Un corte en el dedo con una hoja de papel
__la novela que se niega a dejar de crecer. (actualización: sábados)
12. Regreso a casa, bajo un cielo rojo
[Viernes / interior / anochecer]
Me marché dando un par de rodeos y haciéndome el despistado, demostrando una vez más mis dotes interpretativas. Atravesé varios pasillos, retrocedí otros y esperé a que me avisara un guarda de seguridad para salir. Finalmente compré una chocolatina, comida para gatos, unos calzoncillos y un paquete de pilas, para no llamar la atención. Salí satisfecho con mi compra y mi actuación, feliz, expandido. Una vez en la calle, tuve una sensación extraña. Como si alguien me observara. Pero no le di importancia alguna, porque aquel viernes había sido muy largo e intenso, lo bastante como para encima sentirme vigilado. En el cielo podía ver un maravilloso atardecer rojo y no quería que nada lo estropeara.
En la facultad tuve un profesor cuya frase favorita era: El periodista no debe creer nada de lo que le digan, debe creer la mitad de lo que vea, y todo lo que escriba. Debió repetirla como diez millones de veces. Es lo único que se me quedó grabado. De hecho, creo que lo he escrito en alguna parte además de aquí. Maud no cree casi nada de lo que le digan ni de lo que suele hacer. Quizá por eso me enamoré de ella: le gusta sorprender y sorprenderse.
Al entrar en casa me recibieron las notas y las frases de like Dylan in the movies, una preciosa canción de Belle and Sebastian:
Pure easy listening, settle down
On the pillow soft when they've all gone home
You can concentrate on the ones you love
You can concentrate, hey, now they've gone
Ya sabía con esto que Maud estaba en casa. Cuando le da por una canción, es capaz de oírla mil veces seguidas, o más. Era realmente significativo que entrara en el piso justo en esta estrofa. Sí, de hecho, ahora podía concentrarme en lo verdaderamente importante y recostarme sobre el mullido almohadón blanco de mi Maud. Saludé en voz alta mientras colgaba las llaves en su sitio. No obtuve respuesta. Afiné el oído y escuché el ruido del agua de la ducha. Eso significaba de veinte a treinta minutos: el tiempo que tardaría Maud en salir del cuarto de baño. Decidí sentarme frente al ordenador y redactar un final para mi novela. Un final que tenía todavía pendiente y, antes de que descubrieran a Ringo y desapareciera de mi vida, tenía que dárselo a leer.
9. El detective y la hormiga
[Viernes / exterior / tarde]
Más dudas: ¿hablaba Ringo en serio cuando decía que iba a quedarse a vivir dentro de un centro comercial? A primera vista, parecía una buena idea: tenía todo lo necesario a mano y por las noches debía ser un lugar muy tranquilo. ¿Por qué entonces correr un riesgo innecesario? El hecho de cruzarme en la vida de Ringo (o que Ringo se cruzara en mi vida) tenía un sentido que aún no había descubierto. ¿Era mi deber informar a la policía o a quien fuera? De momento, la respuesta era un rotundo <<no>>. ¿Qué pensaría él de mis escritos? Mejor dicho, de mi último escrito que aún tenía que concluir. Tras encontrarme con Ringo, me di cuenta rápidamente de que tenía que darle una última vuelta de tuerca a mi novela. Decidí, en un par de segundos, acabar con el protagonista, un detective cuya principal preocupación era limpiar su pasado turbulento. Al menos, la historia necesitaba que él perdiera, para darle un fin coherente con los detalles trágicos que había dispersado por las páginas del libro, como un sembrador dispersa sus semillas.
El calor era un elemento clave de la novela. Durante el verano en que transcurría, el personaje del detective buscaba alejar sus preocupaciones, sus temores, su calor. El poderoso leitmotiv consistía en un cubito de hielo alargado que giraba en un vaso de tubo mientras se empapaba de bourbon y mojaba unos cada vez más ásperos labios. Eso y atrapar a un asesino. Tras varios esfuerzos, y a punto de arrojar la toalla, el detective, tumbado en una azotea con el sol rascando su atormentada frente, lograba ver la luz. Veía una hormiga trepar y descubría así la forma de atrapar a su enemigo. El detective aplastaba la hormiga con un dedo y fin del libro. Lo interesante, según mi parecer, era ver la renovación del otrora corrompido agente de la ley. Por eso decidí acabar ahí, con la imagen de la hormiga pisoteada. Un final abierto. Me gustaba la imagen de la hormiga, de algo frágil y cambiante, a pesar de que a menudo puede alzar hasta nueve veces su peso y fijar un rumbo determinado, pasando por el agotamiento si es preciso. Es un poco como el ser humano que sólo quiere ver lo que tiene delante; que sólo se preocupa de amasar comida y recursos; que necesita organización y explorar en ocasiones otros mundos; que se considera un ser perfecto, pero en realidad siendo pequeño, como una cáscara de nuez en el océano azul y doloroso. Hasta aquí todo bien... hasta que vi a Ringo y decidí, no sé si por algo que dijo él o por un azote de creatividad, fundir al detective con la hormiga y aplastarlo con un pulgar mucho mayor que él. Decidí darle a Ringo el grueso de la novela y que me orientara para lograr el final más sorprendente. Alguien dijo en una ocasión que el final de un libro debe provocar melancolía, como si de un buen viaje se tratara. Eso es exactamente lo que quería conseguir. Esperaría a Ringo para lograr una mayor melancolía. Inundaría las calles con agua perfumada de calor y llevaría a buen puerto mi ejército imparable de hormigas.
4. Un paseo para desconectar
[Viernes / exterior / tarde]
Lo olvidaba, no he hablado de Maud. Maud es mi mujer. Su nombre auténtico es Macarena; a ella no le gusta demasiado; a mí me encanta. Maud es por el título de aquella peli, Mi noche con Maud, que nos gusta a los dos, pero en realidad el nombre no tiene nada que ver con la película en sí. Más adelante contaré cómo nos conocimos. Llevamos tres años casados y... bueno, vayamos al grano: aquel viernes de finales de verano estaba en un momento bajo (aunque luego cayera un poco más). Decidí (creo haber escrito esto antes) dar un largo paseo para calmarme.
Pasear es un buen método para poner en orden las ideas. Uno de los personajes de una de mis novelas lo hacía constantemente: Tordo. Su historia es un tanto triste: un pobre perdedor que se dedica a ir de un edificio gubernamental a otro, llevando documentación, esperando colas, rellenando formularios... un día, harto de su vida y de su jefe, decide convertirse en un asesino francotirador. Afortunadamente para la gente de a pie, su torpeza le impedirá hacer daño a nadie. La novela comienza así:
Un vaso de Starbucks es lo que yo considero un buen invento: la tapa, una vez cerrada correctamente, se solapa con el borde del recipiente de tal modo que ni una sola gota de café puede salir a comprobar qué tiempo hace; al mismo tiempo, el calor permanece flotando tranquila y herméticamente en el interior, y se podría decir que dentro del receptáculo puede desarrollarse todo un auténtico ecosistema, totalmente ajeno e independiente del exterior, y sin la necesidad de que ese mundo de color caramelo y el nuestro tengan que coexistir forzosamente; la tapa de un Starbucks es el prototipo ideal con el que los astrofísicos sueñan para crear una civilización en Marte, ya que hasta la abertura por donde se bebe el café y el diminuto agujero están perfectamente diseñados para que ese pequeño mundo se mantenga en equilibrio…
Aquel día en que mi equilibrio personal se rompió, el chico de Starbucks (o barista, como se autodenominan) olvidó cerrar bien la tapa. El café me sumergió en el dolor, y estallé.
Y es que ciertos inventos que tratan de hacernos la vida más fácil, fracasan estrepitosamente. Tanto para mis personajes, como para mi…
2. Desaparición y atasco
[Viernes / interior / tarde]
Ringo, así le gustaba que le llamáramos los periodistas cada vez que sacaba un nuevo libro. Decía que se transformaba tanto cuando terminaba el esfuerzo de concluir un texto, que pasaba a convertirse de tipo normal a una copia de Ringo. Nadie entiende estas cosas, pero se aceptan. Pasa con un montón de cosas que no podemos explicar. El caso es que ese viernes se cumplía un año de su extraña desaparición. Fue un caso muy comentado al menos las primeras seis horas pero, como con muchas otras noticias, cuando dejan de estar en boca de todos y se estanca la información, o cuando surge una tontería lo suficientemente morbosa, lo importante se pierde en el vacío y la vida sigue su curso.
No fue una desaparición normal.
Fue simple... desapareció, sin más. Estaba en la cima de su popularidad. Tenía dos coches y una casa grande. Un día fue la asistenta, y los armarios estaban vacíos, abiertos de par en par. La ropa estaba cuidadosamente dispuesta sobre la cama, como si el señor fuera a irse de viaje. Sonaba el chorro de la ducha. Tras tres horas, con la evidente preocupación provocada por las famosas bromas sobre la muerte de Ringo, la asistenta abrió la puerta, para descubrir una nube de vapor bajo la sofisticada ducha de lluvia. Desvanecido. Desde entonces, no se sabe nada.
Mi primer golpe. Siempre he admirado los textos de este genial autor, y he soñado infinidad de veces que nos dábamos la mano y sonreíamos frente a un flash. Pero un día, la materia del escritor se filtró por el desagüe (esa es mi teoría), y yo aún no he levantado cabeza.
Introducción.
La literatura de este blog quizá pertenezca a los desesperados, aunque sé que le gustaría pertenecer a los momentos de calma, o como mínimo al hambre de conocimiento.
Esta no es la primera novela publicada en forma de blog, ni la única. Lo mejor que se puede decir de ella es que se presenta como una historia que depende de nosotros, de nuestros momentos de intimidad.
El título hace referencia a algo muy pequeño que, sin ser la causa directa de la situación, ve cómo se desencadena aventuras y situaciones peligrosas. Un corte fino y poco profundo aporta un dolor siempre presente en el tiempo que la herida permanece.
No sé cuándo concluirá esta historia; sólo sé cómo termina. Con el tiempo me voy dando cuenta de que, a pesar de tener un final establecido, imposible de traspasar, los acontecimientos pueden envolver otros acontecimientos, otras reflexiones. Y cada acontecimiento viene acompañado de un aroma que no siempre puedo otorgar yo mismo. Me confieso: soy un pobre predicador en el desierto, con los labios agrietados, y la necesidad de cubrirse con nuevas y frescas vestiduras: tus comentarios.
Pueden aparecer aquí reseñas, relatos paralelos, explicaciones inesperadas, y giros del destino. Pero tranquilidad: nada será gratuito. La libertad de escribir tiene un alto precio.
Todo empezó un viernes.
Sobre este blog
Un corte en el dedo con una hoja de papel
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"Hay una literatura para cuando estás aburrido. Abunda. Hay una literatura para cuando estás calmado. Ésta es la mejor, creo yo. También hay una literatura para cuando estás triste Y hay una literatura para cuando estás alegre. Hay una literatura para cuando estás ávido de conocimiento. Y hay una literatura para cuando estás desesperado." (Los detectives salvajes, Roberto Bolaño)
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