Un corte en el dedo con una hoja de papel

__la novela que se niega a dejar de crecer. (actualización: sábados)

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8. Mi penoso discurso de presentación.

Escrito por: daniel-jandula-martin el 28 May 2008 - URL Permanente

[Viernes / interior / tarde]

- Bueno... ¿a qué te dedicas?

- Yo... esto... escribo, cosas – Una y otra vez me había imaginado esta posible conversación, y ahora que lo tenía delante, me quedé con la mente tan en blanco que no supe responder con cordura. Quizá eso hizo que se fiara de mí totalmente. – Se puede decir que escribo cosas... soy escritor. Lo intento. Probablemente habrás leído alguna columna mía en la prensa... – aquí está. Ni una pizca de cordura en la explicación de mi trabajo – Je, bueno, me gusta mucho su... tu obra – como colofón me apoyé en un estante que cedió a mi peso y cayeron varios libros, entre ellos alguno de Ringo. Todo un espectáculo. – Hoy te he visto en las noticias... – Ringo recogía mientras escuchaba mi penoso discurso.

- Tengo que ir al baño – se limitó a decir.

Una vez en los servicios públicos, me dio la sensación de que el reflejo de Oliver, el protagonista de El penitente, nos miraría en cualquier momento. Como era de esperar, las jaboneras y la secadora de manos estaban averiadas. Ringo se lavaba las manos con tranquilidad, con todo el tiempo entre sus manos mojadas, y se echaba agua en el pelo. De vez en cuando se paraba, miraba sus entradas y se alisaba algunas canas. Varias gotas de agua se habían resistido a desaparecer y perlaban su cabello: diminutas lágrimas de rocío.

- ¿De qué estábamos hablando?

- De tu desaparición. No dejaste rastro alguno.

- Todo a su tiempo... todo a su debido tiempo – se tiró del cuello de la camisa y se rascó el cuello. Evidentemente, la conversación le incomodaba, de modo que volvió a peinarse con los dedos –. Así que eres escritor – encontró por fin la forma de salir del tema. Suena egoísta, pero me hubiera encantado ser el primero en saber los detalles de su volatilización (de esta forma me gustaba referirme al tema). Busqué alguna frase que llamara la atención, pero no encontré ninguna.

- También representé sus dos únicas obras de teatro.

- Fueron las dos únicas que se publicaron, aunque hubo otras – se miraba al espejo como buscando explicaciones en su reflejo –. A decir verdad, acabé por dejar a un lado el teatro... a veces pienso que es demasiado profundo para mí.

- ¿Puedo pedirte un favor? – no sé por qué salté tan bruscamente, pero sabía que era entonces cuando debía hacerlo, o nunca sería capaz – Me gustaría que leyeras algunos textos míos y... en fin... echarme una mano dándome tu opinión... constructiva.

- Me has ayudado a entrar aquí. Es justo – Lo decía en un tono de sopesar las posibilidades, pero todavía creo que imaginaba mi propuesta y que incluso le apetecía. Arrastraba las palabras –. Estoy intrigado... puede sernos útil a los dos – a continuación pareció sumirse en un complicado dilema –. Este de la escritura es un duro territorio en el que nadie, nadie está a salvo – salió de sus indagaciones y miró la hora en el reloj de pulsera –... tráeme algo y lo leeré. Aquello de lo que estés más orgulloso.

- Vivo aquí cerca. Tardaré veinte minutos.

- Frutería del centro comercial. Ahora salgamos de aquí, tengo mucho que preparar, y me da la sensación de que estos azulejos blancos oyen.

(Paréntesis #1: El hombre que sólo podía olvidar.)

Escrito por: daniel-jandula-martin el 26 May 2008 - URL Permanente

(Paréntesis #1 – el hombre que sólo podía olvidar)

Cuando lo rescataron, deliraba. Pedía entre sollozos que le dejaran morir allí, que se fueran a rescatar a otros. Afirmaba que se había asomado al mayor de los abismos, y que no podría dejar de hacerlo nunca más.

Que aquella era su isla, pues el haber pasado en ella los últimos diez años le daba derecho a decidir. Que su cabello era blanco, que sus manos ásperas, que la vida que esperaba no era vida.

Todos sabemos que alguien rescatado no quiere, en su sano juicio, permanecer perdido. Él decía que sí. Había encontrado algo que le ataba allí, o mejor aún, algo que le separaba de su antigua vida.

Resulta que era escritor. Un escritor de cierto nombre. Alguien muy creativo y de ideas libres. Un poco despistado y olvidadizo quizá, siempre con su agenda a mano. No de los que venden millones de ejemplares, pero alguien respetado, al menos.

Viajaba en avión por primera vez. Viajaba, por vez primera, fuera de las fronteras de su patria. Quiso cruzar el charco.

Desapareció su avión. Y con él, su último libro. Y con su último libro, desapareció su rastro.

La isla poseía unas dimensiones relativamente grandes. Ya hemos dicho que era creativo, y no tardó en hallar soluciones a los problemas más elementales para un ser humano. Sólo quedaba esperar la ayuda y, por qué no, ahora podría escribir un poco.

Pero hubo uno que no consiguió resolver: un modo de poner por escrito, y a salvo, sus reflexiones. Con todo el tiempo del mundo, ideó novelas, cuentos, personajes, tramas y subtramas, títulos y finales escalofriantes. Primero ambientó un personaje en una isla desierta: él mismo. Luego se añadieron personajes e intrigas emocionantes. Después vinieron las frases ingeniosas, los monólogos espectaculares, y por último, desnudos los pasajes más originales de toda su parafernalia, sucedieron las palabras y los momentos que podían cambiar el mundo, o al menos algunas vidas desconocidas.

Sin embargo, como también hemos revelado, era alguien que no podía vivir sin su agenda. Las mejores ocurrencias, los mejores argumentos, los mejores trozos de vida de sus personajes, por la falta de sitio donde quedar registrados, acabaron adulterándose, y finalmente, evaporándose en las horas de luz intensa.

Intentó fabricar una pluma con hojas de ave del paraíso, con hojas de palmera, con púas de erizo. La tinta de pulpo o de coral. El papel de hojas, cáscaras de banano, o piedra plana. Nada de ello dura eternamente. Como la palabra AYUDA escrita en la arena de la playa, al día siguiente, los pensamientos tan ágiles se volvieron frágiles, ilegibles hasta para quien lo había escrito. La desesperación fue tal que incluso trató de escribir con sus heces y con su sangre. Fue inútil, pues lo único que conseguía con ello era emborronar una descripción que más tarde olvidaría. Y en lugar de encomendarse a la providencia, y tratar de huir, algo que ahora sabemos que podría haber logrado, ya que la isla habitada más cercana estaba a sólo treinta kilómetros, de agua no muy cálida, tranquila y libre de tiburones (insólito en esa parte del océano), en lugar de ello, decidió rendirse a la desilusión, y a pensar que únicamente en su capacidad y condición de escritor valdría la pena seguir viviendo.

Así durante diez largos años.

En el fondo, este hombre jamás fue rescatado.

6. Breve Encuentro

Escrito por: daniel-jandula-martin el 22 May 2008 - URL Permanente

[Viernes / exterior / tarde]

Quizá el motivo por el que nadie pisaba ni pisa hoy este lugar es que se trata de la entrada para los guardas de seguridad. Una infranqueable puerta gris y un teclado numérico en el lateral impiden el acceso al recinto. Y allí estaba yo hace un año, con la cabeza contra la pared dando pequeñas cabezadas para sacudirme las ideas, cuando una voz me llamó.

- ¡Oye, chico! – boté, sobresaltado. Me giré y no había nadie. Afiné los sentidos y miré hacia los arbustos - ¡Aquí! – tras el medio susurro, medio grito, apareció un brazo agitándose en el aire.

Salió un vagabundo de su escondite y me pidió que me acercara. Llevaba ropas viejas, pero limpias a pesar de todo. Una calva incipiente rodeada de canas fuertes. Era alto y no tenía una constitución de alguien necesitado. La impresión era que esa persona no encajaba con la apariencia. Me acerqué tímidamente, y me fijé mejor en su cara, que me resultaba francamente familiar. Al percatarme de quién era, me llevé la mano a la boca para no dar un grito de sorpresa. Claro que me era familiar, había visto su foto en un millón de sitios, y las tenía en la contraportada de sus libros, que bebí un montón de veces. Ringo. Y parecía que huía de alguien. Tendí, como acto reflejo, mi mano para estrechársela y saludarle; él tendió a su vez la suya y al tocar la mía, tiró con fuerza y me metió entre los arbustos. Iba a protestar, pero estaba tan sorprendido por lo extraño de la situación, que no sabía cómo reaccionar. Para tranquilizarme, Ringo sonrió y asintió con la cabeza, a la vez que hacía gestos de que guardara silencio y observara la puerta metálica.

- Usted es... – no se me ocurría nada mejor que decir para iniciar la conversación. Había imaginado miles de veces encuentros con mi autor preferido. Miles de chistes y de apretones de mano de distinta intensidad – usted es... – repetí.
- Soy yo... – sonrió brillante – Pero dejemos las presentaciones para después, alguien se acerca.

Veinte segundos infinitesimales pasaron hasta que sucediera algo. Se oyeron pisadas que se acercaban, o era mi corazón luchando por salir de su lugar. Apareció un guardia de seguridad con sus andares de autosuficiencia; me juego lo que sea a que si hubiéramos saltado de repente, se hubiera dado el susto de su vida. Pero nosotros estábamos más asustados e histéricos que él. Nos habíamos cogido de la mano, tensos. Nos miramos, nos soltamos, y Ringo sacó unos pequeños prismáticos del bolsillo derecho del pantalón de chándal marrón. Tenía unas pintas raras el tío. Oteó el panorama y castañeteó los dientes como tambores de una civilización oscura, olvidada.

- Eso es, ya te tengo... – murmuraba, como si estuviera solo, como el rey de esa civilización. – 1309.

El guardia se agachó para abrillantarse los zapatos con el canto de la mano y de repente sonó su pantalón rajándose, justo donde más ridículo queda. Se dio cuenta del asunto y, tapándose la raja de unos diez centímetros de larga como buenamente pudo, desapareció tras la hoja de la puerta. Golpe fuerte y metálico en el interior. Salimos del escondite y palpamos la entrada de la puerta.

- Voy a entrar – decidió Ringo. – ¿Me ayudarás?

- Por supuesto. Soy un gran admirador de su...

- Gracias... escóndete, si viene alguien – Por supuesto, tuvo que explicarme el procedimiento con toda lentitud, para que mis despistadas neuronas dispusieran de tiempo para funcionar. Pero, para mi sorpresa, me tendió la mano como alianza – Si cruzas esta puerta conmigo, puede que tu vida y la mía cambien... ya no habrá vuelta atrás... ¿Estás dispuesto a seguir hasta el fin?

- Tomás. Aunque todos me llaman Tommy – le respondí el apretón de manos – Todo un placer conocerle, Ringo.

- Ringo… sí, solían llamarme así – y pensó en su vida anterior, de eso estoy seguro, aunque pronto volvió a ser el vagabundo limpio – Tutéame, que no soy ningún viejo. Cuando entre, te despejaré el camino.

Al marcar el número en el teclado, cruzó el umbral hacia lo desconocido. Aún cuesta digerir la enorme cantidad de raros acontecimientos que se habían desarrollado en tan poco tiempo. Se cernía, desde este preciso momento en que vigilaba la puerta como unos niños que saltaran la tapia del colegio por la noche, el comienzo de una gran aventura. De pronto advertí, al girar la esquina para vigilar, la venida de un segundo guardia. Me oculté entre los setos y por primera vez pude observar que algunas ramas pinchaban; aun así, aguanté como un hombrecito. Apareció el guardia con un carrete de hilo y unas tijeras en una mano y un cigarrillo en la otra. Al marcar la contraseña le rozó en el hombro un avioncito de papel. Lo cogió y miró la ventana que se cerraba en ese momento. Por la silueta pude adivinar que era Ringo el responsable del avión, y temblé. El guardia sopló la punta delicadamente y lo hizo volar; cruzó el aire silbando, y cayó justo a mi lado. Cuando se despejó otra vez la entrada, abrí el avión y había una única palabra escrita: LIBROS. El avión de papel se convirtió por la presión de mi palma en una bola arrugada y se recostó sobre la hierba serena. Hasta aquí, su misión fue un éxito.

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"Hay una literatura para cuando estás aburrido. Abunda. Hay una literatura para cuando estás calmado. Ésta es la mejor, creo yo. También hay una literatura para cuando estás triste Y hay una literatura para cuando estás alegre. Hay una literatura para cuando estás ávido de conocimiento. Y hay una literatura para cuando estás desesperado." (Los detectives salvajes, Roberto Bolaño)

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