Un corte en el dedo con una hoja de papel

__la novela que se niega a dejar de crecer. (actualización: sábados)

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22. Altos vuelos

Escrito por: daniel-jandula-martin el 22 Nov 2008 - URL Permanente

[Sábado / exterior / mañana]

Me han roto el corazón muchas veces.

Primero fueron los profesores, ante cualquier atisbo de ingenio por mi parte. He escrito desde siempre, y desde siempre he recibido críticas que me pedían que me olvidaran de dedicarme a esto. Salvo contadas excepciones, en la escuela me animaban a estudiar mucho y conseguir un buen trabajo y una buena unidad familiar. Que al final sólo quedaba esto. Ahora me reiría en su cara, pero entonces mi corazón era blando y no pesaba más de doscientos gramos.

Después fueron las chicas quienes se encargaban de transformar mi corazón en hamburguesa. Tampoco dice mucho en mi favor que fuera tan enamoradizo, que me fijara demasiado en las virtudes más evidentes. A todas las quise, y a todas las soñé como parte importante de mi vida en el futuro. Todas buscaban al tío ideal, y muchas veces me decía: “pero si lo tienen delante. Sé escuchar.” Todas me veían como un buen amigo. Y a todas las lloré una sola noche. Esto, en gran parte gracias a Maud, tardé en superarlo un poco más, porque hasta que no cambié de ciudad, dejando de ser un fideo con camisa vaquera de cuadros y gafas para ser un engendro aceptable, no me di cuenta de que mis habilidades junto con mi atractivo aparecían demasiado pronto; y además, era demasiado sincero. Al parecer, esto no atrae demasiado a los seres humanos en general. Prestamos mucha atención a las medias verdades y al lado retorcido de las cosas. En el póquer de la vida, tenemos la tendencia a ponerle las cosas difíciles al que no sabe fingir. Las chicas de mi adolescencia se fijaban en lo que ellas llamaban “lo misterioso”. Entonces me volvía a encerrar en el baño para repetirme:”pero si tienen la viva imagen del misterio delante”.

Mientras tanto, no solamente tuve que batallar con mis decepciones. También tenía la sensación de que alrededor había siempre alguien que todo lo conseguía antes que yo, que era mejor que yo, que lo merecía más que yo. Era el que aprobaba matemáticas e historia sin despeinarse, y al que le auguraban un buen futuro, mientras conmigo se ensañaban porque tenía la libreta llena de historias que no interesaban a nadie. Cuando me rechazaban por enésima vez, y llegaba la etapa de confesión, cuando ellas me decían, “en realidad, quien me gusta es…”, entonces aparecía el nombre del que siempre me adelantaba, siempre me superaba. Y lo más doloroso, que esto ocurría sin que él lo pretendiera. Uno normalmente pierde todo el contacto con la gente que conoce en el colegio. Es lógico. Uno no los elige. Nos hacinan y nos moldean en un aula durante años. Allí, te quitan todas las ilusiones y las alegrías… una vez te han liberado los americanos, tienes pocas ganas de volver al pasado. De pronto, te das cuenta de que en tu mismo barrio, en tu mismo edificio, existe más gente viva. Y entonces llegan otros conocidos, otras amistades. Puede que recuerdes a algún amigo que se sacrificó un poco por ti. O también que, años más tarde, se cruce de nuevo en tu vida alguien a quien recuerdas muy levemente del colegio, pero que ahora no tiene nada que ver con esa imagen empañada, conservada en algún estante oscuro y polvoriento de la memoria. El chico estudioso y ligón de mi clase, el que siempre estuvo por encima de mi, acabó dejando la universidad por aburrimiento. Se llamaba Pedro Montes. Pero siempre lo hemos llamado Monti. Ahora nos vemos casi a diario.

Después de ver superadas, más o menos, estas decepciones, fueron las editoriales quienes se dedicaron a poner su mano en mi pecho, arrancarme el órgano que bombea la sangre dentro de mi cuerpo, y arrojarlo al rincón. Superarlo es el centro de esta historia, y aún hoy, pasados los acontecimientos, el músculo se resiente.

Maud se secaba el pelo. El murmullo continuo y quejicoso del secador. ZZZZZZZZZZZZ. A través de la puerta le dije que la quería y que iba al centro comercial a por papel. Ella paró el zumbido. Entreabrió la puerta, y me besó en la frente. Por el resquicio pude verla medio desnuda y entonces dudé. Se rió, me disparó con el secador, y volvió a encerrarse, con su toalla húmeda, su crema hidratante y sus apuntes de la universidad sobre la taza del váter. Para mi esto es estar bastante cerca de la felicidad. Sólo que entonces tenía una cierta amargura que no me dejaba verlo. Me toqué donde me había besado, deslicé el dedo hasta la nariz y me dije que debía preguntarle a Ringo por mi final. Un final que cada vez se iba desdibujando más. Se volvía más impreciso, más pegajoso.

En la calle me quedé unos segundos mirándome la herida del corte en el dedo. Estaba recubierto de diminutas bolas rojas de sangre seca. Me froté con el pulgar y vi que parecían esas bolitas que formaban las moras de gominola que tanto nos gustan en casa. Me llevé como por instinto la herida a los labios, pero no sabían a chuchería, sino a monedas de cinco céntimos. Bueno, todos sabemos a qué sabe la sangre.

Empecé a andar, y algo me detuvo. Me puse a olfatear el aire. El viento, casi imperceptible al salir a la calle, se intensificó. Soplaba fuerte, cada vez más fuerte, como el lobo con la casa del cerdito. Sentía el aire fresco en la cara. Un poco de aire fresco en verano siempre se agradece. Se levantaban las bolsas y el polvo del suelo, y un paquete de Lays me impactó en la cara. El viento formó una especie de remolino a mi alrededor y, asustado, vi cómo me levantaba con suavidad, a pesar de la fuerza que se desataba. Subí hasta el último piso de mi edificio. Temblaba, aunque al mismo tiempo me dejaba llevar, sin tratar de agarrarme a algo. Las cosas empequeñecían bajo mis pies, y yo me acomodaba, me tumbaba boca abajo en aquel camastro de viento indefinido. Estuve unos segundos en esta posición.

Y entonces volé. Creedme, amigos míos, cuando digo que volé. Abrí los brazos, con el pellizco lamiéndome la mano, y sobrevolé la zona. Pasé por encima de coches, parques y personas. Era como nadar, exactamente como nadar, pero en otro elemento. No es que me sintiera libre, ni más feliz. Estaba demasiado ocupado en no perder la ruta hacia el centro comercial, desviar el miedo inicial, y examinar cada detalle de lo que sucedía debajo, que ya era otro mundo, otra cosa. Crucé nubes muy bajas y no eran de algodón. Rocé con el pie las copas de algunos naranjos, y no tuve que esperar ningún semáforo. En cuestión de cinco minutos ya sobrevolaba el centro comercial. Veía la azotea que Ringo ocupaba, con su saco de dormir, unos cuantos bártulos, e incluso una barbacoa. Ringo no estaba, así que fui hasta la entrada trasera. El viento amainaba, y yo perdía altura. Abrí los brazos y las piernas todo lo que pude, como había visto hacer a los paracaidistas en televisión, y notaba el viento envolviéndome, como parte de mi cuerpo. El río brillaba a un lado y lanzaba destellos blandos. El sonido de la calle aumentaba. Sentí un pequeño impulso, y caí a gran velocidad. Me preparé para el dolor, que no llegó. Aterricé sobre unos arbustos. Me sorprendía, más que el haber volado, la profesionalidad y dominio propio que había mostrado en todo momento. Estuve sobre los arbustos un buen rato, tratando de asimilar lo ocurrido.

21. Cereales

Escrito por: daniel-jandula-martin el 08 Nov 2008 - URL Permanente

[Sábado / interior / mañana]

Me despertó el canto de un gallo. Como no teníamos ninguna granja cerca, el canto provenía de la alarma del móvil. Me incorporé con gran dificultad, agarrándome la cabeza con las manos y tratando de orientarme. La pantera rosa trataba en vano de expulsar una termita de su casa. Otro ruido que distinguí a los cuantos segundos de levantarme fue el de la ducha. Fui hasta la puerta y pegué el oído. Cayó un bote de champú o gel. Calculé unos veinte minutos para que el baño estuviese despejado. Desde mi posición podía ver la cama vacía y arrugada. Nunca había dormido en otro lugar distinto desde que nos casamos. Por la persiana entraban haces de luz que proyectaban varios horizontes sobre el armario, y las motas de polvo iban y venían, chocaban y se evitaban. La habitación parecía mucho más amplia, aunque desordenada, que la noche anterior. Los colores se empeñaban en permanecer apagados, a pesar de que la intensidad de la luz iba en aumento. Seguía el olor a vinagre y al andar, sentía las pelusas balanceándose y dividirse por amitosis en otras pelusas más pequeñas. Me senté en la cama, cuidando de no borrar la huella de Maud, imprimida en las sábanas. Al inclinarme, percibí el olor de Maud. Siempre le digo que ella huele como a pan de molde. Ese era el perfume de la habitación: pan de molde y vinagre anti-mosquitos. El pan y el vino. La carne mullida, y un punto de amargura. Cesó el agua de la ducha. Cayeron unas gotas gruesas. Tiré de la esquina de la sábana, y la superficie se aplanó. Crucé las piernas y los muelles hicieron gárgaras. El secador se puso en marcha y podía ver el ligero tembleque de la muñeca de Maud al acercarlo a su pelo rojizo, embutida en su albornoz rosa con flores de manzanilla bordadas. Cada uno emprendió un poco de rutina, en silencio. Ella deshilvanó sus cabellos, se peinó despacio, y yo plegué el sofá-cama y empujé las pelusillas con el pie por debajo. Luego apagué la tele y me preparé un tazón de Frosties. Tan aturdido estaba por la falta de sueño, que volví a poner el cartón de leche vacío en su lugar de la nevera. Crunch, crunch, crunch. Otro golpe de champú vacío al otro lado de la puerta.

Lo único de lo que me sentía capaz en esos momentos era de mirar a un infinito perdido, quizá en el gotelé de la pared. Mirar al más allá, con mis ojos oscilantes. Con la triste insolvencia de no saber, de estar vacío. De pie junto a una estantería de libros, sosteniendo un tazón de cereales. Contemplaba nuestros libros, una vez más, sin detenerme especialmente en los títulos. Miraba más bien las formas, los tamaños, las letras de los lomos. Los que se encontraban delante, los más gruesos, eran casi todos bestsellers. Maud suele leer algunos, pero nunca los acaba. Es tan lista que descubre el final a unas cuarenta páginas del desenlace. Luego me pregunta, cuando los leo yo, y casi siempre acierta. Por aquel entonces, yo leía Catedral, de Raymond Carver, y con este escritor, igual que con Ringo, y con Flannery O’Connor, me sucedía algo insólito: con cualquier libro miro siempre las páginas que me van quedando para terminarlo... excepto con ellos tres. Me absorbe tanto su lectura, que nunca calculo las páginas... es como si su valor estuviese por encima del grosor de sus obras. Con Carver y O’Connor todavía más, pues sus libros son cortos y compuestos por relatos breves... Ringo es, sencillamente, muy fácil de leer, aunque no por ello deje de ser exigente con sus lectores. Mientras miraba la estantería, acababa el tazón, y Maud dejaba caer el champú por última vez en la mañana, pensaba que yo también debería ser más exigente con mis futuros lectores.

20. Vinagre y sueño

Escrito por: daniel-jandula-martin el 01 Nov 2008 - URL Permanente

<<El escritor es un ser dudoso; no sólo del mundo, sino de sí mismo. Si no dudaras, si no te plantearas lo que realmente merece la pena de lo que haces, no valdría para nada, no sería bueno. Nunca he conocido a un buen escritor completamente seguro de lo que escribe.>>

(Paul Auster, en entrevista a El País)

[Sábado / interior / madrugada]

Olía a vinagre en toda la casa. Maud suele sumergir algodón en vinagre y se lo coloca encima de las picaduras de mosquito. Y funciona de veras. Aceite para el sol, vinagre para los mosquitos, y la sal de nuestros cuerpos nos convierte irremediablemente en ensaladas andantes.

Ella había colocado un montoncito de algodón, que aun en la noche se hacía destacar, sobre el libro que estaba leyendo: Crímenes imaginarios, de Patricia Highsmith. Lo compramos porque iba de un matrimonio joven (como nosotros), que pasaba por una racha no muy buena (como nosotros), y un buen día él se imagina cómo sería asesinar a su esposa (aquí nos diferenciamos, afortunadamente). Nos hizo gracia la historia. El resto de la mesita de Ikea color violeta estaba ocupado por unos cuantos discos, kleenex, velas gastadas y una lámpara con dibujos de alheña, cuyo olor atraía a los mosquitos... con lo que siempre teníamos la botella de vinagre abierta, además de embadurnarnos de Aután y colocar esas pastillas azules absolutamente inútiles. Maud no había visto la nota que le había dejado. Me senté a sus pies y la miré un buen rato. Respiraba con tranquilidad, y de vez en cuando emitía un sonido que parecía un gruñido, pero podía pasar por ronroneo. Un largo y débil rezongo que producía cosquillas. Le acaricié los pies y ella los apartó. Me pregunté qué estaría soñando. Ella suele contarme sus sueños, que son realmente reveladores. Apreté los ojos y empujé los párpados con las yemas de los dedos. Al abrirlos, unas luciérnagas pequeñas se retorcían en los laterales de mi campo de visión, mientras palpitaban mis retinas.

Decidí que tenía que soñar. Fui a la cocina y bebí grandes tragos de agua, hasta que me hinché demasiado. Demasiadas emociones para un día. Con pasos torpes, llegué hasta el sofá y puse la tele. Entre babas de caracol y aparatos de gimnasia, reposiciones de series legendarias y falta de señal... entorné los ojos, me adentré en la fase REM, y viajé hacia una ardiente campiña, para dejar a mi mente bullir en paz...

10. El extraño

Escrito por: daniel-jandula-martin el 31 May 2008 - URL Permanente

[Viernes / interior / tarde]

Llegué junto a la cafetería de Maud y me detuve para darle la noticia. Pensaba esperar hasta la noche, pero era incapaz de contenerme. Me vio cuando estuve a unos veinte pasos. Me leyó la expresión de alegría en la cara cuando estuve a diez, y me guiñó un ojo a los cinco. Olía a vainilla desde los tres pasos y me di cuenta que se había recogido el pelo a los dos. Puse el brazo en la barra.

- Ponme un vaso de agua. Tenemos algo que celebrar.

-¿Celebrar qué? – Maud está guapísima cuando pregunta algo. Apunta con su naricilla hacia algún lugar indeterminado del techo.

- Aaaaah, ya te contaré.

- ¿Qué tienes entre manos? – ella tenía la mirada de querer decir algo así: <<¿por dónde me vas a salir ahora?>>. Es lógico. Casi me pidió que le echara el aliento por si había decidido hacerme amigo de una botella de licor barato.

- No te preocupes, esto es bueno, algo muy bueno, de verdad. Me da la sensación de que no te fías de mi.

- No es eso, es que...

- ¿Que?

- Llevas un año así... cada vez que anuncias algo nuevo, nos echamos a temblar y pasamos un par de días con miedo... de un guión pasas a una obra de teatro, luego a un ensayo para acabar con unas “coplas a la muerte de mi perro”... necesitas centrarte.

- Cuando te lo cuente, te sorprenderás. Esto es distinto... Maud, Maud, cariño, mírame. No intento que cambies de opinión así, por las buenas, sólo confía en mi… Está realmente preciosa con el pelo recogido.

- ¿No será lo de volver a ser inventor?

Lo reconozco: tuve una etapa en la que quería ser inventor. Por ayudar a la gente, aunque sólo fuera con cosas completamente inútiles. Primero una almohada que cuenta chistes o cuentos, después un martillo para alisar el pelo. Bobadas, pensarás, pero entonces era el colmo de hacer feliz a la gente. Una vez leí que la clave del éxito está en crear necesidades nuevas: el teléfono móvil, el pelador exclusivo de patatas, la televisión de plasma, la cama que se infla con un solo botón... son ejemplos de cosas que hacen pensar al mundo: <<¿por qué no lo habían inventado antes?>>. Claro que mis intereses creados eran un tanto... surrealistas. Íbamos a enzarzarnos de nuevo en otra discusión sobre el sentido del deber laboral cuando se nos acercó Monti, un compañero de Maud.

- Tommy, una cervecita...

- No te he pedido una cervecita – sonaba muy brusco dicho así, por lo que esbocé una media luna con mi labio inferior y solté una razón que se me antojaba disculpa – me sienta mal el alcohol.

- Sólo es una cerveza, sin alcohol si quieres.

- La última vez que tomé sangría miré a Maud y la confundí con un semáforo. Con la última cerveza acabé en un centro de día para enfermos mentales, no me preguntes por qué. Además – puse un tono de confidencialidad – ella me huele el aliento.

- ¿En serio?

- Como un sabueso.

- El caso es que te tengo que poner algo – adoptó sin venir a cuento una postura de mayordomo irlandés que anuncia una indeseable visita. Esto es, sin ceder, pero poniéndose de parte del señor de la casa; en este caso yo, porque no podía ser otro, y porque esta es mi historia.

- ¿Por qué?

- Aquel señor de allí dice que te invita – señaló descaradamente con el índice a mi anfitrión.

Allí estaba, en la mesa diez, mirando en nuestra dirección mientras sorbía lentamente su café solo con leche condensada. Parece raro lo que voy a decir, pero en aquel momento me dio la impresión de haber visto a un familiar que recuerdas de pequeño y al que no has visto en veinticinco años. Había algo cercano. Tonterías, pensé. Sensaciones que no llevan a ninguna parte. Me dije: será mejor que conozcamos al caballero que se ha dignado a invitarme a mi vaso de agua.

- Con un par de cubitos de hielo – le pedí a Monti.

Mientras me acercaba al caballero, no perdí de vista su aspecto... extraño. De hecho, en lo sucesivo, me resulta apropiado denominarlo simplemente <<el extraño>>, sin más. Es lo que mejor resume su traza. Una apariencia inquietante, casi intimidatoria, y un traje feísimo. Yo no entiendo mucho de trajes, pero desde luego si quisiera que una turba enfurecida se lanzase contra mí, elegiría ese mismo traje. Color esmeralda. Me acerqué un poco más y sus rasgos creaban muchas sombras en su cara blanca, que parecía una máscara de cera. Tenía arrugas en el cuello y una nariz pequeñísima. Tenía... sí, tenía dos ojos. Para qué perder el tiempo describiendo sus detalles, cuando incomoda tanto. Daba la impresión de ser una persona a la que no han terminado de hacer. Una presencia que lo hace destacar del resto. Esa es la palabra: presencia. Cierta seguridad y aplomo, justo lo contrario que yo, que encima tuve que esquivar una mesa para dos en la que se habían sentado siete personas que disfrutaban de sus cafés y engullían sus palmeras de chocolate, ajenos al mundanal ruido. Una vez junto a él, me detuve y levanté mi vaso de tubo, que se me escurría ligeramente. Hice una simpática reverencia.

- Es un honor poder invitarle, señor... ¿me permite llamarle Tomás... su nombre de pila? – me señaló la silla frente a él.

No esperaba una presentación así. Esperaba un balbuceo, o un toque pequeño de timidez, aunque fuera por mera cortesía. En dos frases, consiguió inspirarme temor, y romper dos reglas de la buena educación: ponerse en pie al presentarse y no dar las buenas tardes. Aunque yo no soy nada educado, tampoco.

- ¿Cómo sabe mi nombre?

- Sé de usted tanto como usted sabe de mí. Digamos que he leído cosas suyas – cruzó la mano y juntó los pulgares. ¿Se puede emplear gesto más típico? – Soy algo así como un asiduo lector suyo. Hizo un buen trabajo como columnista – Sorbió el café, un sonido que aborrezco con toda mi alma – Creo sinceramente que tiene talento.

- Gracias.

- El problema es... – sabía que había un pero. Siempre hay un pero – que a veces resulta demasiado... cómo decirlo... – buscó la palabra escrita en el techo y la llamó con un chasquido – suave. Eso es: creo que a veces se expresa muy suave y delicadamente.

- Lo sé, aunque he de reconocer – gesto de subirme unas imaginarias gafas y carraspeo – que aún no ha leído lo mejor que he escrito... cuando se publique verá cómo cambia de idea.

- No pretendía meterme donde no me llaman. Espero no ofenderle.

- No, no se preocupe.

- Sólo lo decía porque creo que aún le falta su buen momento... sus quince minutos de fama. ¿Me comprende?

- Sí – miré el reloj e hice gesto de retrasarme – oiga, un placer. No tengo mucho tiempo y...

- Tranquilo – levantó el brazo para calmarme. Aunque me pareció que más bien me estaba perdonando la vida – sólo quería decirle que me gusta cómo escribe y que le deseo lo mejor. Lo digo porque tiene talento y...

- Es decir...

- Es decir, que quizá deba usted escribir algo más, digamos... comercial... que llegue a la gente. Algo más...

- Típico.

- Yo lo llamaría clásico – me estaba poniendo de los nervios – pero usted es el escritor.

- Exacto.

- Podría ir mejor si convence al público. Haga que le quieran y todo irá como la seda. Uno tiene en la vida pocas oportunidades y le deseo, como seguidor suyo, que tome la decisión más acertada.

- Gracias, bueno, eh... tengo... – tenía que cortar por lo sano y alejarme de ese tipo. Me tendió la mano – Hasta pronto.

- Gracias por su tiempo.

- A usted por el agua.

- Nos veremos por aquí, quizá.

- Adiós – aunque estuve tentado de decir <<no lo creo>>.

Aplacé la noticia a Maud, y me despidió con una ligera preocupación. Cuando estuve lo suficientemente lejos como para evitar que el extraño caballero oyera mis pensamientos, rumié la conversación una y otra vez y fui incapaz de hallarle sentido. A decir verdad, desde entonces recuerdo este encuentro de vez en cuando y sé que no soy el mismo.

7. Principio de amigo

Escrito por: daniel-jandula-martin el 24 May 2008 - URL Permanente

[Viernes / exterior / tarde]

Yo, por mi parte, entré al centro comercial por la puerta principal, como un ser humano más dejándose llevar por aquella marea humana. Marea que compraba y se peleaba por su sitio en la cola. Marea adormilada. Pero yo feliz. Me oculté tras un cartel de promoción y observé a Maud, que ponía unos cafés, a unos treinta metros, en la cafetería donde trabajaba. Ajena a todo, con su pelo cobrizo y breve y su sonrisa latiendo. Me quedé mirándola sin que supiera que yo estaba allí. Pasé cerca, y siguió sin verme, tan concentrada estaba. Una vez me dijo que si alguien la miraba fijamente, a los treinta segundos, podía darse cuenta. Seguro que al desaparecer yo, descubrió de que alguien había estado fijando su atención en ella. Pasé por todas las tiendas de la galería que servía como introducción al supermercado enorme, de dos plantas y de nombre terrible, que ocupaba prácticamente la mitad del edificio. Subí por las escaleras mecánicas a la planta superior, atravesé pasillos y recodos sin mirar apenas. Tras una esquina llegué a la sección de libros. Allí, de pie, absorto en la inspección de un libro, estaba Ringo, mordiéndose el labio inferior. Me acerqué arrastrando los pies.

- ¿Y ahora qué? – dije, impaciente por conocer a fondo su plan.

Ringo no me oyó.

- “El techo le cayó encima. Negro. Abrió los ojos tras un largo viaje en la penumbra. Entre el polvo vio caos. El olor de la escayola le llegó hasta la última neurona...” – Estaba leyendo una parte de su penúltima novela, El penitente. Leía su novela, como el agricultor que contempla sus cosechas al final del día, con cansancio y amor, mucho amor. Creo que sé lo que significa eso. Pasó varias páginas y sin respirar siguió leyendo. Podía mirar cómo le vibraba la garganta y la diminuta nuez daba pequeños saltos. – “Cuando el hambre llega a su última etapa”

- “hay un punto en el que ya no se puede salvar, debido a que los ácidos del estómago, en ese estado, producen una gran hemorragia interna. Es recomendable que se le deje morir.” – me detuve. Conocía esa parte de la novela, cuando Oliver tiene esa horrible pesadilla. La historia iba de un chico que coleccionaba cuentos de terror y al que era perseguido por un reflejo suyo que se había escapado de un espejo. Me encantaba sobre todo el final, cuando se lavaba la cara en esos aseos públicos y al alzar la vista estaba su reflejo detrás, mirándole fijamente. Aunque tengo que reconocer que los dos últimos libros de Ringo eran un poco flojos en cuanto a diálogos. Ahora lo tenía frente a mí, y no me atrevía a hacer de crítico. Él interrogaba mi forma de solapar la lectura de ese fragmento, frunciendo el ceño, entre asombrado por mi memoria y alertado por mi forma de interrumpir. Parecía que, desde los escasos veinte minutos que habían pasado desde nuestro encuentro, albergara dudas por vez primera de mi discreción. Por fin dijo algo.

- ¿Eres crítico o algo así? – lo dijo temblando. Así que era cierto el rumor de su aversión hacia los críticos. No es para menos, todo hay que decirlo, pero me daba la impresión de que más que reserva, la palabra que define su relación con la crítica es fobia. Parecía un pez globo a punto de saltar.

- No.

Un monosílabo fue lo único que pude articular; y funcionó. Vi cómo se relajaban todos y cada uno de sus músculos faciales y sus hombros bajaban, recuperando la compostura. En tan sólo unos segundos, su figura pasó de la rigidez de Frankenstein al relax de Cary Grant, ese galán de hombros caídos tan simpático. Mostraba un alivio y un suspiro de calma. Paró de sudar. Dejó el libro en el estante y se estiró las mangas, lo que significaba que yo era de fiar.

5. Sin helado

Escrito por: daniel-jandula-martin el 19 May 2008 - URL Permanente

[Viernes / exterior / tarde]

En mi paseo, hacía un calor seco y la luz me hacía ver todo de color amarillo. El asfalto de la calle estaba caliente. Esperaba con ansiedad ver las nubes que habían anunciado en el boletín meteorológico. Este fin de semana iba a caer un chaparrón de verano que refrescaría el ambiente. Nunca me ha gustado el verano, sinceramente. Cerca de casa hay un centro comercial no muy grande, pero sí bastante completo, con su cine de diez salas, su supermercado de música chirriante y cutre, su restaurante de comida rápida, y su par de cafeterías. En una de esas cafeterías trabaja Maud, mi Maud.

A esta cafetería me dirigía cuando pasé junto a una máquina de helados. Se me antojó uno. Leí la explicación de cómo la máquina te proporciona el helado: HELADO+CILINDRO+SERVILLETA. Eché una moneda de dos euros y al pulsar el botón la máquina hizo un ruido de engranajes. Cayó en el orden descrito el helado en la bandeja, cayó un cilindro de plástico que lo aplastó y, tras un par de segundos, una servilleta se posaba suavemente sobre el desastre. Me sentí víctima de una broma cruel y casi lloré otra vez. Intenté limpiar la porquería con la servilleta, pero el chocolate lo pringaba todo. Finalmente, lo dejé por imposible. Tenía las puntas de los dedos cubiertos de chocolate, y la servilleta estaba inservible. Parte del chocolate se coló por el interior de la tirita.

Di la vuelta al centro comercial mientras arrastraba los dedos en la rugosa pared con aspecto de piedra. Al girar la esquina que me llevaba al lado opuesto de la entrada principal me planteé cómo contarle lo de la línea editorial a Maud. Pero no quería entristecerla. Me gustaba aquel sitio, ya que nunca pasaba nadie por allí. Al otro lado de los descuidados setos se pronunciaba un pequeño barranco que daba a la carretera. No he vuelto al lugar… debería ir alguna vez, sólo para recordar.

4. Un paseo para desconectar

Escrito por: daniel-jandula-martin el 19 May 2008 - URL Permanente

[Viernes / exterior / tarde]

Lo olvidaba, no he hablado de Maud. Maud es mi mujer. Su nombre auténtico es Macarena; a ella no le gusta demasiado; a mí me encanta. Maud es por el título de aquella peli, Mi noche con Maud, que nos gusta a los dos, pero en realidad el nombre no tiene nada que ver con la película en sí. Más adelante contaré cómo nos conocimos. Llevamos tres años casados y... bueno, vayamos al grano: aquel viernes de finales de verano estaba en un momento bajo (aunque luego cayera un poco más). Decidí (creo haber escrito esto antes) dar un largo paseo para calmarme.

Pasear es un buen método para poner en orden las ideas. Uno de los personajes de una de mis novelas lo hacía constantemente: Tordo. Su historia es un tanto triste: un pobre perdedor que se dedica a ir de un edificio gubernamental a otro, llevando documentación, esperando colas, rellenando formularios... un día, harto de su vida y de su jefe, decide convertirse en un asesino francotirador. Afortunadamente para la gente de a pie, su torpeza le impedirá hacer daño a nadie. La novela comienza así:

Un vaso de Starbucks es lo que yo considero un buen invento: la tapa, una vez cerrada correctamente, se solapa con el borde del recipiente de tal modo que ni una sola gota de café puede salir a comprobar qué tiempo hace; al mismo tiempo, el calor permanece flotando tranquila y herméticamente en el interior, y se podría decir que dentro del receptáculo puede desarrollarse todo un auténtico ecosistema, totalmente ajeno e independiente del exterior, y sin la necesidad de que ese mundo de color caramelo y el nuestro tengan que coexistir forzosamente; la tapa de un Starbucks es el prototipo ideal con el que los astrofísicos sueñan para crear una civilización en Marte, ya que hasta la abertura por donde se bebe el café y el diminuto agujero están perfectamente diseñados para que ese pequeño mundo se mantenga en equilibrio…

Aquel día en que mi equilibrio personal se rompió, el chico de Starbucks (o barista, como se autodenominan) olvidó cerrar bien la tapa. El café me sumergió en el dolor, y estallé.

Y es que ciertos inventos que tratan de hacernos la vida más fácil, fracasan estrepitosamente. Tanto para mis personajes, como para mi…

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"Hay una literatura para cuando estás aburrido. Abunda. Hay una literatura para cuando estás calmado. Ésta es la mejor, creo yo. También hay una literatura para cuando estás triste Y hay una literatura para cuando estás alegre. Hay una literatura para cuando estás ávido de conocimiento. Y hay una literatura para cuando estás desesperado." (Los detectives salvajes, Roberto Bolaño)

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