Un corte en el dedo con una hoja de papel
__la novela que se niega a dejar de crecer. (actualización: sábados)
21. Cereales
[Sábado / interior / mañana]
Me despertó el canto de un gallo. Como no teníamos ninguna granja cerca, el canto provenía de la alarma del móvil. Me incorporé con gran dificultad, agarrándome la cabeza con las manos y tratando de orientarme. La pantera rosa trataba en vano de expulsar una termita de su casa. Otro ruido que distinguí a los cuantos segundos de levantarme fue el de la ducha. Fui hasta la puerta y pegué el oído. Cayó un bote de champú o gel. Calculé unos veinte minutos para que el baño estuviese despejado. Desde mi posición podía ver la cama vacía y arrugada. Nunca había dormido en otro lugar distinto desde que nos casamos. Por la persiana entraban haces de luz que proyectaban varios horizontes sobre el armario, y las motas de polvo iban y venían, chocaban y se evitaban. La habitación parecía mucho más amplia, aunque desordenada, que la noche anterior. Los colores se empeñaban en permanecer apagados, a pesar de que la intensidad de la luz iba en aumento. Seguía el olor a vinagre y al andar, sentía las pelusas balanceándose y dividirse por amitosis en otras pelusas más pequeñas. Me senté en la cama, cuidando de no borrar la huella de Maud, imprimida en las sábanas. Al inclinarme, percibí el olor de Maud. Siempre le digo que ella huele como a pan de molde. Ese era el perfume de la habitación: pan de molde y vinagre anti-mosquitos. El pan y el vino. La carne mullida, y un punto de amargura. Cesó el agua de la ducha. Cayeron unas gotas gruesas. Tiré de la esquina de la sábana, y la superficie se aplanó. Crucé las piernas y los muelles hicieron gárgaras. El secador se puso en marcha y podía ver el ligero tembleque de la muñeca de Maud al acercarlo a su pelo rojizo, embutida en su albornoz rosa con flores de manzanilla bordadas. Cada uno emprendió un poco de rutina, en silencio. Ella deshilvanó sus cabellos, se peinó despacio, y yo plegué el sofá-cama y empujé las pelusillas con el pie por debajo. Luego apagué la tele y me preparé un tazón de Frosties. Tan aturdido estaba por la falta de sueño, que volví a poner el cartón de leche vacío en su lugar de la nevera. Crunch, crunch, crunch. Otro golpe de champú vacío al otro lado de la puerta.
Lo único de lo que me sentía capaz en esos momentos era de mirar a un infinito perdido, quizá en el gotelé de la pared. Mirar al más allá, con mis ojos oscilantes. Con la triste insolvencia de no saber, de estar vacío. De pie junto a una estantería de libros, sosteniendo un tazón de cereales. Contemplaba nuestros libros, una vez más, sin detenerme especialmente en los títulos. Miraba más bien las formas, los tamaños, las letras de los lomos. Los que se encontraban delante, los más gruesos, eran casi todos bestsellers. Maud suele leer algunos, pero nunca los acaba. Es tan lista que descubre el final a unas cuarenta páginas del desenlace. Luego me pregunta, cuando los leo yo, y casi siempre acierta. Por aquel entonces, yo leía Catedral, de Raymond Carver, y con este escritor, igual que con Ringo, y con Flannery O’Connor, me sucedía algo insólito: con cualquier libro miro siempre las páginas que me van quedando para terminarlo... excepto con ellos tres. Me absorbe tanto su lectura, que nunca calculo las páginas... es como si su valor estuviese por encima del grosor de sus obras. Con Carver y O’Connor todavía más, pues sus libros son cortos y compuestos por relatos breves... Ringo es, sencillamente, muy fácil de leer, aunque no por ello deje de ser exigente con sus lectores. Mientras miraba la estantería, acababa el tazón, y Maud dejaba caer el champú por última vez en la mañana, pensaba que yo también debería ser más exigente con mis futuros lectores.
19. Lo ocurrido un año antes
<<… he revisado, al cabo de un año, estas páginas. Me consta que se ajustan a la verdad, pero en los primeros capítulos, y aun en ciertos párrafos de los otros, creo percibir algo falso. Ello es obra, tal vez, del abuso de rasgos circunstanciales, procedimiento que aprendí en los poetas y que todo lo contamina de falsedad, ya que esos rasgos pueden abundar en los hechos, pero no en su memoria… creo, sin embargo, haber descubierto una razón más íntima. La escribiré; no importa que me juzguen fantástico.>>
(El Aleph, Jorge Luis Borges)

[Sábado / interior / madrugada]
Todavía seguía dándole vueltas a la historia que Ringo me había compartido. Lo dejé en la azotea, mirando las luces tristes de la noche, y preguntándose para qué pagaban a críticos, o incluso por qué había quien estudiaba crítica y teoría de la literatura, para acabar poniendo el adjetivo más pomposo en la contraportada del libro.
Yo descendí con sumo cuidado por la escalera ajada. Mientras regresaba, continué rumiando la conversación, y casi me olvidé de pulsar el timbre para que parara el autobús vacío de cristales empañados y sucios. A pesar de que lo sucedido ya era una sola y liviana imagen de los dos en lo alto de aquella azotea, susurrando cosas importantes en la noche, yo seguía erre que erre, analizando la situación. Por desgracia, cuando uno pone por escrito algo que le ha pasado, lo que escribe poco se parece a la realidad. Es un reto parecido al de hacer retroceder al sudor.
Cuando me emociono, o se me ocurre una idea, o algo ocupa gran parte de mi atención, corro. Me da por salir por patas. Eso hice desde que bajé del autobús hasta llegar a mi casa. Y en ese trayecto, repasé la carrera literaria de Ringo. A la velocidad de mi trote torpe. Si me hubiera visto a mi mismo desde fuera, corriendo con lengua al aire, percibiría a un tipo ridículo y desgarbado, que en su carrera hablaba en voz baja sobre sus cosas, como un desequilibrado después de saltarse su medicación.
La primera novela de Ringo que leí, fue en realidad su tercera: Cofre 2. Lo del título sigue siendo un misterio. Jamás se ha conocido la razón. El caso es que iba sobre el periplo de un cofre por diferentes lugares del mundo, y cómo reaccionaban gentes de toda cultura y condición. Algunos trataban de abrirlo, pues imaginaban un gran tesoro en su interior. Otros lo dejaban ir, pues no querían mirar, el miedo a la decepción era inmenso. Algunos usaban malos ardides para atraparlo, cegados por las fábulas acerca de ese cofre. El resto sólo oyó hablar de él. Al final, perdíamos de vista al cofre, que se perdía en el horizonte. Supongo que el cofre querrá decir algo, pero no era el significado de la metáfora lo que me atrapó, sino aquellas descripciones, aquellos diálogos, aquel movimiento lento de las hojas del libro que fue un gran placer. Cada página me llevaba a una nueva imagen, a una nueva reflexión que me volvía a reconciliar con la levadura de mis días secos. En definitiva, aquello fue un descubrimiento total, y como con todo descubrimiento, uno siempre intenta saber todo lo posible sobre el mismo. Me ocurre con la música y, en especial, con cada buen autor que me encuentro. De modo que fui a una librería y me compré del tirón las dos novelas anteriores: Un autor de Marte, y Línea – A. Me impresionaron mucho, especialmente porque no tenían nada que ver ninguna con otra. La primera era un relato largo de ciencia ficción, asfixiante y desesperanzador; su protagonista era un escritor que, debido a la superpoblación de
Justo cuando acabé de leer ese último libro, apareció el cuarto, y el que más reconocimientos le ha valido: La novia del vampiro. Partía de la base de que había aún un director más malo que Ed Wood, de nombre Edward D. Waund. El recurso, un poco forzado según la crítica, del nombre, era en el fondo la excusa para contar la historia de un viaje desde Alemania hasta Hollywood. Estaba ambientada, como no podía ser de otra forma, entre los años 36 y 45. Y la parte favorita mía era la etapa que pasó en España filmando reportajes para el Régimen. La obra maestra de Waund, su gran sueño, que él interpretaba como digno del mayor Buñuel, se titulaba La novia del vampiro. La última parte narraba las peripecias en el rodaje de esta cinta, que finalmente acabó en un polvoriento almacén de unos estudios de cine en Texas, de cuyo nombre no me acuerdo, pero sí sé que allí se rodó parte del JFK de Oliver Stone, y algunos episodios de Star Trek, y donde además se expone el sombrero de Indiana Jones. El libro es un deleite para cualquier cinéfilo, y también para cualquier interesado en la cultura norteamericana durante la época dorada de Hollywood.
Entré en casa, tratando de no hacer demasiado ruido... algo que los goznes de la puerta, sedientos de “3 en
8. Mi penoso discurso de presentación.
[Viernes / interior / tarde]
- Yo... esto... escribo, cosas – Una y otra vez me había imaginado esta posible conversación, y ahora que lo tenía delante, me quedé con la mente tan en blanco que no supe responder con cordura. Quizá eso hizo que se fiara de mí totalmente. – Se puede decir que escribo cosas... soy escritor. Lo intento. Probablemente habrás leído alguna columna mía en la prensa... – aquí está. Ni una pizca de cordura en la explicación de mi trabajo – Je, bueno, me gusta mucho su... tu obra – como colofón me apoyé en un estante que cedió a mi peso y cayeron varios libros, entre ellos alguno de Ringo. Todo un espectáculo. – Hoy te he visto en las noticias... – Ringo recogía mientras escuchaba mi penoso discurso.
- Tengo que ir al baño – se limitó a decir.
Una vez en los servicios públicos, me dio la sensación de que el reflejo de Oliver, el protagonista de El penitente, nos miraría en cualquier momento. Como era de esperar, las jaboneras y la secadora de manos estaban averiadas. Ringo se lavaba las manos con tranquilidad, con todo el tiempo entre sus manos mojadas, y se echaba agua en el pelo. De vez en cuando se paraba, miraba sus entradas y se alisaba algunas canas. Varias gotas de agua se habían resistido a desaparecer y perlaban su cabello: diminutas lágrimas de rocío.
- ¿De qué estábamos hablando?
- De tu desaparición. No dejaste rastro alguno.
- Todo a su tiempo... todo a su debido tiempo – se tiró del cuello de la camisa y se rascó el cuello. Evidentemente, la conversación le incomodaba, de modo que volvió a peinarse con los dedos –. Así que eres escritor – encontró por fin la forma de salir del tema. Suena egoísta, pero me hubiera encantado ser el primero en saber los detalles de su volatilización (de esta forma me gustaba referirme al tema). Busqué alguna frase que llamara la atención, pero no encontré ninguna.
- También representé sus dos únicas obras de teatro.
- Fueron las dos únicas que se publicaron, aunque hubo otras – se miraba al espejo como buscando explicaciones en su reflejo –. A decir verdad, acabé por dejar a un lado el teatro... a veces pienso que es demasiado profundo para mí.
- ¿Puedo pedirte un favor? – no sé por qué salté tan bruscamente, pero sabía que era entonces cuando debía hacerlo, o nunca sería capaz – Me gustaría que leyeras algunos textos míos y... en fin... echarme una mano dándome tu opinión... constructiva.
- Me has ayudado a entrar aquí. Es justo – Lo decía en un tono de sopesar las posibilidades, pero todavía creo que imaginaba mi propuesta y que incluso le apetecía. Arrastraba las palabras –. Estoy intrigado... puede sernos útil a los dos – a continuación pareció sumirse en un complicado dilema –. Este de la escritura es un duro territorio en el que nadie, nadie está a salvo – salió de sus indagaciones y miró la hora en el reloj de pulsera –... tráeme algo y lo leeré. Aquello de lo que estés más orgulloso.
- Vivo aquí cerca. Tardaré veinte minutos.
- Frutería del centro comercial. Ahora salgamos de aquí, tengo mucho que preparar, y me da la sensación de que estos azulejos blancos oyen.
7. Principio de amigo
[Viernes / exterior / tarde]
Yo, por mi parte, entré al centro comercial por la puerta principal, como un ser humano más dejándose llevar por aquella marea humana. Marea que compraba y se peleaba por su sitio en la cola. Marea adormilada. Pero yo feliz. Me oculté tras un cartel de promoción y observé a Maud, que ponía unos cafés, a unos treinta metros, en la cafetería donde trabajaba. Ajena a todo, con su pelo cobrizo y breve y su sonrisa latiendo. Me quedé mirándola sin que supiera que yo estaba allí. Pasé cerca, y siguió sin verme, tan concentrada estaba. Una vez me dijo que si alguien la miraba fijamente, a los treinta segundos, podía darse cuenta. Seguro que al desaparecer yo, descubrió de que alguien había estado fijando su atención en ella. Pasé por todas las tiendas de la galería que servía como introducción al supermercado enorme, de dos plantas y de nombre terrible, que ocupaba prácticamente la mitad del edificio. Subí por las escaleras mecánicas a la planta superior, atravesé pasillos y recodos sin mirar apenas. Tras una esquina llegué a la sección de libros. Allí, de pie, absorto en la inspección de un libro, estaba Ringo, mordiéndose el labio inferior. Me acerqué arrastrando los pies.
- ¿Y ahora qué? – dije, impaciente por conocer a fondo su plan.
Ringo no me oyó.
- “El techo le cayó encima. Negro. Abrió los ojos tras un largo viaje en la penumbra. Entre el polvo vio caos. El olor de la escayola le llegó hasta la última neurona...” – Estaba leyendo una parte de su penúltima novela, El penitente. Leía su novela, como el agricultor que contempla sus cosechas al final del día, con cansancio y amor, mucho amor. Creo que sé lo que significa eso. Pasó varias páginas y sin respirar siguió leyendo. Podía mirar cómo le vibraba la garganta y la diminuta nuez daba pequeños saltos. – “Cuando el hambre llega a su última etapa”
- “hay un punto en el que ya no se puede salvar, debido a que los ácidos del estómago, en ese estado, producen una gran hemorragia interna. Es recomendable que se le deje morir.” – me detuve. Conocía esa parte de la novela, cuando Oliver tiene esa horrible pesadilla. La historia iba de un chico que coleccionaba cuentos de terror y al que era perseguido por un reflejo suyo que se había escapado de un espejo. Me encantaba sobre todo el final, cuando se lavaba la cara en esos aseos públicos y al alzar la vista estaba su reflejo detrás, mirándole fijamente. Aunque tengo que reconocer que los dos últimos libros de Ringo eran un poco flojos en cuanto a diálogos. Ahora lo tenía frente a mí, y no me atrevía a hacer de crítico. Él interrogaba mi forma de solapar la lectura de ese fragmento, frunciendo el ceño, entre asombrado por mi memoria y alertado por mi forma de interrumpir. Parecía que, desde los escasos veinte minutos que habían pasado desde nuestro encuentro, albergara dudas por vez primera de mi discreción. Por fin dijo algo.
- ¿Eres crítico o algo así? – lo dijo temblando. Así que era cierto el rumor de su aversión hacia los críticos. No es para menos, todo hay que decirlo, pero me daba la impresión de que más que reserva, la palabra que define su relación con la crítica es fobia. Parecía un pez globo a punto de saltar.
- No.
Un monosílabo fue lo único que pude articular; y funcionó. Vi cómo se relajaban todos y cada uno de sus músculos faciales y sus hombros bajaban, recuperando la compostura. En tan sólo unos segundos, su figura pasó de la rigidez de Frankenstein al relax de Cary Grant, ese galán de hombros caídos tan simpático. Mostraba un alivio y un suspiro de calma. Paró de sudar. Dejó el libro en el estante y se estiró las mangas, lo que significaba que yo era de fiar.
6. Breve Encuentro
[Viernes / exterior / tarde]
Quizá el motivo por el que nadie pisaba ni pisa hoy este lugar es que se trata de la entrada para los guardas de seguridad. Una infranqueable puerta gris y un teclado numérico en el lateral impiden el acceso al recinto. Y allí estaba yo hace un año, con la cabeza contra la pared dando pequeñas cabezadas para sacudirme las ideas, cuando una voz me llamó.
- ¡Oye, chico! – boté, sobresaltado. Me giré y no había nadie. Afiné los sentidos y miré hacia los arbustos - ¡Aquí! – tras el medio susurro, medio grito, apareció un brazo agitándose en el aire.
Salió un vagabundo de su escondite y me pidió que me acercara. Llevaba ropas viejas, pero limpias a pesar de todo. Una calva incipiente rodeada de canas fuertes. Era alto y no tenía una constitución de alguien necesitado. La impresión era que esa persona no encajaba con la apariencia. Me acerqué tímidamente, y me fijé mejor en su cara, que me resultaba francamente familiar. Al percatarme de quién era, me llevé la mano a la boca para no dar un grito de sorpresa. Claro que me era familiar, había visto su foto en un millón de sitios, y las tenía en la contraportada de sus libros, que bebí un montón de veces. Ringo. Y parecía que huía de alguien. Tendí, como acto reflejo, mi mano para estrechársela y saludarle; él tendió a su vez la suya y al tocar la mía, tiró con fuerza y me metió entre los arbustos. Iba a protestar, pero estaba tan sorprendido por lo extraño de la situación, que no sabía cómo reaccionar. Para tranquilizarme, Ringo sonrió y asintió con la cabeza, a la vez que hacía gestos de que guardara silencio y observara la puerta metálica.
- Usted es... – no se me ocurría nada mejor que decir para iniciar la conversación. Había imaginado miles de veces encuentros con mi autor preferido. Miles de chistes y de apretones de mano de distinta intensidad – usted es... – repetí.
- Soy yo... – sonrió brillante – Pero dejemos las presentaciones para después, alguien se acerca.
Veinte segundos infinitesimales pasaron hasta que sucediera algo. Se oyeron pisadas que se acercaban, o era mi corazón luchando por salir de su lugar. Apareció un guardia de seguridad con sus andares de autosuficiencia; me juego lo que sea a que si hubiéramos saltado de repente, se hubiera dado el susto de su vida. Pero nosotros estábamos más asustados e histéricos que él. Nos habíamos cogido de la mano, tensos. Nos miramos, nos soltamos, y Ringo sacó unos pequeños prismáticos del bolsillo derecho del pantalón de chándal marrón. Tenía unas pintas raras el tío. Oteó el panorama y castañeteó los dientes como tambores de una civilización oscura, olvidada.
- Eso es, ya te tengo... – murmuraba, como si estuviera solo, como el rey de esa civilización. – 1309.
El guardia se agachó para abrillantarse los zapatos con el canto de la mano y de repente sonó su pantalón rajándose, justo donde más ridículo queda. Se dio cuenta del asunto y, tapándose la raja de unos diez centímetros de larga como buenamente pudo, desapareció tras la hoja de la puerta. Golpe fuerte y metálico en el interior. Salimos del escondite y palpamos la entrada de la puerta.
- Voy a entrar – decidió Ringo. – ¿Me ayudarás?
- Por supuesto. Soy un gran admirador de su...
- Gracias... escóndete, si viene alguien – Por supuesto, tuvo que explicarme el procedimiento con toda lentitud, para que mis despistadas neuronas dispusieran de tiempo para funcionar. Pero, para mi sorpresa, me tendió la mano como alianza – Si cruzas esta puerta conmigo, puede que tu vida y la mía cambien... ya no habrá vuelta atrás... ¿Estás dispuesto a seguir hasta el fin?
- Tomás. Aunque todos me llaman Tommy – le respondí el apretón de manos – Todo un placer conocerle, Ringo.
- Ringo… sí, solían llamarme así – y pensó en su vida anterior, de eso estoy seguro, aunque pronto volvió a ser el vagabundo limpio – Tutéame, que no soy ningún viejo. Cuando entre, te despejaré el camino.
Al marcar el número en el teclado, cruzó el umbral hacia lo desconocido. Aún cuesta digerir la enorme cantidad de raros acontecimientos que se habían desarrollado en tan poco tiempo. Se cernía, desde este preciso momento en que vigilaba la puerta como unos niños que saltaran la tapia del colegio por la noche, el comienzo de una gran aventura. De pronto advertí, al girar la esquina para vigilar, la venida de un segundo guardia. Me oculté entre los setos y por primera vez pude observar que algunas ramas pinchaban; aun así, aguanté como un hombrecito. Apareció el guardia con un carrete de hilo y unas tijeras en una mano y un cigarrillo en la otra. Al marcar la contraseña le rozó en el hombro un avioncito de papel. Lo cogió y miró la ventana que se cerraba en ese momento. Por la silueta pude adivinar que era Ringo el responsable del avión, y temblé. El guardia sopló la punta delicadamente y lo hizo volar; cruzó el aire silbando, y cayó justo a mi lado. Cuando se despejó otra vez la entrada, abrí el avión y había una única palabra escrita: LIBROS. El avión de papel se convirtió por la presión de mi palma en una bola arrugada y se recostó sobre la hierba serena. Hasta aquí, su misión fue un éxito.
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Un corte en el dedo con una hoja de papel
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"Hay una literatura para cuando estás aburrido. Abunda. Hay una literatura para cuando estás calmado. Ésta es la mejor, creo yo. También hay una literatura para cuando estás triste Y hay una literatura para cuando estás alegre. Hay una literatura para cuando estás ávido de conocimiento. Y hay una literatura para cuando estás desesperado." (Los detectives salvajes, Roberto Bolaño)
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