Un corte en el dedo con una hoja de papel
__la novela que se niega a dejar de crecer. (actualización: sábados)
23. Clase de pesca
[Sábado / interior / mañana]
Nada más entrar al centro comercial, me volví a topar con el tipo raro de la tarde anterior; seguía dándome mala espina, y él seguía con la misma sonrisa extraña y amenazadora. La vista de su perfil desgarbado me recordaba al Nosferatu de Murnau. De hecho, cuando se detuvo a mi altura, no sólo me puse a la defensiva prestando atención a sus movimientos; también miraba de reojo su propia sombra, que me pareció difusa y especialmente verde.
- Hola, Tomás.
- Hola… perdona, tengo que… - lancé unas cuantas imprecisiones más de este tipo, consciente de que era totalmente inútil para desprenderme de aquella sombra.
- ¿Ha desayunado? Le puedo invitar. Tengo cosas de que hablar…
- No, gracias, de verdad.
- Está bien, pero debería aceptar mi invitación, no siempre tendrá la oportunidad de…
- No puedo, lo siento.
- Lo sentirá – murmuró, o eso creí escuchar mientras lo veía girarse. Había mucha gente, como es lógico un sábado por la mañana, y sus palabras causaron una sensación similar a la del peso de alguien sentándose a tu lado en el sofá.
Sentí el impulso de agarrarle por las solapas y zarandearle, gritándole que quién era él para decir lo que yo debía o no debía hacer, que ya me bastaba yo solito, cuando me di cuenta de que ya no estaba, ni tampoco su sombra. Entonces zarandeé el desagradable encuentro, y me apresuré a mezclarme con la masa que acudía al amor protector del aire acondicionado.
Iba dando tumbos por los pasillos de la comida de animales, de los accesorios de jardinería, y de ahí atravesé la zona de iluminación y ferretería, preguntándome cómo me las ingeniaría para acceder a la puerta que llevaba a la azotea donde finalmente Ringo se había instalado. Recorrí las garrafas de líquido descongelante para automóviles, y pasé bajo una puerta formada por neumáticos enormes. De pronto, en la sección de juguetería, me fijé en una bicicleta de carreras apoyada junto a una pizarra blanca en la que había algo escrito. Era curioso, pues las bicicletas pertenecen a la parte de deportes, y no a la de los juguetes. En la pizarra blanca ponía: JUGUETES. RINGO. Miré a derecha e izquierda. Cogí la bicicleta (rosa con una cesta delante, por cierto) y fui rápidamente por el liso suelo de los electrodomésticos, las alfombras y los complementos para piscinas; junto a los DVD y las aspiradoras, los artículos de papelería y archivadores de cartón. Muchos se me quedaron mirando, y yo iba atento por si alguien de seguridad me ponía la vista encima. En el trayecto no ocurrió incidente alguno. Todo parecía previsto de antemano por Ringo. Incluso cuando llegué junto a las bicicletas estáticas y a los balones de fútbol desinflados, Ringo ya me esperaba sosteniendo una caña de pescar larguísima, preparado para hablar con un tono teatral, ensayado, pero aun así no exento de cierta magia. Durante su monólogo, que escuché totalmente absorto, tratando de vislumbrar las imágenes tras sus palabras, no me miró ni una sola vez, tan concentrado estuvo en la punta de la caña, como si de verdad existiera la posibilidad de pescar algo allí además del resfriado habitual por el aire acondicionado. Sentía la garganta seca y los labios algo agrietados. El mundo alrededor no contaba para nada; éramos el maestro y el alumno, en una de las lecciones más importantes de la vida de cada uno, de quien la recibía, y de quien tenía la responsabilidad de transmitir los conocimientos adquiridos durante todo el tiempo pasado y pretérito.
- La historia de mi afición a la pesca no es del todo cierta. Nunca he pescado por relajarme. Te contaré la historia auténtica:
<<cuando era un crío, un día, estaba con mi padre pescando sobre unas rocas en una playa a la que solíamos ir, una playa que ya no recuerdo demasiado bien, sólo que estaba en la Costa del Sol. Ese día se había levantado un fuerte y sofocante aire que volvía el mar peligroso y frío, con olas enormes que rompían sin miramientos contra las rocas afiladas. El oleaje era tan fuerte que, en una de las veces que desobedecí a mis padres para asomarme a ver los erizos, me resbalé y caí. Mi padre tuvo unos reflejos enormes y me lanzó un flotador. No pasó nada, como puedes comprobar. Aquello fue lo bastante traumático como para hacer que odiara el agua, la pesca, y todo lo relacionado con el tema durante mucho, mucho tiempo. Cumplidos los dieciocho, volvimos a aquella misma playa, y lo creas o no, volvió a repetirse la situación, sólo que yo era mi padre, y mi hermano fue quien cayó junto a los erizos. De nuevo, volví a verme en apuros, y solo. No tuve los reflejos ni el flotador que mi padre sí tuvo a mano. Fue un poco más complicado ayudar, porque si yo me tiraba, podía también acabar estrellándome contra las rocas. Así que se me ocurrió una poco ortodoxa idea, pero aun así eficaz. Me tiembla el pulso al recordarlo. Cogí la caña de mi padre, la lancé, y conseguí, aún no sé cómo, que el anzuelo se enganchara en la camiseta que llevaba puesta mi hermano para protegerse del sol. Tiré con todas mis fuerzas varias veces, pero sólo lograba mantenerlo a flote. Afortunadamente, gané el tiempo suficiente para que llegara más gente y entre todos logramos rescatar a mi hermano. Lo salvamos. Nos asustamos un poco cuando se incorporó, y tras su camiseta adherida al cuerpo nació una fuente que manaba sangre escandalosamente, pero sólo se hizo una herida con el anzuelo que se resolvió con un par de puntos. Desde entonces, pesco, para recordar que con mi caña puedo salvar vidas.>>
22. Altos vuelos

[Sábado / exterior / mañana]
Me han roto el corazón muchas veces.
Primero fueron los profesores, ante cualquier atisbo de ingenio por mi parte. He escrito desde siempre, y desde siempre he recibido críticas que me pedían que me olvidaran de dedicarme a esto. Salvo contadas excepciones, en la escuela me animaban a estudiar mucho y conseguir un buen trabajo y una buena unidad familiar. Que al final sólo quedaba esto. Ahora me reiría en su cara, pero entonces mi corazón era blando y no pesaba más de doscientos gramos.
Después fueron las chicas quienes se encargaban de transformar mi corazón en hamburguesa. Tampoco dice mucho en mi favor que fuera tan enamoradizo, que me fijara demasiado en las virtudes más evidentes. A todas las quise, y a todas las soñé como parte importante de mi vida en el futuro. Todas buscaban al tío ideal, y muchas veces me decía: “pero si lo tienen delante. Sé escuchar.” Todas me veían como un buen amigo. Y a todas las lloré una sola noche. Esto, en gran parte gracias a Maud, tardé en superarlo un poco más, porque hasta que no cambié de ciudad, dejando de ser un fideo con camisa vaquera de cuadros y gafas para ser un engendro aceptable, no me di cuenta de que mis habilidades junto con mi atractivo aparecían demasiado pronto; y además, era demasiado sincero. Al parecer, esto no atrae demasiado a los seres humanos en general. Prestamos mucha atención a las medias verdades y al lado retorcido de las cosas. En el póquer de la vida, tenemos la tendencia a ponerle las cosas difíciles al que no sabe fingir. Las chicas de mi adolescencia se fijaban en lo que ellas llamaban “lo misterioso”. Entonces me volvía a encerrar en el baño para repetirme:”pero si tienen la viva imagen del misterio delante”.
Mientras tanto, no solamente tuve que batallar con mis decepciones. También tenía la sensación de que alrededor había siempre alguien que todo lo conseguía antes que yo, que era mejor que yo, que lo merecía más que yo. Era el que aprobaba matemáticas e historia sin despeinarse, y al que le auguraban un buen futuro, mientras conmigo se ensañaban porque tenía la libreta llena de historias que no interesaban a nadie. Cuando me rechazaban por enésima vez, y llegaba la etapa de confesión, cuando ellas me decían, “en realidad, quien me gusta es…”, entonces aparecía el nombre del que siempre me adelantaba, siempre me superaba. Y lo más doloroso, que esto ocurría sin que él lo pretendiera. Uno normalmente pierde todo el contacto con la gente que conoce en el colegio. Es lógico. Uno no los elige. Nos hacinan y nos moldean en un aula durante años. Allí, te quitan todas las ilusiones y las alegrías… una vez te han liberado los americanos, tienes pocas ganas de volver al pasado. De pronto, te das cuenta de que en tu mismo barrio, en tu mismo edificio, existe más gente viva. Y entonces llegan otros conocidos, otras amistades. Puede que recuerdes a algún amigo que se sacrificó un poco por ti. O también que, años más tarde, se cruce de nuevo en tu vida alguien a quien recuerdas muy levemente del colegio, pero que ahora no tiene nada que ver con esa imagen empañada, conservada en algún estante oscuro y polvoriento de la memoria. El chico estudioso y ligón de mi clase, el que siempre estuvo por encima de mi, acabó dejando la universidad por aburrimiento. Se llamaba Pedro Montes. Pero siempre lo hemos llamado Monti. Ahora nos vemos casi a diario.
Después de ver superadas, más o menos, estas decepciones, fueron las editoriales quienes se dedicaron a poner su mano en mi pecho, arrancarme el órgano que bombea la sangre dentro de mi cuerpo, y arrojarlo al rincón. Superarlo es el centro de esta historia, y aún hoy, pasados los acontecimientos, el músculo se resiente.
Maud se secaba el pelo. El murmullo continuo y quejicoso del secador. ZZZZZZZZZZZZ. A través de la puerta le dije que la quería y que iba al centro comercial a por papel. Ella paró el zumbido. Entreabrió la puerta, y me besó en la frente. Por el resquicio pude verla medio desnuda y entonces dudé. Se rió, me disparó con el secador, y volvió a encerrarse, con su toalla húmeda, su crema hidratante y sus apuntes de la universidad sobre la taza del váter. Para mi esto es estar bastante cerca de la felicidad. Sólo que entonces tenía una cierta amargura que no me dejaba verlo. Me toqué donde me había besado, deslicé el dedo hasta la nariz y me dije que debía preguntarle a Ringo por mi final. Un final que cada vez se iba desdibujando más. Se volvía más impreciso, más pegajoso.
En la calle me quedé unos segundos mirándome la herida del corte en el dedo. Estaba recubierto de diminutas bolas rojas de sangre seca. Me froté con el pulgar y vi que parecían esas bolitas que formaban las moras de gominola que tanto nos gustan en casa. Me llevé como por instinto la herida a los labios, pero no sabían a chuchería, sino a monedas de cinco céntimos. Bueno, todos sabemos a qué sabe la sangre.
Empecé a andar, y algo me detuvo. Me puse a olfatear el aire. El viento, casi imperceptible al salir a la calle, se intensificó. Soplaba fuerte, cada vez más fuerte, como el lobo con la casa del cerdito. Sentía el aire fresco en la cara. Un poco de aire fresco en verano siempre se agradece. Se levantaban las bolsas y el polvo del suelo, y un paquete de Lays me impactó en la cara. El viento formó una especie de remolino a mi alrededor y, asustado, vi cómo me levantaba con suavidad, a pesar de la fuerza que se desataba. Subí hasta el último piso de mi edificio. Temblaba, aunque al mismo tiempo me dejaba llevar, sin tratar de agarrarme a algo. Las cosas empequeñecían bajo mis pies, y yo me acomodaba, me tumbaba boca abajo en aquel camastro de viento indefinido. Estuve unos segundos en esta posición.
Y entonces volé. Creedme, amigos míos, cuando digo que volé. Abrí los brazos, con el pellizco lamiéndome la mano, y sobrevolé la zona. Pasé por encima de coches, parques y personas. Era como nadar, exactamente como nadar, pero en otro elemento. No es que me sintiera libre, ni más feliz. Estaba demasiado ocupado en no perder la ruta hacia el centro comercial, desviar el miedo inicial, y examinar cada detalle de lo que sucedía debajo, que ya era otro mundo, otra cosa. Crucé nubes muy bajas y no eran de algodón. Rocé con el pie las copas de algunos naranjos, y no tuve que esperar ningún semáforo. En cuestión de cinco minutos ya sobrevolaba el centro comercial. Veía la azotea que Ringo ocupaba, con su saco de dormir, unos cuantos bártulos, e incluso una barbacoa. Ringo no estaba, así que fui hasta la entrada trasera. El viento amainaba, y yo perdía altura. Abrí los brazos y las piernas todo lo que pude, como había visto hacer a los paracaidistas en televisión, y notaba el viento envolviéndome, como parte de mi cuerpo. El río brillaba a un lado y lanzaba destellos blandos. El sonido de la calle aumentaba. Sentí un pequeño impulso, y caí a gran velocidad. Me preparé para el dolor, que no llegó. Aterricé sobre unos arbustos. Me sorprendía, más que el haber volado, la profesionalidad y dominio propio que había mostrado en todo momento. Estuve sobre los arbustos un buen rato, tratando de asimilar lo ocurrido.
21. Cereales
[Sábado / interior / mañana]
Me despertó el canto de un gallo. Como no teníamos ninguna granja cerca, el canto provenía de la alarma del móvil. Me incorporé con gran dificultad, agarrándome la cabeza con las manos y tratando de orientarme. La pantera rosa trataba en vano de expulsar una termita de su casa. Otro ruido que distinguí a los cuantos segundos de levantarme fue el de la ducha. Fui hasta la puerta y pegué el oído. Cayó un bote de champú o gel. Calculé unos veinte minutos para que el baño estuviese despejado. Desde mi posición podía ver la cama vacía y arrugada. Nunca había dormido en otro lugar distinto desde que nos casamos. Por la persiana entraban haces de luz que proyectaban varios horizontes sobre el armario, y las motas de polvo iban y venían, chocaban y se evitaban. La habitación parecía mucho más amplia, aunque desordenada, que la noche anterior. Los colores se empeñaban en permanecer apagados, a pesar de que la intensidad de la luz iba en aumento. Seguía el olor a vinagre y al andar, sentía las pelusas balanceándose y dividirse por amitosis en otras pelusas más pequeñas. Me senté en la cama, cuidando de no borrar la huella de Maud, imprimida en las sábanas. Al inclinarme, percibí el olor de Maud. Siempre le digo que ella huele como a pan de molde. Ese era el perfume de la habitación: pan de molde y vinagre anti-mosquitos. El pan y el vino. La carne mullida, y un punto de amargura. Cesó el agua de la ducha. Cayeron unas gotas gruesas. Tiré de la esquina de la sábana, y la superficie se aplanó. Crucé las piernas y los muelles hicieron gárgaras. El secador se puso en marcha y podía ver el ligero tembleque de la muñeca de Maud al acercarlo a su pelo rojizo, embutida en su albornoz rosa con flores de manzanilla bordadas. Cada uno emprendió un poco de rutina, en silencio. Ella deshilvanó sus cabellos, se peinó despacio, y yo plegué el sofá-cama y empujé las pelusillas con el pie por debajo. Luego apagué la tele y me preparé un tazón de Frosties. Tan aturdido estaba por la falta de sueño, que volví a poner el cartón de leche vacío en su lugar de la nevera. Crunch, crunch, crunch. Otro golpe de champú vacío al otro lado de la puerta.
Lo único de lo que me sentía capaz en esos momentos era de mirar a un infinito perdido, quizá en el gotelé de la pared. Mirar al más allá, con mis ojos oscilantes. Con la triste insolvencia de no saber, de estar vacío. De pie junto a una estantería de libros, sosteniendo un tazón de cereales. Contemplaba nuestros libros, una vez más, sin detenerme especialmente en los títulos. Miraba más bien las formas, los tamaños, las letras de los lomos. Los que se encontraban delante, los más gruesos, eran casi todos bestsellers. Maud suele leer algunos, pero nunca los acaba. Es tan lista que descubre el final a unas cuarenta páginas del desenlace. Luego me pregunta, cuando los leo yo, y casi siempre acierta. Por aquel entonces, yo leía Catedral, de Raymond Carver, y con este escritor, igual que con Ringo, y con Flannery O’Connor, me sucedía algo insólito: con cualquier libro miro siempre las páginas que me van quedando para terminarlo... excepto con ellos tres. Me absorbe tanto su lectura, que nunca calculo las páginas... es como si su valor estuviese por encima del grosor de sus obras. Con Carver y O’Connor todavía más, pues sus libros son cortos y compuestos por relatos breves... Ringo es, sencillamente, muy fácil de leer, aunque no por ello deje de ser exigente con sus lectores. Mientras miraba la estantería, acababa el tazón, y Maud dejaba caer el champú por última vez en la mañana, pensaba que yo también debería ser más exigente con mis futuros lectores.
19. Lo ocurrido un año antes
<<… he revisado, al cabo de un año, estas páginas. Me consta que se ajustan a la verdad, pero en los primeros capítulos, y aun en ciertos párrafos de los otros, creo percibir algo falso. Ello es obra, tal vez, del abuso de rasgos circunstanciales, procedimiento que aprendí en los poetas y que todo lo contamina de falsedad, ya que esos rasgos pueden abundar en los hechos, pero no en su memoria… creo, sin embargo, haber descubierto una razón más íntima. La escribiré; no importa que me juzguen fantástico.>>
(El Aleph, Jorge Luis Borges)

[Sábado / interior / madrugada]
Todavía seguía dándole vueltas a la historia que Ringo me había compartido. Lo dejé en la azotea, mirando las luces tristes de la noche, y preguntándose para qué pagaban a críticos, o incluso por qué había quien estudiaba crítica y teoría de la literatura, para acabar poniendo el adjetivo más pomposo en la contraportada del libro.
Yo descendí con sumo cuidado por la escalera ajada. Mientras regresaba, continué rumiando la conversación, y casi me olvidé de pulsar el timbre para que parara el autobús vacío de cristales empañados y sucios. A pesar de que lo sucedido ya era una sola y liviana imagen de los dos en lo alto de aquella azotea, susurrando cosas importantes en la noche, yo seguía erre que erre, analizando la situación. Por desgracia, cuando uno pone por escrito algo que le ha pasado, lo que escribe poco se parece a la realidad. Es un reto parecido al de hacer retroceder al sudor.
Cuando me emociono, o se me ocurre una idea, o algo ocupa gran parte de mi atención, corro. Me da por salir por patas. Eso hice desde que bajé del autobús hasta llegar a mi casa. Y en ese trayecto, repasé la carrera literaria de Ringo. A la velocidad de mi trote torpe. Si me hubiera visto a mi mismo desde fuera, corriendo con lengua al aire, percibiría a un tipo ridículo y desgarbado, que en su carrera hablaba en voz baja sobre sus cosas, como un desequilibrado después de saltarse su medicación.
La primera novela de Ringo que leí, fue en realidad su tercera: Cofre 2. Lo del título sigue siendo un misterio. Jamás se ha conocido la razón. El caso es que iba sobre el periplo de un cofre por diferentes lugares del mundo, y cómo reaccionaban gentes de toda cultura y condición. Algunos trataban de abrirlo, pues imaginaban un gran tesoro en su interior. Otros lo dejaban ir, pues no querían mirar, el miedo a la decepción era inmenso. Algunos usaban malos ardides para atraparlo, cegados por las fábulas acerca de ese cofre. El resto sólo oyó hablar de él. Al final, perdíamos de vista al cofre, que se perdía en el horizonte. Supongo que el cofre querrá decir algo, pero no era el significado de la metáfora lo que me atrapó, sino aquellas descripciones, aquellos diálogos, aquel movimiento lento de las hojas del libro que fue un gran placer. Cada página me llevaba a una nueva imagen, a una nueva reflexión que me volvía a reconciliar con la levadura de mis días secos. En definitiva, aquello fue un descubrimiento total, y como con todo descubrimiento, uno siempre intenta saber todo lo posible sobre el mismo. Me ocurre con la música y, en especial, con cada buen autor que me encuentro. De modo que fui a una librería y me compré del tirón las dos novelas anteriores: Un autor de Marte, y Línea – A. Me impresionaron mucho, especialmente porque no tenían nada que ver ninguna con otra. La primera era un relato largo de ciencia ficción, asfixiante y desesperanzador; su protagonista era un escritor que, debido a la superpoblación de
Justo cuando acabé de leer ese último libro, apareció el cuarto, y el que más reconocimientos le ha valido: La novia del vampiro. Partía de la base de que había aún un director más malo que Ed Wood, de nombre Edward D. Waund. El recurso, un poco forzado según la crítica, del nombre, era en el fondo la excusa para contar la historia de un viaje desde Alemania hasta Hollywood. Estaba ambientada, como no podía ser de otra forma, entre los años 36 y 45. Y la parte favorita mía era la etapa que pasó en España filmando reportajes para el Régimen. La obra maestra de Waund, su gran sueño, que él interpretaba como digno del mayor Buñuel, se titulaba La novia del vampiro. La última parte narraba las peripecias en el rodaje de esta cinta, que finalmente acabó en un polvoriento almacén de unos estudios de cine en Texas, de cuyo nombre no me acuerdo, pero sí sé que allí se rodó parte del JFK de Oliver Stone, y algunos episodios de Star Trek, y donde además se expone el sombrero de Indiana Jones. El libro es un deleite para cualquier cinéfilo, y también para cualquier interesado en la cultura norteamericana durante la época dorada de Hollywood.
Entré en casa, tratando de no hacer demasiado ruido... algo que los goznes de la puerta, sedientos de “3 en
18. Sacar púas
[Sábado / exterior / madrugada]
- Cuando se publicó mi último libro... pasé por uno de los peores momentos de mi vida... – empezó a decir, y sacó lo que había cogido del estante: algodón, pinzas, agua oxigenada, tiritas y otro frasco de color amarillo y tapón oscuro. Me sostuvo la mano con cuidado, y bajo uno de los focos llenos de mosquitos muertos, derramó agua oxigenada sobre la herida reciente, que a los pocos segundos expulsó una densa espuma blanca en aquellas zonas más afectadas. Se mordía el labio mientras me iba quitando las púas con esmero, a pesar de mis intentos por retirar la mano – estate quieto, ya sé que duele... cuando salió el libro, decía, sentí un vacío muy sordo, aquí dentro – sacó otra púa y señaló con la pinza un punto incierto de su pecho, como si se sacase otra púa de allí mismo –... era como... como si después de sacar el libro... hubiese terminado mi misión... – quitó otra púa, y no me dolió, tan atento como estaba a su historia – o quizá incluso mi vida en este mundo... y por alguna razón aún... aún siguiera llevando este traje, este cuerpo...
- Tu último libro significó mucho... ¡ay!
- Lo siento... no estoy del todo de acuerdo... quizá sea el mejor, pero ni de lejos lo más importante... de hecho... cuando lo escribía, creo que empecé a pensar que escribir no era lo más importante...
- Pues fue el más vendido.
- Bonita paradoja... lo más accesible resultó ser lo más inútil de cuanto he creado. No quiero hacerme el interesante – la última espina saltó de mi carne –, especialmente porque siempre me he tomado esto como un oficio... sin embargo, en aquel momento, sentí que algo en mi interior había escapado, o huido... y que nunca más volvería a recuperarlo... es más, ni siquiera sé si eso era lo que quería en verdad... – destapó el bote amarillo, que reconocí como Betadine por su característico color negruzco, y contemplé su conversión en amarillo mientras se deslizaba por la mano.
- ¿Y qué hiciste para tratar de arreglarlo? – pregunté, mientras subía el olor del yodo y se impregnaba el líquido pegajoso en el algodón, que iba dejando restos sobre las vetas de la piel.
- Al principio intenté entretenerme. Pensaba que, al haberme esforzado tanto al escribirlo, sólo era agotamiento. Como cuando pasas por un examen muy intenso y tu mente va despacio... me encerré en casa y me dediqué a dormir once, doce horas diarias de golpe... el resto del tiempo lo dediqué a leerme un libro de bolsillo detrás de otro... luego me dio por ir a nadar... al principio dos veces a la semana... después todos los días... nadaba y nadaba hasta que se me revolvía el estómago y vomitaba en un rincón... al fin, la última ocurrencia antes de las circunstancias que me llevaron a irme, fue la de querer ayudar a todo el que me encontraba...
- No parece tan malo.
- Te equivocas... es malo, muy malo, querer ayudar sin saber por qué... una noche vi a un pobre junto al que había pasado una y mil veces... aquella noche tiritaba, abrazado a un bote de Nenuco gastado... agazapado en un banco... me acerqué y le pregunté si necesitaba algo... tenía la vista perdida – entonces a Ringo también se le nublaba la mirada, a medida que visualizaba en su retina aquella experiencia –, y no me habló ni un momento. Yo sabía que algo no iba bien, así que le cogí la mano... y le ayudé a morir – ahí tragó saliva y algo más, así que aproveché el momento de debilidad, concentración y quietud, para sacar su opinión sobre lo que hubiera leído de mi novela. El Tomás de ahora se comportaría de un modo distinto... pero entonces yo era otro. Espero que lo entiendas. Me quedé mirándole sin decir nada, y él adivinó que lo mejor sería cambiar de tema.
- He leído el principio – quitó el papel protector a una tirita y la aplicó con profesionalidad en la zona donde se habían concentrado más espinas de cactus –. Tienes talento, mucho talento – estas palabras me animaron mucho, inexplicablemente
- Hay un pero... ¿verdad?
- ¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo de lo cual dijiste de un modo consciente: He sido coherente!
La pregunta me desconcertó, tanto como el hecho de que me respondiera con otra pregunta. Aunque nada había de lógico en aquella noche, de modo que lo pensé durante un buen rato y luego dije:
- Cogí un libro de Dennis Cooper de la biblioteca. Entre las páginas 30 y 31 encontré un pequeño mosquito aplastado. Tomé un trozo de papel higiénico para quitarlo... pero lo dejé como estaba. Por lo menos hace un año de eso..
- Ahí lo tienes. Te falta valor.
- ¿Cómo?
- Valor. Pero no te inquietes. Eso tiene arreglo. Llevas la marca de un asesino de las letras. Aunque tienes que dar el paso definitivo.
- Y ¿cómo puedo arreglar eso?
- ¿Recuerdas lo de la cebolla? La respuesta es no quedándote con las primeras capas. Hay que ir más allá, donde está el sabor, ser capaz de eliminar lo que no tenga interés, lo que no llegue. Alguien dijo que para ser buen escritor hay que saber borrar también. Por eso has venido. Intuías que tenía un consejo como este para darte.
- Hoy es mi tercera noche en la que dormir se ha convertido en odisea.
- Quizás haya algo en lo que haces, o en ti mismo, que deba desaparecer... o puede que no estés satisfecho de algo. Hay que negarse a uno mismo.
- Cuando fui a por mi novela tuve un encuentro con un tipo muy curioso. En el bar. Me ha invitado a tomar algo. Me lee todos los fines de semana en el periódico.
- Eso no suele ocurrir.
- Sí, pero el caso es que... me ha insinuado algo así como que debería tener cuidado con lo próximo que haga, porque puede no gustarle a la gente. Que quizá debería hacer algún best-seller para meterme al público en el bolsillo. A mí me ha sonado muy, muy raro.
- No tengas eso en cuenta. Tú eres quien decide, ¿de acuerdo? Como novelista tú tienes casi todo el control.
- ¿Casi?
- No todo lo que hace el hombre parte de su voluntad. Ahora escucha esto: desde el mismo momento en que escribas algo, oirás miles de opiniones y no todas serán buenas para ti. Sólo elige la que creas más correcta, porque solamente cuando hagas eso serás consecuente con tu oficio, el de cultivar cebollas.
- ¿Qué debería hacer ahora?
- Bueno... aún no he leído todo lo que me has dado, apenas unas cuarenta páginas... ya te daré más consejos cuando sepa más. Camina, pasea... y algo muy importante: nunca pongas como máxima prioridad el acto de escribir. Eso puede hacer que no lo disfrutes, y te perjudicará.
- Ya son unos cuantos consejos – y nos sonreímos. Él me señaló la otra mano, la de la herida del folio, cuya tirita tenía un aspecto lamentable.
- ¿Te curo esa otra?
- Me vendría bien – reconocí.
Me quitó la tirita. Mi dedo estaba blanco y algo arrugado, de la presión. Eliminó la pus de la pequeña y aún dolorosa raja, y colocó una nueva tirita. Todo ocurrió en silencio, como una bendición.
17. Un sitio para deambular en calma
[Sábado / interior / madrugada]
Un escalofrío intenso me recorría la espalda de arriba abajo, a medida que me acercaba a la puerta recién descubierta. Apreté los dientes y tecleé la clave. El ruido de la puerta sonó mucho más fuerte, debido al silencio turbador. Subí las escaleras del interior, muy poco iluminadas por las luces de emergencia. Daba auténtico respeto adentrarse así a oscuras, pero nada podía hacerme cambiar de opinión. Tras unos cuantos recodos, empujé la puerta que daba a la sección de ropa interior femenina. Me deslicé entre sujetadores de todas las tallas, encajes, y colores, y tiré accidentalmente algunos al suelo. Me paraba cada pocos pasos para escuchar los pasos de los guardas. Atravesé los accesorios para el coche, la comida para mascotas, los juguetes, las pilas, y las velas para decorar, de esas que nunca prenderían si uno tenía la osadía de usarlas. Llegué a la tienda de Ringo y palpé la lona de su tienda de campaña. Recordé que me daba dentera el sonido de la mano contra esa tela, así que la aparté enseguida. Después de unos segundos abrí la cremallera, y estaba vacía, como si nadie hubiese entrado jamás a ocuparla. Conservaba hasta el olor a novedad, ese terciopelo que se siente en la nariz al abrir un libro de texto nuevo. Me rasqué la cabeza, más confuso que nunca. Vagabundeé entre estantes, y al final cogí un cactus pequeño, para regalárselo a Maud.
- Estoy perdiendo el tiempo – susurré.
Me encaminaba a la planta baja del hipermercado cuando lo escuché:
- Quien confía pierde el miedo... – dijo Ringo, y di un buen salto hacia atrás. Apreté sin querer la mano sobre el borde del cactus y me mordí el brazo para no dar un segundo grito.
- Me has dado un susto de muerte.
- ... el que no teme no duda – prosiguió, sin hacerme caso –; el que duda, estése quieto; que un firme nada recela, pero celar... es cautela.
- Muy bonito.
- Lope de Vega, querido amigo – dijo, mirando hacia un pasillo más iluminado que los demás. Llevaba un pijama de verano y unas chanclas de playa. Sostenía un libro de poesía del Siglo de Oro, en una de esas ediciones para escolares –... no duermo demasiado. Tampoco eres muy sigiloso que digamos – señaló mis zapatillas, que me quedé contemplando. Además de ser verdes y moradas, eran nuevas, y las suelas rechinaban de vez en cuando. Recuerdo que cuando era niño, me empeñaba en encontrar las zapatillas que producían ese sonido; mis padres tardaron mucho en explicarme que todas las cosas nuevas producen sonidos que acaban abandonándolas tarde o temprano.
- Cogí las primeras que pillé – me disculpé.
- Ahí está lo que te decía con lo de tener cautela: coges las primeras que tienes a mano; ahí está tu fallo de escritor. Tienes humildad para desechar ciertas ideas. Pero el error está en no ser consciente de ello, en no atreverse a buscar las zapatillas apropiadas. Todo tiene solución si se llega a tiempo – dijo, y su mirada se ensombreció –. Salgamos fuera... he encontrado un lugar bastante seguro para hablar.
Lo seguí por varios pasillos oscuros que no me sonaban. Ringo cogió algo de unos estantes. Llegamos a una puerta disimulada tras un espejo en la sección de electrodomésticos. Siempre me había preguntado qué pintaba un espejo allí. Escuchamos un pitido lejano. Ringo fue hasta uno de los microondas expuestos y sacó una bolsa de palomitas recién hechas. El aroma de las palomitas logró que me olvidara del dolor de la mano. Sacó un bol de detrás del microondas y volcó el contenido y el humo de la bolsa con elegancia, con esa misma elegancia de Monti. Se acercó hasta la puerta masticando una.
- Estos microondas silenciosos de ahora... son los mejores.
- Qué bien te lo montas – dije, realmente asombrado.
La puerta tras el espejo conducía a una escalera exterior, adosada al edificio, que precisamente daba a una de las zonas más solitarias. Daba la impresión de que no se utilizaba el acceso en años. Había que ir con cuidado para no cortarse con la oxidada escalera. Subimos poco a poco, acompañados de un chirriar incesante y de las palomitas agitándose y enfriándose. Llegamos a la azotea. Desde allí se veían cristaleras en el suelo, a través de las cuales se podía ver a su vez parte del mundo subterráneo que era el centro comercial. Era un lugar muy tranquilo, como un puesto de vigilancia de la avenida cercana y solitaria, y parte del sur de la ciudad, con sus árboles altos envueltos en una bruma naranja. Nos sentamos en una caseta de hormigón, con una portezuela que hacía vibrar un caído cartel de peligro. Un grillo palpitaba en un rincón. Se estaba muy bien. Era el momento para compartir palomitas y pensamientos.
9. El detective y la hormiga
[Viernes / exterior / tarde]
Más dudas: ¿hablaba Ringo en serio cuando decía que iba a quedarse a vivir dentro de un centro comercial? A primera vista, parecía una buena idea: tenía todo lo necesario a mano y por las noches debía ser un lugar muy tranquilo. ¿Por qué entonces correr un riesgo innecesario? El hecho de cruzarme en la vida de Ringo (o que Ringo se cruzara en mi vida) tenía un sentido que aún no había descubierto. ¿Era mi deber informar a la policía o a quien fuera? De momento, la respuesta era un rotundo <<no>>. ¿Qué pensaría él de mis escritos? Mejor dicho, de mi último escrito que aún tenía que concluir. Tras encontrarme con Ringo, me di cuenta rápidamente de que tenía que darle una última vuelta de tuerca a mi novela. Decidí, en un par de segundos, acabar con el protagonista, un detective cuya principal preocupación era limpiar su pasado turbulento. Al menos, la historia necesitaba que él perdiera, para darle un fin coherente con los detalles trágicos que había dispersado por las páginas del libro, como un sembrador dispersa sus semillas.
El calor era un elemento clave de la novela. Durante el verano en que transcurría, el personaje del detective buscaba alejar sus preocupaciones, sus temores, su calor. El poderoso leitmotiv consistía en un cubito de hielo alargado que giraba en un vaso de tubo mientras se empapaba de bourbon y mojaba unos cada vez más ásperos labios. Eso y atrapar a un asesino. Tras varios esfuerzos, y a punto de arrojar la toalla, el detective, tumbado en una azotea con el sol rascando su atormentada frente, lograba ver la luz. Veía una hormiga trepar y descubría así la forma de atrapar a su enemigo. El detective aplastaba la hormiga con un dedo y fin del libro. Lo interesante, según mi parecer, era ver la renovación del otrora corrompido agente de la ley. Por eso decidí acabar ahí, con la imagen de la hormiga pisoteada. Un final abierto. Me gustaba la imagen de la hormiga, de algo frágil y cambiante, a pesar de que a menudo puede alzar hasta nueve veces su peso y fijar un rumbo determinado, pasando por el agotamiento si es preciso. Es un poco como el ser humano que sólo quiere ver lo que tiene delante; que sólo se preocupa de amasar comida y recursos; que necesita organización y explorar en ocasiones otros mundos; que se considera un ser perfecto, pero en realidad siendo pequeño, como una cáscara de nuez en el océano azul y doloroso. Hasta aquí todo bien... hasta que vi a Ringo y decidí, no sé si por algo que dijo él o por un azote de creatividad, fundir al detective con la hormiga y aplastarlo con un pulgar mucho mayor que él. Decidí darle a Ringo el grueso de la novela y que me orientara para lograr el final más sorprendente. Alguien dijo en una ocasión que el final de un libro debe provocar melancolía, como si de un buen viaje se tratara. Eso es exactamente lo que quería conseguir. Esperaría a Ringo para lograr una mayor melancolía. Inundaría las calles con agua perfumada de calor y llevaría a buen puerto mi ejército imparable de hormigas.
8. Mi penoso discurso de presentación.
[Viernes / interior / tarde]
- Yo... esto... escribo, cosas – Una y otra vez me había imaginado esta posible conversación, y ahora que lo tenía delante, me quedé con la mente tan en blanco que no supe responder con cordura. Quizá eso hizo que se fiara de mí totalmente. – Se puede decir que escribo cosas... soy escritor. Lo intento. Probablemente habrás leído alguna columna mía en la prensa... – aquí está. Ni una pizca de cordura en la explicación de mi trabajo – Je, bueno, me gusta mucho su... tu obra – como colofón me apoyé en un estante que cedió a mi peso y cayeron varios libros, entre ellos alguno de Ringo. Todo un espectáculo. – Hoy te he visto en las noticias... – Ringo recogía mientras escuchaba mi penoso discurso.
- Tengo que ir al baño – se limitó a decir.
Una vez en los servicios públicos, me dio la sensación de que el reflejo de Oliver, el protagonista de El penitente, nos miraría en cualquier momento. Como era de esperar, las jaboneras y la secadora de manos estaban averiadas. Ringo se lavaba las manos con tranquilidad, con todo el tiempo entre sus manos mojadas, y se echaba agua en el pelo. De vez en cuando se paraba, miraba sus entradas y se alisaba algunas canas. Varias gotas de agua se habían resistido a desaparecer y perlaban su cabello: diminutas lágrimas de rocío.
- ¿De qué estábamos hablando?
- De tu desaparición. No dejaste rastro alguno.
- Todo a su tiempo... todo a su debido tiempo – se tiró del cuello de la camisa y se rascó el cuello. Evidentemente, la conversación le incomodaba, de modo que volvió a peinarse con los dedos –. Así que eres escritor – encontró por fin la forma de salir del tema. Suena egoísta, pero me hubiera encantado ser el primero en saber los detalles de su volatilización (de esta forma me gustaba referirme al tema). Busqué alguna frase que llamara la atención, pero no encontré ninguna.
- También representé sus dos únicas obras de teatro.
- Fueron las dos únicas que se publicaron, aunque hubo otras – se miraba al espejo como buscando explicaciones en su reflejo –. A decir verdad, acabé por dejar a un lado el teatro... a veces pienso que es demasiado profundo para mí.
- ¿Puedo pedirte un favor? – no sé por qué salté tan bruscamente, pero sabía que era entonces cuando debía hacerlo, o nunca sería capaz – Me gustaría que leyeras algunos textos míos y... en fin... echarme una mano dándome tu opinión... constructiva.
- Me has ayudado a entrar aquí. Es justo – Lo decía en un tono de sopesar las posibilidades, pero todavía creo que imaginaba mi propuesta y que incluso le apetecía. Arrastraba las palabras –. Estoy intrigado... puede sernos útil a los dos – a continuación pareció sumirse en un complicado dilema –. Este de la escritura es un duro territorio en el que nadie, nadie está a salvo – salió de sus indagaciones y miró la hora en el reloj de pulsera –... tráeme algo y lo leeré. Aquello de lo que estés más orgulloso.
- Vivo aquí cerca. Tardaré veinte minutos.
- Frutería del centro comercial. Ahora salgamos de aquí, tengo mucho que preparar, y me da la sensación de que estos azulejos blancos oyen.
7. Principio de amigo
[Viernes / exterior / tarde]
Yo, por mi parte, entré al centro comercial por la puerta principal, como un ser humano más dejándose llevar por aquella marea humana. Marea que compraba y se peleaba por su sitio en la cola. Marea adormilada. Pero yo feliz. Me oculté tras un cartel de promoción y observé a Maud, que ponía unos cafés, a unos treinta metros, en la cafetería donde trabajaba. Ajena a todo, con su pelo cobrizo y breve y su sonrisa latiendo. Me quedé mirándola sin que supiera que yo estaba allí. Pasé cerca, y siguió sin verme, tan concentrada estaba. Una vez me dijo que si alguien la miraba fijamente, a los treinta segundos, podía darse cuenta. Seguro que al desaparecer yo, descubrió de que alguien había estado fijando su atención en ella. Pasé por todas las tiendas de la galería que servía como introducción al supermercado enorme, de dos plantas y de nombre terrible, que ocupaba prácticamente la mitad del edificio. Subí por las escaleras mecánicas a la planta superior, atravesé pasillos y recodos sin mirar apenas. Tras una esquina llegué a la sección de libros. Allí, de pie, absorto en la inspección de un libro, estaba Ringo, mordiéndose el labio inferior. Me acerqué arrastrando los pies.
- ¿Y ahora qué? – dije, impaciente por conocer a fondo su plan.
Ringo no me oyó.
- “El techo le cayó encima. Negro. Abrió los ojos tras un largo viaje en la penumbra. Entre el polvo vio caos. El olor de la escayola le llegó hasta la última neurona...” – Estaba leyendo una parte de su penúltima novela, El penitente. Leía su novela, como el agricultor que contempla sus cosechas al final del día, con cansancio y amor, mucho amor. Creo que sé lo que significa eso. Pasó varias páginas y sin respirar siguió leyendo. Podía mirar cómo le vibraba la garganta y la diminuta nuez daba pequeños saltos. – “Cuando el hambre llega a su última etapa”
- “hay un punto en el que ya no se puede salvar, debido a que los ácidos del estómago, en ese estado, producen una gran hemorragia interna. Es recomendable que se le deje morir.” – me detuve. Conocía esa parte de la novela, cuando Oliver tiene esa horrible pesadilla. La historia iba de un chico que coleccionaba cuentos de terror y al que era perseguido por un reflejo suyo que se había escapado de un espejo. Me encantaba sobre todo el final, cuando se lavaba la cara en esos aseos públicos y al alzar la vista estaba su reflejo detrás, mirándole fijamente. Aunque tengo que reconocer que los dos últimos libros de Ringo eran un poco flojos en cuanto a diálogos. Ahora lo tenía frente a mí, y no me atrevía a hacer de crítico. Él interrogaba mi forma de solapar la lectura de ese fragmento, frunciendo el ceño, entre asombrado por mi memoria y alertado por mi forma de interrumpir. Parecía que, desde los escasos veinte minutos que habían pasado desde nuestro encuentro, albergara dudas por vez primera de mi discreción. Por fin dijo algo.
- ¿Eres crítico o algo así? – lo dijo temblando. Así que era cierto el rumor de su aversión hacia los críticos. No es para menos, todo hay que decirlo, pero me daba la impresión de que más que reserva, la palabra que define su relación con la crítica es fobia. Parecía un pez globo a punto de saltar.
- No.
Un monosílabo fue lo único que pude articular; y funcionó. Vi cómo se relajaban todos y cada uno de sus músculos faciales y sus hombros bajaban, recuperando la compostura. En tan sólo unos segundos, su figura pasó de la rigidez de Frankenstein al relax de Cary Grant, ese galán de hombros caídos tan simpático. Mostraba un alivio y un suspiro de calma. Paró de sudar. Dejó el libro en el estante y se estiró las mangas, lo que significaba que yo era de fiar.
6. Breve Encuentro
[Viernes / exterior / tarde]
Quizá el motivo por el que nadie pisaba ni pisa hoy este lugar es que se trata de la entrada para los guardas de seguridad. Una infranqueable puerta gris y un teclado numérico en el lateral impiden el acceso al recinto. Y allí estaba yo hace un año, con la cabeza contra la pared dando pequeñas cabezadas para sacudirme las ideas, cuando una voz me llamó.
- ¡Oye, chico! – boté, sobresaltado. Me giré y no había nadie. Afiné los sentidos y miré hacia los arbustos - ¡Aquí! – tras el medio susurro, medio grito, apareció un brazo agitándose en el aire.
Salió un vagabundo de su escondite y me pidió que me acercara. Llevaba ropas viejas, pero limpias a pesar de todo. Una calva incipiente rodeada de canas fuertes. Era alto y no tenía una constitución de alguien necesitado. La impresión era que esa persona no encajaba con la apariencia. Me acerqué tímidamente, y me fijé mejor en su cara, que me resultaba francamente familiar. Al percatarme de quién era, me llevé la mano a la boca para no dar un grito de sorpresa. Claro que me era familiar, había visto su foto en un millón de sitios, y las tenía en la contraportada de sus libros, que bebí un montón de veces. Ringo. Y parecía que huía de alguien. Tendí, como acto reflejo, mi mano para estrechársela y saludarle; él tendió a su vez la suya y al tocar la mía, tiró con fuerza y me metió entre los arbustos. Iba a protestar, pero estaba tan sorprendido por lo extraño de la situación, que no sabía cómo reaccionar. Para tranquilizarme, Ringo sonrió y asintió con la cabeza, a la vez que hacía gestos de que guardara silencio y observara la puerta metálica.
- Usted es... – no se me ocurría nada mejor que decir para iniciar la conversación. Había imaginado miles de veces encuentros con mi autor preferido. Miles de chistes y de apretones de mano de distinta intensidad – usted es... – repetí.
- Soy yo... – sonrió brillante – Pero dejemos las presentaciones para después, alguien se acerca.
Veinte segundos infinitesimales pasaron hasta que sucediera algo. Se oyeron pisadas que se acercaban, o era mi corazón luchando por salir de su lugar. Apareció un guardia de seguridad con sus andares de autosuficiencia; me juego lo que sea a que si hubiéramos saltado de repente, se hubiera dado el susto de su vida. Pero nosotros estábamos más asustados e histéricos que él. Nos habíamos cogido de la mano, tensos. Nos miramos, nos soltamos, y Ringo sacó unos pequeños prismáticos del bolsillo derecho del pantalón de chándal marrón. Tenía unas pintas raras el tío. Oteó el panorama y castañeteó los dientes como tambores de una civilización oscura, olvidada.
- Eso es, ya te tengo... – murmuraba, como si estuviera solo, como el rey de esa civilización. – 1309.
El guardia se agachó para abrillantarse los zapatos con el canto de la mano y de repente sonó su pantalón rajándose, justo donde más ridículo queda. Se dio cuenta del asunto y, tapándose la raja de unos diez centímetros de larga como buenamente pudo, desapareció tras la hoja de la puerta. Golpe fuerte y metálico en el interior. Salimos del escondite y palpamos la entrada de la puerta.
- Voy a entrar – decidió Ringo. – ¿Me ayudarás?
- Por supuesto. Soy un gran admirador de su...
- Gracias... escóndete, si viene alguien – Por supuesto, tuvo que explicarme el procedimiento con toda lentitud, para que mis despistadas neuronas dispusieran de tiempo para funcionar. Pero, para mi sorpresa, me tendió la mano como alianza – Si cruzas esta puerta conmigo, puede que tu vida y la mía cambien... ya no habrá vuelta atrás... ¿Estás dispuesto a seguir hasta el fin?
- Tomás. Aunque todos me llaman Tommy – le respondí el apretón de manos – Todo un placer conocerle, Ringo.
- Ringo… sí, solían llamarme así – y pensó en su vida anterior, de eso estoy seguro, aunque pronto volvió a ser el vagabundo limpio – Tutéame, que no soy ningún viejo. Cuando entre, te despejaré el camino.
Al marcar el número en el teclado, cruzó el umbral hacia lo desconocido. Aún cuesta digerir la enorme cantidad de raros acontecimientos que se habían desarrollado en tan poco tiempo. Se cernía, desde este preciso momento en que vigilaba la puerta como unos niños que saltaran la tapia del colegio por la noche, el comienzo de una gran aventura. De pronto advertí, al girar la esquina para vigilar, la venida de un segundo guardia. Me oculté entre los setos y por primera vez pude observar que algunas ramas pinchaban; aun así, aguanté como un hombrecito. Apareció el guardia con un carrete de hilo y unas tijeras en una mano y un cigarrillo en la otra. Al marcar la contraseña le rozó en el hombro un avioncito de papel. Lo cogió y miró la ventana que se cerraba en ese momento. Por la silueta pude adivinar que era Ringo el responsable del avión, y temblé. El guardia sopló la punta delicadamente y lo hizo volar; cruzó el aire silbando, y cayó justo a mi lado. Cuando se despejó otra vez la entrada, abrí el avión y había una única palabra escrita: LIBROS. El avión de papel se convirtió por la presión de mi palma en una bola arrugada y se recostó sobre la hierba serena. Hasta aquí, su misión fue un éxito.
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