. Hay una literatura para cuando estás calmado. Ésta es la mejor, creo yo. También hay una literatura para cuando estás triste Y hay una literatura para cuando estás alegre. Hay una literatura para cuando estás ávido de conocimiento. Y hay una literatura para cuando estás desesperado." (Los detectives salvajes, Roberto Bolaño)
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Juegos dijo
Muy bueno!!! jejeje
marr dijo
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