Un corte en el dedo con una hoja de papel
__la novela que se niega a dejar de crecer. (actualización: sábados)
15. Bus nocturno
[Sábado / exterior / madrugada]
Di una vuelta hasta la plaza más cercana, por la que pasan muchos autobuses nocturnos, y tomé uno hasta el centro comercial. Iba solo, dándole vueltas a lo ocurrido durante el día, llegando a la sensación de que la experiencia en el centro comercial ya tenía la consistencia de un acontecimiento pasado y susceptible de ser considerado una alucinación mía. El conductor llevaba una barba canosa, y la barba bostezó. Me miró un par de veces por el espejo retrovisor. Yo tampoco me fiaría de alguien que sube con un ladrillo roto en la mano. Crucé los dedos y miré la paz del asfalto, donde un par de días atrás se pintaron unas líneas azules que alguien había cubierto de blanco. Todavía se veía la capa azul de debajo.
Cuando bajé del autobús, un grupo de unas treinta personas subió, de modo que yo quedé en la paz, salpicada por la lluvia de los aspersores y del ruido fuerte de la estatua oxidada a Pío Baroja. También se escuchaba a lo lejos la conversación a gritos de entre un grupo de chavales a los que no ví, así que pudieron ser los árboles los que gritaban. Crucé por una fila de bancos con enredaderas y césped. Olía a césped cortado recientemente; un césped que ya tenía unas cuantas bolsas de pipas durmiendo encima. Deshice con mi caminar de zombi el tráfico de hormigas grandes, de esas a las que cuando éramos pequeños les quitábamos las antenas para que se pelearan entre ellas. Cabezonas, las llamábamos en el colegio. Algunas trataban de tirar de una cáscara de nuez enorme. Admiro la tenacidad de las hormigas. Nunca se rinden. Decidí dejar el trozo de ladrillo en uno de los bancos que empezaban a ser rodeados de una inquietante hiedra, sobre un corazón roto que pertenecía a una tal Luisa. Era el fin apropiado para el poema.
9. El detective y la hormiga
[Viernes / exterior / tarde]
Más dudas: ¿hablaba Ringo en serio cuando decía que iba a quedarse a vivir dentro de un centro comercial? A primera vista, parecía una buena idea: tenía todo lo necesario a mano y por las noches debía ser un lugar muy tranquilo. ¿Por qué entonces correr un riesgo innecesario? El hecho de cruzarme en la vida de Ringo (o que Ringo se cruzara en mi vida) tenía un sentido que aún no había descubierto. ¿Era mi deber informar a la policía o a quien fuera? De momento, la respuesta era un rotundo <<no>>. ¿Qué pensaría él de mis escritos? Mejor dicho, de mi último escrito que aún tenía que concluir. Tras encontrarme con Ringo, me di cuenta rápidamente de que tenía que darle una última vuelta de tuerca a mi novela. Decidí, en un par de segundos, acabar con el protagonista, un detective cuya principal preocupación era limpiar su pasado turbulento. Al menos, la historia necesitaba que él perdiera, para darle un fin coherente con los detalles trágicos que había dispersado por las páginas del libro, como un sembrador dispersa sus semillas.
El calor era un elemento clave de la novela. Durante el verano en que transcurría, el personaje del detective buscaba alejar sus preocupaciones, sus temores, su calor. El poderoso leitmotiv consistía en un cubito de hielo alargado que giraba en un vaso de tubo mientras se empapaba de bourbon y mojaba unos cada vez más ásperos labios. Eso y atrapar a un asesino. Tras varios esfuerzos, y a punto de arrojar la toalla, el detective, tumbado en una azotea con el sol rascando su atormentada frente, lograba ver la luz. Veía una hormiga trepar y descubría así la forma de atrapar a su enemigo. El detective aplastaba la hormiga con un dedo y fin del libro. Lo interesante, según mi parecer, era ver la renovación del otrora corrompido agente de la ley. Por eso decidí acabar ahí, con la imagen de la hormiga pisoteada. Un final abierto. Me gustaba la imagen de la hormiga, de algo frágil y cambiante, a pesar de que a menudo puede alzar hasta nueve veces su peso y fijar un rumbo determinado, pasando por el agotamiento si es preciso. Es un poco como el ser humano que sólo quiere ver lo que tiene delante; que sólo se preocupa de amasar comida y recursos; que necesita organización y explorar en ocasiones otros mundos; que se considera un ser perfecto, pero en realidad siendo pequeño, como una cáscara de nuez en el océano azul y doloroso. Hasta aquí todo bien... hasta que vi a Ringo y decidí, no sé si por algo que dijo él o por un azote de creatividad, fundir al detective con la hormiga y aplastarlo con un pulgar mucho mayor que él. Decidí darle a Ringo el grueso de la novela y que me orientara para lograr el final más sorprendente. Alguien dijo en una ocasión que el final de un libro debe provocar melancolía, como si de un buen viaje se tratara. Eso es exactamente lo que quería conseguir. Esperaría a Ringo para lograr una mayor melancolía. Inundaría las calles con agua perfumada de calor y llevaría a buen puerto mi ejército imparable de hormigas.
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"Hay una literatura para cuando estás aburrido. Abunda. Hay una literatura para cuando estás calmado. Ésta es la mejor, creo yo. También hay una literatura para cuando estás triste Y hay una literatura para cuando estás alegre. Hay una literatura para cuando estás ávido de conocimiento. Y hay una literatura para cuando estás desesperado." (Los detectives salvajes, Roberto Bolaño)
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