Un corte en el dedo con una hoja de papel

__la novela que se niega a dejar de crecer. (actualización: sábados)

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13. Posible final, 1.0

Escrito por: daniel-jandula-martin el 06 Jun 2008 - URL Permanente

[Viernes / interior / noche]

Fuera, la ciudad seguía a su propio ritmo, escuchando su música interior monocorde. Las calles nunca se vaciaban, ni paraba su asfalto de latir. Los letreros luminosos, las voces alzadas, las marquesinas, el temblor del metro, los barquillos de plata y los caramelos color violeta, todo a la vez, era lanzado hacia arriba, hacia el cielo. Daban ganas de pasear bajo la noche, de convertirse en noctámbulo y vagar por las calles. Mientras tanto, en mi ordenador se debatían cuestiones más importantes que mis deseos. El detective tenía que atrapar a su enemigo. Finalizar otra novela, con la esperanza de que ésta encajara en alguna línea. Y sobre todo con la ilusión de que fuera satisfactoria a los ojos de Ringo, el juez más implacable por el momento. Si dejamos a Maud a un lado, claro.

El Detective ocupó la única cabina en cientos de metros a la redonda. La cúpula del Planetario reflejaba los apagados tonos de las farolas. Estaba solo en aquella madrugada aislada, de modo que casi no podía intuir las líneas de césped y de los bancos, la plataforma separada, en parte, de la tierra, destinada a pretender las estrellas. El tubo fluorescente de la cabina relampagueaba. Podría montar una discoteca aquí dentro, se decía a sí mismo. Vio el alucinante viaje de su mano introduciendo una moneda, para desaparecer bruscamente, por lo que se miró el brazo y se aseguró de que aún conservaba su mano. Tras doce tonos, una voz soñolienta intentó decir “diga”, pero sonó “miga”.

- Despierta. Tenemos trabajo – dijo el Detective.

- ¿De qué hablas? Son las dos y... casi las tres de la mañana.

- Se esconde en la estación de metro que están construyendo.

- ¿Cómo lo sabes?

Colgó. Si no escuchaba a su superior diciéndole que esperara allí quieto, podría desobedecerle. Volvió a mirar la nota que encontró en su buzón apenas unos instantes atrás:

Planetario. 03:00. Saldaremos cuentas. SOLO.

Rodeó el edificio y descendió por un terraplén recubierto de hojas enormes. De día, las hojas formaban una alfombra sobre la que apetecía rodar cuesta abajo. En ese momento, eran arenas movedizas en las que él se hundía hasta las rodillas. Se aferró a una barra metálica, una de tantas que sujetaba la estructura que mantenían el Planetario flotando en el aire. Siguió la trayectoria de la barra, que le llevó a un camino asfaltado, y llegó a un puente rodeado de altos muros de ladrillo con enormes agujeros. Al final del todo, ya podía ver las obras de construcción de la estación de metro. Se coló por un agujero en la valla, más o menos igual de grande que el de los muros que vio un poco antes: suficientes para hacer pasar un tigre por él. En todo el trayecto no vio absolutamente a nadie.

Sería una estación considerable. Un mural violáceo con diminutas perlas y oscuros huecos se podía ver desde la entrada. Un rumor de vértigo le recorrió la espalda cuando comenzó a bajar las escaleras trabajadas a medias, que protestaban soltando una nube de tierra a cada paso. La escalera se transformaba en túnel a medida que llegaba donde estarían los andenes. En las paredes se desparramaba multitud de cables, cada uno retorciéndose a su aire. El Detective salió a un andén con el suelo construido sólo en parte. Una gotera lejana contribuía a crear ambiente. Algunos carteles reposaban contra una pared. Se acercó al borde del andén y contempló unos instantes las vías donde dormían algunas latas de cerveza. Oyó unas pisadas y se giró, llevándose por instinto la mano al sobaco.

- ¿Quién anda ahí? – gritó. Le tiritaba la voz y carraspeó.

- Tranquilo – salió un Vagabundo, con los brazos en alto –. Tranquilo, compadre.

El Vagabundo se tambaleó en dirección al Detective, y a los dos pasos se apoyó en un banco cubierto de precinto y sin soldar en el suelo. Estaba claro que no era la amenaza que esperaba. Vagabundo alzó un dedo, se rascó una ceja y apuntó al suelo, sobre el que se había asentado una fina capa de yeso en polvo.

- Tienes los zapatos desabrochados. No te vayas a caer.

- Sí, bueno – el Detective miró hacia abajo, sin apartar la mano del sobaco, rozando con las yemas de los dedos la culata de su pistola –. Me gustan así.

- No. Te vas a caer – eructó –. Luego no me digas que no te he avisado.

Sacó un periódico y se recostó en el banco, tapándose con la sección de Sociedad. El Alcalde saludaba en blanco y negro a una señora encantada de estar allí. Un Fotógrafo al fondo apuntó directamente con su cámara al Detective, algo que inquietaba bastante. A punto estaba de sentarse también a esperar cuando un grito le hizo echarse al suelo.

- ¡Detectiveeee! – gritó el Asesino.

Disparó unas cuantas veces, lo que hizo al Vagabundo meterse debajo de su banco. La munición se le acabó en seguida, no como en las películas, que duran eternamente. Así que salió de su escondrijo, tras unos cartones al otro extremo del andén, y con un impresionante salto pasó al andén de enfrente, echando a correr hacia otros pasillos. El Detective tomó impulso para imitarle, pero pisó su cordón suelto y cayó a las vías.

- ¡Te lo dije! – dijo el Vagabundo, riéndose.

El Detective maldijo un par de veces mientras contemplaba al Asesino alejándose. Recostado sobre su codo derecho, miró al profundo túnel. Pegó la oreja al raíl, como hacían los indios de las novelas que leía su abuelo. Temblaba el suelo con una furia lejana, que iba en aumento. Se incorporó, pues enseguida se dio cuenta que venía un tren. Recordó que la nueva estación se situaba entre dos que funcionaban con regularidad. Agitó la muñeca, pues no podía creerse que a esa hora existiese tráfico. Recordó otra cosa: era fin de semana. Trató de saltar hacia el andén, pero los cordones, de un modo inexplicable, y como en una broma sin nada de gracia, se habían enganchado en la vía. Tiró con fuerza, probó a desatar las cuerdas, le dio golpes... sin éxito. En un desesperado último intento, logró zafarse de los zapatos y, con ayuda de un brazo que se había estirado para colaborar, subió al andén a tiempo de ver un tren corto que pasaba por la estación supuestamente vacía. El tren iba vacío, excepto en su parte trasera, en la que un grupo de unas cuantas personas le miraban. Esto le dejó una impresión de la cual no podría apartarse en bastante tiempo.

- Gracias – dijo al Vagabundo.

Éste le sonrió, se puso un ajado sombrero gris, y se marchó por otro pasillo que seguramente daba a otro universo. Justo en ese instante, aparecieron las voces de los agentes que llegaron para echar una mano. Justo a tiempo, como suele suceder en las historias de este tipo, cuando uno se queda de pie, sin zapatos.

No pude evitarlo. Deseé que mi personaje entendiera que nadie debía morir en las obras de una estación de metro. Es cruel, hasta para un asesino. Así que aplacé una vez más el desenlace. Contemplé unos instantes el reloj de la pantalla del ordenador: 22h51. Después de una frugal cena, Maud y yo nos acostamos. Ella estaba tan cansada, que no me preguntó por lo sucedido en el centro comercial. De hecho, no le pareció extraño ver una bolsa en la cocina con comida para gatos, a pesar de que nunca hemos tenido uno. Tampoco me planteé mencionarlo, ya que aún dudaba de cuánto había de real en el encuentro con Ringo. Me limité a besar sus párpados cerrados y a poner mi mano en su pecho firme y sabroso como una manzana. Fuera, se encendieron unos cañones de luz que el ayuntamiento puso para la inauguración de una obra monumental junto al río. Durante varios días parecía que buscaran a Batman sin éxito.

9. El detective y la hormiga

Escrito por: daniel-jandula-martin el 30 May 2008 - URL Permanente

[Viernes / exterior / tarde]

Más dudas: ¿hablaba Ringo en serio cuando decía que iba a quedarse a vivir dentro de un centro comercial? A primera vista, parecía una buena idea: tenía todo lo necesario a mano y por las noches debía ser un lugar muy tranquilo. ¿Por qué entonces correr un riesgo innecesario? El hecho de cruzarme en la vida de Ringo (o que Ringo se cruzara en mi vida) tenía un sentido que aún no había descubierto. ¿Era mi deber informar a la policía o a quien fuera? De momento, la respuesta era un rotundo <<no>>. ¿Qué pensaría él de mis escritos? Mejor dicho, de mi último escrito que aún tenía que concluir. Tras encontrarme con Ringo, me di cuenta rápidamente de que tenía que darle una última vuelta de tuerca a mi novela. Decidí, en un par de segundos, acabar con el protagonista, un detective cuya principal preocupación era limpiar su pasado turbulento. Al menos, la historia necesitaba que él perdiera, para darle un fin coherente con los detalles trágicos que había dispersado por las páginas del libro, como un sembrador dispersa sus semillas.

El calor era un elemento clave de la novela. Durante el verano en que transcurría, el personaje del detective buscaba alejar sus preocupaciones, sus temores, su calor. El poderoso leitmotiv consistía en un cubito de hielo alargado que giraba en un vaso de tubo mientras se empapaba de bourbon y mojaba unos cada vez más ásperos labios. Eso y atrapar a un asesino. Tras varios esfuerzos, y a punto de arrojar la toalla, el detective, tumbado en una azotea con el sol rascando su atormentada frente, lograba ver la luz. Veía una hormiga trepar y descubría así la forma de atrapar a su enemigo. El detective aplastaba la hormiga con un dedo y fin del libro. Lo interesante, según mi parecer, era ver la renovación del otrora corrompido agente de la ley. Por eso decidí acabar ahí, con la imagen de la hormiga pisoteada. Un final abierto. Me gustaba la imagen de la hormiga, de algo frágil y cambiante, a pesar de que a menudo puede alzar hasta nueve veces su peso y fijar un rumbo determinado, pasando por el agotamiento si es preciso. Es un poco como el ser humano que sólo quiere ver lo que tiene delante; que sólo se preocupa de amasar comida y recursos; que necesita organización y explorar en ocasiones otros mundos; que se considera un ser perfecto, pero en realidad siendo pequeño, como una cáscara de nuez en el océano azul y doloroso. Hasta aquí todo bien... hasta que vi a Ringo y decidí, no sé si por algo que dijo él o por un azote de creatividad, fundir al detective con la hormiga y aplastarlo con un pulgar mucho mayor que él. Decidí darle a Ringo el grueso de la novela y que me orientara para lograr el final más sorprendente. Alguien dijo en una ocasión que el final de un libro debe provocar melancolía, como si de un buen viaje se tratara. Eso es exactamente lo que quería conseguir. Esperaría a Ringo para lograr una mayor melancolía. Inundaría las calles con agua perfumada de calor y llevaría a buen puerto mi ejército imparable de hormigas.

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"Hay una literatura para cuando estás aburrido. Abunda. Hay una literatura para cuando estás calmado. Ésta es la mejor, creo yo. También hay una literatura para cuando estás triste Y hay una literatura para cuando estás alegre. Hay una literatura para cuando estás ávido de conocimiento. Y hay una literatura para cuando estás desesperado." (Los detectives salvajes, Roberto Bolaño)

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