Un corte en el dedo con una hoja de papel
__la novela que se niega a dejar de crecer. (actualización: sábados)
10. El extraño
[Viernes / interior / tarde]
Llegué junto a la cafetería de Maud y me detuve para darle la noticia. Pensaba esperar hasta la noche, pero era incapaz de contenerme. Me vio cuando estuve a unos veinte pasos. Me leyó la expresión de alegría en la cara cuando estuve a diez, y me guiñó un ojo a los cinco. Olía a vainilla desde los tres pasos y me di cuenta que se había recogido el pelo a los dos. Puse el brazo en la barra.
- Ponme un vaso de agua. Tenemos algo que celebrar.
-¿Celebrar qué? – Maud está guapísima cuando pregunta algo. Apunta con su naricilla hacia algún lugar indeterminado del techo.
- Aaaaah, ya te contaré.
- ¿Qué tienes entre manos? – ella tenía la mirada de querer decir algo así: <<¿por dónde me vas a salir ahora?>>. Es lógico. Casi me pidió que le echara el aliento por si había decidido hacerme amigo de una botella de licor barato.
- No te preocupes, esto es bueno, algo muy bueno, de verdad. Me da la sensación de que no te fías de mi.
- No es eso, es que...
- ¿Que?
- Llevas un año así... cada vez que anuncias algo nuevo, nos echamos a temblar y pasamos un par de días con miedo... de un guión pasas a una obra de teatro, luego a un ensayo para acabar con unas “coplas a la muerte de mi perro”... necesitas centrarte.
- Cuando te lo cuente, te sorprenderás. Esto es distinto... Maud, Maud, cariño, mírame. No intento que cambies de opinión así, por las buenas, sólo confía en mi… Está realmente preciosa con el pelo recogido.
- ¿No será lo de volver a ser inventor?
Lo reconozco: tuve una etapa en la que quería ser inventor. Por ayudar a la gente, aunque sólo fuera con cosas completamente inútiles. Primero una almohada que cuenta chistes o cuentos, después un martillo para alisar el pelo. Bobadas, pensarás, pero entonces era el colmo de hacer feliz a la gente. Una vez leí que la clave del éxito está en crear necesidades nuevas: el teléfono móvil, el pelador exclusivo de patatas, la televisión de plasma, la cama que se infla con un solo botón... son ejemplos de cosas que hacen pensar al mundo: <<¿por qué no lo habían inventado antes?>>. Claro que mis intereses creados eran un tanto... surrealistas. Íbamos a enzarzarnos de nuevo en otra discusión sobre el sentido del deber laboral cuando se nos acercó Monti, un compañero de Maud.
- Tommy, una cervecita...
- No te he pedido una cervecita – sonaba muy brusco dicho así, por lo que esbocé una media luna con mi labio inferior y solté una razón que se me antojaba disculpa – me sienta mal el alcohol.
- Sólo es una cerveza, sin alcohol si quieres.
- La última vez que tomé sangría miré a Maud y la confundí con un semáforo. Con la última cerveza acabé en un centro de día para enfermos mentales, no me preguntes por qué. Además – puse un tono de confidencialidad – ella me huele el aliento.
- ¿En serio?
- Como un sabueso.
- El caso es que te tengo que poner algo – adoptó sin venir a cuento una postura de mayordomo irlandés que anuncia una indeseable visita. Esto es, sin ceder, pero poniéndose de parte del señor de la casa; en este caso yo, porque no podía ser otro, y porque esta es mi historia.
- ¿Por qué?
- Aquel señor de allí dice que te invita – señaló descaradamente con el índice a mi anfitrión.
Allí estaba, en la mesa diez, mirando en nuestra dirección mientras sorbía lentamente su café solo con leche condensada. Parece raro lo que voy a decir, pero en aquel momento me dio la impresión de haber visto a un familiar que recuerdas de pequeño y al que no has visto en veinticinco años. Había algo cercano. Tonterías, pensé. Sensaciones que no llevan a ninguna parte. Me dije: será mejor que conozcamos al caballero que se ha dignado a invitarme a mi vaso de agua.
- Con un par de cubitos de hielo – le pedí a Monti.
Mientras me acercaba al caballero, no perdí de vista su aspecto... extraño. De hecho, en lo sucesivo, me resulta apropiado denominarlo simplemente <<el extraño>>, sin más. Es lo que mejor resume su traza. Una apariencia inquietante, casi intimidatoria, y un traje feísimo. Yo no entiendo mucho de trajes, pero desde luego si quisiera que una turba enfurecida se lanzase contra mí, elegiría ese mismo traje. Color esmeralda. Me acerqué un poco más y sus rasgos creaban muchas sombras en su cara blanca, que parecía una máscara de cera. Tenía arrugas en el cuello y una nariz pequeñísima. Tenía... sí, tenía dos ojos. Para qué perder el tiempo describiendo sus detalles, cuando incomoda tanto. Daba la impresión de ser una persona a la que no han terminado de hacer. Una presencia que lo hace destacar del resto. Esa es la palabra: presencia. Cierta seguridad y aplomo, justo lo contrario que yo, que encima tuve que esquivar una mesa para dos en la que se habían sentado siete personas que disfrutaban de sus cafés y engullían sus palmeras de chocolate, ajenos al mundanal ruido. Una vez junto a él, me detuve y levanté mi vaso de tubo, que se me escurría ligeramente. Hice una simpática reverencia.
- Es un honor poder invitarle, señor... ¿me permite llamarle Tomás... su nombre de pila? – me señaló la silla frente a él.
No esperaba una presentación así. Esperaba un balbuceo, o un toque pequeño de timidez, aunque fuera por mera cortesía. En dos frases, consiguió inspirarme temor, y romper dos reglas de la buena educación: ponerse en pie al presentarse y no dar las buenas tardes. Aunque yo no soy nada educado, tampoco.
- ¿Cómo sabe mi nombre?
- Sé de usted tanto como usted sabe de mí. Digamos que he leído cosas suyas – cruzó la mano y juntó los pulgares. ¿Se puede emplear gesto más típico? – Soy algo así como un asiduo lector suyo. Hizo un buen trabajo como columnista – Sorbió el café, un sonido que aborrezco con toda mi alma – Creo sinceramente que tiene talento.
- Gracias.
- El problema es... – sabía que había un pero. Siempre hay un pero – que a veces resulta demasiado... cómo decirlo... – buscó la palabra escrita en el techo y la llamó con un chasquido – suave. Eso es: creo que a veces se expresa muy suave y delicadamente.
- Lo sé, aunque he de reconocer – gesto de subirme unas imaginarias gafas y carraspeo – que aún no ha leído lo mejor que he escrito... cuando se publique verá cómo cambia de idea.
- No pretendía meterme donde no me llaman. Espero no ofenderle.
- No, no se preocupe.
- Sólo lo decía porque creo que aún le falta su buen momento... sus quince minutos de fama. ¿Me comprende?
- Sí – miré el reloj e hice gesto de retrasarme – oiga, un placer. No tengo mucho tiempo y...
- Tranquilo – levantó el brazo para calmarme. Aunque me pareció que más bien me estaba perdonando la vida – sólo quería decirle que me gusta cómo escribe y que le deseo lo mejor. Lo digo porque tiene talento y...
- Es decir...
- Es decir, que quizá deba usted escribir algo más, digamos... comercial... que llegue a la gente. Algo más...
- Típico.
- Yo lo llamaría clásico – me estaba poniendo de los nervios – pero usted es el escritor.
- Exacto.
- Podría ir mejor si convence al público. Haga que le quieran y todo irá como la seda. Uno tiene en la vida pocas oportunidades y le deseo, como seguidor suyo, que tome la decisión más acertada.
- Gracias, bueno, eh... tengo... – tenía que cortar por lo sano y alejarme de ese tipo. Me tendió la mano – Hasta pronto.
- Gracias por su tiempo.
- A usted por el agua.
- Nos veremos por aquí, quizá.
- Adiós – aunque estuve tentado de decir <<no lo creo>>.
Aplacé la noticia a Maud, y me despidió con una ligera preocupación. Cuando estuve lo suficientemente lejos como para evitar que el extraño caballero oyera mis pensamientos, rumié la conversación una y otra vez y fui incapaz de hallarle sentido. A decir verdad, desde entonces recuerdo este encuentro de vez en cuando y sé que no soy el mismo.
6. Breve Encuentro
[Viernes / exterior / tarde]
Quizá el motivo por el que nadie pisaba ni pisa hoy este lugar es que se trata de la entrada para los guardas de seguridad. Una infranqueable puerta gris y un teclado numérico en el lateral impiden el acceso al recinto. Y allí estaba yo hace un año, con la cabeza contra la pared dando pequeñas cabezadas para sacudirme las ideas, cuando una voz me llamó.
- ¡Oye, chico! – boté, sobresaltado. Me giré y no había nadie. Afiné los sentidos y miré hacia los arbustos - ¡Aquí! – tras el medio susurro, medio grito, apareció un brazo agitándose en el aire.
Salió un vagabundo de su escondite y me pidió que me acercara. Llevaba ropas viejas, pero limpias a pesar de todo. Una calva incipiente rodeada de canas fuertes. Era alto y no tenía una constitución de alguien necesitado. La impresión era que esa persona no encajaba con la apariencia. Me acerqué tímidamente, y me fijé mejor en su cara, que me resultaba francamente familiar. Al percatarme de quién era, me llevé la mano a la boca para no dar un grito de sorpresa. Claro que me era familiar, había visto su foto en un millón de sitios, y las tenía en la contraportada de sus libros, que bebí un montón de veces. Ringo. Y parecía que huía de alguien. Tendí, como acto reflejo, mi mano para estrechársela y saludarle; él tendió a su vez la suya y al tocar la mía, tiró con fuerza y me metió entre los arbustos. Iba a protestar, pero estaba tan sorprendido por lo extraño de la situación, que no sabía cómo reaccionar. Para tranquilizarme, Ringo sonrió y asintió con la cabeza, a la vez que hacía gestos de que guardara silencio y observara la puerta metálica.
- Usted es... – no se me ocurría nada mejor que decir para iniciar la conversación. Había imaginado miles de veces encuentros con mi autor preferido. Miles de chistes y de apretones de mano de distinta intensidad – usted es... – repetí.
- Soy yo... – sonrió brillante – Pero dejemos las presentaciones para después, alguien se acerca.
Veinte segundos infinitesimales pasaron hasta que sucediera algo. Se oyeron pisadas que se acercaban, o era mi corazón luchando por salir de su lugar. Apareció un guardia de seguridad con sus andares de autosuficiencia; me juego lo que sea a que si hubiéramos saltado de repente, se hubiera dado el susto de su vida. Pero nosotros estábamos más asustados e histéricos que él. Nos habíamos cogido de la mano, tensos. Nos miramos, nos soltamos, y Ringo sacó unos pequeños prismáticos del bolsillo derecho del pantalón de chándal marrón. Tenía unas pintas raras el tío. Oteó el panorama y castañeteó los dientes como tambores de una civilización oscura, olvidada.
- Eso es, ya te tengo... – murmuraba, como si estuviera solo, como el rey de esa civilización. – 1309.
El guardia se agachó para abrillantarse los zapatos con el canto de la mano y de repente sonó su pantalón rajándose, justo donde más ridículo queda. Se dio cuenta del asunto y, tapándose la raja de unos diez centímetros de larga como buenamente pudo, desapareció tras la hoja de la puerta. Golpe fuerte y metálico en el interior. Salimos del escondite y palpamos la entrada de la puerta.
- Voy a entrar – decidió Ringo. – ¿Me ayudarás?
- Por supuesto. Soy un gran admirador de su...
- Gracias... escóndete, si viene alguien – Por supuesto, tuvo que explicarme el procedimiento con toda lentitud, para que mis despistadas neuronas dispusieran de tiempo para funcionar. Pero, para mi sorpresa, me tendió la mano como alianza – Si cruzas esta puerta conmigo, puede que tu vida y la mía cambien... ya no habrá vuelta atrás... ¿Estás dispuesto a seguir hasta el fin?
- Tomás. Aunque todos me llaman Tommy – le respondí el apretón de manos – Todo un placer conocerle, Ringo.
- Ringo… sí, solían llamarme así – y pensó en su vida anterior, de eso estoy seguro, aunque pronto volvió a ser el vagabundo limpio – Tutéame, que no soy ningún viejo. Cuando entre, te despejaré el camino.
Al marcar el número en el teclado, cruzó el umbral hacia lo desconocido. Aún cuesta digerir la enorme cantidad de raros acontecimientos que se habían desarrollado en tan poco tiempo. Se cernía, desde este preciso momento en que vigilaba la puerta como unos niños que saltaran la tapia del colegio por la noche, el comienzo de una gran aventura. De pronto advertí, al girar la esquina para vigilar, la venida de un segundo guardia. Me oculté entre los setos y por primera vez pude observar que algunas ramas pinchaban; aun así, aguanté como un hombrecito. Apareció el guardia con un carrete de hilo y unas tijeras en una mano y un cigarrillo en la otra. Al marcar la contraseña le rozó en el hombro un avioncito de papel. Lo cogió y miró la ventana que se cerraba en ese momento. Por la silueta pude adivinar que era Ringo el responsable del avión, y temblé. El guardia sopló la punta delicadamente y lo hizo volar; cruzó el aire silbando, y cayó justo a mi lado. Cuando se despejó otra vez la entrada, abrí el avión y había una única palabra escrita: LIBROS. El avión de papel se convirtió por la presión de mi palma en una bola arrugada y se recostó sobre la hierba serena. Hasta aquí, su misión fue un éxito.
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"Hay una literatura para cuando estás aburrido. Abunda. Hay una literatura para cuando estás calmado. Ésta es la mejor, creo yo. También hay una literatura para cuando estás triste Y hay una literatura para cuando estás alegre. Hay una literatura para cuando estás ávido de conocimiento. Y hay una literatura para cuando estás desesperado." (Los detectives salvajes, Roberto Bolaño)
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