Un corte en el dedo con una hoja de papel

__la novela que se niega a dejar de crecer. (actualización: sábados)

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11. Cultivadores de cebollas

Escrito por: daniel-jandula-martin el 01 Jun 2008 - URL Permanente

[Viernes / interior / tarde]

Exactamente catorce minutos después estaba frente a Ringo, poniendo en sus manos mi novela. Tenía un cesto con comida colgando de un brazo. Dejó el cesto y palpó tranquilamente el montón de folios, que estaban protegidos con un plástico. Curioso: una hora antes quería quemar la novela y ahora la cuidaba como un coleccionista de cómics con su edición numerada y uno de los cinco ejemplares de algún superhéroe que sólo tuvo una serie limitada de doce números y luego fue abandonado al olvido (tipo El Vigilante Nocturno); pero que, por alguna razón, sólo unos pocos privilegiados han tenido acceso al mismo y además saben que son privilegiados.

- Es grueso – dijo.

- Siempre me he quejado de lo breve que eran mis escritos. Casi pensaba en desquitarme con esto.

- Están a punto de cerrar – guardó el fajo en la cesta.

Me cogió del brazo y me llevó a la sección de frutería. Iba metiendo en bolsas transparentes distintas frutas, sin separarlas, sin cogerlas con los guantes. De pronto se quedó parado, con una cebolla en la mano y entonces supe que este sería un momento sin precedentes en la historia.

- Escribir es muy duro – habló para mí, pero con la mente puesta en un auditorio de aspirantes a escritor –. Mucha gente se preocupa demasiado por cómo van a contar las cosas, por llenar páginas y páginas de detalles, y se olvidan de conservar la esencia – olió la piel de la hortaliza y la acarició con la yema del pulgar –. Se olvidan de lo que quieren decir, de la hortaliza, de la vida, y acaban por hacer lo contrario de lo que pretendían al principio: situar al lector. Mi consejo es pensar siempre en lo que vas a contar y pensarlo mucho, examinarlo, atreverse a dudar si tomarlo entre las manos o no... porque conlleva una gran responsabilidad. Una vez se ha tomado la decisión, para mí escribir es como pelar una cebolla – me enseñó la cebolla y ahora si que habló exclusivamente para mi, y no para su auditorio –. Tienes que ir quitando las capas que envuelven la historia y llegar al fondo, aunque tengas que llorar.

Le miré a los ojos. Por vez primera analicé sus ojos verdes aceituna.

- Somos cultivadores de cebollas – me dijo claramente.

Tenía la garganta seca pero aun así tragué. Una voz aburrida sonó por los altavoces anunciando que en cinco minutos el centro comercial cerraría sus puertas. Salí de mi atontamiento.

- ¿Vamos a las cajas?

- Yo no – Ringo tenía un plan. Lo que siempre he querido tener yo. Recorrió pasillos y lo seguí. Subimos a la planta superior por las escaleras mecánicas – Me he infiltrado para instalarme aquí... tengo todo lo necesario.

Llegamos a la sección de deportes. En un espacio bastante amplio había varias tiendas de campaña. Ringo metió la cesta con mi novela en una de tamaño mediano y entró con discreción total.

- Leeré tu texto. Ahora debes irte antes de que alguien sospeche.

- Buenas noches. Vendré mañana – en realidad, quería quedarme hablando hasta tarde sobre lo duro que es escribir.

- Buenas noches – lo dijo en un tono paciente, y miraba alrededor con cierto temor.

Hice un gesto de despedida con la mano y Ringo me respondió, antes de meterse en su tienda y cerrar la cremallera hacia la soledad.

8. Mi penoso discurso de presentación.

Escrito por: daniel-jandula-martin el 28 May 2008 - URL Permanente

[Viernes / interior / tarde]

- Bueno... ¿a qué te dedicas?

- Yo... esto... escribo, cosas – Una y otra vez me había imaginado esta posible conversación, y ahora que lo tenía delante, me quedé con la mente tan en blanco que no supe responder con cordura. Quizá eso hizo que se fiara de mí totalmente. – Se puede decir que escribo cosas... soy escritor. Lo intento. Probablemente habrás leído alguna columna mía en la prensa... – aquí está. Ni una pizca de cordura en la explicación de mi trabajo – Je, bueno, me gusta mucho su... tu obra – como colofón me apoyé en un estante que cedió a mi peso y cayeron varios libros, entre ellos alguno de Ringo. Todo un espectáculo. – Hoy te he visto en las noticias... – Ringo recogía mientras escuchaba mi penoso discurso.

- Tengo que ir al baño – se limitó a decir.

Una vez en los servicios públicos, me dio la sensación de que el reflejo de Oliver, el protagonista de El penitente, nos miraría en cualquier momento. Como era de esperar, las jaboneras y la secadora de manos estaban averiadas. Ringo se lavaba las manos con tranquilidad, con todo el tiempo entre sus manos mojadas, y se echaba agua en el pelo. De vez en cuando se paraba, miraba sus entradas y se alisaba algunas canas. Varias gotas de agua se habían resistido a desaparecer y perlaban su cabello: diminutas lágrimas de rocío.

- ¿De qué estábamos hablando?

- De tu desaparición. No dejaste rastro alguno.

- Todo a su tiempo... todo a su debido tiempo – se tiró del cuello de la camisa y se rascó el cuello. Evidentemente, la conversación le incomodaba, de modo que volvió a peinarse con los dedos –. Así que eres escritor – encontró por fin la forma de salir del tema. Suena egoísta, pero me hubiera encantado ser el primero en saber los detalles de su volatilización (de esta forma me gustaba referirme al tema). Busqué alguna frase que llamara la atención, pero no encontré ninguna.

- También representé sus dos únicas obras de teatro.

- Fueron las dos únicas que se publicaron, aunque hubo otras – se miraba al espejo como buscando explicaciones en su reflejo –. A decir verdad, acabé por dejar a un lado el teatro... a veces pienso que es demasiado profundo para mí.

- ¿Puedo pedirte un favor? – no sé por qué salté tan bruscamente, pero sabía que era entonces cuando debía hacerlo, o nunca sería capaz – Me gustaría que leyeras algunos textos míos y... en fin... echarme una mano dándome tu opinión... constructiva.

- Me has ayudado a entrar aquí. Es justo – Lo decía en un tono de sopesar las posibilidades, pero todavía creo que imaginaba mi propuesta y que incluso le apetecía. Arrastraba las palabras –. Estoy intrigado... puede sernos útil a los dos – a continuación pareció sumirse en un complicado dilema –. Este de la escritura es un duro territorio en el que nadie, nadie está a salvo – salió de sus indagaciones y miró la hora en el reloj de pulsera –... tráeme algo y lo leeré. Aquello de lo que estés más orgulloso.

- Vivo aquí cerca. Tardaré veinte minutos.

- Frutería del centro comercial. Ahora salgamos de aquí, tengo mucho que preparar, y me da la sensación de que estos azulejos blancos oyen.

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"Hay una literatura para cuando estás aburrido. Abunda. Hay una literatura para cuando estás calmado. Ésta es la mejor, creo yo. También hay una literatura para cuando estás triste Y hay una literatura para cuando estás alegre. Hay una literatura para cuando estás ávido de conocimiento. Y hay una literatura para cuando estás desesperado." (Los detectives salvajes, Roberto Bolaño)

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