Un corte en el dedo con una hoja de papel
__la novela que se niega a dejar de crecer. (actualización: sábados)
2. Desaparición y atasco
[Viernes / interior / tarde]
Ringo, así le gustaba que le llamáramos los periodistas cada vez que sacaba un nuevo libro. Decía que se transformaba tanto cuando terminaba el esfuerzo de concluir un texto, que pasaba a convertirse de tipo normal a una copia de Ringo. Nadie entiende estas cosas, pero se aceptan. Pasa con un montón de cosas que no podemos explicar. El caso es que ese viernes se cumplía un año de su extraña desaparición. Fue un caso muy comentado al menos las primeras seis horas pero, como con muchas otras noticias, cuando dejan de estar en boca de todos y se estanca la información, o cuando surge una tontería lo suficientemente morbosa, lo importante se pierde en el vacío y la vida sigue su curso.
No fue una desaparición normal.
Fue simple... desapareció, sin más. Estaba en la cima de su popularidad. Tenía dos coches y una casa grande. Un día fue la asistenta, y los armarios estaban vacíos, abiertos de par en par. La ropa estaba cuidadosamente dispuesta sobre la cama, como si el señor fuera a irse de viaje. Sonaba el chorro de la ducha. Tras tres horas, con la evidente preocupación provocada por las famosas bromas sobre la muerte de Ringo, la asistenta abrió la puerta, para descubrir una nube de vapor bajo la sofisticada ducha de lluvia. Desvanecido. Desde entonces, no se sabe nada.
Mi primer golpe. Siempre he admirado los textos de este genial autor, y he soñado infinidad de veces que nos dábamos la mano y sonreíamos frente a un flash. Pero un día, la materia del escritor se filtró por el desagüe (esa es mi teoría), y yo aún no he levantado cabeza.
1. El corte
[Viernes / interior / tarde]
Sobre mi escritorio, entre manchas resecas de tinta, guardaba toda la vida que había logrado reunir durante los últimos meses. Sonrisa. Zumbido y chasquidos. Leí la última línea de la página que acababa de salir torturada por la impresora:
Una hormiga diminuta corretea por encima de mi mesita de noche. La aplasto con el dedo. Nada. ¿Acaso sólo un sueño?
Y así, con estas pocas palabras, pasaron más de tres horas. Cuando tienes una imagen y la intentas plasmar, a veces crees que con esa mínima imagen llenarás páginas y páginas. De pronto, acabas resumiéndola en un par de líneas. Me parece que eso es escribir. Algo así como borrar los rastros del propio ego estrangulado. Pasé la tarde con estas frases tatuadas en la pantalla del ordenador. Estaba cerca del final, muy cerca. Me lo repetí unas cuantas veces. Casi podía tocarlo, subirme encima y columpiarme en él. Veía los surcos que mis pies dejarían en el suelo cuando cesara de balancearme. La idea, que nació en un primer momento sacada del fondo de un cajón, muy al fondo, con los ácaros durmientes y el polvo oxidado del que era casi imposible desprenderse, estaba a punto. Nada más que un desenlace.
Quedaba por escribir el último capítulo. Para mí, lo más difícil es el final.
Por fin estaba terminando la que ya había anunciado como mi primera novela. Saqué el último folio y con el filo me hice un pequeño corte en el dedo índice. Es el peor corte que uno se puede hacer, igual que con un cutter. Fino, fácil de infectarse, mínimo y muy doloroso, todo al tiempo. Y sangra mucho. Goteé sangre sobre la portada de la novela, lo cual me enfadó muchísimo.
Lo rompí todo. En tandas de veinte folios, y luego le prendí fuego.
Contemplé la crepitante llama azul sobre el grueso de papel de 596 páginas refulgentes. Miré el montoncito crujiendo entre espasmos, y aspiré las cenizas. Se había cumplido. Sólo en teoría, por supuesto. En mi imaginación sí que lo rompí y lo quemé (en la vida real siempre he guardado todo lo que he escrito, sin atreverme a tirar nada, por si acaso). Me limité a colocar los folios, guardarlos en una carpeta hortera y dar un salto cuando sonó el teléfono. Todo está en mi cabeza.
Esperaba esa llamada con impaciencia, así que me abalancé sobre el auricular, haciendo que el tiempo que pasó hasta que lo pusiera en mi oreja pareciese más largo de lo que debería. <<¿Quién es?>>, me escuché.
Ni falta hace reproducir la conversación por teléfono... una sola palabra: línea. Mi anterior novela terminada, no encajaba con una cosa que en las editoriales llaman “línea editorial”. Si no estás dentro de esa línea, te mandan a paseo. Línea. Hace falta esa única palabra para hundir a alguien. En la televisión relampagueaban imágenes de desastres, de desapariciones, de manifestaciones, de políticos. Se acercó el reflejo, en el cristal, de mi rostro. Hice unos cuantos pucheros y me repetí que no era culpa mía. Cómo iba a serlo. Y luego se me ocurrió que otra vez igual, que como siempre, no es cuestión de culpa, sino de talento, del que yo, naturalmente, carecía. Lo lamenté. Me enfadé contra el sistema. Y finalmente lloré, con el teléfono comunicando, en la mano colgante, la cara contra el televisor, que era ajeno a mis tristezas. La música doliente que me acompañaba era el sonido del zapping.
Entre suspiros, una noticia: se cumple el aniversario de la <<extraña desaparición del escritor Ricardo González, alias “Ringo”>>. Se apagó el aparato. La rodilla lo hizo. Volví un poco a la cruda realidad tras el silencio de verano que hay en mi casa, en verano (lógica redundancia). Decidí darme un paseo para calmarme. Reparar en el corte, de nuevo. Sangraba, pero ya había dejado de resultar tan escandaloso. Lo lavé, puse un poco de yodo y cubrí la herida por medio de una tirita con un dibujo de Spiderman.
Me besé el dedo. Éste me devolvió el beso y un olor a goma de borrar mezclado con monedas y champán. ---- "Las atroces heridas crecen grandemente", kenning. NOTA: Kenning. (pl. kenningar), es una figura retórica de la poesía nórdica. Se utilizaba para nombrar una cosa por medio de una palabra que lo caracteriza debido a una anécdota. No confundir con la metonimia, es decir, definir el todo por una parte. Este arte está sólo al alcance de unos pocos; como mínimo hay que llamarse Borges para poder hacerlo bien.
- ¡Mierda! – comenté, dando un puñetazo en la mesa. A veces digo algún taco. No me siento orgulloso de ello.
Introducción.
La literatura de este blog quizá pertenezca a los desesperados, aunque sé que le gustaría pertenecer a los momentos de calma, o como mínimo al hambre de conocimiento.
Esta no es la primera novela publicada en forma de blog, ni la única. Lo mejor que se puede decir de ella es que se presenta como una historia que depende de nosotros, de nuestros momentos de intimidad.
El título hace referencia a algo muy pequeño que, sin ser la causa directa de la situación, ve cómo se desencadena aventuras y situaciones peligrosas. Un corte fino y poco profundo aporta un dolor siempre presente en el tiempo que la herida permanece.
No sé cuándo concluirá esta historia; sólo sé cómo termina. Con el tiempo me voy dando cuenta de que, a pesar de tener un final establecido, imposible de traspasar, los acontecimientos pueden envolver otros acontecimientos, otras reflexiones. Y cada acontecimiento viene acompañado de un aroma que no siempre puedo otorgar yo mismo. Me confieso: soy un pobre predicador en el desierto, con los labios agrietados, y la necesidad de cubrirse con nuevas y frescas vestiduras: tus comentarios.
Pueden aparecer aquí reseñas, relatos paralelos, explicaciones inesperadas, y giros del destino. Pero tranquilidad: nada será gratuito. La libertad de escribir tiene un alto precio.
Todo empezó un viernes.
Sobre este blog
Un corte en el dedo con una hoja de papel
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"Hay una literatura para cuando estás aburrido. Abunda. Hay una literatura para cuando estás calmado. Ésta es la mejor, creo yo. También hay una literatura para cuando estás triste Y hay una literatura para cuando estás alegre. Hay una literatura para cuando estás ávido de conocimiento. Y hay una literatura para cuando estás desesperado." (Los detectives salvajes, Roberto Bolaño)
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